Historias sin punto final
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#23 · Una estación

Por Daniel Wizenberg
Ilustración Jorge Martinez

Puedo escribir los versos más tristes este verano, escribir por ejemplo, la moneda está devaluada y tiritan azules los militantes a lo lejos.

Las estaciones dan para la poesía. Y hasta para su utilización en un sentido político.

Una estación no es más que un lugar de espera, un estadio temporal en el que uno permanece pasivo aunque parezca activo, hasta que algo pase: un tren, un bondi, una novia, un trámite en la AFIP o simplemente el devenir, el tiempo, un viento del sur. Cuando uno se quiere acordar está en otra estación, esperando que algo acontezca otra vez. Al menos tener cuatro estaciones al año permite percibir el paso del tiempo, su repetición cíclica, aunque como escribió Heráclito en un verano griego, el agua del río no es siempre la misma. Claro está que el éxito puede prolongar una estación, pregúntenle sino a Cris Morena con su Verano del 98.

El mundo está plagado de países en los que el verano es eterno y el año, por ejemplo, se divide entre los meses que llueve más seguido y los que hay bajas precipitaciones. En ninguno de esos países es habitual el diálogo en los ascensores. El silencio es tan profundo que los ingenieros de Singapur, por caso, propusieron prohibir la no musicalización en los elevadores como medida tendiente a bajar la tasa de suicidios.

En Medellín, Colombia, se da un fenómeno extraño, todo el año es primavera, pero está lejos de ser el paraíso. Recientes encuestas realizadas por la Universidad de Banfield marcan los altos niveles de envidia de la población antioqueña respecto a los pueblos que tienen estaciones todo el año, y dentro de ese grupo los que envidian al verano temporal son mayoría. “La primavera y el otoño no son estaciones en sí y para sí, a la manera de Hegel, son lo que el socialismo al comunismo, un estadio previo que sirve para salir del régimen anterior”, afirmó Jorge Altamira cuando, camino a las playas de Cartagena, pasó por la ciudad de la que supo ser dueño Pablo Escobar. Dicen que el capo narco, luego de conseguir armar un zoológico con animales del África, quiso comprar el verano pero a último momento cambió de opinión y pasó a querer comprar el invierno porque, según dijo, “en el verano tienes mucho calor y no te puedes sacar la piel, en cambio en el invierno te abrigas y ya está”. Alguien le avisó que lo estaban por estafar, que comprar una estación climática no era posible y Escobar, luego de asesinarlo, le dio la razón. Los “paisa”, como le dicen a los que nacen ahí, se ilusionan fácil y se pasan la vida esperando un cambio de estación. Se dice que los personajes de Botero eran flacos y engordaron de pura ansiedad.

Hay una salida. Desde tiempos inmemoriales sabemos que si la montaña no va a Mahoma, es este último quien debe acercarse a la susodicha. Por eso, basta un avión para cambiar de estación y romper la línea de tiempo. En pleno verano de Buenos Aires uno puede pasarse al crudo invierno de Nueva York por algunos cientos de dólares, y por otros cientos escalar en el eterno verano cubano antes de pegar la vuelta. Los adinerados de los países tropicales al menos tienen un descuento: salirse de la estación eterna para pasarse a la temporal de los países de arriba o de abajo, que les sale más barato y tienen menos horas de viaje.

El verano quizás esté sobreestimado. No hay ninguna otra estación del año que genere tanta discriminación, porque estar bronceado en invierno es de quien se fue a esquiar (no deja de pertenecer a una minoría selecta) pero NO estar bronceado en verano abre una grieta profunda de la que forma parte la clase media. Estigmatiza, excluye, precariza autoestimas. Los niños bronceados el primer día de clases están marcando una diferenciación clasista respecto de los pálidos compañeros que, como mucho, fueron al Parque Rivadavia y no tienen terraza para poner la pelopincho. Gerardo Sofovich escribió que “el verano lo inventaron los hombres para que las mujeres se quiten la ropa y así verles el trasero, por eso se llama ver-ano”. La teoría del famoso conductor no es más que una versión machista de la historia que es necesario desestimar, porque además no cabe duda que el verano lo inventó Perón para que los trabajadores puedan vacacionar en Mar del Plata.

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