Historias sin punto final
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Por Nicolás Garibaldi
Ilustración Gigio Cig

A E lo conocí en quinto grado de la primaria. Tenía el halo misterioso de los recién llegados. Venía de vivir en Paraguay. Su padre, un ex futbolista integrante del plantel campeón de Quilmes en el 78, manejaba un Duna Weekend con patente paraguaya, era un enigma. Los viajes entre país y país le hicieron perder un año, eso lo colocaba entre los últimos de la fila y le hacía imponer cierto respeto. Primero nos hicimos amigos por proximidad geográfica, vivíamos a no más de cincuenta metros, después pasaron otras cosas que sellaron nuestra amistad.

Cuando tenía 16 dejé de ir de vacaciones con la familia. Primaba la posibilidad de tener la casa sola durante unos días. En esa época E estaba de novio con A. Los dos acontecimientos se ligaron. Por pedido expreso de E acondicioné un lugar de la casa para que logre un encuentro furtivo con A. Preparé el lavadero: luces especiales, una cama de una plaza, y un radiograbador con cd Philips con un cd trucho de Coldplay para aclimatar.

La universidad separó nuestros caminos. E optó por medicina, yo opté por el fangoso camino de la comunicación social. E apenas terminó la secundaria empezó a trabajar. Su padre le dio una Traffic blanca, y una lista de clientes, y E empezó a ofrecer escobillones y productos derivados a mayoristas. A mí el trabajo me era esquivo, como me es esquivo ahora que tengo un contrato precario en el Estado hasta el 31 de marzo que se esfuma como la espuma de la cerveza, y en el que estoy sin actividades asignadas, escribiendo esto.

Mi casa era grande, producto de un crédito hipotecario para mejoras. Tal vez demasiado, tenía dos pisos y éramos cuatro, un promedio de dos personas por piso. El portero eléctrico no funcionaba. Era común que atendiéramos a las visitas a los gritos. Sonó el timbre un domingo a la madrugada, estábamos en diciembre del 2008. Podría no haber atendido pero atendí. Pegué el grito desde la ventana de mi habitación, E dio unos pasos marcha atrás y levantó la cabeza. Bajé las dos escaleras y abrí. Estaba borracho, tenía aliento a aperitivos. Había salido por Quilmes, se reía mientras me contaba que una chica le había practicado un básquet, le pregunté qué era un básquet, se rió más fuerte y simuló picar una pelota en dirección a su ingle, la pelota de básquet era la cabeza de la chica, su mano hacía picar la pelota suavemente, su pija era el suelo firme. Pero no era para eso que me visitaba, dijo que tenía un trabajo para ofrecerme. La doctora G había recibido la oferta de un sindicato para hacerse cargo de las revisaciones médicas de una pileta. La doctora G no necesitaba ese trabajo, y no tenía el tiempo disponible para dedicárselo pero encontró en la oferta una oportunidad económica. Le dijo que ella pondría el título en el consultorio pero no lo atendería, le dijo que tenía dos estudiantes avanzados de medicina que podían hacerse cargo. Uno era E, el otro era yo. Yo estaba pasando un momento delicado, avanzaba con la carrera, me faltaba poco para terminar, pero mi familia me miraba de reojo, querían que empezara a trabajar, que empezara a ganarme lo mío porque eso me iba a dar dimensión de lo que cuestan las cosas, me pedían que aunque sea me comprara una máquina y me ofreciera para cortar el pasto. Todos tenían una historia épica, exhibían con orgullo su paso por el trabajo infantil, y entendían que el que no trabajaba en el fondo era porque no quería. Yo me había hecho cuentas en computrabajo, en zona jobs y cosas por el estilo, me empecé a familiarizar con palabras como senior, semi-senior, junior, yo escuchaba la palabra junior y pensaba en Junior Baiano, el áspero defensor del seleccionado brasileño. Ahora que lo pienso los nombres de los futbolistas estaban impregnados en nuestro imaginario, E tenía un perro ovejero alemán al que había bautizado con el nombre de Athirson.

De esas búsquedas de bolsas de trabajo por Internet me quedaron un par de entrevistas truncas y una semana de trabajo como telemarketer, haciendo llamados a España, haciendo encuestas sobre satisfacción en el uso de tecnologías; les decía que si respondían se iban a ganar un teléfono móvil; era mentira, buscaba en una lista infinita y trataba de adivinar qué nombres y apellidos podían ser argentinos que se habían ido a España en los 90 y principios de los 2000, a veces acertaba y del otro lado se ponían contentos de escuchar una voz familiar, entonces hacía la encuesta de satisfacción como un campeón. Me cansé y dejé el trabajo, ni siquiera me pagaron la semana.

La cosa es que acepté la propuesta de E para trabajar con la doctora G. En una reunión nos enseñó a tomar la presión y nos explicó cómo venía la cosa: cualquier estupidez que pasara llamar a emergencias, no intervenir. Nos habló de nuestros honorarios, 1500 para cada uno, supusimos que a ella le ofrecerían 6000 y que se llevaría un 50% de arriba por colgar un diplomita, ahora pienso que la guita podía ser más y a nosotros nos daba migajas. Básicamente la tarea consistía en buscar piojos y hongos. E para ser más creíble buscó en Google imágenes casos impactantes de micosis avanzada, los imprimió a color y los pegó en el consultorio.

La pileta quedaba en el corazón de Longchamps, 324 hasta la estación de Bernal, tren a Avellaneda, combinación con el eléctrico vía Alejandro Korn hasta Longchamps y un colectivo quinientos algo, no me acuerdo el número pero era uno celestito. Así como E tenía su estrategia de credibilidad yo tenía la mía, me conseguí un ambo que me quedaba de diez, y me lo ponía arriba de las bermudas y la remera del chancho de Pink Floyd gastada.

El primer día la doctora G vino con nosotros y nos presentó al delegado V, responsable de la pileta. G almorzó, y se fue para nunca más volver en lo que quedaba de temporada. El predio era grande, con un gran portal en la entrada, tenía un parque amplio, buffet, canchita de fútbol y parrillas. El consultorio era minúsculo: una mesita con las tarjetas para colocar las fechas de la revisación médica, una camilla, un sellito con una carita feliz para colocarle en el hombro a los aptos, un tubo de oxígeno y un armario con los elementos para primeros auxilios.

Después de que la doctora G se fue el día pintaba tranquilo, estaba nublado y nadie se quería meter en la pileta. Con E abandonamos a los sindicalistas y nos fuimos al consultorio a hablar de cualquier cosa, me dio un par de recomendaciones importantes, yo supuestamente estaba en segundo año así que como mínimo tenía que saber qué materias tenía aprobadas por si me preguntaban, de ahí me quedó un yeite y sé que histología es una materia jodidísima. Una mujer golpeó la puerta del consultorio, estaba agitada, venía corriendo desde los quinchos, me miró y me dijo: “Doc, mi marido está descompuesto, necesita ayuda”. G había sido clara, había que llamar a emergencias pero no le hicimos caso. Fuimos hasta el quincho y el sindicalista descompensado estaba pálido, lo querían ventilar con revistas pero tenía tanta gente alrededor que lo asfixiaban. Cuando nos vieron venir abrieron paso. Le preguntamos el nombre, le hicimos algunas preguntas para ver si había perdido el conocimiento, le preguntamos a V, el responsable, si había algún lugar en el que se pudiera recostar. No había, la mujer sugirió que se acostara en su auto, reclinó el asiento de un Gol rojo, y con E lo llevamos al auto. Le tomamos la presión y la tenía bajísima, le dimos sal y azúcar, sal en un sobrecito, azúcar en un sugus de ananá. Le hicimos algunas preguntas más a su esposa: a) ¿toma medicamentos para la presión?, ¿en qué momentos del día?, ¿tomó su pastilla diaria?, ¿mide su presión regularmente?; detectamos que había tomado la pastilla, que era hipertenso, pero se cuidaba tanto con la sal que ya había dejado de ser hipertenso y la pastilla le bajaba la presión. Todo eso se lo dijimos y sonó convincente, el sindicalista se recuperó y volvimos a nuestro puesto. E temblaba, ¿qué hicimos?, ¿y si tenía un principio de infarto?, ¿y si se nos muere?; por las dudas volvimos a lugar con el tubo de oxigeno, y lo oxigenamos adentro del Gol, “nunca está de más”, dijo E. Volvimos al consultorio y esperamos, ¿debíamos llamar a la ambulancia por las dudas?, pasó media hora y no tuvimos novedades. La mujer agitada volvió a golpear la puerta, esta vez tenía unas facturas a modo de agradecimiento por todo lo que hicimos, el sindicalista descompensado estaba mejor.

Al día siguiente E renunció, estaba aterrado, pensaba que habíamos estado al borde de la mala praxis, nos preguntábamos qué pasaría si cayera una requisa policial, teníamos en claro que la doctora G era más responsable que nosotros pero alguna pena nos podía llegar a caber, ¿necesitábamos un abogado?, a ese ritmo los honorarios no rendían. Pensé en seguir sus pasos pero entendí que se trataba de un mal debut y que las cosas estarían mejor. El lugar de E lo tomó Godoy. También un gran amigo con el que no había tenido mucha relación hasta que nos tocó compartir habitación en el viaje de egresados a Bariloche. A los tres nos unía algo que se llamaba “El camino neocatecumenado”, nuestras familias de alguna manera estaban ligadas a esa congregación católica en donde las personas empezaban en la cuarta categoría y avanzaban hasta la primera para convertirse en responsables de los nuevos creyentes. Eran una especie de categorías inferiores, como las que hay en el fútbol, del catolicismo conservador que militaba en contra de los métodos anticonceptivos.

Con Godoy nos repartíamos los días de la semana. Cuando me hablaban de medicina trataba de cambiar de tema, decía que si bien me estaba yendo bien en la carrera, también me tiraba estudiar Letras, mi otra pasión, y con eso justificaba el hecho de estar encerrado en el consultorio leyendo los Cantos de Maldoror del uruguayo Lautremont, me sentía un revisador médico maldito. Me hice amigo de un jardinero peruano indocumentado que me admiraba por el esfuerzo de estudiar medicina, yo trataba de cambiarle de tema, le hablaba de cine, de cualquier cosa. Un día me trajo una comedia de Eddie Murphy doblada al castellano, me la llevé y nunca la vi. Después me olvidé de devolvérsela y me llamó por teléfono para recuperarla, lo eludí, me hice el que no lo escuchaba, que se cortaba la comunicación, mi casa era un caos y no sabía dónde la había dejado y no quería volver a Longchamps.

C era el bañero de la pileta, se pasaba el tiempo hablando de si mismo y se tiraba al sol con lentes oscuros mientras se sacaba pelitos de la panza con una pincita de depilar. Un fin de semana invitó amigos, cuando vinieron a hacerse la revisación los rechazamos, tenían todos los hongos del Super Mario Bross entre los dedos de los pies. C se acercó al consultorio, por pura formalidad quiso hablar de otra cosa que no fuera de si mismo, nos trajo una botellita de fernet de medio que compró en un súper chino de la Avenida Irigoyen y nos pidió si no podíamos hacer una excepción con sus amigos, nos quedamos con la botella y le dijimos que no. Desde ese día se generó una batalla silenciosa entre bañeros y revisadores médicos. Godoy era más sociable que yo, incluso cuando había poca gente nadaba en la pileta, yo me prendía en los partidos de fútbol de los fines de semana, jugaba con el ambo puesto de 9 y me apodaban Doc.

V, el sindicalista responsable, venía todas las mañanas a tomarse la presión, después se nadaba un largo en la pileta y se iba a hacer de cuenta que arreglaba cosas en el predio, pintaba rincones insólitos en las paredes, desmalezaba la nada. Era santiagueño y tenía un hermano poeta, me prestó el libro de su hermano y nunca lo leí, todavía debe habitar una dimensión paralela con la película doblada de Eddie Murphy.

Una vez una señora se me acercó preocupada al consultorio. Me hablaba en susurros, en la pileta estaban ella y un adolescente, el niño se había masturbado en un rincón mientras la observaba de reojo, su eyaculación había provocado que se disparara el líquido azul antipis. Tenía miedo de contagiarse SIDA, le dije que era imposible, le hablé del caso del clavadista portador que se dio la cabeza contra el trampolín y ensangrentó la pileta provocando una gran paranoia, lo había aprendido en un programa del gordo Bonadeo en TyC Sports.

No solía rechazar a nadie, excepto a los amigos de C, aunque una vez debí ponerle un freno a un niño de cabellos largos y lacios que estaba absolutamente minado. Le dije que no y al rato vino su padre, estaba avergonzado. Era hijo de padres separados y era el único día en la semana que lo veía. El padre fue a comprar Nopucid y un peine fino y lo estuvo despiojando al costado de la pileta, cuando faltaba una hora para que la pileta cerrara volvió a intentarlo. Todavía tenía piojos pero estaba notablemente mejor, lo dejé pasar por el esfuerzo.

De esos días todavía recuerdo el olor de la tinta del sellito de la carita feliz. Había aprendido a hacer una buena imitación de la voz cansina de V y de sus tópicos sindicalistas. Nos juntábamos con Godoy y E y nos reíamos mucho de eso. Durante esos meses temí ser descubierto, tenía pesadillas horribles en las que me encontraba con la Dra. Rímolo y el Ingeniero Blumberg y conspirábamos, no sé contra quién ni qué. Los peores momentos los pasé con un cardiólogo que se hizo asiduo de la pileta y recordaba con nostalgia sus épocas de estudiante de medicina, rememoraba pasillos, fragmentos de apuntes, docentes bravos, materias filtro, yo trataba de no dejar vacíos, le preguntaba una y otra vez, le decía que soñaba ser como él. El cardiólogo me daba consejos. Un día me regaló una lapicera, me dijo que con esa lapicera le habían firmado todas las notas de la libreta universitaria, me dijo que a él ya no le serviría y que debía usarla solamente para eso.

Varias veces estuve a punto de quebrarme. Lo citaba a V en el consultorio para confesarme pero a último momento reculaba y le elogiaba sus trabajos inútiles, le sugería que ponga una frase de su hermano poeta en el tanque de agua, le preguntaba si no era demasiada presión administrar ese monstruo.

Para la segunda quincena de febrero me conseguí una suplente llamada J. Ella estudiaba medicina de verdad y sabía que yo era un farsante. Antes de irme me senté en la camilla, respiré hondo, agarré una hoja y empecé a escribir. No, no eran mis memorias, eran identikits verbales, descripciones de los rasgos de los amigos de C, por si se les ocurría volver en mi ausencia. Le entregué la hoja a J y reforcé el concepto, le hice que me prometiera que no los dejaría entrar por nada del mundo, ni que las botellitas de fernet dejaran de ser de medio y pasaran a ser de litro, ¿palabra de revisador médico?, le pregunté, “sí, te lo prometo”, me dijo eludiendo toda posibilidad de la fundación de una sociedad secreta de revisadores médicos.

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