Historias sin punto final
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#13 · Aguas Verdes

Por Diego Flores
Ph Gustavo Salamié

Una de las grandes ficciones de la Argentina es su Costa Atlántica, que verano tras verano reboza inexplicablemente de turistas que se amontonan para montar diversos y estereotipados papeles. Viento, arena con piedras, aguas vivas, algas, un mar frío y calor discutible. ¿Por qué entonces vamos a veranear a la costa? Un profesor de la secundaria nos dijo que por Perón. Porque él inventó la costa.

–Avisá en el fútbol que vas a faltar unos días, nos vamos a Aguas Verdes –dijo mi madre, con tono emotivo.

Si existe una ficción dentro de una ficción eso era Aguas Verdes. Un lugar que se auto referenciaba como una alternativa alejada del bullicio y la súper población del resto de las playas candentes. Un lugar diseñado hasta el detalle para la improvisación y alejado de todas las comodidades que nos brinda la civilización. El detalle es que a menos de un kilómetro y medio estaba San Bernardo, que estallaba de jóvenes ansiosos de alcohol, amor y anarquía de germen burgués.

Ciertamente en Aguas Verdes no había nada, ¡pero qué importaba! Eran mis primeras vacaciones y yo activé todos los imaginarios posibles de lo que sería un perfecto verano. En todas las series y programas que veía, el verano era el lugar donde lo imposible se realizaba. Y yo iba en una carrera ciega, alegre y desenfrenada hacia eso: lo imposible.

Salimos en las primeras horas de un sábado nublado. El team que conformaba el equipo de viaje era: mi vieja, el marido de mi vieja, yo y un renó 18 rotoso, feo y extremadamente fiel. El viaje fue tortuoso, pues mi señora madre en un acto profundamente dictatorial manejó a piacere el estéreo, oscilando entre el primer álbum de Natalia Oreiro y un cantante español clase B conocido como Osborne. Quizás allí, en esas profundas horas de ruta y monopolio musical, radique el germen de mi adicción al tabaco.

En la costa nos esperaban los Ferraguto, un clan formado por los dos progenitores y sus dos proles: Ramiro, que tenía dieciocho años (cuatro más que yo), era ostentosamente arrogante, parcialmente surfista y realmente fachero, medio pelilargo con onda y collares con chapitas estilo soldado americano. El más chico del clan era Renzo, al que conocíamos como el Gordo Delorean. ¿Por qué Gordo Delorean? El primer adjetivo saltaba a la vista, era un mago en la ingesta de bolitas de fraile. El Delorean venía porque no había cumpleaños, fiesta o reunión en que el Gordo perdiera oportunidad para decirle a quien sea que él, con los elementos adecuados, (así decía el Gordo, “elementos adecuados”) podía construir la máquina del tiempo.

*

Estaba acomodando mis petates en la habitación que me tocó en suerte, la última habitación, con una  ventana que daba al fondo, pegado al dúplex de los dos viejitos que nos habían alquilado el lugar.

 

 

–Hola, tardaron un montón en llegar –dijo el Gordo Delorean mientras yo desensillaba fastidioso y él comía un churro bañado en azúcar de dimensiones colosales.
–¿Qué haces, Enzo? ¿Cómo andás?
–¿Sabés cuál es mi objetivo? –respondió sin atender al protocolo de las buenas costumbres–. Hacer muchos puntos en el Puzzle Bobble. Hay un chino que siempre me pasa, ya lo vi cual es. Pero me pasa siempre, ¿qué querés que te diga? A veces por un par de puntos, a veces por una bocha.
–¿De dónde sacaste eso? –dije mientras cabeceaba hacia el churro mutilado ya por la mitad y Trataba de rumbear la charla para el lado que me interesaba.
–Sí, Faturita los vende… Faturita anda dando vueltas en bici por la playa. Tenemos que ir a los videos. Apurate.
–Ah… –dije mientras me ponía a acomodar en las estanterías del placar algunos buzos y remeras y le daba la espalda al gordo–. Che, ¿y qué onda la playa? ¿El lugar? ¿Y las minas?, ¿hay? Dije esto último sabiendo que al Gordo le importaba bien poco el sexo opuesto, o el sexo en general.

Pero el Gordo ya se había rajado, el apurate no había sido una sugerencia, sino una orden.

Mi plan, mi estrategia y mi dedicación estaba puesta en un solo objetivo: lograr levantarme una chica. Si era posible tener un amor de verano. Y si me dejaban fantasear, tener mi primera vez entre los médanos, mientras el atardecer caía y la playa se vaciaba lentamente. Lo que quería era tener una historia para contar. ¿Qué sería un hombre sin una historia para contar al regresar de una aventura?

Los primeros días fueron de táctica y estrategia, de medidas y descubrimientos. En concreto podía sacar las siguientes conclusiones: la playa era una mierda, no había divisado ninguna dama de mi edad, el hermano del Gordo era un agrandado mentiroso que se la pasaba alardeando sobre cogidas incomprobables, pero que para mis fines amorosos era el único socio que tenía, el Gordo estaba híper obsesionado con el Puzzle Booble y sobre todo con el chino que lo aventajaba en todas las partidas. Mis viejos y los Ferraguto despertaban mi lado más irascible. No hacían nada. Es decir, se sentaban en la playa, hablaban de política, de comidas o de precios y cada tanto alguno de los cuatro consideraba que el calor corporal era oportuno y se lanzaban al mar unos instantes para regresar mojados, tiritantes y presumiblemente salados. Esa era la actividad de los mayores, ¿dónde estaba el sentido de la aventura? ¿Por qué los mayores se olvidan de vivir para regodearse en una quietud aplastante? ¿Es de orden discursivo la aventura de mi vieja? ¿Es ganar una conversa enroscada el leitmotiv de la adultez?

Yo no podía convivir con esa quietud y cada tanto me iba a caminar con Ramiro, o con el Gordo Delorean, que solo hablaba de la máquina del tiempo, el juego y el chino. A veces optaba por los recorridos solitarios y vagos. Me metía a caminar por los médanos mientras traba de divisar alguna chica que me partiera el corazón.

Así era que el tedio ganaba las horas y los días, lo único que hacía era caminar, comer y pajearme. Me pajeaba cada vez más, con violencia y convicción, era la única ficción que me alejaba de esta rutina inesperada.

Uno de esos días empecé a vagar por una zona que creía que nunca había recorrido, era un lugar de médanos altos y variados mezclados con unos pastizales secos que parecían desubicados en ese contexto. Yo giraba por la curvatura de esas montañas de arena, elaborando planes y soliloquios hasta que de repente vi una pareja acovachada, dos personas ensimismadas en una especie de nudo humano de movimientos lentos y perezosos. Me costó comprender que estaban cogiendo, eran dos personas grandes, por lo menos ese era el indicio que me daban las canas de él y el peinado anacrónico de ella. Me empecé a acercar lentamente por el flanco derecho, dejé de verlos por un instante y oí con más claridad sus gemidos. El ruido del traqueteo y los grititos de ella terminaron por excitarme. Estaba totalmente al palo, necesitaba acercarme un poco más. Ver. Oler de qué se trataba el sexo. Sentí un grito de llamada, de alerta. O creí escucharlo, huí dejando la inconfundible estela de los pasos en la arena. Corrí con destino a cualquier lado, mientras el corazón me latía fervientemente y la pija se me achicharraba como nunca. Me oculté detrás de un gran médano. Esperé que el silencio lo poblara todo. Oí mi respiración atenuarse. Empecé a recobrar la claridad de los sentidos. Un olor fuerte invadió el éter para donde virara la cara, el aire espeso y concreto se metía en mis fauces. Empecé a seguir la ruta del aroma, la curiosidad me guió sobre dos médanos robustos, hacia una especie de páramo donde yacía enorme, quieta y putrefacta una tortuga gigante. Me quedé quieto unos instantes, aguardando algún movimiento repentino del animal. Pero su muerte era certera y absoluta, me acerqué y husmeé con un palo algunas zonas de su cuerpo, al tocar la boca una horda de moscas salió pavorosa. Ensayé el miedo y dos arcadas. Me quedé un rato más pensando si yo era el primer ser que encontraba una tortuga enorme y descompuesta entre unos médanos perdidos en Aguas Verdes. Pensé en contárselo al Gordo Delorean, pero me tentó más el poder del secreto.

*

Desde el primer día que nos instalamos, durante algún momento de la mañana iba a buscar los enormes y mágicos churro que vendía Héctor. Héctor era Faturita pero yo prefería llamarlo por su nombre porque si algo me enseñó el barrio es que jamás se debe tratar con el mote a un poco conocido. En mis caminatas errantes cruzaba a Héctor que iba y venía por distintas zonas proveyendo a toda Aguas Verdes de su mágica receta. Su primer guiño de confianza fue un descuento ínfimo acompañado de una sonrisa acorde ante la compra de un par de churros. En un par de breves charlas Héctor me sacó la ficha enseguida. No sé si lo dije entre líneas pero el entendió que yo estaba buscando alguna chica a la cual extrañar cuando retomara las clases y esté sentado solo y alelado, pensando en ella en el recreo, mientras los pibes me llamaran a gritos para patear una lata que usábamos de pelota.

–Sentí, pibe, perdoná el atrevimiento, eh, pero sentí. Acá a un par de cuadras llegaron dos hermanas, una es chica pa vos pero la otra te va a gustar, vas a ver. Psss, si yo sé, yo sé. Yo también fui pibe. Yo sé. Es una morocha flaca y lindapiba (así dijo Héctor, todo junto). El papá tiene un brek, fíate que deben andar por acá.

Me sonrojé claramente y solté un tibio:

–Bueno, Héctor, gracias. Voy a ver.
–Andá y con confianza. Decime Faturita. Así me conocen acá, pa, qué vamos a andar con la formalidad. Faturita decime. Y fíjate la piba. Sí yo sé.
–Bueno, de ahora en más Faturita –le estiré la mano para saludarlo de manera poco formal, con todos los dedos, salvo el pulgar, contraídos. Le costó corresponder el saludo.

El dato de Faturita fue concreto y certero, la piba era hermosa y maravillosamente vivía a la vuelta de los dúplex horrendos que alquilábamos. El día que la vi volvía distraído de visitar a la tortuga. Extrañamente el cadáver seguía ahí protocolarmente abandonado y nadie prestaba atención a su olor putrefacto. Las moscas, entretanto, seguían poblando su paladar. A pesar del olor y las invasiones de bichos extraños y ruidosos que vivían en las comarcas que rodeaban a la tortuga, había algo magnético que hacía que me pasara un buen tiempo mirando a ese animal, imaginando sus movimientos en el mar, su rumbo perdido, sus toscos movimientos en la noche de Aguas Verdes, el momento en que supo que iba a morir.

Sumergido en ese tipos de pensamientos caminaba cuando la belleza de Laura me chocó, su andar desgarbado con las bolsas del mercado era una suerte de péndulo sincronizado para enajenación racional. Sus caderas se mecían lentas y decorosas, y parecía que la gracia la visitaba a cada paso. Vi en la lejanía una sonrisa absoluta, única e inolvidable que emitía con desparpajo. Se metió en su casa esquivando la brek que como bien sopló Faturita era el móvil de la familia.

Tengo que verla y rastrearla, provocar el encuentro de su mirada, pensé.

Si la obsesión del Gordo Delorean era el juego o el chino o ambas, la mía era encontrar a Laura, terminar de definirla. Acomodar el puzzle de su vida y la mía, prever cómo haría para que las piezas quedaran ordenadas de tal manera que ella y yo tuviéramos un lugar común, un intercambio informal de palabras sonsas. Un encuentro que me permita reagrupar el pixelado de su rostro, confirmar la sospecha de su sonrisa eterna, develar por fin la sonoridad de su voz. Eso, tenía que producir, que provocar, una fuerza misteriosa que me acerque a su órbita. Estaba seguro: ella era la chica de mi historia.

*

Caminábamos con Ramiro, el hermano del Gordo había pegado onda con un grupo de pibas que estaban parando cerca de San Bernardo y enfilábamos para allá. Andábamos sin apuros, tirando diagonales en la arena, dejando huellas extrañas y cilíndricas mientras unos nubarrones oscurísimos nos custodiaban desde arriba. Yo iba medio desconfiado, la invitación me hacía ruido, no entendía por qué Ramiro me estaba integrando a una conquista propia. A él que tanto gustaba de la exclusividad de las miradas femeninas, ¿pondría en disputa un tributo que podía ejercer monopólicamente? Yo no tenía nada mejor que hacer, así que lo seguí.

Apenas llegamos me sentí inferior y desnudo, entendí de movida que estaba allí como una mascota, tenía cuatro años menos que Ramiro y todo lo que pudiera decir, hacer o pelar, era insignificante frente a él. Si lo había pensado como estrategia, era fantástica, me llevó a modo de comparación de valores cómo funcionan los símbolos saussureanos. Las pibas eran cuatro, la más chica era una rolinga de dieciséis años, hermosísima y lejana, nos separaba una distancia abismal que no se medía en términos de tiempo sino en cantidad de noches y veredas caminadas, de vinos en la esquina, de recitales con tumultos, de tocadas de ojetes y bulteos. Ella, se notaba, ya estaba iniciada en esos rituales y los caminaba tranquila, anhelosa y expectante. Yo, a su lado, era un muchachito explorador, un mormón de fin de semana que recién andaba viendo cómo se armaban los primeros porros y cómo se destapaban las birras con encendedores o solo con una lapicera. De las tres que conformaban la totalidad del grupo, dos estaban bárbaras y dieciocho añeras y la otra era fea, ortiva y con un agrande injustificado.

Fuimos a tomar unas birras, unas cuantas birras para un novato como yo. Ramiro empezó a abrazar a las chicas, rotaba su cariño indiscriminadamente, pasaba su brazo por encima de los hombros. Hay sujetos que utilizan estrategias banales y corporativas, sucumbiendo en el acto egoísta y grosero de levante. Porque este se puede hacer desde la discreción, desde la picaresca. Es más: se puede usar al resto como rebote para un tiroteo medido. ¡Pero no! Estos tipos usan esa táctica mezquina de apartar, de negar la charla, de arrinconar y pedir como quien pide desesperadamente un pucho. La birra, mi silencio y el aburrimiento viraron la charla para propiciarme un descanso, un bardeo paulatino que se gestó en el fragor de la tarde.

–Dale un beso al pibito –dijo una de las guapas mayores a la rolinga–. Apretatelo, está lindo o nosotras estamos muy al pedo, qué se yo.

–A este le pegás unos besos en el cuello y se te viene en seco. ¿Alta chele, amiguito, no?

Dijo la fea agrandada, mientras desataba carcajadas. El nerviosismo me jugó una pasada intolerable: me reí mientras se me cerraba la garganta.

–Dejenlo –dijo Ramiro, que se estaba besando a la rolinga–. No bardeen. Es un buen pibe. Es joven, es cierto… ¡Además debe tener altas ganas de ponerla! ¿Le dijiste que sos virgo, guacho? Las llega a agarrar a las cuatro y las deja embadurnadas, ¿sabés el cumulo de wasca que debe tener?

Rieron ampliamente, yo veía pasar la gente en la playa, el poco sol que había se diluía entre las nubes. No esperaba un salvavidas de Ramiro, sí un silencio que distraiga el foco de atención. Me di cuenta que no iba a poder contener las lágrimas y decidí huir, corriendo. No escuché la reacción de las pibas, solo sé que Ramiro me alcanzó a los pocos metros.

–Perdoná, loco, no me dejes así… era una joda nomás.

Mi silencio y mi resistencia poco disimulada a la congoja le dieron la pauta de que no había vuelta atrás.

–Bueh, vos también loco no te fumás un chiste. Tomá dos puchos, ¿querés?

Acepté con el solo hecho de quitarle algo a ese crápula manipulador, nunca había fumado en mi vida. Me compré una caja de fósforos sin pensarlo y decidí caminar ligero hasta los médanos donde estaba la tortuga. Tenía un nudo enorme en la garganta y un esférico en el pecho, apuré el paso, llevaba los dos cigarrillos en la mano y no me animaba a fumarlos. Cuando llegué adonde la tortuga, sin siquiera prestar atención ya estaba pitando el Phillips Morris. Fue más fácil de lo que creía, le di un par de secas más y me sentí mareado. Me acerqué a la tortuga y me senté al lado de su cara. Le miré un rato los ojos, inmóviles y secos, detenidos en un instante de agónico frenesí. Me encorvé un poco con la cabeza casi a la altura de la tortuga, me sentí solo, muy solo, y me largué a llorar a mares. Al rato sin darme cuenta me dormí. Cuando desperté la noche amenazaba.

*

–¿Vos qué te pensás, que tenés dieciocho años? ¿Qué hacés la que querés? ¿No sabés las cosas que están pasando?

El encargado de la perorata era el marido de mi vieja, que me tuvo media hora dale que te dale con que la inseguridad, las responsabilidades y un batallón de consejos para estar alerta a potenciales tragedias. Mi vieja entre tanto dirigía su mirada hacia lejanos confines, sin mirarme a la cara, en clara señal de que estaba ofendida y que en esta no iba a jugar para mí. Yo contestaba a todo con un “sí, tienen razón”.

Me fui a mi pieza temprano, sin encender la luz me tiré en la cama con ganas de que el sueño me viniera a visitar temprano. Fui al fondo de la habitación y abrí la ventana, me colgué mirando las estrellas, tratando de ver alguna constelación, aunque desconocía todas, cuando oí ruidos extraños, como el gimoteo de un niño. Agudicé la atención y pude dilucidar que los viejitos de al lado, los que nos alquilaban el dúplex, estaban cogiendo. Ella largaba breves y deslucidos gimoteos, él después de un rato magullaba alguna especie de espasmo. Los ruidos contrarios a los que escuché aquella tarde en el médano no me remitían al placer, sino al dolor o quizás a la muerte. Maldije mi suerte, me metí en la cama y me tapé.

*

Recuerdo el exacto instante que vi a Laura en la playa, la topé de golpe mientras miraba mis pies deslizarse en la arena, iba en dirección al mar cuando sin gracia levanté la mirada, achicando un ojo para evitar las molestias del sol y la vi parada con un sombrerito de paja, una malla amarilla y hermosa, un medio bronceado, una sonrisa tenue y distraída y la mirada castaña tan profunda como el mar. Me frené torpe y tenso. La miré un instante y le dediqué un vergonzoso y aflautado “hola”. Ella sonrió apenas y me respondió el saludo. Siguió caminando distraída, me pasó por delante desviando su mirada hacia el mar. Sentí que se me iba la única oportunidad de contacto y apuré cualquier conversa

–Vos vivís al lado, ¿no? –solté torpemente.
–¿Cómo? ¿Al lado de qué?
–Bueno al lado no, a la vuelta –dije duplicando y sosteniendo la zoncera.
–¿De qué? –replicó frunciendo el ceño.
–No, digo que somos vecinos, bah, casi, vivimos a la vuelta. Tienen una brek ustedes.

Cuando terminé de decir eso mi di cuenta que ante ella estaba comportándome como un mirón, un obsesivo. Me arrepentí conjurando que Laura me vería como un estúpido.

–¿Si? No sabía, ¿hace mucho que están?
–Sí, más o menos, diez días.

¡Laura me estaba preguntando algo! Esa leve sospecha destapada de su boca alcanzaba para que mi ilusión picara en punta. Hay interés, dije cayendo enseguida en la duda. ¿O será mera cordialidad de una muchachita bien criada, de escuela privada, de pollera escocesa y cola de caballo?

Hablamos de nimiedades, el clima, la playa, su hermanita. Le conté del Gordo Delorean, que seguía obsesionado, aún, con los fichines y con el chino. La tarde fue cayendo y yo me sentí adulto y fugazmente enamorado. Pensé en invitarla a salir, no me animé y no sabía a dónde llevarla. Ella me comentó que iba el fin de semana a los fichines, pues de noche tocaba una banda que se llamaba Brisas, hacían covers de rocks viejos y a lo último tocaban cumbia como para bailar. Me dijo que vaya, que estaba bueno y que podíamos vernos un rato allá. Al rato cayó la hermanita. Intenté caerle bien pero no sé si lo logré, a veces es muy difícil saber qué piensa una niña de ocho años.

*

Desde ese día mi humor cambió por completo, me crucé un par de veces más con Laura, y hablamos rato largo. Un día caminamos ella, su hermanita, el Gordo Delorean y yo hasta San Bernardo. El Gordo estaba más flaco, ojeroso y monotemático con su preocupación veraniega: el chino que lo pasaba en el ranking del Puzzle Booble. Contó que el chino se le paraba al lado, esperaba que termine de jugar y con una sola ficha lo pasaba en la tabla de puntos cuando el gastaba 8 o 10. Lo odiaba. Laura se reía y me hacía caras buscando una complicidad que a mí me derretía.

Volvía contento a casa cuando me cruzó Faturita.

–¡Eh! ¡Pichón, pichón!
–¡Faturita! ¿Cómo va?
–Acá, hijo, laburando, ¡cómo anda el fato, eh! Te vi galán –me dijo mientras me revolvía el pelo–. No, si Faturita sabe, Faturita sabe.
–Va bien, bah, creo. Me gusta, Faturita. Es hermosa, ¿viste?
–Linda la piba, tiene presencia. ¿Le miraste los talones? Eso es lo más importante, mirarle los talones si están bien, ¿entendés?
–¿Qué decís Faturita? ¿Cómo le voy a mirar los talones? ¿Tas loco?
–Cómo no, hay que mirarlos, ¡ustedes no saben nada! ¿Y Le regalaste algo?
–No, todavía no, no sé si da.
–Y… cucha, tomá, llevale media docena, la casa invita. Elegí del canasto. Me quedaron pocas, che…sino con churros…
–No, Faturita, ¿cómo le voy a llevar unos churros?
–Y, ma vale, si no se te enamora con esto hijo, ya está.
–No, no. Además no sé, me parece que no da para darle nada. Me expongo.
–Me expongo, dice el hijo… que bárbaro ustedes. Cómo incorporan la palabra. Me tengo que ir, nene. Suerte.
–Gracias. De verdad.
–Andá, hijo.

Se montó a su bici y partió con una sonrisa amplia y contagiosa. Así era el tipo, alegre, anacrónicamente amable y compinche. Yo decidí ir a ver qué onda la tortuga antes de ir a casa. Era la primera vez que la veía con esperanzas en mi horizonte. Me animé a tocarle el caparazón reseco y traté de espantarle las moscas de la boca. Me quedé un ratito y me fui para casa.

*

Esperaba el sábado con ansias, me paraba ante el espejo de mi habitación y ensayaba unos pasos de cumbia que había visto alguna vez en el programa de cumbia de canal 2. Mi vieja me miraba y se reía. Yo la tomaba por la cintura y bailábamos mientras me preguntaba qué me pasaba que estaba tan contento. Yo le decía que cómo no iba a estar contento si estábamos de vacaciones. Mi madre quizás ya  sospechaba de la existencia de Laura, que era el motivo de mi baile, de mi alegría. Le pedí si me compraba una camisa que había visto en la feria de la playa. Una roja con un floreado exótico. Se sorprendió de mi extravagancia dado que yo solía vestirme con remeras de colores más bien oscuros.

*

Llegó por fin el sábado, al mediodía acompañé al Gordo a los fichines, más que para hacerle la segunda para tantear el terreno donde me movería por la noche. El gordo antes de meter las fichas recorrió todo el local en busca del chino, unas vez que cercioró su ausencia encaró para el juego, yo lo vi un rato. No podía creer que dedique su tiempo a ese juego de mierda. Me fui un rato a jugar a uno de fulbito, perdí al toque. Lo fui a buscar al Gordo que estaba sudando y colorado moviendo se cuerpo al compás de las palancas. Le dije algo pero me calló en seco. Lo miré un rato y me fui a caminar por el local, a ver si la veía a Laura. De golpe escuché un grito de euforia, todos nos acercamos en dirección al Gordo Delorean, que le estaba pegando al tablero de comandos del juego.

– ¡Siiiiii, tomá, chino forro! –gritaba el Gordo.

Finalmente lo había pasado al chino. Se acercaron los dueños del local a calmarlo.  Este se puso todo colorado, se había olvidado del contexto y vuelto en sí, las miradas de los demás le regalaron la vergüenza. Pidió perdón y se fue rápido y solo. Lo alcance a mitad de cuadra. Cuando me vio soltó una sonrisa enorme y contagiosa, me pegó un abrazo veloz y me dijo:

–¡Ahora sí, lo pasé, loco, lo pasé!

*

–No vamos a salir a la noche, me siento un poco mal pero vos podés ir. Hablamos con los Ferraguto, vas y volvés con ellos. ¿Te portas bien, si? Te voy a dar unos pesos. Bañate y avísame cuando salgas –me dijo mi vieja.

Las cosas no podían ir mejor, no tenía los condicionamientos de la estructura familiar, los ferragutos eran buena gente; Cholo, el padre de la familia era un gordo bigotón hermoso, que se reía de todo y era bastante cómplice de sus hijos. La madre se reía de todo lo que se reía Cholo, malcriaba con una sobreprotección desmesurada al Gordo Delorean y se vivía peleando con Ramiro.

Me bañé, me pasé un poquito de gel, me paseaba delante del espejo con mi camisa nueva, tiraba unos pasos de cumbia, preocupado por recordarlos. Bailaba y ensayaba una sonrisa que le dedicaría a Laura. En mi imaginario todo era lento y precioso, yo era un galán prematuro, joven, un potencial sex symbol y ella la muchacha apenas mayor que caía rendida ante mis encantos. Antes de salir repasé mi imagen en el espejo, me apreté dos granitos que merodeaban el cuello, encontré el perfume del marido de mi vieja y me puse un poco. Me parecía feo pero sospeché que me daba ínfulas de refinamiento. Saludé al marido de mi vieja que estaba preparando un té. Mi madre me dijo que me acercara y le di un beso en la frente. Ella me miró a los ojos, sonrió, me dijo que estaba hermoso y que tenga suerte. Remarcando la última palabra con una sonrisa. Ella me había leído entero. Sabía que andaba en algo, no sé si era muy difícil leer pero fue la única que me lo hizo notar.

Salí al patio interno y caminé hasta la casa de los Ferraguto, en la puerta me esperaba, tomando una 7Up, el Gordo Delorean.

Llegamos al boliche que de tarde funcionaba como un local de video juegos y por la noche extendía sus dominios para convertirse en un restaurante bailongo, sin apagar los fichines. Elegimos una mesa del montón y procedimos a seleccionar lo que íbamos a cenar, yo me senté entre el Gordo y su hermano. Me excusé y encaré para el baño con el solo propósito de buscar a Laura. Hice un recorrido por el local. No estaba, me empecé a poner impaciente. Me senté, y en la mesa, ya había una jarra enorme de cerveza.

–¿Querés? –me dijo el Cholo.
–No, gracias –respondí distraído.
–Dale, guacho, haceme compañía –me dijo Ramiro.
–No te hagas el vivo vos, dos vasitos nomas, eh –dijo la Inés en claro papel de madre–. ¿No, Cholo? Que no se haga el piola decile, Cholo.

Pero el Cholo respiraba profundo y miraba  para cualquier lado.

–¿Vos que querés, Enzo? –dijo Cholo.
–Unas fichitas –dijo el Gordo.
–Ma qué fichas boludo, ¿qué querés para comer?
–Milanesa y papa fritas.
–Todos los días lo mismo vos, Inés ¿A este qué le pasa?
–Pastel de papas vas a comer –dijo Inés.
–Bueno –replicó el Gordo como si todo le diera lo mismo–. Con una 7Up.
–Ehhh, así me gusta –dijo Cholo.
–¿Vos querés lo mismo? –me preguntó Inés induciendo la respuesta.
–Sí, pastel de papas está bien.
–Yo quiero milas con papa fritas –dijo Ramiro, chicaneando la cena.
–Bueno –dijeron al unísono los progenitores, ante la mirada impávida del Gordo Delorean.
–¿Estás esperando a alguien? –me dijo Ramiro–. ¿Qué mirás tanto para la puerta?
–No, nada que ver –contesté.
–Eh, tráeme otra jarrita –dijo el Cholo.
–Tranqui, Cholito, eh –advirtió Inés.
–Si mañana nos vamos, no jodas–. Contestó el Cholo en clara señal de hinchazón testicular.

De repente y como suceden las cosas anunciadas, Laura entró con su familia. Llevaba un vestido celeste que le llegaba hasta los muslos, una vincha le sostenía el cabello castaño, tenía una pulserita roja nueva y su risa seguía fresca e intacta. Sentí que el mundo se inclinaba en clara reverencia cuando ella caminó los poco pasos hasta la mesa que eligió la familia. Yo seguí su trayecto hipnotizado. Ella no levantó jamás la mirada y al sentarse se puso a charlar con su hermana. Me sentí incómodo y abandonado. Me empezaron a traspirar las manos y empecé a diagramar charlas para tener con ella. El Gordo Delorean me hablaba de que a la tarde habían pasado Volver al futuro 2 y no sé qué más. El Cholo decía que iba a pedir otra jarrita para cuando terminara de comer, para bajar la comida y fumarse un puchito tranqui. La Inés le decía que mejor lo baje con un juguito de pomelo. Ramiro callado me miraba y se divertía.

–Voy al baño –dije.
–¿Te pasa algo? –consultó pediátricamente Inés.
–¿Pará qué te vas a ir si ahí viene la comida? –espetó cholo
–Es un segundito, me voy a lavar las manos.
–Finolis –dijo el Cholo mirando a su hijo menor.

Caminé rápido hasta pasar cerca de la mesa de Laura, ahí aminoré el paso y la busqué con la mirada, ella me vio y me levantó la mano en un saludo distante mientras le colocaba un collar a su hermana.

Me senté en la mesa contraído, con el ceño fruncido y las manos más transpiradas que antes. Me pregunté qué hice mal. Si fue insolente pasar a saludarla aunque como excusa tuviera el deseo de hacer uso del baño.

–Te gusta esa pibita, ¿no? –me dijo Ramiro por lo bajo.
–No, nada que ver.
–¡Qué no! Dale, decime.
–No, posta.
–Está buena, a mí sí me gusta
–Es chica para vos –dije y me arrepentí tratándolo de arreglar con un, ¿no?
–¡Ja! ¿No era que no te gustaba? ¿Cómo sabes que es chica?
–No me gusta, la vi un par de veces y hablamos y… eso, me dijo cuantos años tenía.
–¿Cuántos años tiene? –preguntó Ramiro.
–Dieciséis, creo.
–Le re doy, si te gustaba perdiste. Ya la marqué.
–Bueno, marcala lo que quieras, no te va a dar bola.
–¿Que no me va a dar bola? ¿Querés apostar?
–No, está bien. Seguro que te la re curtis –le dije, y me sentí pequeñísimo.

Se me acercó al oído y dijo “me la voy a coger, no a curtir”.

Casi que no toqué mi plato, estaba nervioso, incomodo, molesto, enojado. Desorientado. El Gordo me preguntó si podía “ayudarme a comer”. Me zarpó el plato y le entró parejo. Automáticamente después de comer el último bocado pidió helado. El Cholo sonrió con un inexplicable orgullo. Ramiro entretanto me miraba y reía de costado con esa media sonrisa, tan de ego grande y confianza ciega en sí mismo. Gozaba.

Cuando el Gordo terminó el helado, Cholo manifiestamente beodo nos dijo “vayan a jugar a los jueguitos”, y le tiró unos diez pesos al Gordo que salió presuroso hacia la caja de venta. Yo lo seguí para alejarme de Ramiro y la ignorancia que me dedicaba Laura desde la lejanía de su mesa.

–¿Lo viste? –dijo el Gordo
–¿A quién?
–Al chino, boludo.
–Ah, no.
–Está ahí, comiendo con los viejos, ¿lo ves?
–No, Enzo, ¡qué me importa el chino!
–¿Qué te importa? Me va a sacar la punta.
–Gordo, me tenés podrido, hermano. Estás grande. ¿Qué te van a dar por ese juego de mierda? Estás grande, de verdad. Hace otras cosas, buscate una vida –cuando terminé de decirle la frase me di cuenta cuánto lo herí a él y también a mí.

Me fui para la puerta a sentarme en la vereda, esperaba como en esas series del verano perfecto que ante cualquier quilombo o conflictos de desamor el muchacho derrumbado era socorrido por la espalda por la chica amada. Y mientras se daban su primer beso fuegos artificiales decoraban la noche. Estuve cuarenta y cinco minutos esperando que esa escena sucediera, pero la realidad es ruin y siempre destrona a la ficción. No me percaté que ya sonaba la banda y que estaban anunciando que de un momento a otro arrancaban las cumbias. Me di ánimos, que ni yo mismo creí, para entrar nuevamente, dudé en irme pero ganó la primera opción. Me metí en el baño y me miré la camisa, me adiviné guapo y carburé para encarar a Laura. Cuando llegué, las mesas estaban corridas, había una pequeña pista de baile improvisada donde entraba la banda y los circunstanciales bailarines que cada tanto se volvían a sentar en sus mesas. Busqué a Laura en la pista y no la vi. Cuando miré para su mesa estaba apartada charlando con Ramiro. Sentí que todo era una fachada, una invención terrorífica de mi imaginación. Miré para la mesa de los Ferraguto para ver si estaba Ramiro, si no me había equivocado de figura. Me encontré con la Inés con cara de orto porque Cholo se había pedido un whisky. Vi que Ramiro me miraba, y cuando se dio cuenta que efectivamente lo había visto, acercó, aún más  su silla a la de Laura. Lo conocía, era la misma táctica que ya le había visto. La estaba envolviendo, seduciendo. Me apoyé en uno de los marcos de la puerta que comunicaban los videos con las mesas y la ahora novedosa pista de pachanga, tratando de dar lástima a alguien. El grupo Brisas tocaba Popotito y un pelado revoleaba a su pareja por toda la pista. Nadie correspondió a mis intenciones. Miré para adentro y lo vi al Gordo viendo al chino mientras este último jugaba al Puzzle Booble. Me acerqué y le pedí perdón.

–No pasa nada –me dijo–. El Chino no me puede pasar, le quedan dos fichas.
–Mejor así… mejor así, amigo.

Envidié la felicidad del gordo, sentí que ese era mi lugar. Que me tendría que haber quedado en los fichines sin intentar aventurarme en el amor.

De repente pasó Laura para vigilar, por pedido de los padres, a su hermana.

–¿Hola, todo bien? Me dijo como si nada.
–Hola, sí, todo bien. Acá viendo un poco.
–¿No jugás?
–No, estoy grande para los fichines.
–A mí me gustan.
–Si, a mí también pero ya fue.
–Ah… estoy afuera con tu amigo.
–¿Con quién? –pregunté fingiendo sorpresa.
–Con Ramiro, es copado. Venite si querés. Él me dijo que son amigos.
–Ah, Ramiro, no… todo bien. Me quedo acá.
–Como quieras… nos vemos.
–Lau… –dije cuando ella ya se había dado vuelta sin oírme.

Me compré una ficha de flipper y jugué sin ganas, apretando con fuerza los botones. Pateé un poco las patas de la consola y salí para el sector de las mesas.

Sonaba un tema del grupo Sombras, mal interpretado, para ser coherentes con toda su performance, por el grupo Brisas. No quise mirar para la mesa de Laura así que direccioné para lo de los Ferraguto. Cholo estaba con un trago de colores mientras la Inés bostezaba despatarrada en la silla. Junté fuerzas y miré para la mesa de Laura. Ella no estaba.

Cuando miré para la pista imaginé todo lo que iba a ver y a suceder. En un costado de la pista cerca de la puerta de los jueguitos estaban Laura y Ramiro bailando juntos. Ramiro me miró, le dio un beso lento y hermoso a Laura que se sonrojaba y escondía de la mirada de su familia que andaba en otra cosa. Ramiro me buscó nuevamente con la mirada, me guiñó un ojo y se la tranzó bruscamente. En la mesa había un vasito con un culito de cerveza que, supongo, había pertenecido al Cholo. Me lo tomé, en una suerte de fondo blanco pobre, en una imagen entre triste y bizarra. Estaba tratando de incorporar un personaje mal escrito y que no me creía. Me decidí. Salí a encarar a Ramiro, no sabía si trompearlo, si escupirlo, si putear a Laura. No lo sabía  pero encaré para allá. Cuando me estaba acercando escuché un grito que tapó el solo del nefasto guitarrista de Brisas.

–¡¡Chino de mierda!! ¡¡¡Hijo de puta!!! –escuchamos todos y vimos volar al escueto oriental que rebotaba contra el marco de la puerta y rajaba el vidrio.

El Gordo Delorean, alterado y sacado, lo empujó contra los cristales, alguien le tiró una mano al Gordo y yo me metí a empujar en el barullo. Vi que el chino estaba en un costado mal herido y le estampé una patada que lo hundió contra el piso. Me quedé atónito ante mi accionar, sentí mi respiración alterada, el sudor seco que me corría por la espalda. El chino no era el destinatario de mi furia, solo funcionó como una metáfora, un cuerpo accesible para que yo desplace mi venganza. Cuando levanté la mirada, Laura me estaba mirando paralizada. Ramiro estaba agarrando al Gordo y el barullo se disipaba.

–Sos un pelotudo –me dijo Ramiro ante el silencio de la sala.

Sentí un galopar de angustia en el pecho, encaré para la puerta y salí corriendo sin que nadie pudiera detenerme

Corrí un par de cuadras y llegué a una calle oscura y sin asfaltar que me llevaba al dúplex pero que no tomábamos nunca porque parecía tenebrosa y lindaba con un enorme descampado. Encaré atravesando la negrura de la noche, puteando, desconcertado, sin entender mi reacción. Me dolió en el alma pensar en Laura. Sentí que ella me había traicionado, que me había corrido de una historia que yo debía protagonizar. Al llegar a la mitad del descampado divisé un bulto en el costado del descampado. Me detuve, miré y decidí encarar. Era la bici de Faturita. Entre los yuyales del descampado escuché un sollozo demoledor. Miré un poco sin hacer ruido. Volví a mirar la bici para confirmar la identidad del potencial dueño, al costado había dos reseros. Corrí los yuyos y lo vi a Faturita, sentado en la tierra, los ojos vidriosos e idos.

–Un beso de amor viejo, eso te pido nomá, un beso pero de amor –decía mientras se le caían unos gotones de los ojos.
–Faturita –le dije con vos temblorosa–. ¿Faturita estás bien?

Mi miró sin verme, como si yo fuera un espectro, un holograma de la noche

–Un beso de amor pido nomas, diosito, un beso de amor… alguien que me quiera. ¿Es mucho para pedir? Un beso de amor para Faturita.
–Ey… vamos, Faturita, dale.
–Un solo beso de amor –repetía y lloraba.

Lo miré unos instantes mientas lloraba y repetía que quería un beso de amor. Pensé que aún en su borrachera barata e individual tenía razón, que para ganarle a cualquiera, a todas las noches del mundo, a todas las penurias y avatares que presentaba el universo, solo nos hacía falta un beso de amor. Esa era la llave que abría las puertas del sol. Supe en ese instante que yo estaba tan perdido como Faturita esa noche. Le acaricié la cabeza y me fui para el dúplex sabiendo que nada iba a poder hacer.

*

Al otro día no salí de casa hasta bien entrada la tarde. Escuché como los Ferraguto llenaban el baúl con sus valijas y recuerdos y partían hacia los confines de la rutina. Caminé por las desoladas calles de Aguas Verdes. Era marzo primero y nada había que hacer por esos lares. A nosotros nos quedaban cinco días más. Pasé por el local de los fichines, merodeé el lugar con cierto temor e intriga. Estaba cerrado. Miré por la ventana, una señora gorda y rulienta limpiaba el local con una escoba. Los arcades estaban prendidos y puede ver el nombre de “Liang”, que puntuaba en lo más alto del ranking del Puzzle Booble, seguido por un “ENZO” en orgullosas mayúsculas. Caminé en sentido a la playa con el propósito de llegar hasta donde estaba la tortuga. En el camino crucé a Faturita, venía en su bici bordeando una vereda. Me miró fijamente e ignoró mi saludo, dejándome estupefacto y contraído. Llegué hasta los médanos que escondían mi compañera secreta. Cuando los bordeé la tortuga ya no estaba allí. Miré bien para comprobar que no me había equivocado. Efectivamente era allí. Una leve lluvia regaba la tarde mientras los nubarrones tapaban prudentemente los rayos de un sol sin ganas. Subí a los médanos y vi la playa desolada y vacía, los rumores de un olor a podrido poblaban la escena. Es así como se terminan las vacaciones. Así es como se termina una ficción. Solo y con olor a podrido.

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