Historias sin punto final
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#20 · Condenados en el paraíso

Por Juan Manuel Lombardero
Ilustración Lúa Manguito
Ph. Gustavo Salamié

Mientras el mar de Playa Bonita intensifica uno de esos instantes que invitan a la reflexión sobre la idea de vivir flotando en aguas cálidas o analizando las hojas de las palmeras, un grupo de tres o cuatro nenes se acerca a la larga tabla de madera donde hace minutos finalizó el almuerzo y donde transcurrirán las horas de la tarde. Se los ve muy chiquitos de edad y de estatura. Los nenes miran los platos, no miran las mochilas. Miran los platos y los vasos. Nada más. Hablan entre ellos, se quedan unos segundos y siguen caminando. La escena se repite, pero los nenes cada vez son más. Nenes y nenas que caminan, miran los platos y los vasos y siguen. Allí, no hay más que espinazos de pescado, restos de ensaladas, granitos de arroz, alguna banana frita –a la que los colombianos denominan patacón– y una botella de Coca en la etapa final de su vida útil. También hay una piña, caribeña y fotogénica, para el postre. Es la primera sensación extraña de la incipiente estadía en Cartagena.

El sol del mediodía arde, pero la arena no quema los pies al salir del agua. Los nenes se van –quién sabe a dónde– pero hay uno de los más bajitos que sigue ahí. Cuatro o cinco años tiene, según los cálculos. Se revuelca, hace piruetas y divierte. Corre al mar, se limpia y vuelve a tirarse sobre la arena. No para y hasta que lleguen los demás, no va a parar. Está plenamente concentrado.

El abridor artesanal da resultado y la coincidencia es general: no hay registros de un ananá más fresca y dulce. El nene aminora el ritmo de su rutina –casi extenuado– y los otros chicos se acercan. Las nenas grandes lo retan y todos juntos se paran a un costado de la mesa. No piden nada. Solo miran.

La culpa llega desde algún lugar y toca la puerta: ¿por qué tantos sí y otros, tan vulnerables, no? La reacción es inmediata, pero el fruto –un aliciente, quizás– significa un problema: la nena más grande, que desde el lenguaje corporal se presenta como adulta, distribuye los pedazos de ananá como puede y los más menuditos quedan en desventaja. Para algunos hay más que para otros. Hay nenes que comen más lejos y vuelven para ver si hay algo más. El hambre y la sed se traducen en desesperación. Antes de irse – ¿quién sabe a dónde?– comparten lo que queda de bebida, dejan miradas algo más felices y un nudo en la garganta difícil de desatar. Nacer en la paradisíaca Cartagena de Indias es un privilegio, pero para muchos es un castigo.

Recuerdo aquel texto de Charles Baudelaire, breve pero de gran fuerza retórica, contextualizado en el proceso de demolición y reconstrucción parisina de mediados de 1800. En Los ojos de los pobres, el poeta francés utiliza una escena cotidiana –un café entre dos enamorados en un pintoresco bar de la capital– para dar cuenta de una situación compleja: la transición hacia la estratégica modernización de la ciudad hace visibles a personas, que salen de sus barrios arrasados para buscar espacios de pertenencia en la gran urbe, se exponen frente a las elites y evidencian diferencias de pensamiento entre hombres, tendientes a una izquierda liberal, y mujeres, afines a la derecha más conservadora.

La historia, como puede suponerse, no tiene un final feliz. Una “familia de ojos”, ilustración metafórica de Baudelaire, observa las tazas con suma fascinación a través del vidrio: “Ese es un sitio donde solo puede entrar la gente que no es como nosotros”, piensa uno de los niños. Su mera presencia molesta a la mujer del café, que expone toda su vocación discriminatoria en una sola expresión: “¡No soporto a esa gente con los ojos abiertos como platos! ¿No puedes decirle al encargado que los eche de ahí?”. Hacia el desenlace, la ficción y la realidad se entremezclan mientras el sentimiento y la razón se separan: muchas parejas de aquella época culminan sus relaciones por motivos ideológicos.

En Cartagena, distrito cultural del caribe colombiano, es difícil encontrar a una familia de ojos en un espacio y un tiempo específicos. A diferencia de lo ocurrido en distintas metrópolis del viejo continente, en la Ciudad Amurallada, así reconocida por la conservación de su arquitectura colonial, los pobres adquirieron visibilidad tras la explosión turística derivada de su declaración como Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO en 1984. Actualmente, uno de los destinos preferidos por los argentinos para vacacionar esconde buena parte de su realidad, inherente al génesis latinoamericano: la desigualdad, la miseria y sus consecuencias más profundas, omitidas en los trípticos que invitan a conocer las islas coralinas y las playas paradisíacas.

El lado oscuro de la luna tiene su negación fundada en los siete colores del océano, la arena blanca, los archipiélagos vírgenes, la eternidad del verano, la variedad de la fauna marina, la inmensidad de los parques nacionales, la transparencia del agua, la compañía del viento y los atardeceres de tinte poético; algunos de los regalos naturales que hacen que Cartagena enamore a quien decida conocerla.

Asimismo, su costado urbano está plenamente desarrollado: casi un millón de personas habitan la quinta localidad más poblada de Colombia, que cuenta con un centro moderno –de avenidas anchas, imponentes edificaciones, restaurantes típicos, pizzerías, locales varios y franquicias– y con un centro histórico, protegido por un muro de doce kilómetros construido entre los siglos XVI y XVIII –en defensa de asaltos piratas– que convierte a su estratégica zona portuaria en la más reforzada del continente. Caminar por las calles de Cartagena es transitar una parte de su historia: la preservación de la fachada, los paseos en carruaje y los bailes tradicionales en las plazas consolidan el escenario de una ciudad que no duerme: la euforia se hace canción y mientras haya un güiro, un bongó y un acordeón, habrá un ballenato en cada esquina.

La ciudad que inspiró parte de la obra de Gabriel García Márquez, donde desde mayo descansarán sus restos por voluntad del escritor, es uno de los tantos lugares en tierras americanas donde los ninguneados, los nadies de Eduardo Galeano, andan muriendo la vida: Cartagena también oculta los ojos de sus pobres y quienes han crecido en sus pueblos y en sus islas tienen escasas alternativas para construir sus caminos.

El comercio ambulante es una de las salidas habituales y no hay edad para su puesta en práctica: padres por un lado, madres por otro, hijos e hijas por otro. En muchos casos, los abuelos y los niños también están obligados a trabajar. En Bocagrande, por caso, los turistas ponen su cómodo egoísmo vacacional por encima de todo y suelen quejarse del “acoso” que reciben por parte de quienes intentan anticiparse a sus pares para vender un producto o un servicio. La competencia es feroz y las disputas entre carperos, artesanos  barqueros –entre otros vendedores– son escenas que se dan con frecuencia: un cliente puede salvar un día de trabajo, puede significar un plato de comida y allí radica la desesperación. Las discusiones son largas, el tono se eleva y los precios de las pulseras, de las tobilleras, de los traslados y de los paseos pueden fluctuar drásticamente en segundos. Por encima de ellos, hay personas que llenan sus bolsillos y juegan con sus necesidades. La total comprensión de sus vidas en plazos tan acotados y espacios de confort es difícil, pero la tolerancia permite acercarse. Conocer sin preguntarse es, quizás, desconocer.

Mary, masajista del grupo Las tres Marías, trabaja hace años en una zona céntrica del lado moderno de Cartagena. Si bien no tiene una posición fija, cuenta que conoce los horarios, los días y los meses donde hay mayores oportunidades. De impronta perseverante, admite que su actitud puede ser invasiva, pero que su vida –y la de sus hijos– dependen exclusivamente del movimiento de sus manos y de su insistencia. Los detallitos invitan a la confusión: el masaje empieza en la mayoría de los casos sin el pedido del turista y, si no hay rechazo, deja de ser un regalo y se cobra. Aunque reconoce que muchas personas aprovechan esas situaciones, elige otras formas. Mary es isleña y su objetivo de cada día es sobrevivir: horas y horas de trabajo, que en muchos casos se pagan lo que determina el turista, representan alimentos y satisfacen necesidades elementales, en uno de esos lugares del mundo donde comprar una garrafa implica un esfuerzo sideral.

El archipiélago más importante de la zona, Islas del Rosario, está conformado por 27 extensiones variopintas y de formación coralina. Solo tres de ellas son de acceso público y allí viven Mary y muchas personas en condiciones similares. Las otras se encuentran en manos privadas y pertenecen a empresarios, artistas y funcionarios –algunos de ellos en pleno ejercicio del poder. El tour más popular ofrecido al turismo incluye un recorrido que, a través de un discurso reiterativo y simplista, subraya la ostentación y omite la pobreza. Durante el paseo, los guías enfatizan sobre propiedades presidenciales y adquisiciones multimillonarias, pero callan –y bromean– cuando la embarcación se aproxima a zonas de honda miseria. El fenómeno es sugestivo desde lo sociológico y humillante desde lo antropológico. Quienes llevan a cabo la excursión, oriundos de esos pueblos, exponen y ridiculizan a los nenes que se acercan a las lanchas braceando sobre tablones de madera: piden a los paseantes, en expresiones denigrantes, que tiren monedas al fondo del mar, que los chicos las agarran con la boca. Y los turistas tiran, ríen y sacan fotos de un espectáculo vergonzoso.

Cartagena vive casi exclusivamente de quienes ingresan a la ciudad para conocer, vacacionar o hacer escala en viajes de mochilas y caminatas continentales. En el pintoresco centro histórico pueden observarse más alternativas de trabajo para los nativos: la Ciudad Amurallada es un atractivo en sí y está pensada para los millones de turistas –nacionales e internacionales– que la eligen como destino. La agresividad caracteriza a la oferta, tanto en las calles como en los comercios: nadie está callado, nadie está quieto y los vendedores marcan el ritmo. Todo –un chiste, una foto o una improvisación musical– puede aparecer sin ser demandado e inmediatamente después, valer una moneda.

Bajo la Torre del Reloj, símbolo del distrito, los proveedores de los tours son “los dueños de la farmacia” y una excursión a las islas puede incluir adicionalmente bolsitas de cocaína o algunos gramos de marihuana. Buscarse la vida es, también, apelar a la versatilidad. La zona céntrica está copada por policías que, a metros de las transacciones, no ven nada. Son frecuentes, sin embargo, las requisas y detenciones a los extranjeros que caen ante la perversidad del sistema. Las chicas, muchas de ellas menores de edad, entran en el negocio y la promoción es permanente. La prostitución está totalmente naturalizada y, si bien se divide por zonas, cualquiera puede dar referencias. Generalmente son hombres mayores que cumplen la función de inducir al turista al consumo. Los tacos altos, la ropa ajustada y el maquillaje forman parte de una lógica que pretende evitar que la primera mirada sea a los ojos, que distraídos evocan a los de los nenes y nenas que miran los platos y los vasos en las playas.

Alfonso Enrique Hernández Bello, alias “Bello”, es uno de los tantos chicos que saben de qué se trata pasar hambre y tener sed. Artista y deportista originario de Barú –una inmensa isla a 45 minutos del puerto y quizás la más hermosa del caribe colombiano– cuenta que nacer allí es una bendición, pero crecer es dificultoso. Las circunstancias externas y la dependencia absoluta de Cartagena hacen que el contexto se vuelva hostil para sus habitantes. Según Bello, la escasez de agua y la carencia alimenticia, sumadas a la falta de alternativas, se traducen en alteraciones psicofísicas que condicionan el desarrollo y las elecciones determinantes de la vida. Sus amigos de la infancia, por caso, tomaron diversos caminos. Con cierta nostalgia, recuerda que eran sus hermanos, sus vecinos del pueblo, los chicos con quienes bajaba frutos de los árboles. “Uno mató, se fue para Cartagena. Los demás apuñalaron y a uno lo metieron preso por tres meses nada más. Hoy están en lo mismo, robando y fumando”.

La madre de Bello trabajó siempre para que él pudiera estudiar y Bello, para que ella comiera. Era negado por su padre y sus hermanos por refugiarse en el arte y en la música. Su abuela ocupaba el lugar de una figura paterna ausente, una consejera que marcaba los límites cuando las estructuras se desmoronaban y la caída en excesos parecía inevitable: “Nos daba solo lo que podía darnos, porque ella también tenía que comer. Me daba, pero no lo suficiente”. Con 24 años, es consciente de que lo más difícil ocurrió entre los doce y los quince: “A veces tenía demasiado hambre. Me daba vergüenza pedir y me aguantaba. Pensé en robar, pensé en que lo único que me quedaba era robar o atacar. Iba hacia adelante y me acordaba de mi abuela diciendo que lo ajeno es ajeno y que lo ajeno no se toca. El único miedo era perderla”. Y agrega: “Una vez duré ocho días sin comer, acostándome sin comer y sin tomar agua porque no había. Yo era pequeño y necesitaba. Me estaba atrofiando. La única manera era vendiendo ambulantemente o haciendo pesca, pero eso no me cubría”.

El psicólogo del pueblo también fue importante para que Bello saliera entero de esa etapa. Acumular tristeza significaba acumular violencia y la violencia acotaba las posibilidades. Después de los quince, las cosas fueron distintas: “Me sentía solo, me estaba cerrando y necesitaba apoyo. Me enfoqué en trabajar para comer”. Para salir de la situación, Bello colaboró con el asfaltado de la ruta local a cambio de un sueldo quincenal. “De lo que ganaba, la mitad se la daba a mi mamá y la mitad de lo que quedaba, a mi abuela. Lo otro era para comer y para mi hermano”. Además, comenzó a darle forma a sus aspiraciones y a su vocación: dibujaba para vender y tatuaba a los turistas, que se iban conformes y en muchos casos pagaban más de lo que Bello pedía. Un canadiense, contento por el rostro de 50 Cent grabado en su espalda, le regaló una máquina portátil profesional. “Me dijo que valorara mi trabajo”. Los últimos años fueron más tranquilos. Consiguió entre seis y siete puestos distintos, trabajó en el suntuoso hotel Decameron y fue ayudante de construcción: “Pico y pala. Fuerte, fuerte”, describe.

Playa Blanca toma su nombre del color de la arena, que se combina a la perfección con el mar turquesa y las chozas de madera y paja. Es propiedad del estado colombiano y pertenece a la extensión territorial de Barú. Allí, los turistas paran para establecer un intenso contacto con la naturaleza y ver caer el sol en el océano. Actualmente, la comunidad que vio nacer a Bello se encuentra en negociaciones con grupos empresarios que pretenden demoler el pueblo y hacer una isla moderna, con hoteles de lujo y restaurantes gourmet. Prometen a los isleños que renovarán sus casas, les darán beneficios y comodidades y abrirán puestos de trabajo. El trasfondo es conocido: ricos cada vez más ricos y pobres cada vez más pobres. Familias de ojos visibles, pero negadas en sus propias tierras.

Dijo Galeano alguna vez que el hambre no es solo de pan, que también existe mucho hambre de abrazos. Y que no seremos plenamente humanos ni democráticos mientras no seamos capaces de construir un mundo sin hambre de pan ni de abrazos. En la maravillosa Cartagena, donde el turismo mueve millonadas concentradas en pocas manos, muchas personas hablan a través de sus miradas y quedan postergadas en una ciudad que condena a sus pobres al silencio del paraíso.

 

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