Historias sin punto final
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El verano empieza un rato antes de las fiestas. Para muchos, es una promesa, la esperanza de esas vacaciones merecidas, una guía de planes que incluye quinchos y piletas; para otros, fuegos insoportables, transpiración incómoda, mareos y desmayos. Hay los fundamentalistas del verano y los anti-verano, los que creen que es la mejor estación del año y los que detestan su fisonomía. Los pibes que no estudian durante el año sufren las clases particulares en comedores donde el calor se combate con ventiladores inútiles. Los que sí estudian descansan largo y tendido. Los veranos son ideales para hacer pretemporadas –y para deshacerlas. El verano se siente en las hormonas, por eso provoca, estimula y enamora. El verano es festivales, murgas y carnavales. El verano sirve para planificar el año, aunque el año después se planifique a gusto y antojo. Hay los que salen a recorrer costaneras y los que salen a correr a la plaza. Hay los que sacan la reposera a la calle y los que se encierran bajo aires acondicionados a mirar series llenas de acertijos. Hay los que salen a pescar o a escalar montañas. El verano es una placa televisiva que marca números imposibles. El verano son tormentas que se veían venir y que calman la sed. El verano promueve el turismo. El verano es torneos de fútbol que acumulan empates aburridos. El verano es zapping entre programas viejos, repetidos y olvidados, películas heroicas y panelistas sin límites. Al verano le sobran anécdotas, descomunales momentos de algarabía e imborrables segundos de zozobra. Durante el verano, miles de miles eligen la playa, las sales del mar, los churros con dulce de leche y el café café, aunque sin buzos o camperitas es imposible resistir el anochecer. El verano es para ir al teatro y leer buenos libros. En algunos rincones del mundo, el verano es lo único que existe. Al verano le hicieron toda la fama y después lo mandaron a dormir. Febrero transforma el verano en un chasquido demasiado efímero. Marzo, a veces, parece que ya no es el verano, aunque siga. El verano es el recuerdo latente –y muchas veces el sabor amargo– de aquellos veranos inolvidables que no volverán. Al final del verano espera el otoño, como si fuera una metáfora de la melancolía.

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