Historias sin punto final
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#15 · El Chocón

Por Juan Duacastella
Ilustración Pablo Túnica

Era verano,
en la superficie de la familia
llovían meteoritos.
Íbamos en auto de vacaciones
y el ruido de una pinchadura
desató el temporal.
No conocía la criptonita
pero aún así era un millón de veces
más débil que Clark Kent.
Papá lloraba por teléfono,
el corazón astillado, polvo lunar
en una playa de estacionamiento.

(Marcelo Daniel Diaz, “Nosotros”
en Newton y yo, Editorial Nudista, Cosquín, 2011)

 

 

En el museo de la represa El Chocón hay una foto que siempre me fascinó: representa a un grupo de trabajadores de la represa vestidos con impecables trajes negros a la salida de lo que parece ser un velorio. La mayoría lleva el sombrero sobre el pecho en señal de respeto, posan como un equipo de fútbol, hay uno que sonríe. Detrás se puede apreciar el paisaje, la estepa árida como en una película de cowboys, los peñascos y cerros pelados que se levantan como un capricho de lava antigua, la punta del lago artificial Ramos Mexía, que se adivina azul en la foto blanca y negra. Un cartelito, debajo del marco, señala: “Con respecto a la mortalidad, se puede asegurar que a comparación de otras obras el promedio de fallecidos fue ínfimo”.

La primera vez que vi esa foto tenía unos diez u once años. Era nuestro segundo viaje a Bariloche. Íbamos en el falcon rural amarillo de mi familia, tirando de la casita rodante lentamente, en un viaje de tres días con dos paradas nocturnas en el camino. El falcon tenía caja de cuarta, y la casita rodante hacía que la velocidad en los tramos con viento en contra fuera de 50 kilómetros por hora. Los cinco chicos íbamos en el asiento de atrás, butacón de cuerina, y por delante, una cinta plateada de metal fundido que era el asfalto ardiente de los caminos neuquinos se perdía en el horizonte, siempre despejado de otros autos. Por momentos parecía que nadie más iba en nuestra dirección. Nos entreteníamos como podíamos. Mi madre hacía sándwiches para comer en las paradas, sándwiches de milanesa fríos en pan lactal, y mi padre repetía siempre que el viaje era parte de las vacaciones.

Le decíamos “la conquista del desierto”.

Aquella vez paramos en El Chocón a pasar la noche, con la idea de llegar a San Martin al día siguiente. Estacionamos frente a la plaza, bajo un farol, y nos repartimos: la casa rodante tenía lugar para cinco personas, así que con mi hermano menor pedimos dormir en el auto, que nos gustaba más. Podíamos plegar los asientos de la rural para formar una cama más grande y además, teníamos la posibilidad de bajarnos del auto cuando todos durmieran, e ir a explorar el lugar con la linterna, una pequeña libertad secreta que compartía con mi hermano.

A la mañana siguiente el auto no quiso arrancar. Estaba muerto. Recuerdo que un playero del Automóvil Club lo revisó y le dijo a mi padre que no entendía por qué no funcionaba, que todo parecía estar bien. Era sábado a la mañana y el único mecánico del lugar volvía de Neuquén recién el lunes, por lo que no había mucho que pudiéramos hacer. Mis padres discutieron un rato y nosotros nos fuimos a los juegos de la plaza,  hasta que el sol nos empezó a picar en la nuca y en la parte de atrás de las orejas. Cuando volvimos, mi madre nos dio dinero para ir a comprar frutas y agua fría al almacén, y nos pidió que nos mantuviéramos entretenidos, porque la cosa iba para largo. Mi padre puteó un poco, mi madre trató de calmarlo con comentarios que empeoraban las cosas. Hacía un calor terrible, y después de darle vueltas un par de horas, se rindieron. Conseguí manzanas y peras, que comimos bajo un árbol de la plaza con una coca tibia y a la tarde, mientras mis padres dormían la siesta en la casa rodante, nos fuimos a recorrer la villa El Chocón, esquivando el sol abrasivo, saltando de sombra en sombra, los únicos que andábamos por la calle a esa hora.

***

La villa El Chocón fue construida al mismo tiempo que la represa, a finales de la década del 60. La empresa encargada de la obra hidroeléctrica se ocupó también de construir el lugar donde habitarían sus operarios y sus familias. Era un poblado levantado de la nada, en medio de la inmensidad y el viento, un poblado pensado todo por la misma persona, imaginado en una sola mente; las casitas de corte americano idénticas, con paredes blancas y tejas rojas, el cine y las plazas, las escalinatas que llevaban al lago, el hospital y hasta la iglesia, todo con el mismo estilo, como si se tratara de un pueblito de fantasía en un parque de diversiones. Muy pronto comenzaron a llegar trabajadores y gendarmes para habitarlo, y en unos pocos años se convirtió en una zona próspera y feliz. La empresa brindaba gratuitamente todos los servicios, no existían los robos y todos compartían el orgullo de estar realizando un trabajo trascendental y difícil. Hacia mediados de la década del 70 la población había crecido hasta llegar a los 5 mil habitantes, y tenía una calidad de vida muy superior a la media de la provincia.

Una foto del día de su inauguración muestra lo que parece una tarima montada en la plaza, rodeada de arbolitos flacos recién plantados, donde se amuchan para cortar la cinta un cura, un militar y un hombre de traje oscuro, que según el pie de foto era el ingeniero a cargo del proyecto. Abajo en la plaza, los hombres visten uniformes de trabajo recién estrenados y sonríen, sus mujeres llevan un ramo de flores idéntico en sus manos, cortesía de la empresa. Un pasacalle, detrás, anuncia: “Bienvenidos a El Chocón, la obra del siglo”.

***

Esa primera noche que pasamos en El Chocón cenamos en el restaurant del Automóvil Club y nos fuimos a dormir temprano porque al otro día planeábamos partir al amanecer. Mi padre encendió el auto para darle batería a la casa rodante mientras hacían las camas y se acomodaban dentro. Funcionaba. Después nos encargó que no saliéramos del auto y que dejásemos un resquicio de la ventana abierta, aprovechando que el cielo estaba despejado y que no parecía que fuera a llover. Finalmente se metió en la casa rodante y nos quedamos solos, leyendo con la luz de la linterna que mi hermano colgó de un alambre que asomaba por un agujero en el techo del auto.

Pasada la medianoche nos despertó el estallido de un trueno. Mi hermano encendió la linterna y miramos por la ventana pero no llovía. Nos pusimos las zapatillas y bajamos del auto, cuidando de cerrar la puerta con suavidad para no despertar al resto y caminamos una cuadra en dirección al lago. Cuando nos faltaban unos veinte metros para llegar a la orilla oímos el segundo trueno. Fue tan fuerte que instintivamente nos agachamos, y sentimos como golpeaba invisible sobre el lago, aunque nunca vimos el relámpago. Las luces de la calle se apagaron. Mi hermano se asustó y yo un poco también. Pero con la oscuridad el cielo se nos hizo claro de pronto y pudimos ver las estrellas, cientos de miles como nunca habíamos visto, más estrellas de las que uno se imagina que podían existir, el cielo patagónico que habíamos olvidado apreciar un rato antes, volviendo de cenar, tal vez por la costumbre de ver siempre el mismo cielo parco y austero de Buenos Aires. En la oscuridad, la única luz era la linterna que sostenía mi hermano y siguiéndola, giramos por la calle paralela al lago, para dar una vuelta manzana y volver al auto antes de que alguien se diera cuenta de nuestra pequeña fuga. Cuando tomamos la costanera, con el lago a nuestra derecha vimos otra luz en la orilla, una luz que antes no habíamos notado.

La única luz en todo un valle desierto inundado por el lago artificial más grande del país, la única luz además de la nuestra. No era una linterna.

Yo pensé que era un farol redondo como los de la plaza, mi hermano pensó en un globo de papel, de los que se encienden en año nuevo. Lo sostenía un hombre de barba y anteojos, vestido con el uniforme de trabajo de la represa. Lo tuvo en sus manos unos segundos, y después lo largó para arriba y se fue flotando, bien alto, hasta que lo perdimos de vista.

***

Antes de que el paisaje fuera inundado con el agua azul del lago Ramos Mexía, el lugar era un desierto árido repleto de formaciones rocosas de excéntrico diseño y formas variadas, que fueron descriptos por el primer explorador de la región, un misionero jesuita, como “gigantes de piedra olvidados, dioses naturales del desierto, dispuestos como piezas de ajedrez en el valle”. Cuando el agua los cubrió, los gigantes adquirieron nuevas y más enigmáticas formas en la mente de los habitantes de la villa, amplificados por la imaginación y el fulgor poético que producían las tardes eternas mirando el paisaje, y había incluso quienes aseguraban haberlos visto desde algún bote, los días en que el lago estaba planchado, posados en el fondo con gallardía, como si no supieran (o no les importara) que estaban ahora cubiertos de agua helada.

***

La entrada al Museo de El Chocón costaba un peso para los adultos, pero era gratis para los chicos, así que entramos, porque era el único lugar abierto en toda la villa. Una encargada nos hizo pasar, y nos preguntó si queríamos la visita guiada, o preferíamos recorrerlo solos, indicando que en el primer salón estaba la historia de la represa, y en el segundo (lo dijo con una sonrisa) estaban los dinosaurios. Era claro que prefería la segunda opción, y nosotros también, así que le agradecimos con fingida educación y nos metimos en el museo. Ella nos sonrió y encendió las luces, y después abrió unos ventanales altos, para que entre algo de aire.

El primer salón tenía una maqueta grande y preciosa de la villa y el embalse. Parecía uno de esos modelos de tren eléctrico antiguos que mi padre aún tenía en una caja del altillo, unos trenes alemanes que según él valdrían una fortuna si quisiera venderlos. Los trenes de mi padre no funcionaban, pero la maqueta del embalse tenía luces que parpadeaban, y un ventiladorcito que agitaba unas tiras de papel celofán celeste, simulando la caída del agua sobre las turbinas. También tenía personitas del tamaño de un muñequito jack, prolijamente pintadas. Mi hermana menor señaló la plaza y apoyó el dedo arriba de un auto amarillo: acá estamos nosotros.

La sala de los dinosaurios, detrás, tenía un esqueleto montado en posición de ataque, colgando con tanzas del techo, y un cartel que anunciaba que se trataba del dinosaurio carnívoro más grande del mundo, aunque se aclaraba que la aceptación de ese récord estaba siendo aún estudiada por expertos internacionales. Al lado había un esquema del dinosaurio argentino comparado con distintas referencias para dar una sensación de tamaño: una persona, un árbol, una casa, un avión. El último era un Tiranosaurio Rex, al que le sacaba varias cabezas de altura. Un pequeño sentimiento de orgullo nacional nos invadió por unos segundos.

En la parte trasera del museo había una curiosidad más: un meteorito del tamaño de una pelota de playa, como una bala gigante de cañón que había sido descubierto por el propio director del museo, y para más data, agregaban una foto del descubrimiento, donde se veía a un señor de barba, vestido con el uniforme de la represa, abrazado a la roca espacial. Mi hermano me codeó: era el mismo tipo que habíamos visto la noche anterior.

***

Luego de la finalización del embalse, la población de la villa cayó drásticamente. De aquellos 5 mil habitantes quedaron menos de la mitad, que fueron menguando en un goteo lento durante la década del 80, hasta que la empresa vendió el pueblo al gobierno de la provincia. Esto significó un grave perjuicio para los habitantes del lugar, que ahora debían pagar costosas tarifas por servicios a la misma empresa que antes se los regalaba. Además, el embalse terminado daba empleo para una pequeñísima cantidad de personas, y el resto debía rebuscárselas como podía para sobrevivir. Para la época en que nuestro falcon rural se quedó muerto frente a la plaza, la población no superaba los 500 habitantes, por lo que muchas de las casas se veían deshabitadas, los parques estaban descuidados, y las canchas de fútbol y básquet estaban encintadas para prohibir el ingreso. Nadie las usaba. Como si la tierra tuviera memoria, el desierto que estaba debajo de la villa había comenzado a salir a la superficie, cubriendo todo con un ligero tinte a abandono y soledad.

A eso de las siete de la tarde, el poco movimiento de la villa se concentraba en el único bar, que estaba dos cuadras abajo de la plaza. Recuerdo que algunos hombres habían prendido las luces de un auto en la vereda, y con la música encendida pasaban el rato en la calle, cerrándola por completo. Yo pensé en qué sucedería si venía un auto con intenciones de transitar por esa calle, pero la verdad es que en el rato largo que estuve mirando no pasó ninguno, ni se oía ningún motor a lejos.

Pensándolo bien, no habíamos visto ningún auto en movimiento en todo el día.

***

Esa tarde fuimos a misa. Era la víspera de Reyes. El techo de la iglesia imitaba al muro de la represa, con una estructura inclinada de media olla, como una pista de skate interrumpida. Por dentro, había sido construida imitando la forma del Arca de Noé, con la proa levemente inclinada, donde se ubicaba el altar. Eso me tuvo distraído toda la ceremonia, pensando en la inundación del lago, el diluvio universal que había llenado ese valle de gigantes rocosos, en los habitantes de la zona si es que había, y en los animales que no tuvieron donde refugiarse. Un arca construida después de la inundación, en tierra firme, o un arca construida para refugiarse si la represa se rompía. Para construir un arca es vital tener el timming justo.

Los muros de la iglesia tenían banderas de los países de origen de los trabajadores del embalse. Uno podía imaginarse la situación: una sirena de emergencia sonando desde la presa dañada, y una pareja de trabajadores de cada rincón del mundo haciendo fila para salvarse dentro de la iglesia. De pronto me subió una inquietud que antes no tenía, la de dormir con la fuerza del río empujando con furia contra un muro, un agua endiablada queriendo ahogar a todos los que dormíamos del otro lado.

***

Esa noche pusimos los zapatos con pasto y el tachito de agua en la puerta de la casa rodante, y sobre el techo del auto antes de irnos a dormir. La perspectiva de recibir un regalo al levantarme hizo que me costara conseguir algo de sueño, y leí en el auto hasta que nos peleamos con mi hermano por el uso de la linterna y él la apagó. Me quedé con los ojos abiertos mirando el techo del auto, oyendo los ruidos y la música del bar, en la otra cuadra, las risas que subían el volumen de a ratos, y las canciones que sonaban en la radio. En algún momento de la noche el sueño me venció sin darme cuenta, porque lo cierto es que de pronto me despertó un golpe contra el auto.

Abrí los ojos y vi tres sombras que rondaban afuera. El miedo me puso alerta y los ojos se acostumbraron a la oscuridad de la plaza lo suficiente como para reconocer esas sombras. Eran los Reyes Magos. Estuve a punto de despertar a mi hermano cuando noté que uno llevaba la cara pintada con corcho, y otro tenía una túnica marrón por la que abajo se asomaba un pantalón de jean con borceguíes de trabajo. Se pasaban una botella de mano en mano y hablaban en susurros, riéndose. Yo me quedé lo más quieto posible hasta que escuché y sentí como cerraban el capot del auto. Uno de ellos no pudo aguantar la carcajada y fue reprimido por los otros dos. Callate gil, oí que le decían. Finalmente se fueron. La adrenalina me corría por el cuerpo y sin pensarlo descolgué la linterna del agujero del techo y bajé sigilosamente del auto. El asfalto estaba tibio, mis zapatos estaban sobre el techo del auto, y descalzo corrí detrás de los reyes, tres figuras negras que iban tambaleando calle adelante en dirección al lago. Cuando llegaron a la orilla doblaron a la izquierda, como había hecho yo con mi hermano la otra noche, y se detuvieron. El que hacía de líder señaló el cielo y todos miramos arriba. Era una de las luces que había visto la noche anterior, pero esta vez se mantenía estática arriba del lago, como si colgara de algún lado, como si siempre hubiera estado ahí.

Busqué con la mirada al director del museo pero no lo vi. Los reyes discutían entre ellos, y luego de un rato de deliberar, arrojaron la botella al suelo y decidieron seguir con sus personajes hasta el final. Iban a perseguir esa luz. Bordearon el lago hasta un punto en donde la orilla se elevaba por la presencia de unas rocas y comenzaron a trepar, incómodos por las túnicas y la borrachera. Yo me quedé en mi punto de espía: abajo en la playa no tendría donde esconderme si miraban atrás, pero la luz azul, el farol colgante del cielo, me dejó verlos hasta que llegaron arriba del peñasco más alto.

Por un momento se quedaron quietos allí arriba, viéndola en silencio, el lago debajo, golpeando suavemente contra las rocas, el muro enfrente, la luz en el cielo; tanto tiempo se quedaron así que parecía que se habían vuelto de hielo, que la impresión los había detenido para siempre, hasta que uno de ellos rompió la inercia de pronto y juntando una piedra del suelo, tomó carrera y se la arrojó. Los otros dos despertaron de su quietud, y entre risas comenzaron a arrojarle piedrazos a la luz, piedrazos que pasaban bastante cerca e iban a caer todos al lago, que los absorbía en silencio.

Lo que siguió luego es un tanto confuso en mi memoria: yo me quedé un rato más mirándolos y luego decidí que era hora de regresar al auto. Habría hecho una media cuadra cuando sonó el trueno a mis espaldas, con un estallido tan fuerte que retumbó en el muro de la represa, dio la vuelta por el lago y volvió convertido en viento desde las montañas. Los reyes gritaron de miedo o de júbilo. Los faroles de la calle se encendieron de pronto, y aumentaron su luz tanto que me quedé ciego por un segundo. Traté de volver a la plaza pero tropecé y me desgarré la piel de una rodilla. Una alarma de auto empezó a sonar a lo lejos. Cuando la luz bajó su intensidad y pude ver, ya no quedaba nadie. Los reyes se habían ido, la luz se había perdido. Parado frente al auto, a lo lejos, estaba la sombra de mi padre con los brazos en jarra. Caminé hacia él y me vio venir, pero en lugar de retarme señaló el auto, que tenía los faros brillando y el motor encendido con un rugido suave de familiaridad.

 

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