Historias sin punto final
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#16 · Entre felices, agotados y la búsqueda de aire fresco

Por Sebastián Arias

Ilustración Pablo D´Alio

El sol no da tregua, brilla para algunos y lastima para otros.

 

La luz que nace temprano para muchos sonrientes es la antesala matinal de un día de playa, mar, tejo, sopa de letras y algún amorío desconocido con pies arenados. Mientras que por pagos más lejanos nace la rutina pesada de volver al trabajo en un galpón de chapa con temperaturas sin brisas frescas, ni aguas aliviadoras. El paisaje se encuentra ausente de bermudas y tragos de frutas naturales. Dos realidades, el tiempo corre igual pero con intensidades disímiles.

 

Las sierras, la playa, los acantilados de algún punto turístico rebalsan de gente alegre que pasea, se ríe y se ilumina. Un pirulinero se hace el día con una familia dadivosa, dos panteras rosas desalineadas reciben fotos y abrazos de chicos en alguna plaza céntrica, mientras un chico da su primer beso en una peatonal minada de mimos.

 

Pero otros no ríen tanto, no juegan, transpiran a lado de una maquina que levanta temperaturas que sofocan a las nueve de la mañana. Si el jefe pide más, habrá que hacer más. Se transforman en imperiosas las ganas de ir al vestuario a mojarse la cabeza para poder seguir produciendo. Siempre con un vaso de agua fresca cerca y para no alimentar el desaliento no se mira nunca el reloj. La gota de sudor se mezcla con la del agua que moja el pelo y la rutina sigue.

 

El éxito mañanero es de los afortunados ocasionales que están de vacaciones. Ellos ya compraron el diario, miran la parrilla de la casa alquilada imaginándose el aroma de un crujiente vacío que con seguridad harán a la noche. Muchos cruzan los médanos cargados con reposeras, sombrillas y heladeritas buscando el mar. Los más jóvenes descansan tirados en incomodas camas luego de vivir una noche agitada en algún boliche de moda.

 

Llega el mediodía, es la hora de comer de los fatigados; los muchachos van al comedor y se calientan la comida que trajeron en sus tapers y destapan una gaseosa fría, bien fría. Hablan de todo menos de laburo. Prohibido hablar de trabajo. La mitad se saca los zapatos de seguridad, otros se abren las camisas. Pero todos comen y se refrescan. Comentan algún partido de fútbol jugado en Mar del Plata o en Mendoza que vieron la noche anterior por televisión. Debaten si fue o no penal y tras la exaltación llega el silencio. Descansan. Hay que recargar baterías porque el día es largo.

 

Los que se transformaron por algunos días en turistas, regresan a sus refugios temporales. El sol del mediodía rompe cualquier protector solar. Es la hora de ver rotiserías llenas con precios que asustan, restaurantes con demoras o madres haciendo alguna comida rápida. Una siesta, un plan que se va formando lentamente y la tarde que se arrima sin pedir permiso. Ya hay que tener algo preparado para hacer. Tiempo muerto es tiempo perdido.

 

El piberío entre ojeras y carcajadas sale a las calles; los más grandes vuelven a disfrutar de la tranquilidad de sentirse libres. A la tarde se come lo que uno no mastica donde es oriundo, el menú es amplio y variado: churros, barquillos, choclos o algún alfajor típico de la zona. Deporte, caminata, descansos y charlas dominan la escena. Cuando la temperatura baja, avisa que se viene la noche. Primero la tardecita abraza cuerpos en cuero, después llega la remera y más tarde una camperita o un buzo liviano que matan definitivamente la brisa fresca.

 

Para los otros, los agotados, la primera tarde es terrible, el calor se siente de punta a punta, el cansancio ya se carga en el lomo y sólo se baja la tensión cuando algún compañero pasa con una broma o uno que cae en el cambio de turno trae alguna novedad. Cuando las horas pasaron gateando, el reloj juega su partido clave, ya falta menos para que suene la chicharra y se termine la jornada laboral. La fatiga está pero no se siente, el deseo de salir a la luz está pero faltan minutos para, con bolso en la mano, emprender la retirada.

 

Los felices paseadores llegan a sus moradas, se bañan y se sorprenden de algún ardor en los hombros. Ríen y se relajan, algunos se empilchan para dar una vueltita tranquila y otros se cambian para arrancar una gira que terminará con el sol en la frente. Feria hippie, algún show callejero, algo para mirar y seguir. Siempre seguir. Todo con el constante ruido de fondo de una casa de video juegos.

 

El que cargó con el laburo pesado todo el día, vuelve a su casa sin muchas ganas de salir de la rutina. Llega, abre la reja, palmea al perro en el lomo. Un beso a los chicos, una charla con su mujer sobre asuntos cotidianos y como un chiste irónico del destino ve en la tele como “explota el verano” en diferentes puntos del país. Come en familia, el ruido del barrio baja su volumen, los nenes cansados ya no corretean, la mujer se fue a la cama y a él le queda la dura tarea de poner el despertador para no olvidarse que mañana vuelve a ponerle el pecho al trabajo.

 

Dos realidades, dos mundos, distintas maneras de llevar el verano a cuestas. Pero como nada es para siempre, cuando llega el cambio de quincena y las rutas se enredan de autos con portaequipajes repletos, quienes creían eternos sus paseos deben volver a la fábrica o a la oficina. Mientras que los cansados rompen la rutina a carcajadas, dejan el tinglado atrás, buscan aire, cargan al perro en el auto, los hijos suben atrás y se pelean alegres por el lugar, la mujer prepara unos mates mientras pone música en el estéreo y ahí sí, salen en búsqueda del merecido descanso.

 

El auto avanza, lejos van dejando el cansancio diario, parten exultantes con la ilusión que revienta los bolsos, mientras a los felices sólo les queda el recuerdo de días de libertad y el pensamiento constante de saber que valió la pena un duro año a cambio de aquellos hermosos momentos.

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