Historias sin punto final
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#11 · Entre Stones y carteras Louis Vuitton

Por Pinky Rochio
Ilustración María Fabrizio

Verano. Es una estación del año, sí, y por allí pasó un tren que indefectiblemente me subí, sabiendo que quizás era el último.

Desde esa estación partí en el año 1969, recorriendo veranos de mi vida. Se detuvo por primera vez en Pozos y Humberto I. ¡Qué fuerte! Casa como pocas: invadida por pelilargos adornados con collares de mostacillas y colgantes con el símbolo de la paz; de aspecto un tanto incierto, somnolientos, de pocas palabras y vestiduras extravagantes. En el cuartito del fondo los esperaba su lugar: a media luz, entre rojos y azules, con paredes cubiertas por posters de Etta James, B.B King, Muddy Waters, Brian Jones, y un aroma enrarecido que cubría de misterio, ese, su lugar en el mundo. Un mundo que pocos entendían y al cual no dejaban entrar demasiado.

Y allí estaba yo, con tan solo 11 años, viviéndolo como quien mira una película y de pronto es la protagonista. Entre cables, columnas de sonido, guitarras Fender, bajos Gibson, chancha, redoblantes y platillos, púas psicodélicas y micrófonos, la actuación comenzaba al primer acorde de Gimme Shelter.

Ese sonido penetraba en el cuartito haciéndolo vibrar, provocando un éxtasis musical en mis oídos que sólo Miel de Abejas supo interpretar como ninguna otra banda under lo había podido hacer.

Pasaron las estaciones y yo llevaba conmigo ese alma stone que bien podía conjugar con mis zapatos Perugia, zuecos y túnicas de la galería del Este, aunque resultaba muy difícil a la mirada de muchos de ellos, que solían combinar un mote por demás antagónico como lo era “la careta más Stones”.

Veintisiete no es un número casual: son las veces que vi Gimme Shelter en el cine Arte, acompañada de esos pelilargos elevando nuestro ser escuchando tocar Satisfaction, Jumping Jack Flash y Wild Horses. “Gente rara” solían llamarnos a los que concurríamos a ese cine para ver películas como “Rey por inconveniencia”, que solo conozco otra persona en este mundo que también la vio.

Crecí en ese mundo stone y de carteras Louis Vuitton. Entendí que así era mi vida, que podía sobrellevar lo burgués en comunión total con ese otro yo de “majestad satánica”.

Y el tren que partió un verano del 69, se detuvo en la última estación verano del 2016: un recorrido con alegrías, tristezas, tropiezos, desengaños, decepciones y muertes en el camino. Todos esos sentimientos y emociones que quedaron atrás, volvieron mágicamente el pasado 7 de febrero, estando allí en ese estadio, frente al escenario, en compañía de la generación que le dio sentido a mi vida, la tercera:  junto a mi hijo. Y allí estaban, otra vez, las Majestades Satánicas en todo su esplendor, aún habiendo recorrido muchas más estaciones que yo. Sensaciones poco descriptibles en palabras, ya que no tienen el significado adecuado para poder transmitirlas.

Solo me sale decir que la careta más stone cumplió con vos, Pablo, con vos, Enano; los bajé por unas horas del cielo y los llevé conmigo a ver a los más grandes.

 

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