Historias sin punto final
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#1 · Fines de Enero

Por Martín Kohan
Ilustración Florencia Garbini

Nací en verano: a fines de enero. Puede que haya sido eso, una especie de pacto o una ilusión de destino, lo que me llevó a preferir, hasta hoy, la luz del día, el aire libre, la poca ropa, la vida afuera, el calor. Y también, claro, la feliz disposición de un tiempo casi sin límites. Pero haber nacido en pleno verano, es decir, durante las vacaciones, en nada puede determinarnos tanto como en el hecho de que no haya nadie con nosotros para festejar nuestro cumpleaños. La infancia nos lo enseñó para siempre: los compañeros del grado, los chicos de la cuadra, los amigos, los primos, los conocidos, nadie estaba. Y los que estaban, los que se habían quedado, a causa de estar justamente, a causa de haberse quedado, lucían mustios, apagados, defraudados, polvorientos; no había fiesta posible con ellos.

El verano le dio forma así a mi idea de felicidad, que es la profunda felicidad del solo. Los libros y la bicicleta (placeres de la soledad) fueron sus aliados inmediatos. Leer lo que uno quisiera, sin deberes del colegio, y pedalear con el viento en la cara en las noches de verano, venían a agregarse sin más al gusto de los pies descalzos en el mosaico, del puñado de uvas frías, del aire más diáfano haciendo relumbrar las cosas, de las tormentas con aspecto de fin del mundo, de las noches disponibles.

Ninguna felicidad se compara con la que hace posible el verano: sin pautas y sin nadie. Para domesticar esa felicidad, para reprimirla y para contenerla, se crearon las colonias de vacaciones. Y con ellas, los flagelos subsiguientes: el micro escolar, los horarios, la obediencia, el encierro, los demás. Pero ni siquiera esas colonias nefastas, parientes encubiertos de la colonia penitenciaria de Kafka, conseguían derrotar al verano. Uno iba, resignado, pero sabiendo que afuera esperaban la calle, los libros, la bicicleta, el sol sin reglas, la noche de uno, el estar solo.

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