Historias sin punto final
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#3 · Interiores

Por Lucrecia Álvarez

Ilustración Juan Battilana

Le tengo fobia a las piletas, no al agua que ahoga, sino a la que invade la piel y los intersticios de todo el cuerpo tocando, lamiendo y mezclando humedades con personas extrañas que flotan relajadas en su semi-desnudez. Soy muy capaz de fundamentar mis motivos pero sé que al final, es apenas un extremo irracional de mi hostilidad hacia los desconocidos.

Siendo así, “un finde en una quinta” es como una bacanal de inmundicias; gente sudando aceite que va de la comida al letargo con las carnes sueltas, y un gracioso que empuja chicas a la pileta. Sin embargo, hubo una vez en que no pude negarme. Mi mejor amiga me llamó entre lágrimas y mocos rogando por un domingo al aire libre. Ella era una persona luminosa, de esas que viven de día y aman el pasto y la tierra. No le hacía asco al bronceador, ni al repelente, ni a la crema para peinar; era una chica de ungüentos. Tenía una cartera apretada en la que daba miedo meter la mano y, para sobrellevar su separación, había adoptado un gato de la calle.

Me pasó a buscar con el auto y en el viaje me explicó que el gato era muy viejito, que por eso no lo podía castrar aunque tenía sida:

–Es sida de gatos, solamente se contagian entre ellos –me explicó con aire ilustrado. A esa altura, un accidente en la Panamericana me hubiera parecido una desgracia con suerte.

 

Soy una mujer de interiores. No solía ser así; en casa siempre hubo jardín y pileta. Pero, a pesar de las generosas instalaciones domésticas, a los siete años me mandaron a la colonia con mi hermano más grande. Él, que siempre fue problemático en el colegio, ese verano se convirtió en superdotado: era el mejor nadador en todos los estilos. Muy alto y muy atlético, también era bueno en tierra y en embocar pelotas en arcos, aros y todo lo que sea gol. A mí, bien acomodada en mi clase, el esfuerzo físico nunca me emocionó.

Nos organizaron por categorías: él era tiburón dorado. Yo, renacuajo. A secas, incoloro.

–Mami, no quiero ir más a la colonia –bien educada, expliqué mis falencias con tranquilidad hasta que me rendí al llanto acusando a los profesores y denunciando un sistema que me degradaba a la categoría de una larva. No me sacaron. En lugar de eso, mamá fue a hablar con las autoridades para revertir la injusticia. El apellido y su persuasión me consiguieron un ascenso a mojarrita y como tal, pasé el peor verano de mi vida.

Lo superé quince años después, no porque haya elaborado la experiencia, sino porque vino un verano aún más degradante.

 

Mi amiga y yo llegamos con el gato que, en cuanto pudo, salió disparado y se metió adentro.

Los chicos ya estaban haciendo el asado con el pelo duro del cloro y la panza manchada de carbón. Al lado de la pileta había una mina tumbada de espaldas con la parte de arriba de la bikini desprendida.

Apenas más disimulada que el animal, yo también me apuré a entrar con la excusa de ayudar en la cocina.

–¡Vayan a refrescarse que recién llegan! –dijo una con un short que le chorreaba sobre el porcellanato mientras rallaba zanahoria. Sonreí como sonrío cuando no quiero contradecir a la gente feliz y encaré para afuera. Ya divisaba a los parrilleros manoseando la carne cuando se me ocurrió una tarea de interior y me fui a buscar un trapo para secar el piso. En el lavadero me encontré al gato.

–¡Shuuuu… shu…! –el animal echado sobre una pila de trapos no se inmutó. Agarré un balde y, mientras se llenaba de agua, miré duro a mi poco saludable oponente, flaco, pelado y viejo. No se movía.

–Te voy a tirar eh… –y le descargué un baldazo como una trompada, una muy desmedida catarata de agua potable.

Largó un quejido y quedó tendido sobre el trapo empapado. El gato o el trapo echaban humo y a mí me pareció que se me iba a salir el corazón cuando me dí cuenta de que el balde estaba caliente y la canilla hervía. Corrí al baño, abrí el botiquín, no sé qué buscaba pero sólo vi cremas. Mientras volvía a la escena de mi crimen con un toallón escuché los gritos. Había unas cuatro o cinco chicas amontonadas. Creo que quise decirle algo a mi amiga. Ella lloraba en el piso y yo pedía permiso para alcanzarla cuando la mina del short se tiró al suelo y la rodeó en un abrazo enorme.

Me fui en silencio para afuera. Puse el toallón cerca de la pileta, y la que estaba tomando sol se abrochó mal la bikini para hablarme:

–Vos sos Martina, ¿no?

No podía dejar de mirarle la media areola del pezón apretada por el elástico.

–Sí, fíjate que te quedó…

Soltó una carcajada y pegándose al pasto para cubrirse, se acomodó las tetas y me pidió que le ate las tiritas.

–Es que soy muy torpe, a ver.

Con las manos enterradas en ese lodazal de transpiración y Hawaiian Tropic, vi a mi amiga que se acercaba con los ojos hinchados.

–Parece que Elvis se llevó por delante un tacho con agua hirviendo, está todo quemado.

Quise consolarla pero esta vez se me adelantó la de bikini con otro de esos abrazos que intercambiaban con total naturalidad.

Nos explicó que le habían puesto crema para las quemaduras y lo habían dejado fresquito en un cuarto, pero le preocupaba su forma de respirar.

La otra hizo un chiste sobre las siete vidas, yo pensé en el gato hervido y vislumbré una esperanza.

–¿Nos vamos?

–Sí, pero voy a esperar un ratito, así de paso comemos algo. Vamos a cambiarnos que hace calor.

Yo ya estaba cambiada, pero igual le dije que sí. A los cuatro minutos, mi amiga salió corriendo en tanga y se tiró de bomba al agua. Decidí probar aquello de la mentira repetida mil veces y me propuse: “Voy a sonreír hasta que se me haga un tumor”. Eran como las dos de la tarde, fui visitar a mi pestilente víctima.

El muy afortunado estaba solo en un paradisíaco dormitorio con aire acondicionado. Me puse a buscar el control remoto de la tele y se abrió la puerta: era la mina de la bikini, parecía dispuesta a no ponerse un short en todo el fin de semana.

–Voy a regalarte una regla ondulada –soltó–, voy a regalarte una plasticola que despegue, una calculadora que improvise y una goma de ensuciar.

Alcé las cejas aunque no me sorprendía ni me interesaba para nada su delirio escolar. Me sonrió, yo miré al gato y fruncí el gesto con intención de cambiar de tema. Siguió sonriendo. Fui hacia la puerta; un paso, dos… estiro la mano, casi rozo el picaporte y me abrazan sus untuosas extremidades.

–Tenés que relajarte un poco…

–Andate a la mierda, soltame.

–Bueno, por fin te estás liberando.

–Sí, me voy afuera a liberarme.

Afuera, dos opciones: pileta o parrilla. Agua o fuego. Siempre supe que preferiría morir quemada.

Me ofrecieron un choripán baboso tras haber pasado por varias manos mojadas.

–No, gracias.

Otra vez la de la areola y los útiles.

–Guarda con ésta que te quiere dar –me advirtió mi amiga levantándose–. Busco al gato y nos vamos.

Venía desde el fondo de la más profunda ingenuidad a invitarme a jugar al vóley. Me dio algo de pena decirle que nos íbamos, pero se fue corriendo muy suelta con las carnes al aire. En ese momento pensé que, si me movía con inteligencia, podría evitar besar a todos en la retirada.

 

Sobre mi toallón, que había quedado al lado de la pileta, había una pareja revolcándose. Preferí resignar ese pedazo de tela, antes que acercarme y fui al cuarto del gato a buscar a mi amiga: encontré solo el trapo con una sopa espesa y amarillenta llena de pelos. Me mantuve lejos preocupada por todo lo que no sabía del sida felino. Calculé que mi amiga estaría saludando y me entretuve con fotos de unos chicos en el Italpark. Me interesó el escenario, a los protagonistas no los conocía. De hecho tampoco conocí el dichoso Italpark, ni siquiera me gustan los parques de diversiones, odié Disney con esa alegría plástica de marca registrada organizada en filas interminables. Pero las fotos eran lindas y había una caja llena. Algunas estaban medio dobladas, así que las fui ordenando en pilitas por tamaño para que no se arruinen. Estuve un buen rato, siempre consciente de la parsimonia de mi amiga. La estaba pasando bien en esa habitación fresca, sin decoración y con una tarea.

Cuando salí seguían comiendo bajo una sombra húmeda. Estaban todos menos mi amiga. La idea de su ausencia me dio pánico.

–Vení, sentate acá –dijo la lesbiana desplazándose para dejar la estampa mojada de sus nalgas sobre la madera del banco–. Caro se fue recién con Elvis.

–Pero yo me voy con ella.

–Bueno, te podés ir conmigo mañana. Vení.

Me agarró la mano y empezó a llevarme para el lado de la pileta. Me resistí con menos disimulo del conveniente y se sumó el gracioso que había estado empujando chicas al agua más temprano.

Tiré mucho y tuve esa sensación blanda de los sueños en que no tenés fuerza. Dije excusas como el celular y el reloj, que fueron a dar al pasto y apelé a la piedad gritando que era alérgica al cloro, pero había llegado al punto en el que sólo se puede negociar.

Mirándola a los ojos, dije claramente y muy en serio: “Si no me tiran, me acuesto con los dos ahora”.

Ella me soltó y empezó a forcejear con él. Me dejaron en el barro del borde.

–Ahora. Y con los dos –dijo marcando la primera y la última palabra.

–Sí, pero se tienen que bañar.

 

Media hora después estábamos en el cuarto donde habían quedado la caja de fotos y el trapo del gato. Se me ocurrió que estaba sufriendo las consecuencias de alguna maldición felina.

Uno destendió la cama y la otra me sacó la remera despacio, como si lentitud y dulzura fueran sinónimos y se alejó un paso para mirarme. Cerré los ojos y una mano fría me desabrochó el corpiño, otra mano me desprendió el pantalón. Desnuda en el medio de la habitación, pensé en eso de morir quemada, pensé en el gato, pensé que me hubiera gustado que viniera mi hermano tiburón a rescatarme.

Él me tocó un poco, metió mi mano en su bermuda y me dí cuenta que estaba muy nervioso. Ella empezó a besarme el cuello y fue bajando, otra vez con el recurso de la lentitud, que tampoco agregaba suspenso. Entonces, me pregunté a qué cosas podía negarme y me respondí que “fácil” podría ser sinónimo de “rápido”. Accedí a todo con los dos y la cosa terminó no sé cuánto tiempo después entre el cansancio y la decepción. Mientras me vestía empezaron a hacer chistes con eso; que para qué se habían bañado, que hubiera sido más divertido tirarme a la pileta… y antes de que pudiera reaccionar me arrastraron en bombacha para afuera. Me retorcí llorando con alaridos histéricos y alcancé a escuchar que alguien mencionaba “un ataque de nervios”, ahí creí que iban a dejarme. Pero no me dejaron y caí al agua como quien cae a un precipicio, como si ahí terminara todo.

 

Salí de la pileta sintiendo en mí los restos de lo peor de la gente. Me percibí como un accidente de tránsito bajo la mirada hipócrita de los que pasan, yo misma era una desgracia con suerte; una larva que no muere ni se adapta. Caminé despacio hasta el cuarto donde estaban mis cosas, hice un bollo con todo, me encerré en el baño y abrí el agua caliente de la ducha. La piel de gallina, el calor espeso, la carne enrojecida y un ardor cáustico en el cuero cabelludo. Largué un quejido felino y una nube de vapor blanco se tragó todo. Estaba limpia.

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