Historias sin punto final
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#7 · La casa embrujada

Por Franco Spinetta
Ilustración Andrés Alvez

Un pequeño viaje es, al fin, un viaje. Y todo viaje es una enseñanza.

 

Parado en el vértice del camino, donde la tierra formaba una T frente al alambrado, sentí que el cuerpo me temblaba. Ahí estaba la casa embrujada, al fondo de un extenso terreno y detrás de un conjunto de árboles comidos por enredaderas asesinas. El sol quemaba mi gorra y la transpiración caía pesadamente sobre mi rostro. Miré de reojo a mis amigos, Daniel y Silvio. Estaban en la misma, con la mirada fija en la casa que ejercía una poderosa atracción acuñada por un sinfín de historias que circulaban en los pasillos de la escuela. Asesinatos, rituales umbanda, residencia de monjes satánicos que se paseaban entre los sembradíos envueltos en túnicas negras.

Habíamos llegado hasta la tranquera de la casa siguiendo las indicaciones de otro amigo, que había jurado nunca más volver al sitio donde, aseguraba, había visto el fantasma de su abuelo rondando entre las habitaciones. Una mezcla de curiosidad y exaltación nos obligó a agarrar nuestras bicicletas y enfrentar el camino a la hora de la siesta veraniega, bajo el intenso sol de enero, cuando nadie se preguntaba adónde íbamos ni qué estábamos haciendo.

El primero en trepar el alambrado fue Daniel. Pisó la esponjosa enredadera, poblada de flores violáceas y frutos venenosos, y pegó un salto hacia el otro lado. Ya estaba adentro. Nos miró como exigiendo que no lo dejáramos solo. Era el momento de enfrentar nuestros miedos. Imitamos el movimiento y pasamos el umbral del misterio. La enredadera se había comido todo a su paso y solo quedaba un sendero diminuto, quizá labrado con el paso de los monjes satánicos, que bordoneaba por entre un grupo de árboles salidos de un cuento fantástico: las copas, sin hojas, eran deformidades repletas de flores parasitarias que yo imaginaba carnívoras.

Con pequeños pasitos fuimos acercándonos. A lo lejos, la casa parecía una construcción a punto de ser demolida. Chapas, ramas, vidrios y todo tipo de objetos destruidos tapaban la entrada principal. Las paredes eran color rosa desgastado y algunas rajaduras eran tan grandes que la luz se filtraba haciendo juegos extraños de colores y sombras. El techo era el cielo. Estábamos cagados. Ninguno de los tres hablaba, sólo se escuchaba el crujido de los pies en el sendero. Las chicharras formaban un coro fantasmal, ese sonido a siesta monocorde que parece infinito y que solo se acalla cuando termina el verano. Cada tanto, una bandada de cotorras nos sobrevolaba, yendo y viniendo de un maizal a otro.

El miedo era cada vez más fuerte. Todas las historias escuchadas se sucedían en nuestra imaginación, como una repetición infernal. Ya estábamos frente a la puerta: había que entrar. Solo faltaba ese pasito que divide a la humanidad entre los que entran a la casa embrujada y los que se quedan afuera. Sin avisar, empujé a una chapa oxidada que se desplomó quebrando la monotonía del sonido campestre. El estruendo provocó segundos de escozor e incertidumbre. Dimos dos o tres pasos hacia adentro y giramos hacia la derecha: era una especie de living donde había botellas de cerveza y gaseosa, un brasero, varias cajas de cigarrillos y de preservativos. Y mucha mugre. El piso era una suerte de compost de bosta, ramas, cascotes y basura.

De repente, un fuerte golpeteo contra una chapa nos elevó el cagazo a niveles desconocidos. Deseamos, en ese preciso instante, que el ruido fuese fruto del viento. Pero los árboles que teníamos a la vista no se movían. No corría una gota de aire. Los golpes eran cada vez más fuertes y menos espaciados. No podía ser verdad: la casa estaba realmente embrujada y los tres estábamos en medio de un conjuro maléfico.

Nos quedamos paralizados por unos cuantos segundos. La intriga y el miedo son una combinación fatal. Como en aquellas películas de terror berretas en las que la chica está sola en una casa en medio de un campo del sur norteamericano, escucha un fuerte ruido en el segundo piso y decide subir para averiguar de dónde viene, mientras uno le grita: ¡Para qué subís, boluda! ¡No te das cuenta de que te van a matar! ¡Salí corriendo!

Bordeamos la casa sigilosamente, armados con unos palos. En la primera esquina, no vimos nada. El ruido seguía firme y era lo único que escuchábamos. En la segunda vueltita, lo vimos. Ahí estaba el origen del miedo y el terror: un ternerito se había enganchado la pata con un alambre y, en el intento desesperado por zafarse, golpeaba una chapa provocando esa percusión del infierno.

El alivio fue seguido por la desazón. El mito se estaba cayendo.

Decidimos terminar de recorrer la casa. Ya más envalentonados, sin muchas precauciones, entramos a lo que había sido en algún momento la cocina y al resto de los ambientes. En las paredes, sus visitantes habían dejado todo tipo de mensajes, además de sus nombres. Se leían también, infaltables, algunos chismes del pueblo, traiciones amorosas que dejaban su testimonio en la casa embrujada. En una de las habitaciones, alguien había escrito con aerosol negro y con letra bien grande: “No al aborto, coja por el orto”. Maravilloso.

Nos divertimos escribiendo con cascotes algunas mentiras impiadosas.

También escribimos nuestros nombres.

Cuando volvíamos, pedaleando bajo el sol y sobre la tierra, alguien dijo que si no hubiésemos averiguado de dónde venía el ruido, la casa seguiría estando embrujada. Al menos para nosotros.

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