Historias sin punto final
redaccion@revista27.com.ar
 

#18 · Mil veces mil veranos

Por Ignacio Porto
Ilustración Andrés Fuschetto

–¿Por qué tengo que ir si no quiero?

–Porque tengo que trabajar y no podés pasarte todo el verano con los abuelos. Además ya es hora de que salgas un poco, te hagas amigos nuevos; estás todo el día leyendo en el cuarto.

–¡Pero mamá! ¡No quiero ir a la Colonia!

–Agustín… los abuelos están grandes para cuidarte todo el día y sos muy chico para quedarte solo, vas a ir a la colonia de vacaciones y se acabó.

 

Mariana había zanjado la situación. Entendía la posición de su hijo pero no encontraba otra solución. Ella tenía que empezar el nuevo trabajo, y Agustín no tendría más remedio que acomodarse a la nueva vida.

Al comienzo del primer día de la colonia de vacaciones el patio donde se juntaban todos los chicos estaba lleno de gente, él no conocía a nadie; para colmo de males lo había llevado un micro que lo pasaría a buscar por la tarde; su madre ni se había molestado en acompañarlo.

Era mediado de diciembre de 1993 cuando comenzó todo.

Agrupados por edad empezaron con juegos para presentarse; todos decían su nombre y sus gustos.

 

El día transcurría sin contratiempos, los chicos que no se conocían forjaban las amistades instantáneas como solo los inocentes pueden hacer. El hijo de Mariana, acostumbrado a pasar desapercibido, se dedicó a mantenerse al margen de cualquier situación.

Hasta que en un juego de “quemado” el profesor lo puso en un equipo.

 

–¡Vos!, el de la gorrita de Chicago Bulls, andá a ese lado de la cancha que ya empezamos. ¡A VER, GENTE! ¡El equipo que gana tiene hoy diez minutos más de pileta libre!

 

Empezó el partido, quince a cada lado de la cancha. Rápidamente quedaron eliminados más de la mitad, y su equipo llevaba las de perder, cinco contra cuatro y a los rivales se les notaba que se conocían de antes.

Las pelotas rebotaban en el piso haciendo un ruido que, amplificado por el gran vacío del gimnasio, sonaban a explosiones.

Colorado y transpirado saltaba de un lado a otro como un gato esquivando los pelotazos que en su mente se habían convertido en bolas de fuego.

¡BUM! ¡BUM! Bombas explotando cerca eliminando a sus compañeros. Los gritos de los eliminados al margen eran como los de un coliseo romano que en vez de exigir sangre, pedía diez minutos más de libertad en la pileta.

La remera transpirada, la gorra de los Bulls hacía unas cuantas jugadas que se le había caído al piso. Ahora eran cuatro contra dos, siempre en desventaja.

La pelota rebotó cerca y alta, esperó para atajarla y disparó. Uno menos, tres contra dos y ahora todo era posible.

Un chico grandote con una remera de un club desconocido eliminó a su último compañero.

Le faltaba un poco el aire, los gritos parecían lejanos. Tres contra uno y en su mente estaba solo, no ya contra tres chicos con los que pronto compartiría una clase de natación, sino contra tres monstruos que tenía que eliminar para que no entraran a un castillo recién formado detrás suyo.

Una pelota pasó cerca, sintió cómo le rozó la remera pero no lo tocó. Tiró sin apuntar y le dio de lleno en la cara a uno. Dos contra uno. No hubo tiempo ni para sorprenderse por las dos eliminaciones que había hecho. Un chico bajito con botines amagó que tiraba, Agustín se movió para esquivarlo, pero resultó siendo un pase al grandote.

Bum. Quemado.

Sonó el silbato.

 

–¡Bueno, gente! ¡A los vestuarios a prepararse para la pileta, el equipo de Fabián tiene diez minutos más de pileta libre!

 

Antes de que la derrota cayera encima suyo se le acercó un chico de su equipo.

 

–¡Muy bueno, che!, casi ganás el partido.

–Sí, pero me comí ese amague…
–No pasa nada, seguro que Néstor nos termina dando pileta libre a todos, siempre hace lo mismo. Lo mejor fue cuando le diste en la cara al Chino, estuvo buenísimo.

–Ja, ja… sí… lo hice sin querer igual –resoplaba intentando recuperar el aliento.

–¿Cómo te llamás?, yo soy Gabriel.

–Agustín.

 

Llegó la hora de la merienda y Agustín tenía uno de los sándwiches “especiales” que le hacía su madre, lleno de cosas que a veces no tenían relación entre sí o que no deberían estar en un sándwich; básicamente Mariana ponía entre dos panes las sobras del día anterior. Por suerte esta vez le había preparado el que a su hijo más le gustaba: salame, jamón, fiambrín, queso, lechuga, tomate y ketchup. El chico era rellenito, por decirlo de un modo, y las características de las viandas que llevaba al colegio no ayudaban para nada en su popularidad.

 

–¡El buffet está cerrado! –gruñó Gabriel.

–¿No tenés nada?

–Nada… me dieron veinte pesos y un alfajor que me comí cuando salimos de la pileta, tengo un hambre…

–Si querés te comparto mi sanguche, lo único es que es un poco raro.

–¿Raro?, ¿cómo raro? –preguntó Gabriel.

–Mi mamá me hace sanguches raros, ¡pero a mí me gustan! ¿Te parece?

–Dale, con el hambre que tengo…

 

Y por primera vez en sus diez años de vida, compartió algo con alguien porque quiso, y no por imposición de los demás.

Con las manos sucias partió el sándwich a la mitad; el pan lactal todo húmedo se deshizo entre sus dedos, manchándoselos de ketchup, un pedazo de tomate se cayó al piso. La magnitud de la vianda era tal que a ninguno de los dos le importó.

 

–Tomá, fijate si te gusta.

 

Gabriel probó el sándwich, al principio con desconfianza como hacen todos los chicos frente a cualquier comida desconocida, pero luego lo devoró con avidez.

 

–¡Esto está buenísimo! ¡Tu mamá es una genia!

–¿En serio?… –Agustín no podía creer que a otra persona le gustara la comida de Mariana.

–Sí, decile a tu mamá que es el mejor sanguche que comí en toda la vida– Gabriel tendía a exagerar sus gustos–. Bueno, me voy que me vinieron a buscar, nos vemos mañana, y gracias por el sanguche, le voy a decir a la mía que me lo empiece a hacer. Chau.

 

Al día siguiente se juntaron para el básquet. El sándwich había sido un puente entre ellos.

Empezaron a estar siempre juntos. Hacía una semana que se conocían, eran amigos de toda la vida.

Se convirtieron en la sombra del otro, su propio reflejo; tanto, que su profesor Néstor les había puesto de apodo “Picazón y Rascada”; decía que si aparecía uno el otro no andaba lejos.

Sus juegos y travesuras eran aventuras que se magnificaban cuando ellos las contaban.

Como cuando en el concurso de disfraces uno mojó al otro que estaba disfrazado de una poco convincente tortuga ninja de papel maché. Lo que derivó en una guerra de agua entre baldazos y mangueras de todo el grupo de diez años.

Empapados y siendo los únicos sin pileta, mirando a los demás gozar de la libertad que da el agua, mirándose entre ellos sin arrepentimiento, terminaron secándose bajo el sol de enero.

 

Se acercaba el fin del verano, cuando los profesores hicieron un anuncio.

 

–¡Bueno, gente!, como muchos saben la última semana de febrero hacemos un campamento de una noche acá en el club, para despedir las vacaciones. Valeria les va a dar un papel con toda la información para que se lo den a sus papis.

 

La oscuridad del parque era absoluta, las linternas como espadas que mataban monstruos imaginarios no iluminaban el camino, eran el camino.

Si encontraban al “Grillo”, un profesor que portaba un silbato que haría sonar por todo el club, la carpa ganaría el juego nocturno del campamento.

Tres pitidos de un silbato no muy lejos.

Silencio.

Otros tres pitidos, lejos se veían las luces despistadas que súbitamente apuntaron en su dirección. En minutos llegaría la competencia.

 

–Me parece que el Grillo está del otro lado del gimnasio –dijo Gabriel entre susurros–. Si nos acercamos sin hacer ruido, lo agarramos.

 

Al calor de la noche, el gimnasio en penumbras parecía la cabeza durmiente de un gigante. Detrás se ocultaba su victoria.

 

–Si nos ve, va a salir picando para el otro lado y ahí sí que no lo agarramos más al Grillo, no va a querer que lo atrapen –Agustín estaba siendo más valiente que de costumbre–. Lo que podemos hacer es “La emboscada de Robin”.

–¿Y qué es eso? –Gabriel temía estar tan cerca y volver a perder otro juego.

 

Los segundos pasaban y los gritos de los rivales se escuchaban cada vez más cerca.

 

–¡Como el dúo dinámico!, uno llama la atención de un lado y el otro ataca por atrás al distraído. Apagá la linterna y mandate por allá rodeando el gimnasio, cuando salga por este lado yo lo toco y listo.

 

Gabriel cumplió con su parte en un mutismo casi religioso. Se acercó temiendo que escucharan su respiración.

La luz que se filtraba entre las nubes apenas dejaba ver una silueta contra la pared. Ahí estaba el Grillo, encarnado por Nestor, con expresión divertida mirando a lo lejos.

Se acercó lo mejor que pudo, pero no fue suficiente. El Grillo salió disparado directo a donde estaba su amigo.

Tocado el profe, el Grillo capturado.

El campamento marcaba el fin de las vacaciones; en pocos días todos regresarían a clases.

A mediados de abril mientras leía un cuento, escuchó a Mariana hablar largo rato por teléfono.

Su amigo le dijo que toda su familia se iría a vivir a Venezuela porque la empresa del padre lo enviaba allí. Se prometieron mandarse cartas y verse siempre que pudieran.

Su corazón fue un campo quemado.

 

 

Para Agustín el colegio era un lugar donde su impopularidad lo envolvía como un tufo.

Siempre que podía antes de dormir o al despertarse se quedaba en la cama, recordando aventuras que había tenido con Gabriel, y ensoñando las imaginarias. Eran un bálsamo, un mundo perfecto y luminoso a donde siempre quería volver. Los recuerdos ciertos se fundían con los deseados, creando un lugar único. Revivía en su mente mil veces ese verano, que a cada incursión crecía y cambiaba.

Las semanas fueron pasando y la tristeza dio lugar a la pena, una que no lo acompañaba siempre, es cierto, ésta se replegaba entre las piñas de Patoruzú y las aventuras de Sandokán, pero indefectiblemente volvía a aparecer.

En navidad volvió Gabriel para festejarla con sus abuelos. Estuvieron juntos todos los días; mientras su amigo estuviera en Argentina, él no iría a la colonia ni a ningún lado, es lo que le había dicho a Mariana.

Y así comenzaron una nueva dinámica. Todos los años venía a pasar navidad y se iba siempre a mediados de enero.

Cuando estaban juntos compartían sus saberes, Gabriel le enseñaba a jugar al béisbol, mientras que Agustín lo integraba a su nuevo grupo de amigos.

Hacían cosas con otros, pero había algo que solo ellos compartían: un campo verde, guerras de agua a la sombra de un gimnasio, secarse al sol al margen de una pileta llena de gente. Ese mundo era exclusivo de ellos: un pasado común que nadie más podía compartir.

 

En el verano donde terminaban la secundaria, Agustín tenía pensado ir a la costa con sus compañeros, allí esperaba encontrarse con Carolina y sus amigas.

Recibió un llamado de Gabriel en el que le dijo que esa vez no podría viajar a verlo porque tenía una oportunidad importante con una beca que había ganado.

Ese año no se vieron.

Pronto la vida se metió en el medio: la facultad, las novias, los proyectos. El tiempo fue pasando y Agustín veía cada vez más lejano el viaje de reencuentro. El vértigo de su rutina fue reescribiendo sus deseos.

Se enviaban mails de tanto en tanto, cargados de novedades y expresiones afectuosas, pero cada vez más esporádicos.

Luego de años Gabriel se contactó para avisarle que estaría yendo a pasar navidad a la Argentina. Agustín se ofreció a buscarlo en el aeropuerto. Iría solo, su mujer podía conocerlo más tarde.

El aeropuerto era un mar de gente. La puerta de “Arribos” se abrió y un grupo de adolescentes egresados salió cantando una canción que hablaba de que ese viaje nunca terminaría.

Pasaron los minutos.

A lo lejos se encontraron. Eran ellos, sí.

Ya no eran los mismos.

No comments

LEAVE A COMMENT