Historias sin punto final
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Por La Garganta Poderosa

¡CHAU, VERANO! No se aguanta. Ni un dedo, ni una mano, ni el cuerpo entero lo tapa, cuando a las seis de la mañana el sol empieza a calentar el techo de chapa, porque el calor inunda nuestras piezas sin ceder, derritiéndonos los sueños al amanecer. Y así, salimos al barrio, a caminar otro día. La villa despierta de alegría.

Desde temprano, las vecinas y los vecinos llenamos cada tira, mientras en ronda el tereré gira y gira para rescatarnos de la temperatura salvaje que no quiere mermar, ni rezándole al gauchito, ni a ningún diosito, ni a ninguna cruz: ¡Otra vez se cortó la luz!

Los pibitos y las pibitas corren detrás de la pelota que repiquetea en la tierra seca e inflan bombuchas para el carnaval, que siempre está por arrancar. ¡Ahora todos nos vamos a mojar! Disfrutan hasta cualquier hora en los pasillos, en comunidad: ¡ese es nuestro protocolo de la seguridad! Pero no siempre nos abren la puerta para ir a jugar: ¡Otro día sin presión en la canilla, otro día de caos en la villa!

No hay diciembres sin maldecir las frenadas de los ventiladores, porque cada dos por tres explotan los transformadores. No hay eneros con piletas llenas, porque las conexiones no son nada buenas. No hay febreros sin que nos sofoque la realidad: necesitamos más de tres meses de dignidad.

La sed sin agua potable, la transpiración insoportable, el hedor de las cloacas que desbordan cada casa, la necesidad de exiliarnos en una plaza, bajo algún arbolito que nos tenga piedad: ¡así se vive el verano en la marginalidad!

La basura que se recolecta únicamente por la avenida, la montaña de residuos en todas las esquinas, la falta de guita para el insecticida, las moscas enfiestadas en las letrinas. El aire contaminado, las enfermedades al acecho, el dengue propagado, la villa poniéndole el pecho.

Los colegios que permanecen cerrados, el desayuno y el almuerzo que no están asegurados; los comedores rebalsan de necesidad: ¡Que vuelvan los tiempos de escolaridad! Y no hay agua que alcance para lavar la ropa: ¡Volvamos a tomar la sopa! Y hay que llenar botellas de madrugada para sobrevivir al día siguiente: ¡Que vuelva el otoño urgente! El pavimento arde, el barrio es un infierno: ¡En verano, se ve con mejores ojos al invierno!

Sin embargo, pronto llegará el frío y volveremos a extrañar esas chapas recalentadas, y a ese calor imbancable que espanta a las frazadas. Porque en realidad, lo que no se aguanta más en la villa, cualquiera sea la estación, es la falta de urbanización.

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