Historias sin punto final
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#26 · Sol de enero

Por Wálter Vargas

Ilustración Rodrigo Cardama

 

Tolosa, el negro Tolosa se ha rayado para el diablo, avisó don Soria, y salió como disparado hacia el campo abandonado que llegaba hasta el Tiro Federal. Ni tuvo tiempo de escupir el pedazo de grasa que se había resistido a la terquedad del escarbadiente. Se tragó el trozo de nervio, total, todo es asado, pensó don Soria, y en su tono más santiagueño ordenó a sus hijos que se queden en las casas. No se muevan de acá, a ver si hay desgracia, el negro está mamau, es capaz de cualquier cosa ese negro, está armado, quiere liquidar a un vecino, completó, mientras cruzaba la calle sin ver al Rosario, que rebelde y jodido como siempre corría detrás del terreno, meta zig zag, alborotando las gallinas, se prendía del alambrado y saltaba campo adentro. Porque si algo había en mi barrio era campo, mucho campo, campo, campo y campo, y además chorreras de perros y de gatos, vacas, cerdos, conejos, de todo había, hasta caballos había, los de la familia Fernández y también los de la Facultad Veterinaria; caballos que dos por tres venían a revisar jóvenes de guardapolvo blanco que seguro vivirían para el lado del centro. Todo un acontecimiento era la llegada de esos doctorcitos de bichos agusanados, de vacas ociosas, de caballos inapetentes, que apenas si servían para anunciar las tormentas cuando se ponían en fila, con el culo mirando para allá, como para el lado del molino, estimulando a que Vargas, el albañil, ensaye una breve ecuación y le diga a su esposa, Edith, la modista, viento sur y los caballos mirando para allá, clavado que esta madrugada tenemos agua, se viene el aguacero, ponele la firma.

Y generalmente se venía el aguacero, nomás, anegando las calles de tierra, pintando de espejos los enormes territorios de campo. Porque si algo había en el barrio, era campo, campo, campo, campo. Mucho campo. ¿Y cuál podía ser el escenario donde se perfilaba el drama? En el campo, pues, en el campo, informó don Soria al ruso Bulbai, un yugoslavo al que llamaban Bulbai solo para simplificar una indescifrable hilera de consonantes. Quién sabe cómo se llamaría el bueno del ruso Bulbai, que prudente como de costumbre no se atrevió a mandarse para el lugar donde Tolosa, el negro Tolosa, se había rayado para el diablo. Bulbai se quedó parado como un granadero, se cruzó de brazos y con gesto circunspecto les recomendó a sus hijos, Alberto y Claudia, que ni se les ocurriera salir a jugar al carnaval. ¿Qué pasa, pá?, preguntó Claudia sin dejar de llenar el pomo. Tolosa, el negro Tolosa quiere matarlo al Miguel Palomeque, lo tiene encañonado.

 

Si te animás, matame, desafió el Miguel Palomeque, si tenés huevos apretá el gatillo, pero apretalo bien, eh, desafió ese hombre semicalvo, con atavío de cuatro estaciones, una camiseta blanca, de frisa, una bombacha negra y botas al tono, a lo Juan Moreyra. Hombre de pocas palabras el Miguel Palomeque, pasa y saluda sin darle mucho artículo a nadie, se quejaban las viejas. Simpático era el padre, don Palomeque, célebre por sus prácticas esotéricas y al parecer un adelantado en pócimas afrodisíacas. Resulta que cierta vez don Palomeque había puesto un cartel en el almacén del gringo Silvano: sirvienta cama adentro, requirió. Cuando llegó la primera interesada, una morocha robusta, caderona, de veintitantos, don Palomeque la invitó a tomar una Coca Cola. De pura casualidad, o intuyendo algo, la chica entró a la cocina y vio cómo el viejo metía dos aspirinas en un vaso. ¡Me quieren drogar, me quieren drogar!, denunció, la frustrada empleada doméstica, llorando a moco tendido, pidiendo asilo en la casa de los Farías. Desde entonces, para algunos de imaginación frondosa el viejo Palomeque fue una suerte de Rasputín criollo. Pero para la mayoría, para eso que se daba en llamar El Barrio, don Palomeque era un hombre de trabajo, un poco raro, sí, pero educado y amable. Y simpático, no como el hijo, el Miguel Palomeque, al que muchos le conocían la voz recién nomás, ahora mismo, cuando gritaba si te animás, matame, matame si te animás, negro de mierda, negro maricón, compelía el Miguel Palomeque, reculando a campo traviesa, midiendo cada paso, vigilando cada centímetro, no fuera a ser que metiera un pie en esas vizcacheras traicioneras. Parado tengo chance, parado y frente a un borracho siempre se tiene chance, se aguijoneaba el Miguel Palomeque, mirando fijamente a los ojos de Tolosa, el Negro Tolosa, revólver en mano, amenazando y vacilando, si sos tan macho quedate quieto, ya me están entrando ganas de meterte plomo, y a ver si te la aguantás, a ver si te salvás de los agujeros, para mí que de esta no salís vivo, mirá cómo transpirás, Palomeque, a mares transpirás, Tolosa te manda para el otro mundo grandísimo hijo de puta.

 

En la zona donde vivían los Fernández se enteraron un rato más tarde. El mayor de los Fernández, el Oso, andaba absorto, controlando que a su traje no le falte ni una sola lentejuela. Soy el único de este puto barrio que baila en la comparsa de Berisso, faaaa, el único, lindo carnaval vamos a pasar, hermanito, le decía el Oso al Piojo, lindo carnaval y linda noche, seguro que hoy terminamos en el corso de La Plata, el de la diagonal 79, y después nunca falta una mina que se te tire, porque después del corso empieza la verdadera joda, la joda por los garbanzos, meta cumbia y meta cerveza, qué bonita está la noche radiante como ninguna, muchachita muchachita la peineta ponete al pelo vamos a misa, la pollera colorá, y se va el caimán se va el caimán, se va para Barranquilla.

Cuidado con las bombitas, Piojito querido, cuidado nene, no lo enquilombés a tu hermano mayor, si me mojás el traje, te reviento. Y el Piojo, uno de los ocho hermanos Fernández, notorio en el barrio desde el día en que con éxito relativo había intentado copular con una yegua, acarició con una mano la bombita azul y con la otra señaló como quien iba a comprar carbón al almacén de los Espinillo. Hay quilombo en el campito de los González, Oso, un quilombo grande, che, todo el barrio está yendo para allá. Parece que el negro Tolosa quiere liquidarlo a Palomeque, al viejo no, al Miguel.

 

Todo el barrio no. Exageraba, el Piojo. Porque yendo como para el otro barrio, que en realidad era el mismo pero con calles asfaltadas, muy pocos reparaban en el asunto. Los Ortiz, por ejemplo, jugaban al carnaval como si nada. Que se arreglen esos, son cosas de negros, repetían las mujeres llenando limpitos baldes recién comprados, ponían el balde en las piletas y abrían la canilla, fácil era abrir la canilla y llenar aquellos baldes nuevitos, tenían agua corriente y todo, agua con cloro, asquerosa, pero agua de canilla, cómodas canillas que te hacían llenar las bombitas en un periquete. La gente que tenía agua corriente era la misma que había tenido televisión antes que nadie. Y hasta tocadiscos tenían los Ortiz. Andaban comentando que los Ortiz tenían todos los de Sandro, todos los de Raphael y todos los de Leonardo Favio. Lavarropa, televisión, tocadiscos, tenían. Y agua corriente.

 

Los Ortiz sí pero los González no. Los González no tenían agua corriente. Sacaban agua de la bomba. Vení, bombeame, Omar, pedía la dueña de casa, una sesentona esmirriada, poco agraciada, pero tenaz, con más carreras ganadas que Leguisamo, viboreaban en el barrio. Vení, bombeame te digo, Omar. Y Omar, el más grande de los González, dale que te dale a la bomba, oxidada, crujiendo en cada tirón, como si sufriera esos gruesos chorros de agua dulce que la Mireya, que así le llamaban a la dueña, bebía sedienta, dichosa, ajena a todo decoro. Porque esa tarde hacía un calor bochornoso. Hoy hace como cuarenta grados, qué digo cuarenta, cuarenta y pico, afirmó don Luna mirando con su único ojo sano y saludando con una mano cada vez que pasaba por el frente de una casa. Nadie la ganaba en cordialidad a don Luna. Bondad de tuerto, se decía. Aunque no viera a nadie dentro de la casa, don Luna saludaba por cordial, por las dudas, por solitario o por las tres cosas juntas. Pero a la Mireya y al Omar, sí, a ellos sí que los había visto, cuarenta y pico, patrona, cuarenta y pico, hace, repitió el tuerto, y dio la sensación de que todos los rayos del sol ahuecaron en su ojo sano, ojo azul, chiquito, solitario como el dueño y desconfiado como todo ojo de tuerto. Ni nubes había, ni una, cielo limpio y sol a todo trapo, este sol no es de febrero, qué va a ser de febrero, este sol es de enero, distinguió Barreto en un atisbo de buen humor. Barreto había estado quejándose porque los juegos de carnaval llegaban a su propia vereda, remolinos de hombres a la caza de mujeres, de mujeres a la caza de hombres, de niños que corrían detrás de los adultos y de perros que corrían dentrás de los niños que corrian detrás de los adultos. Ni siesta ya puede dormirse en este barrio, ni el domingo respetan, qué carnaval ni ocho cuartos, el domingo se hizo para descansar, gruñó, rascándose la panza, don Barreto, un segundo antes de filosofar que el sol no era de febrero, que de enero era ese sol que brillaba como luz mala en el revólver del negro Tolosa, un rotundo revólver plateado, firme el revólver en manos del negro Tolosa, que midiendo el retroceso del Miguel Palomeque lo participaba de su dilema, no sé si te mato o no te mato, y si te mato no sé cuántos tiros te pego, se me hace que de esta no te salvás, Palomeque, una alimaña menos, estás recagado, miserable, recagado, qué vergüenza hijo de mil putas, apostrofaba el negro Tolosa al Miguel Palomeque, mientras controlaba la periferia del campo, qué quieren ver, chusmas, los hombres arreglamos las cosas así, ni se les ocurra llamar a la cana.

 

En Carnaval la policía está en otros operativos, y además, cuando lleguen acá será tarde, la desgracia está al caer, lechuceó don Soria, recriminándole al Rosario por qué carajo no te has quedau en las casas, palos teviádar cuando lleguemos. La Zambrano, empapada hasta los huesos, se quejó porque un pendejo me mojó con esas mierdas de bombitas, decí que hace calor, ¿usted no sabe cómo empezó todo don Marciano? Y don Marciano ensayó una mueca juntando los labios, apretándolos como quien imita a un chancho, y después le preguntó a uno de los Fernández, al Oscar, cómo va Boca, che, dame una buena noticia, y el Oscar Fernández contestó me parece que empata cero a cero, yo estoy escuchando Estudiantes-Banfield, perdemos dos a cero la puta que lo parió. Y encima este sol recalienta la radio, observó el Oscar Fernández sin despegar de su oreja el pequeño aparato cuyas voces traían el minuto a minuto del Torneo Metropolitano, caminando lentamente, el Oscar, siguiendo el maratón del negro Tolosa y el Miguel Palomeque, que ya llevaban como doscientos metros dentro del campo que llegaba al Tiro Federal, y no reculiés más que te mato de una vez hijo de puta, Tolosa no habla al pedo, a ver si tenés huevos, huevos tengo de sobra, el que no tiene nada entre las piernas sos vos, negro maricón, a ver si te creés que me voy a cagar en las patas porque tenés un fierro en la mano, negro de mierda, negro puto.

 

Hay que preguntarle a Granel, él debe saber, especuló Violeta Palavecino acomodándose los ruleros de plástico que ahora vienen todos fallados lo barato sale caro. Este no es momento de relatar nada ni de explicar nada, ya está, ahora hay que impedir la tragedia, repuso sabiamente don Granel, a veinte metros del negro Tolosa, que rayado para el diablo, pasado en copas, revólver en diestra, amenazaba al Miguel Palomeque, estás muerto, se me hace que estás muerto, ya gocé bastante el cagazo que tenés, en cualquier momento te lleno de plomo.

No te perdás, negro, no te perdás, aconsejó don Granel con una aflautada voz que el negro Tolosa malamente oyó, distraído por la música de un par de teros expectantes y belicosos ante la previsible posibilidad de que sus huevos fueran pisoteados por el negro Tolosa, o por el Miguel Palomeque, o por alguno de los testigos llegados al lugar, o por llegar. No te perdás, negro, insistió don Granel, el dueño de casa, el anfitrión de ese asado de carnaval en pleno febrero, pero con sol de enero, cuarenta, cuarenta y pico hace, murmuró, por enésima vez, el tuerto Luna.

 

En realidad, nadie sabía a ciencia cierta cómo se habían encontrado el negro Tolosa y el Miguel Palomeque. Porque don Granel se la había palpitado. A uno de los dos no había invitado, podía suponerse que estaban de sobremesa y cayó a saludar el Miguel Palomeque, o por ahí no, por ahí la cosa había sido al revés, por ahí el invitado había sido el Miguel Palomeque y el negro Tolosa cayó como peludo de regalo, y para peor borracho, seguro que muy borracho, como una cuba, porque el negro Tolosa era un hombre de mala bebida, empina el codo que da gusto, desde temprano empina, refirió la señora de Burgos, haciendo visera con una mano, esquivando las incomodidades oculares que provocaba ese sol que era de febrero, pero de febrero no parecía, de enero es, recordó Barreto, cuarenta y pico hace, apoyó el tuerto Luna.

 

¡Vamos todavía!, celebró el Oscar Fernández. ¿Escuchaste algo? ¿El negro le perdonó la vida?, inquirió, ansiosa, Violeta Palavecino, acomodándose un rulero. Qué sé yo, empató Estudiantes, señora, empató el Pincha, carajo, la Bruja Verón de tiro libre, respondió el muchacho, dejando a los curiosos meneando la cabeza al estilo de fijate vos será posible que este chico se preocupe por esas pavadas cuando una vida corre peligro y vivimos este drama que quién sabe cuándo empezó.

Yo no creo ni una sola palabra, ni una, habladurías son, habladurías, o por ahí la mosquita muerta lleva doble vida, andá a saber, fíate al santo y no le reces, la verdá que nunca se sabe, reflexionó la más grande de los Sosini, la Coral. Miralo vos al Miguel Palomeque, tan calladito el hombre, murmuró la Zambrano, dándole firme crédito a la suposición de que la inminente víctima andaba visitando a la mujer del negro Tolosa, la Teresa, abandonada de la mano de la naturaleza, flaquísima y narigona, una mezcla de Olivia, la novia de Popeye, y de un hipotético Cyrac en versión femenina. Peine gastado, la apodaban los maledicentes del barrio, peine gastado, le faltaban casi todos los dientes.

 

El negro Tolosa había descargado unos cuantos sopapos sobre la atribulada Teresa, si es cierto bien merecido que lo tenés, puta de mierda, y si es mentira te va a servir igual, a un macho no se le ponen las guampas, a un macho se lo respeta, y después de los sopapos y de las sentencias admonitorias, se dedicó a buscarlo al Miguel, al Miguel Palomeque, el Palomeque chico, que en la casa de don Granel resistió un buen rato las provocaciones, hasta que de repente dijo basta y se fue de boca, nunca se supo si diciendo verdades o simplemente fastidiado por el hostil cargoseo del marido despechado. Atendela más seguido a la Teresa, que se la pasa pidiendo ginebra en mi mostrador, ironizó el Miguel Palomeque. Y ahí nomás salí p’afuera hijo de remil putas, bramó el negro Tolosa, abriéndose la camisa blanca con flores verdes y sacando de debajo del cinturón un revólver plateado, lustroso, flamante parecía, que a la luz del sol brillaba como el de la mismísima bandera argentina, mirá cómo brilla el revólver, todo el sol está en ese maldito revólver, observó, a lo lejos, don Marciano, mientras Barreto anotició que este sol de febrero no es, de enero es, y don Luna dijo más de cuarenta hace seguro, y pidió, don Luna, que le avisaran cuando pasara lo que tenía que pasar, ustedes saben que un solo ojo poca cosa puede hacer y esos dos están un poco lejos, pero dejen, dejen, igual me viá dar cuenta por el ruido del disparo y el olor a pólvora.

 

Cuando el negro Tolosa se puso a dos metros del Miguel Palomeque, y en clave de Hamlet le dijo ¿te mato o no te mato?, Violeta Palavecino cerró los ojos y abrazó fuerte a la señora de Burgos, que miró por encima del hombro de Violeta Palavecino y en un susurro dijo qué dios lo perdone. Oscar Fernández palideció y bajó el volumen de la radio sin escuchar al relator de Radio Provincia gritar gol de Estudiantes, gol de Estudiantes de La Plata, Estudiantes le gana tres a dos a Banfield, gol de Marcos Conigliaro, Estudiantes dio vuelta el score en 57 y 1. Don Granel se ofreció la palma izquierda y le asestó un puñetazo con la derecha, la culpa la tengo yo, la culpa la tengo yo, qué asado de mierda organicé. La Mireya se tomó del brazo de su hijo, el Omar, y la vieja Sosini ordenó a la Coral llevate los chicos de acá, llevátelos te digo, a ver si después se me trauman. La Zambrano gritó asesino, asesino, asesino, Soria quiso disimular los nervios y advirtió al Rosario después en las casas arreglamos cuentas, don Marciano puso cara de póker, Barreto se secó el sudor de la cara con un pañuelo blanco, el tuerto Luna preguntó qué carajo está pasando, y el sanjuanino Argañaraz, recién llegado, se bajó de la bicicleta a la carrera, lo único que nos faltaba, io no sé adónde vamos a ir a parar, un crimen, un crimen en el barrio, qué pelotudos, si serán güevones.

 

El negro Tolosa apuntó al pecho, ¿te mato o no te mato, cucaracha?, para mí que te mato hijo de puta, el Miguel Palomeque respiró profundo y se encomendó a la virgen de San Nicolás. ¿Te mato o no te mato?, estás cagado, ya no tenés lo qué cagar, hijo de puta. Terminá con esto de una vez, negro, y la concha de tu madre.

El negro Tolosa apuntó, bajó el revólver y sonrió. Por primera vez en la tarde el negro Tolosa sonrió y su aliento a vino rancio llegó hasta las paredes del Tiro Federal. No te mato nada, ahora no te mato nada, qué lindo te cagaste.

 

Miguel Palomeque se agachó, tomó del suelo un manojo de acelga, se limpió las botas y sin decir una palabra, sin mirar a nadie, salió para el lado de su casa. El negro Tolosa tampoco miró a nadie. Agitó el revólver, como apuntando al cielo, y soltó una carcajada. Hacia el cielo, la carcajada, hacia el sol más bien, que todavía no aflojaba, sol de enero parecía ese sol de febrero, picaba fuerte sobre el lomo del negro Tolosa ese sol de febrero que parecía de enero. Y así, lentamente, murmurando incoherencias, alternando risas, el negro Tolosa caminó las ocho cuadras que lo separaban de su casilla de madera, con techo de zinc y letrina al fondo. Seguro que la Teresa había estado toda la tarde en el mejor de los mundos, en babia había estado la Teresa, nada de nada sabía la Teresa, porque no bien el negro Tolosa puso un pie en la cocina, la Teresa mandó su rezongo. Dónde te metiste, negro, dónde, decime, hace horas que ando lidiando con tu hijo, ahí lo tenés al Pedro, llorando a mares, dice que desapareció el revólver que le trajeron los reyes, ese plateado que parece denserio.

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