Historias sin punto final
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#2 · Testa Rossa

Por Juan José Panno

Ilustración Claudio Magri

Mirá, hermanito vos sabés que manejé toda la vida, sabés cómo me gustan los fierros, pero te puedo asegurar que nunca ¿eh?, nunca una máquina como ésta, un avión hermano, una cosa de locos, ¿cómo te puedo explicar? Imaginate que tenés el horizonte allá adelante, que lo ves a lo lejos, que parece que no vas a llegar nunca y de golpe no está más. Te lo tragaste, se hundió en el asfalto y vos vas sintiendo que la tela del volante, un volante chiquito, forrado en rojo, la tela del volante te digo, se te va deslizando en la mano izquierda, mientras metés el cambio con la derecha y lo ponés al mango… sentís que lo tenés todo bajo tu control, que el mundo se aplasta en tu pie derecho y le das fierro, pero siempre te pide un poquito más, no sabés, no tenés idea hermanito, no se puede creer las cosas que fabrican estos tipos, todo automático, todo electrónico… Para ponerlo en marcha apretás un botoncito amarillo y faaa, ya lo tenés a 40, 50, antes de la primera curva, antes de que te dieras cuenta que arrancaste ya lo llevas a 80, mirás el velocímetro y te parece mentira y mientras tanto suena esa música hermano, esa música de rock pesado que te va envolviendo, que se te mete abajo del asiento, un asiento, te cuento, que es como una butaca de Fórmula 1 y vos sos Reutemann, Alain Prost y Fangio, todos juntos, pero no es una pista de Formula 1, estás en una ruta hermanito, con camiones, autos que se te aparecen de golpe, una banquina así chiquita, las curvas cerradas, los puentes angostos, la cuerda floja, macho, como caminar en la cuerda floja con esa sensación de impunidad y a la vez de peligro que te pone el corazón a mil… y el auto a doscientos, doscientos veinte, trescientos y de golpe se te hace de noche, tan tan rápido que no te das cuenta y es como si atravesaras la velocidad de la luz y pasás misteriosamente a la noche más oscura… estás en un cuento de ciencia ficción y vos dale pata y se te aparece un auto como el tuyo, un Sport y lo esquivás y enseguida te encontrás con un camión grandote de mudanzas, como el de Ravione, viste y te crees que está lejos, pero cuando te querés acordar tenés la trompa en el paragolpe de Ravione y hacés el rebaje, un toque suave como una gambeta de Ramón Díaz y al camión ya lo tenés atrás, lo perdiste… pero no lo podés disfrutar porque trascartón te sale un puente angosto y tenés que salir del carril de la derecha y ahí te la voglio dire… y bueno en una de esas a la salida de una curva rocé un cartel indicador, lo rocé nada más, y fue ¡pumba!, a la velocidad que venía, fue suficiente para quedar atravesado y ahí baje el puntaje y cagué la fruta… porque cuando estaba para arrancar de nuevo se entraron a prender las luces rojas titilantes game over, game over, me quería morir que si no fuera por ese cartel habría llegado a cinco millones de puntos y me daba una vuelta gratis… me quedé caliente, pero igual te digo, esos tres minutos fueron una locura, la maquina esa del video de Punta del este es una maravilla… impagable, hermanito, impagable, otra que la Testa Rossa.

 

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