Historias sin punto final
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#27 · Todos los verano juntos

Por Ariel Scher
Ilustración El Waibe

A veces pienso en mi viejo

Todos los veranos se enteraba de gente a la que le pasaban cosas importantes todos los veranos.

Gente a la que un amor se le subía a la cabeza o a la que ese amor o cualquier otro se le esfumaba como si nunca hubiese sido amor. Gente a la que las curvas de la arena y los caprichos del viento le permitían patear una pelota mal como de costumbre y hacer un gol maravilloso. Gente apurada que, de golpe, descubría que existir bien es gobernar al tiempo y, entonces, se sentaba de cara al mar y contaba cuántas olas cabían en una hora. Gente que miraba la punta de una montaña y se dejaba invadir por el presentimiento o por la certeza de que el verano siguiente, por fin, iba a llegar hasta allí.

Gente.

Gente que no era él. Él no.

Todos los veranos lo mismo: nada.

No importa cómo se defina la nada desde la filosofía o desde la física, desde la religión o desde el bolsillo, en la academia o en la vereda del barrio: nada, de verdad nada, nunca nada de nada de nada.

Ni un amor ni un gol ni una mirada diferente apuntando al mar ni una esperanza en marcha hacia alguna cumbre.

Todos los veranos se enteraba de gente a la que le pasaban cosas importantes todos los veranos. Menos a él, que no comprendía, que lo sufría, que se lo preguntaba pero no se lo respondía. Y eso que no ambicionaba todos los veranos protagonizar una revolución, o ligar un boleto a la luna o enhebrar un diálogo con un elefante. Mucho menos: convertido en mendigo de algo, de que al cabo le ocurriera algo, ni una sola de sus circunstancias le posibilitaba diferenciar al verano del otoño, del frío o del hastío.

La nada –la nada y, más todavía, tal vez mucho más que todavía, la continuidad de la nada– tiene una colección gigante de desventajas. Y acaso una posible ventaja: como la vida no es una nada, siempre late la posibilidad de que la vida sea la proveedora de una interrupción de la nada.

Una tarde de uno de todos los veranos, alguien le regaló o le apoyó cerca un cuento. Habituado a la nada, estuvo a punto de dejarlo correr. Total: más nada. Sin embargo, por un parpadeo o por una casualidad, los ojos se le fueron detrás del párrafo inicial. Un párrafo de una sola frase. Esta frase:

“A veces pienso en mi viejo”.

Y algo le pasó: algo como un amor firme o esfumado, algo como un golazo, algo como un festival de olas, algo como la cúspide de una montaña.

Algo: quizás pensó también en su viejo, o en el viejo de otro, o en todo lo que cabe en una frase si es una frase sencilla y grande, o en que a veces la expresión “a veces” puede sonar como el solo de un violín o en que el verbo “pensar” no es cualquier verbo.

Algo: el fin de la nada.

“A veces pienso en mi viejo”, leyó de nuevo. Y de nuevo. Y de nuevo. Y no leyó ninguna frase más de ese cuento en ese verano.

Recién al verano siguiente fue por el segundo párrafo: “O es un barco que parte o esa gente vagabunda que trae el verano o simplemente una luz en el río. Entonces me siento en la casa y pienso en mi viejo”. Y se le arrugó la piel cuando el corazón le navegó a bordo de la melancolía porque leer “es un barco que parte” es leer la melancolía del mundo y cuando las entrañas se le llenaron de humanidad y de naturaleza porque leer “esa gente vagabunda que trae el verano” es leer la humanidad y porque leer “una luz en el río” es leer la naturaleza.

Y repitió la secuencia. En ese verano, leyó de nuevo ese párrafo. Y de nuevo. Y de nuevo. Y no leyó ningún párrafo más de ese cuento en ese verano.

Todos los veranos se enteraba de gente a la que le pasaban cosas importantes todos los veranos. Se volvió uno de esa gente desde que cada verano añadió a su mundo un párrafo: cada párrafo que agregaba cada verano aseguraba que le pasara algo importante. Algo importante: no la literatura, no el cuento, sino los universos mínimos y máximos que habitan los párrafos que son grandes párrafos.

Todos los veranos incorporó un párrafo a los otros párrafos hasta que se le acabó el cuento. O, lo que es lo mismo, hasta que ese cuento le ahuyentó las nadas y lo convenció de que lo importante está en cada viejo, en cada barco que parte, en cada gente vagabunda, en cada luz en el río. En lo que está ahí, entre las manos, delante de los ojos, viajando en el aire, todos los veranos y toda la vida.

Al concluir el cuento, después de muchos veranos, le pasó otra cosa importante. Leyó que a ese cuento lo escribió el maestro Haroldo Conti. Y se llama “Todos los veranos”.

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