Historias sin punto final
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#10 · Un miércoles, un abrazo y una tele que no cambia

Por Tomás Gorrini
Ilustración Lucía Harari

“Me desprendo del abrazo, salgo a la calle.

En el cielo, ya clareando, se dibuja, finita, la luna.

La luna tiene dos noches de edad.

Yo, una.”

 

Era miércoles, y como todos los miércoles, mi viejo pasaba por casa, buscábamos a Franco e íbamos a tomar algo. Las meriendas nunca cruzaban más allá de Hurlingham, Palomar o Ciudad Jardín. Un café con leche, un par de Coca Colas, un tostado de jamón y queso y las temáticas de siempre: fútbol, música, cine y los reproches de mi hermano. “Siempre lo mismo, siempre ustedes dos contra mí”, gritaba mientras tratábamos de explicarle que se lo decíamos por su bien, que la diferencia de años te hace dar cuenta de muchas cosas y uno trata de aconsejarlo para que no cometa los errores que a los 16 años parecen inevitables: el compromiso y el valor por las cosas, la responsabilidad con ciertos temas y cuestiones mucho más terrenales –y decisivas para él– como el estudio, las salidas nocturnas y las primeras vacaciones con amigos. “Si querés irte a Gesell con tus amigos, tenés que empezar a parar el carro con la jodita de los viernes y sábados; aprendé a organizarte y decir que no a algunas cosas. Basta de papá dame 200 para el sábado, 100 para ir a comer a lo de Cachete. Ahorrá y te vas a poder ir; no tengo la maquinita de hacer plata”, le decía mi viejo, mientras agarraba su lata de Coca caliente que no ayudaba a soportar los casi 40 grados de un febrero que había arrancado con todo. Mi hermano escuchaba y, molesto, prometía que lo iba a cumplir, que no le rompiéramos más las pelotas, que lo iba a cumplir, y que por favor cambiáramos de tema, porque siempre nos la agarrábamos contra él, y no iba a venir más sino. Lo miré, reí por dentro y confié que algún día lo iba a poder hacer.

***

El mercado de pases del fútbol de verano ahora marcaba la agenda en la única mesa de la esquina de Roca y O´Higgins; River afrontaba la etapa más oscura de su historia en la B nacional, pero nos ilusionábamos con un pronto regreso a primera por la compra del franco-argentino campeón del mundo en 1998 con Francia, David Trezeguet. Recordábamos los goles que hizo con la Juventus, discutíamos si había jugado o no la final intercontinental del 96 contra River, y remarcábamos lo fácil que descarga la pelota de espaldas y enseguida pisa el área con alguna situación de gol. River se estaba armando muy bien y eso, por lo menos, nos relajaba un poco.

 

 

El momento más esperado de estas charlas era cuando papá desenfundaba, de un bolsito poco varonil, decenas de películas que había comprado y visto en la semana con sus críticas correspondientes: “Tomás, mirá esta. Pe-li-cu-lón. Es del mismo director de Capote. Labura Brad Pritt y el gordito ese de rulos que la rompe toda”. Los gustos de cine de mi viejo son muy difusos y más de una vez quede expuesto ante sus recomendaciones, pero Moneyball prometía: Brad Pitt, el gordo ese era Jonah Hill y el deporte como hilo conductor. A mi hermano le daba las de terror; comparten el gusto por ese género que yo mucho no entiendo. “Con esta te cagás todo, está buenísima”, le aclaraba. ¿Cómo va a estar buena si te cagás todo? Las demás películas se repartían al azar y te podía llegar a tocar desde alguna joya iraní hasta alguna de esas películas argentinas para chicos que revientan salas en las vacaciones de invierno.

 

***

 

Sola, la charla, nos conducía hacia la música. Casi como un mandato hereditario, los discos que escuchaba mi viejo son los que llevo siempre en el auto y que, en el momento adecuado, se los presenté a Franco: Artaud, Sticky Fingers, Revolver, Clics Modernos, L.A. Woman, Synchronicity, Invisible Touch. En cambio, nosotros, le contábamos de After Chabón, Esperando el milagro, La era de la boludez, El tesoro de los inocentes, Californication. Distintas generaciones se entremezclaban en una simple conversación: hablábamos de recitales, de nuevos discos, del programa de Rosso y del próximo libro de Oscar Jalil con Luca Prodan como protagonista. Luca era una debilidad para los tres: nos encantaba su historia, disfrutábamos su música y, encima, tomaba ginebra a dos cuadras de donde estábamos sentados. Si a nadie se le ocurría mencionarlo, Hurlingham lo traía a la mesa. Hacía muy poco, me había tatuado a Spinetta en el tobillo izquierdo; una estrelicia, la flor del paraíso que ilustra la tapa y le da título al único disco en vivo con los Socios del Desierto. La estrelicia también es conocida como flor pájaro por su forma de ave y es la única que crece en el cielo. Me entusiasmaba la idea de tener una flor que represente un pájaro, el cielo y, sobre todo, al Flaco. Podría haber sido alguna frase de Luca también, pero Spinetta me despertaba otras cosas y me decidí por él.

 

***

 

“Bueno, vamos”, dije, y empecé a  juntar los restos de basura que quedaban sobre la mesa. Las luces amarillas de la avenida principal de Hurlingham comenzaron a prenderse; los vecinos salían en pantalones cortos a regar sus jardines y los comerciantes ordenaban sus locales para encarar el día siguiente. “Franco, no te olvides el celular”, le recordé a mi hermano, que lo manoteó al pasar con cara de “ya lo dejaba ahí”. Papá agarró su bolso y enfilamos hacia el auto. Una merienda más, una charla más, un miércoles más. Caminaba detrás de ellos, y antes de subir al auto, les hice señas que me estaban llamando por teléfono. Era Butti, un gran amigo de la familia. Paré y contesté:

–Butti.
–Tomy, ¿estás viendo la televisión?
–No, ¿por qué?
–Murió el flaco, loco. Murió Spinetta.
–¿Cómo que murió el flaco?
–Sí, sí, recién. Lo están pasando por todos lados.

Y corté. Corrí de vuelta hacia el bar. Entré sin pedir permiso, y le pedí al dueño que prenda el televisor. Y ahí estaba; con fondo rojo y letras blancas ocupando el ancho y alto de la pantalla lo que nunca imaginé: MURIÓ EL FLACO SPINETTA. Sabíamos que estaba luchando contra un cáncer de pulmón, pero días anteriores, a través de un comunicado en las redes sociales, confirmó que estaba bien, que ya estaba en su casa, que la enfermedad evolucionaba cada vez mejor, y que por favor para las fiestas de fin de año, manejemos con cuidado. Todo eso se fue en un segundo. Todos los canales confirmaban lo que Butti y ese cartel rojiblanco me habían dicho: MURIÓ EL FLACO. Mi viejo y Franco cayeron detrás, y también, quedaron duros ante la noticia. Lo único que nos salió fue un abrazo entre lágrimas que todavía siento.

 

***

 

Cuatro años más tarde, los miércoles siguen siendo iguales: papá pasa por casa, buscamos a mi hermano y vamos a tomar algo. Nunca nos extendemos más allá de Hurlingham, Palomar o Ciudad Jardín. Un café con leche, un par de Coca Colas, un tostado de jamón y queso y las temáticas de siempre: fútbol, música, cine y los reproches, ahora, de mi viejo. La mesa sigue intacta en la esquina de Roca y O´ Higgins; los panchos mantienen el mismo sabor que los hace únicos; las películas de terror dejaron a lugar a géneros mucho más interesantes y comprometidos; y aquel televisor confirma que las fuerzas policiales levantarán el campamento a favor de la liberación de Milagro Sala. Y la música; la música ya no es la misma desde aquel 8 de febrero de 2012. Ese día no solo se fue Spinetta; se fue la historia de un país y gran parte de la mía. Centenares de homenajes y reediciones intentan mantener viva su luz, pero ya no es lo mismo. Así como Luca se nos aparecía cada vez que pisábamos Hurlingham, el flaco vuelve todos los miércoles. A veces en forma de flor y otras veces en forma de pájaro.

 

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