Historias sin punto final
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#17 · Vietnam

Por Diego Blanco

Sus ojos tenían ese dolor inmerecido que me era tan familiar, esa mirada hacia el horizonte. Nunca supe su nombre, no lo pregunté, aunque deseaba saber qué letras le habían tocado para representar su vida.

 

Había anochecido y decidí detenerme hasta el día siguiente en un hotel de carretera perdido en el norte de Vietnam. Mientras cenaba, ella sonreía y con cada gesto parecía querer acercarse.

De camino a mi habitación volvimos a cruzar nuestros pasos y no dejé pasar la oportunidad, quería saber más de ella.

Por algún motivo sentía curiosidad, ¿qué habría detrás de esa mezcla de simpatía, tristeza y amabilidad?

 

Tras una hora de comunicación ininterrumpida, pude saber que había tenido cuatro abortos, que le encantaban los amaneceres de sol y cielo azul, que tenía 22 años, que no le gustaba mucho la gente de su pueblo, que nunca conoció a sus padres y que cobraba 250.000 VND por media hora de sexo.

 

Con una lágrima escondida entre sus pestañas me confesó que en el último aborto la habían esterilizado y que ya nunca podría tener un hijo.

Tomé sus manos suaves y de palmas ásperas, le pedí que me mirara durante un minuto solamente. Sus ojos negros parecían agrandarse cada vez más, mientras en un mantra silencioso le deseaba un camino de armonía. Al terminar el minuto, casi con desesperación, reclamé al universo que cuidara de ella. Me soltó, y sin dejar de mirarme, tocó su pecho con una mano y luego armó un corazón con ambas. Hice exactamente lo mismo, y la quise de verdad.

A la mañana siguiente el sol daba luz al cielo azul mientras mi moto ponía rumbo a Hà Giang. Nunca olvidaría sus ojos negros y la incógnita de su nombre me acompañaría de por vida.

 

¿Cómo hubiera sido su voz, si la naturaleza le hubiera permitido escuchar y hablar?

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