Historias sin punto final
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#11 · Barrilete no remontado

Por Diego Tomasi
Ph. Juan Peña

1.

 

En tercer grado la señorita Silvia nos enseñó a hacer un barrilete. Había que llevar papel, tiras de caña, hilo. Era invierno, tal vez unas semanas antes de las vacaciones. Éramos cuarenta pibes usando el tiempo de clase para hacer algo que no tenía mucho que ver con el estudio, y por lo tanto estábamos fascinados.

 

Fueron dos o tres clases. Después, los barriletes estaban listos. En la parte de atrás del colegio había un campo enorme en el que los varones jugábamos a la pelota en los recreos o antes de entrar al aula, bien temprano. Era el lugar ideal para remontar los barriletes que habíamos hecho.

 

Pero yo no lo remonté.

 

Fui al campo, vi cómo mis compañeros se divertían y cómo aprovechaban un viento constante pero sutil. La señorita Silvia me preguntó por qué no había llevado mi barrilete. Le dije que no quería. Me costó, recuerdo, pronunciar esas palabras. Ella entendió. Ella sabía que no era rebeldía o desobediencia. La señorita Silvia sabía que yo no iba a remontar mi barrilete porque me daba vergüenza.

 

 

2.

 

Claro, la pregunta que sigue es: ¿Qué es lo que te da vergüenza de remontar un barrilete?

 

Respuesta: No lo sé.

 

 

3.

 

Comenté a algunos amigos que iba a escribir un texto sobre la vergüenza, y pedí que me recomendaran libros o películas sobre el tema.

 

Armé la siguiente lista:

 

Las fotografías, cuento de Silvina Ocampo.

 

Fausto, cuento de Ana María Matute.

 

Fur: an imaginary portrait of Diane Arbus, película protagonizada por Nicole Kidman, que en español se llamó Retrato de una obsesión.

 

Freaks, película de 1932 dirigida por Tod Browning.

 

Shame, película en la que actúa Michael Fassbender.

 

Mask, de Peter Bogdanovich.

 

Y El hombre elefante, de David Lynch.

 

 

4.

 

Cuando había que pasar a izar la bandera, me negaba.

 

Cuando había que actuar en un acto escolar también.

 

Las buenas notas del boletín siempre venían acompañadas por una leyenda que se repitió en casi todos los años de escuela primaria: Debe participar más en clase.

 

En los recreos los pibes corrían, y se golpeaban, y gritaban. Yo los miraba, apoyado en la pared.

 

En casa la vergüenza desaparecía. Pero había algo del comportamiento en la escuela que se trasladaba. No me gustaba hablar demasiado, y mucho menos me interesaba discutir. Todavía me pasa: no discutir para no perder, para no entrar en ese estado incómodo que es el de asumir que uno se avergüenza de no haber dicho las palabras necesarias en los momentos correctos.

 

 

5.

 

También mencionaron El ruido y la furia, de William Faulkner.

 

 

6.

 

Durante años me gustó una chica que venía poco a clase porque tenía problemas de corazón. Valeria. En quinto grado, el último día del año, apareció. Debo haber abierto la boca como en esas películas en las que se sobreactúa la sorpresa y la emoción.

 

En los dos años siguientes empezaron las invitaciones a cumpleaños y reuniones. Valeria iba siempre, y yo también, pero fueron poquísimas las veces en las que le hablé. La mayoría, sobre temas sin ninguna importancia.

 

Terminamos la primaria y nunca le dije que me gustaba. Mucho.

 

En la secundaria nos tocó estar en cursos diferentes, así que nos vimos cada vez menos. Su madre y la mía eran amigas, y yo me enteraba con bastante detalle de las novedades de su vida. Unos años después fui a su casamiento. La vi llena de vida, y sonriente, y sentí un leve mareo al pensar en qué habría cambiado en la historia si yo no hubiera sido un adolescente tan vergonzoso.

 

En ese momento decidí que se trataba de un planteo absurdo, por muchos motivos, y me propuse dejar de tener vergüenza. Para siempre.

 

Lo consigo, a veces.

 

 

7.

 

Noto que en los textos o en las películas que me recomendaron mis amigos abundan los ejemplos de personas con malformaciones o discapacidades físicas. No es lo que estoy buscando.

 

Sin embargo, me llama la atención Freaks. No la vi, y no la veo, pero encuentro un documental sobre su filmación. Tod Browning, el director, tenía experiencia en historias sobre personajes mutilados o deformes. Y, sobre todo, tenía la voluntad de hacer una película que asustara mucho a todos los que la vieran. Pero el hecho por el que Freaks pasó a la historia del cine va más allá del género. Browning eligió a dos hermanos enanos, Harry y Daisy Earles, para que fueran los protagonistas de la película. Y en ese gesto decidió que para hacer una película sobre la vergüenza tenía que arriesgar. Arriesgó.

 

En el estreno, el público se horrorizó. Ese elenco lleno de personas con problemas físicos atentaba contra una idea de normalidad que los espectadores no estaban dispuestos a negociar. Algunos salían corriendo del cine. Los críticos tampoco la entendieron.

 

En la época del cine mudo, Tod Browning había podido filmar lo que se le ocurriera. Ahora, en el nuevo estado de cosas del cine sonoro, Hollywood no podía aceptar perder dinero. Y Freaks era una pérdida de dinero y un problema. Después del estreno en Nueva York, fue retirada de circulación. Era 1932.

 

 

7.

 

Me pregunto qué tienen que ver Browning y su película con todo esto.

 

 

8.

 

Freaks estuvo prohibida en casi todo el mundo durante tres décadas. No era, ya, una película sobre la vergüenza, sino una película vergonzante. La vergüenza es una cosa horrible, pero solo si uno toma conciencia de estar sintiendo vergüenza. No debe confundirse con el miedo, que es lo que sentían esos espectadores que se escapaban corriendo del cine.

 

Dice uno de los entrevistados en el documental sobre Freaks: “Tod Browning rodó una película con personas inolvidables, en una película increíble. Aunque fue el final de su carrera. Fue demasiado audaz”. Otro de los entrevistados agrega: “Tenía un concepto desesperado de la condición humana”.

 

Debe ser eso lo que me cae bien del tipo.

 

 

9.

 

Las cosas que uno deja de hacer por vergüenza.

 

 

10.

 

Releo la lista que me pasaron mis amigos y me detengo en Silvina Ocampo. Revuelvo la biblioteca, encuentro una antología de sus cuentos (está Las fotografías) y me tiro a leer.

 

Resulta que no es ese el cuento que hay que leer para entender la vergüenza. Hay que leer Los funámbulos.

 

Es un texto en el que la vergüenza es menos física, menos palpable. Lo que hay es una vergüenza difícil de observar e incluso dimensionar. Es una manera de sentir vergüenza desde la timidez, no desde la necesidad de compasión.

 

Pienso en mi barrilete. Tal vez sea un buen momento para volver a comprar papel, caña, hilo.

 

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