Historias sin punto final
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#8 · Canción de existencia

Por Regina Lerose
Ph. Felipe Romero Beltrán

No los mires, imaginarlos en ropa interior solo funciona en las películas. Lo dijo serio pero no lo escuché, porque sentía que necesitaba extenderme a un lugar que no fuera mi cabeza porque mi cabeza estaba por estallar y las cabezas no pueden estallar.  Por lo menos eso creía. El peso ideal del arco de violín es de 60 gramos y el equilibrio perfecto (o casi) se encuentra en el cuarto izquierdo, casi al medio;  pero el agarre, el agarre es otra cosa. En ese punto el arco deviene en tu propio brazo y puede moverse con una libertad que ni el cuerpo humano, aunque fuese de madera y cerdas, podría siquiera imitar. Se torna peligroso, ciertos frotes suenan como las canciones de cuna que cantaba mamá para que logre dormir, dormir sosegada, libre de cualquier miedo. Hay un líquido que aparentemente limpia las cerdas para que suenen como nuevas, una vez compré el equivocado y terminó siendo un empaste de resina y cerdas; un empaste del que no podía salir, como esa vez en la que dije que quería verte y corriste al otro día hacia otro continente, le comenté pasando rápido el arco. Pero bueno, el empaste en algún momento pasó porque pasó, y las cerdas de nuevo pudieron tocar las cuerdas, las cuerdas que hoy pueden sonar. Me intriga si están escuchando lo mismo que yo, exponerse de este modo no es fácil, siento calor y me duele la cabeza. ¿Vos qué escuchas?, le dije, pero no me contestó, porque probablemente, en el compás anterior, escuchó las manos suaves de la abuela acariciar con un aplauso todos los errores atonales y vio la sonrisa del abuelo que ni siquiera los notó. Y sí, alguien tiene que seguir aplaudiendo. Seguí tocando ignorando el dolor de la anti postura. Nadie nace para manipular este instrumento. Nadie nace para amar. Nadie nace para dejar ir. Por eso doblé el codo un poco más de la cuenta y cambié el sonido a propósito para no llorar, no es tristeza sino la emoción de escuchar vida, ¿o vos no llorás cuando escuchás tu canción favorita? ¡Imaginate si creas una! ¿No te fuiste no?, le dije. Me dijo que no, pero a veces lo noto con la cabeza en la agenda que nunca termina de escribir. Repetí la secuencia de acordes que escuchamos en la fuente de aquella vez, solo para corroborar su atención. La reconoció por el sabor a la cerveza más cara del lugar, un poco pesada, de trigo y color dorada opaca. La madera de este violín tiene el mismo color. Siento que el calor de mi cabeza está aliviando, quizás ya haya estallado por el final que está sucediendo. La emoción recorrió mi columna y halló el punto de equilibrio justo en el estómago, ese movimiento se tradujo en una leve sonrisa soberbia y una última nota que, si la escuchaste, no la vas a poder olvidar. Levanté el arco. Una vez que se domina su equilibrio, se ha conquistado una de las mejores cosas que jamás se haya inventado.

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