Historias sin punto final
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#26 · Carola y Valentino

Por Clara Catelli
Ilustración Já Ant

 

Valentino es músico: toca un poco de guitarra, de piano, y bastante el bongó y el pandeiro. En música, el comienzo del compás, y por lo tanto la división en tiempos a lo largo de las obras, se marca con el primer tiempo de ese mismo compás. Úmpapapa / umpapapa / umpapapa / umpapapa / Úmpapapa sería la acentuación de un compás cuatro cuartos. El ventilador tiene compás 6/3 durante la noche, y 8/4 durante el día. Valentino intenta averiguar por qué. Se desvela pensando en ese ventilador, en todos los ventiladores, en por qué sufre así por ellos. Le taladran con ritmo todas sus ganas de dormir. Y se levanta ojeroso, y todos le dicen desde chico que tiene cara de cansado, de enfermo. Caras que él traduce como feas: sí, le dicen que está feo. Y Valentino hace un par de meses se vio demacrado por primera vez y no quiere salir a tomar birra porque siente miedo de que alguien note su dejadez. No importa quién lo mire, ni siquiera le interesa que un alguien –indefinido y desconocido– efectivamente lo fiche. La pura sensación de pudor lo recluye a encerrarse, no vaya a ser cosa que alguien lo vea y note que no duerme, y que lo avergüenza no dormir, y que para colmo ese insomnio es por algo tan ridículo como una obsesión.

 

Obsesión es cuando una idea fija o recurrente condiciona una determinada actitud.

 

Carola se despierta de noche. Su dormitorio está en el noveno piso, debajo del balcón-terraza de la del décimo. Su cama está debajo de lo que ella calcula que es la rejilla de la del décimo, y la rejilla está debajo de la canilla. La canilla gotea, hace meses que gotea, y Carola no consigue que la del décimo la arregle. ¡Cloc!, ¡cloc! Es redonda. Carola sabe que la caída es redonda y estalla cuando choca contra la rejilla. Ella tampoco puede dormir.

 

El sonido es la materia sobre la que actúa uno de los cinco sentidos: el oído. Sin embargo para muchos es más que uno de los cinco sentidos. Es solo uno, tan invasor que anula a la percepción de los demás, incluso a la elaboración de pensamientos conscientes e inconscientes. Sí, como el amor. Existen los casos en los que la recepción de un sonido puede eclipsar cualquier tipo de sensación de intercambio del cuerpo con el exterior. Sí, como el amor.

 

Hay especialistas de todos los sentidos. Están los catadores –especialistas en gusto y olfato, porque estos dos sentidos están íntimamente relacionados. Por si no lo han notado, recuerden sus resfríos más pavorosos de invierno y cómo la nariz tapada impide saborear correctamente la comida. Están aquellos con un ojo privilegiado: perciben el ritmo en la imagen, los colores, su concordancia o la ausencia de tal. Están aquellos que palpan, que sienten, que con el tacto perciben texturas, composiciones, y que van absortos por la vida tocando rugosidades y superficies lisas. Y están los que oyen. Oyen todo, y nada escapa a su radar.

 

Valentino y Carola son de los últimos: de los obsesionados con el sonido. O  de los enamorados del sonido. Depende. Se les aparece el sonido como idea fija o recurrente que condiciona su actitud. Como sentido que obstruye cualquier otra percepción del cuerpo, e invade la mente. Y no los deja dormir. Y Carola sabe que se ve como diez años más vieja, que el del videoclub no la mira como antes, y menos el de la ferretería a la que tiene que ir para buscar masilla para tapar los agujeros de ventilaciones que le dejan entrar el sonido de la canilla, esa puta canilla que no la deja dormir. Y saber que el ferretero, un perejil que jamás habría despertado su interés si no hubiese sido porque le dijo “¿estás bien?, parecés enferma”, se preguntaba si ella estaba bien porque parecía enferma por no dormir, por estar obsesionada, la hacía sentirse transpirada, con el estómago cerrado. “Caminar por la calle en pelotas sería menos vergonzoso que este pelotudo me vea demacrándome por lo loca que estoy”, se puteaba.

 

Para Valentino el año se divide en dos: cuando hay que prender el ventilador y cuando no hay que prender el ventilador. Cuando se siente libre, y cuando no quiere ir a lugares llenos de gente joven, porque transpira, se anudan él, su estómago y su lengua y no puede pensar, porque desearía que no lo vieran. Claramente esta diferenciación no se reduce al verano y al invierno, porque son muchas las veces en las que, por pertenecer a una ciudad extremadamente húmeda, hay que encender los ventiladores y turbos –ventiladores más chicos, portátiles, que pueden tener un formato cuadrado, apoyados en el piso, o que pueden ser de pie con una rejilla metálica que giran desde un centro fijo, cuarenta y cinco grados a la izquierda y cuarenta y cinco grados a la derecha– fuera de temporada. Una de las mitades Valentino la sufre, y por contraste ama la otra. La sufrida es la mitad de los ventiladores.

 

Su psicólogo le pidió que se retrotraiga, que recuerde cuándo fue la primera vez que se sintió absorto por el ritmo de un ventilador. “A ver si puedo dormir de una puta vez, y sentirme en paz con mi cara”, piensa. Pero él no lo puede recordar, porque de hecho padece insomnio en épocas de ventiladores desde su más tierna niñez. Llegó a culpar a su tío, timbalero oficial de una banda centroamericana de merengue y salsa. Jorge, tío, le regaló su primer bongó cuando era un bebé. Valentino cree que Jorge le cagó la vida.

 

En la esquina de Santa Fe y Ov. Lagos, en Rosario, hay una gran vecindad. En el medio de toda esa edificación hay un patio. En el centro de ese patio hay una fuente. Una fuente que rebosa de agua durante todo el día, de agua que constantemente cae e impacta contra otra gran masa de agua en movimiento en la gran pileta que es la fuente. El agua de la fuente circula y cae en la misma fuente, en un movimiento infinito de nunca acabar.

 

En esa misma vecindad creció Carola, jugando a la pelota en ese patio, bañándose en esa fuente –aunque las reglas de la vecindad lo prohibieran terminantemente–, pero como a ella le faltaban las dos paletas de leche por haberse caído de boca a los tres años porque su hermano mayor la empujó para que ella dejara de llorar porque él quería arañar la pizarrita con la que jugaban al “maestro”, los vecinos la veían como alguien tierna y le daban un margen de disfrute antes de ir a sacarla de las orejas de esa fuente en la que, desde siempre, estaba terminantemente prohibido bañarse. Ella se sentía hermosa sin sus paletas, mostraba ese vacío por todas partes. A exactos siete metros de esa fuente estaba la cabecera de su cama, debajo de una ventana que daba al patio. A exactos siete metros de esa fuente Carola dejó de dormir por el infinito ¡plop cloc! de las gotas durante todo el año, salvo cuando podía prender el aire acondicionado que por viejo y destartalado ocultaba el sonido de las gotas. Las mañanas posteriores a noches de aire acondicionado se sentía hermosa.

 

Por eso aún en invierno transcurría las vísperas de sus citas con aire acondicionado. Pero si lo contaba en voz alta, se sentía ridícula.

 

La rutina de Carola es hartante, porque tiene su origen en evitar una obsesión: la de no poder dormir por la canilla que gotea arriba, en la terraza de la del décimo. Se acuesta. Empieza por acostarse, cansada, después de un día interminable, que comenzó deseando que se termine. Se da una ducha, se enjabona, se enjuaga, se seca, se lava los dientes, entra al cuarto, se pasa crema en las piernas y en los codos –detesta tener los codos ásperos, se le ajan y se le forman cascaritas–, toma su libro y lee hasta empezar a quedarse dormida, porque sabe que si no se provoca el sueño no se duerme. Llega el momento, el momento en el que no puede leer de corrido, en el que de una oración salta a la otra sin entender por qué los acontecimientos se suceden de esa manera. Deja el libro en el piso y apaga la luz. Recién allí, después de todo ese ritual que se ve obligada a repetir noche tras noche porque la experiencia demuestra que es lo más efectivo para finalmente dormirse, recién allí o se duerme, o pasa lo que más teme: oye las gotas de agua –que nunca sabe si son de la fuente de la infancia o de la canilla de la del décimo, porque está adormecida.

 

Cuando oye el agua, todo se vuelve desolador. La primera vez que le pasó era  muy chiquita, y la sensación del insomnio –sin saber a qué se debía– le pareció espantosa. Su hermana dormía al lado de ella, y ella se sentía sola, muy sola. Caminó hasta la cocina, con miedo, y seguía sintiéndose sola. Agarró unas pepitos del frasco de lata y corrió por el íntimo que comunica la cocina con su dormitorio por si algún monstruo la perseguía. Era por la madera, que crujía. Así que se sentó en la cama y empezó a respirar profundamente, y se quedó ahí como tres horas, mirando la pared. Hasta que se cansó y se acostó, y siguió mirando el techo durante unas varias horas más. ¿Qué te pasa hija que tenés esa cara? ¿Estás enferma? No, mamá, no dormí bien. Es la fuente. Dejá de joder piba, mirá si va a ser la fuente la culpable de esa cara. Y nunca más le creyó a nadie que le dijo qué linda sos.

 

Durante varias semanas esa situación no se repitió, hasta que un día le volvió a pasar. Y ese día se dio cuenta de que la fuente tenía un ritmo, una armonía, y la conoció. Y a la vez siguiente se dio cuenta de que era por ese ritmo, esa armonía que no podía dormir.

 

Cloc graves, plops agudos, y alguna caída de dimensiones sordas, más bien metálicas, fueron el inicio de su afición por la música, y de su obsesión y por siempre acompañante insomnio.

 

Berkeley –un filósofo de la tradición empirista– decía que el hombre conoce lo que percibe. En tanto y en cuanto esa cosa, objeto o sensación no sea percibido no existe, porque la base de la existencia está en la percepción por los sentidos. Es así que el sonido solo existe porque nosotros lo conocemos, porque tenemos oídos y tenemos la capacidad de escucharlo. Mientras no lo percibamos, eso no existe.

 

Esa noche, la fuente empezó a existir como un problema para Ana.

 

Para Valentino no empezó como un insomnio, sino como un juego. Su tío Jorge que le cagó la vida le dijo: “Vení, vení, nene, escuchá al ventilador. ¿Ves? Tiene ritmo, como te vengo diciendo para el bongó. Escuchá: Tá catacatacataca / Tá catacatacataca / Prrrrram / Tá catacatacataca Tácatacatacataca.

 

Efectivamente el ventilador tenía ritmo, y de él y de cómo identificar de qué compás se trataba, Valentino nunca se olvidó. El método era encontrar el acento más fuerte, y en base a él articular los demás sonidos. Era un ventilador de techo bien feo y sucio de madera, con tulipas de vidrio espantosas que imitaban flores que también estaban muy sucias. Lo que lo sostenía del techo estaba desmembrándose. Entonces cada tanto el ventilador se sacudía más y más fuerte, dando la sensación de que en el acento del compás que Valentino había identificado se iba a caer. Un ventilador que sentiría tan feo como él mismo.

 

Cuando tenía insomnio se llenaba de ansiedad. Le empezaba a latir rápido el corazón, tanto que si se acostaba boca abajo con la mano en el pecho sentía que el cuerpo se elevaba un poco con cada palpitación: túctúc  túctúc túctúc. Y el ventilador cada vez tenía un ritmo más evidente. Que por qué se hace tan fácil encontrar el puto compás, se preguntaba Valentino, que por qué no me deja dormir. Y de pronto el sonido tampoco lo dejó estudiar, ni leer, ni disfrutar de la comida. Porque en todo momento, ese sonido que le quitaba el sueño le hacía revolverse la panza de los nervios, tener sudoraciones y ponerse más y más nervioso. Así que juntó sus ahorros y se compró un ventilador BlueSky, de los buenos, “silencioso”, que es un pie y una cabeza, y que gira cuarenta y cinco grados a la izquierda y cuarenta y cinco grados a la derecha. Y decidió capitalizar esta desesperación y estudiar música. De paso taparía los sonidos de la vida. Y Charly es bien fiero, y tiene levante. Así que no tengo por qué sufrir así porque me vean demacrado. Vergüenza es robar.

 

Valentino y Carola empezaron a ir a un psicólogo, porque el tema del insomnio se les está haciendo cada vez más complicado de sobrellevar.

 

Pareciera ser que la obsesión por los sonidos de la vida cotidiana es una plaga, piensa el psicólogo, mientras escucha a Valentino decir que la última vez que quiso levantarse a una mina transpiró tanto que no pudo decirle ni cuántas horas había dormido, porque sentía el olor a chivo desde arriba, desde su cabeza, donde está su nariz. Y se acuerda de que ahora viene Carola, mientras Valentino sigue hablando de la pobre desgraciada que se lo fumó a él, a su vergüenza y a su olor.

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