Historias sin punto final
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#1 · Casi toda la vida

Por Juan José Becerra
Ilustración Florencia Garbini

 

En 1972 me disfracé de payaso. En 1974 me disfracé de pescado. En el primer caso, dije algunas frases de bienvenida a un acto escolar. Pero algo ocurrió en mi interior, un llamado perentorio a la desobediencia, y de golpe pasé a improvisar sobre asuntos sin sentido que, como sabemos, también es un arte dramático de prestigio.

 

Nacía una estrella del show business. Por lo que representar más tarde a un pescado no tenía por qué mellar mi carrera. Me tocaba integrar una línea de pejerreyes que atravesarían el escenario nadando crawl en seco.

 

Se inauguraba la pileta descubierta del Club Sarmiento de Junín. La música que marcaba el ritmo era I shall sing by, de Art Garfunkel. No se sabe quién la eligió. Gran parte de los hechos importantes de la vida son orquestados por operadores anónimos. La canción es una especie de reggae que desarrolla un ritmo sostenido hasta los últimos veinte segundos, en los que ocurre una misteriosa aceleración, como si Garfunkel hubiera tenido que salir corriendo al baño. Ese vértigo inesperado me perdió. Tropecé con el borde metálico del último escalón y rodé sobre el escenario, dejando en el aire una nube de malón.

 

Estos episodios fueron experiencias extremas de vergüenza personal detrás de los cuales estuvo mi madre, acicateando mi salida a lo que podemos llamar “un escenario”, y moviendo los hilos de los que yo colgaba sin soberanía. Por lo que mi primera lección social fue que no hay que evitar el ridículo. Al contrario: hay que provocarlo como una manera segura de aligerar las cargas implantadas que lleva nuestra imagen y, de paso, dominar la escena aunque lluevan las miradas de los censores.

 

Para mi madre la vida es un escenario que se desplaza a una velocidad supersónica y del que es imposible bajarse una vez que se ha subido. En ese artefacto, ella sigue atravesando estaciones biográficas, entre las que no hay una que se parezca a las otras. En su ramal de alta velocidad, la vi hacer las veces de madre sub-20, esposa abnegada, maestra bonaerense, mentora de un gimnasio, repostera compulsiva (un disgusto: una torta), ecónoma, asistente amorosa de enfermos terminales (sus padres y un esposo), jubilada, poeta (eso dice la placa del frente de su casa fileteada por Martiniano Arce), actriz vocacional, viajera a destajo, as de la extorsión filial, animadora radial, figura televisiva, productora de eventos y muchacha punk.

 

Cuando este verano me contó que había tomado un té en el hotel Costa Galana de Mar del Plata con la millonaria Marta Fort, me temblaron las piernas casi tanto como cuando una vez me anunció que le habían ofrecido integrar una lista de concejales cuyo jefe político sería Luis Patti, tentación a la que por suerte no alcanzó a ceder. La vi en Miami, puliendo las veredas de Ocean Drive, en charlas peripatéticas con su nueva amiga. ¿Podía darse, entonces, y en cualquier momento, una cumbre entre Ricardo Fort y yo? ¿De qué hablaríamos: de la prosa de Mario Levrero o de la carrocería de aluminio del Rolls Royce Phantom? Ya había recibido un golpe de esa naturaleza hace algunos años. Un accidente del control remoto me llevó al programa de Chiche Gelblung. Y de golpe la veo a mamá, en el foyer de un teatro, hablando maravillas de Sandro en un canal de aire. Mi madre: una “nena” más del ídolo de América.

 

Hay algo muy superior a la vergüenza que mi madre me ha proporcionado en un sentido mayorista: mi admiración, menos por su vocación materna –que va y viene– que por haber sabido darse forma de persona que sabe vivir, aún cuando para que eso ocurra deba dinamitar periódicamente su identidad, de la que no tendrá problemas en extraer otra, y luego otra más.

 

Comencé a sentir en plenitud esa admiración cuando me anunció su tercer casamiento. ¡Por iglesia! La comodidad la llevó a que fuera en la capilla siriano ortodoxa que está justo enfrente de su casa, donde pasé la víspera. Me preparé todo el día para cruzar la calle, pero la vergüenza me atenazaba en ese interior en el que –dicho sea de paso– me “hicieron”, y llegué tarde.

 

Los novios salieron empujados por el Ave María de Schubert y subieron a un auto envuelto en cintas blancas. La fiesta fue en un salón de extramuros, y a nadie le importó que fuese un hecho de reincidencia porque mi madre lo hizo pasar como una primera vez (todas las repeticiones deseadas lo son). Se arrojó el ramo y se tiró de las cintas hundidas en la torta.

 

A las cinco y media de la mañana el stress postraumático me había derretido y con mi mujer y mis hijos decidimos levantar campamento. Me acerqué para despedirme, y mamá me dijo: “¿Cómo? ¿Ya se van? Bueno, nos vemos mañana”. Y siguió revoleando el cotillón –espantasuegra, zanahoria de plástico, peluca metalizada– hacia el centro de gravedad de la fiesta en la que se había depositado el carnaval carioca. Subí al auto preguntándome si se había casado o había actuado de novia.

 

Pienso que todas las vergüenzas son ajenas. Porque lo único propio de la vergüenza es ese impulso que nos obliga a replegarnos cuando experimentamos la crisis de identificación que nos lleva a decir “yo no haría eso”. Sin preguntarnos si no lo hacemos porque no queremos o porque no podemos. Es decir: porque no lo deseamos o porque, aún deseándolo, nos da vergüenza.

 

De modo que las performances de mi madre, casi todas biográficas, y por medio de las cuales la vida se reduce estrictamente a un espacio de representación teatral, despertaron lentamente en mí un programa de desinhibición que me ha servido para vivir, y para escribir.

 

Pero además de ser hijo de una mujer más o menos exhibicionista, también lo soy de un hombre más o menos misántropo. Digo más o menos porque mi madre ha de tener sus momentos de reserva y mi padre de sociabilidad (aunque no conmigo). Tenemos por un lado el agua y por el otro el aceite. Pero ¿qué matrimonio no se compone, incluso mientras todo va bien, de personas separadas? De ese tipo de mezclas incompatibles –como mínimo dos mitades– está hecha esa materia inestable llamada identidad.

 

Mi padre es casi exclusivamente un peronista. Tan peronista que una vez, discutiendo con uno de mis amigos, quiso decirle “perdón, perdón” con el fin de interrumpirlo y le salió: “Perón, Perón”, palabras en las que se enlazaban el estribillo de la Marcha y la fórmula presidencial de 1973.

 

Desde hace sesenta años, y casi a diario, esa pasión llega al cenit de la descarga personal cuando discute con su hermana, quintaesencia de la dama gorila de provincia. Tienen una agenda de un solo tema: el peronismo, lo que hace que las conversaciones sean irreductibles, similar al choque frontal de dos piedras.

 

Mi padre milita para su yo –sino para su antes–, por afuera de cualquier acuerdo. Es un estilo basado en una correspondencia que mantuvo con Perón. Él le escribió y Perón le contestó en la carta serial pero autografiada que duerme su siesta histórica en mi biblioteca.

 

Desde el vamos, su peronismo fue un prolongado trance místico, sin intermediarios, sin aparato y, de algún modo, santificado por su renuncia a vincularse con los recursos materiales que hacen del Movimiento, entre otras cosas, una enorme agencia de servicios sociales y, quizás, la bolsa de trabajo más grande de América Latina.

 

Por afuera de la realidad justicialista, mi padre es un misionero que catequiza con las veinte verdades en los escenarios más insólitos y adversos. En los cumpleaños de los nietos, en Navidad, en los bares, en el Club de Planeadores de Junín –donde prácticamente “vive”– y ante los íntimos o los desconocidos, siempre se lo verá desenvainar peronismo e introducirlo del modo en que lo haría un cuchillero dispuesto a revolear su daga contra quien se cuadre.

 

Fiel a su práctica de dividir en mitades los espacios de discusión (como en las historietas, tenemos un hemisferio del Mal y otro del Bien), es posible que haya utilizado esa y otras posturas intransigentes como un recurso de ruptura capaz de mantenernos lejos de sus dominios de soledad.

 

Una noche salimos del cine (pasaron 27 años, pero mi recuerdo reluce en 3D) y, de la nada, me dice: “No seas como yo”. Fue un hermoso slogan contra la corriente y, además, un gran consejo general que atacó de lleno el sistema de autoexclusión que lo apartaba de los mercados del amor, del trabajo, de la familia, de la sociedad y de la economía.

 

Un sistema que diseñó con el fin de administrar el único patrimonio que para él vale la pena defender: el del tiempo propio. Inesperadamente, su monomanía llamada peronismo dejó de afectarme y hasta me volví un idólatra tardío de ese monasterio unipersonal en el que, justamente él, defensor de las masas (aunque no tanto de los individuos que la componen), reina de un modo paradójico.

 

En realidad no era su identidad peronista lo que me avergonzaba –y menos en los últimos años, en los que me he estado sintiendo todo lo peronista que puedo ser– sino su manera de imponerlo en la familia, sabiendo que se trataba de una imposición que dividía. Porque más que un peronista, mi padre es un antinomista, capaz de pulverizar los frentes internos más sólidos, como cuando nos sentamos a ver ganar a Boca y, apenas empieza el partido, dice “hoy perdemos”.

 

Los padres quieren que los hijos sean como ellos; y los hijos quieren que los padres no sean lo que son. Tenemos aquí una guerra de autoridad que dura casi toda la vida. Pero los años traen el armisticio que hemos estado esperando. Es el momento de la reciprocidad y el entendimiento. Entonces, qué más da, nos unimos a lo que no podemos vencer.

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