Historias sin punto final
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#27 · Como un fantasma

Por Tito Villar
Ph. Gustavo Salamié

 

El mate se le enfriaba en la mano que temblaba. Ya hacía rato que había terminado la llamada. Charlie miraba la pantalla de la computadora encerrada en el momento que acaba de suceder. El tipo la había llamado, con miedo, atajándose. Casi implorando, pero siempre queriendo tener el control, le había dicho:

 

–Vos sabes que yo soy padre de familia, tengo una nena, una mujer. Ya no soy así.

 

El “Ya no soy así” quedó sonando en un eco, como queriendo asegurarse que había sido escuchado. Le preguntaba por un blog anónimo que daba vueltas por la web. El escrito relataba con lujo de detalles una escena que había vivido él con ella, Felicitas y dos chicas más en el 2002. Charlie tenía 15 años cuando ocurrió.

 

Le contestó que no sabía nada, que no tenía nada que ver, que si sabía algo le decía. Si no fuera por los temblores en el cuerpo, juraría que se había quedado petrificada. Solo atinó a hacer clic en el chat de Facebook para abrir la ventana de Felicitas. No se animó a más. Estaba aislada. Sola. Entonces vio los tres puntitos y el consiguiente “Felicitas está escribiendo un mensaje”.

 

Felicitas corrió a la computadora. Buscó el video de Mailén: Denuncia de abuso sexual contra Migue de La Ola que queria ser chau. Mientras escuchaba el testimonio iba identificándose con la chica que le hablaba desde la ventana de YouTube. Era un relato que volvía.

 

Unos minutos antes Cristian Aldana la había llamado a su celular. Estaba desesperado. Le contó del video, del estallido en las redes sociales. El testimonio de Mailen había removido lo que siempre estuvo ahí, latente, oculto. El abuso. Felicitas tenía 14 años cuando ocurrió.

 

La llamada fue igual a la de Charlie. ¿Quién había escrito eso?, era un tema muy delicado. Le pedía que denuncie la falsedad de la página, le pasaba el link por teléfono. Había que borrar ese blog. Tenía que seguir oculto. Felicitas le dijo que si a todo y balbuceó lo más que pudo hasta que consiguió cortarle.

 

Le escribió a Charlie. Durante minutos ensayaron una conversación anodina. Pero no pudo más, la ansiedad la obligaba a salirse de sí, a dejar el aislamiento.

 

–¿Qué querés hacer? –le preguntó.

 

Del otro lado de la pantalla Charlie respiró. Los fantasmas empezaban a desprenderse de ellas. Ya no se callarían más.

 

Pasó casi un año de esa mañana del domingo 17 de abril del 2016. Las chicas lo cuentan como si hubiera sido hoy mismo. Están cansadas, no durmieron. Se pasaron la noche hablando, rememorando. En la mesa hay papel y tabaco para armar, documentos de la denuncia y los peritajes, una bandeja de facturas y el termo que hace girar el mate.

 

Hoy Charlie Di Palma tiene 30 años, Felicitas Marafioti 29. Se terminan las frases entre ellas, los recuerdos, las sensaciones. Cuentan chistes, putean. Sonríen. Hoy retoman una amistad; antes de las denuncias no se veían desde el 2010. A medida que fueron creciendo se alejaron del ambiente de la banda que marcó su vida: El Otro Yo, liderada por Cristian Aldana. Cada una se cargó a la espalda su adolescente maltrecha y avanzó sin mirar atrás.

 

–Yo abrí los ojos en terapia, pero me costó entenderlo. ¿Qué consentimiento puede dar una nena de 14 años? Una nena de 14 años es un no. Él decía que no le tenía que contar a nadie, que era algo nuestro, especial; me decía que el mundo no iba a entendernos.

 

Lo que hoy Felicitas cuenta tan claro no siempre fue así. La primera vez que fue consciente del abuso que había sufrido, revivió todos esos años juntos de una sola vez. El trauma dio la cara.

 

–Después de varias sesiones me sentí un poco más fuerte. Pude conectarme con esa nena a la que le tuve tanto rechazo. Viví de vuelta esas situaciones de mierda. Caí en que eso no estaba bien, podía seguir pasando y había que hacer algo –cuenta casi sin respirar.

 

Charlie y Felicitas retomaron contacto en octubre de 2015, apenas 6 meses antes de las denuncias. Con otra chica decidieron armar un blog anónimo relatando los abusos y humillaciones que sufrieron por parte de Aldana allá por el 2002. Todas ellas eran menores, él tenía 32 años. Cada una había trabajado el trauma por su cuenta. 15 años les llevó enfrentar a sus adolescentes, escucharlas, escucharse.

 

El 16 de abril de 2016 Mailen subió su testimonio y denunció a Migue Del Popolo. Esa semana El Otro Yo compartiría escenario con La Ola que quería ser Chau. Aldana suspendió el recital y subió un comunicado a la página oficial de la banda repudiando el abuso sexual. En tan solo unas horas la publicación se plagó de comentarios que desmantelaban la hipocresía del cantante. Entre los usuarios empezó a viralizarse el blog de las chicas. A la mañana siguiente, luego de pasar toda la noche borrando los comentarios de sus atacantes virtuales, Aldana hizo su llamada desesperada. A la semana lo denunciaron por abuso sexual gravemente ultrajante con acceso carnal a menores de edad en siete oportunidades.

 

–Le teníamos tanto miedo al loco que no sabíamos si cada una de las demás se había vuelto a arreglar con él. Yo medio lo justificaba hasta mis 21 años. Después empecé a entender lo que había pasado –explica Charlie. El control de Aldana las enfrentaba entre ellas.

 

–Muchas veces quise buscar a Feli, pero una oscuridad me lo impedía. No era un monstruo con la cara de Aldana, era algo oculto, como un fantasma –se miran con Felicitas, se ríen imaginando una cara monstruosa que flota y las persigue.

 

Aflojan los nervios armando puchos. Están hasta 20 minutos para terminar uno y cuando se dan cuenta no aguantan la risa. Son silencios permitidos, larguísimos de tan cortos. Aflojan. Salieron de sus cárceles personales, enfrentaron a su abusador y lo llevaron a la justicia. Pero aún son frágiles. No se revierten esos años, ese aprendizaje que no fue. Nadie les devuelve los cuerpos rotos, el no amor. Ellas se armaron como pudieron, siguen haciéndolo.

 

–¿Porque yo tenía que ver en pelotas a mis amigas? ¿Pasar por toda esa situación si yo no la elegía? Nadie eligió, el único que lo hizo y dio órdenes fue él. Nosotras no teníamos experiencia sexual, la mayoría éramos vírgenes. No había amor, ni cuidado, ni placer en el hecho, pero te decías que la pasabas bien. El me decía que me gustaba, entonces tenía que ser así. Nunca conocí otra cosa –Felicitas se mete en la cabeza de esa nena.

 

–Ese autoconvencimiento choto. Pasarla como el orto tanto tiempo. Más adelante descubrí que no era así. El amor era otra cosa, Coger era otra cosa. ¡Ah, era esto, la puta madre!, ¿cómo me perdí de esto durante 15 años? –remata y se pierden en carcajadas.

 

Charlie bromea con su carrera. Dice que es una futura lingüista, pero que no le salen las palabras por no haber dormido en toda la noche. Recuerda a las Catch Up Girls, la banda que formó con Felicitas en el 2003. Se recuerda a sí misma, el camino hasta aquí.

 

–Es como si hubiera retomado el punto en esa adolescencia donde mi esencia fue robada. Nunca fui yo, fui una construcción de otra persona. A mí no me cabe responsabilidad en esto, había un mayor ahí. Yo quería hacer música a los 14 años, ¿qué pasó que abandoné cada proyecto? La denuncia cayó en el momento en el que cada una estaba sanando. Pude encontrarme con la esencia no solo de la niña, sino de la mujer, encontrarme desde un lugar auténtico –dice Charlie un poco más seria.

 

–A los 14 el mundo te parece una mierda y tenés al tipo del póster que te canta que tu rebeldía está re buena. Y de repente sale del póster, y vos lo conocés. Es muy zarpado. Yo soñaba con compartir escenario con él.

 

–No teníamos la experiencia de sostener nada, todo se empezó a distorsionar. Todo lo que hacíamos era hacer y no terminar, y no saber por qué. Pero había una razón oculta. Te daba impotencia, nos pasó a todas. Autodestrucción. Situaciones extremas que el tipo aplaudía. Viví tu vida hoy, un discurso de mierda, éramos pendejas, ¿qué es esa data? –le aporta Felicitas.

 

Hoy Charlie estudia Letras y retomó su carrera como música. Felicitas estudia cine y trabaja en el medio audiovisual. Tienen proyectos. En el reencuentro también nacieron nuevas posibilidades y el apoyo mutuo. Volver al mundo es su triunfo. Salvar del trauma el arte, la ternura, de esas quinceañeras que les fueron negadas.

 

En algún momento de la conversación prendieron sus cigarrillos. Al agua del mate la calentaron más de una vez, se enfría cuando se pierden en ellas mismas, cuando se reconstruyen contando su historia. A diferencia del cenicero, la bandeja de facturas sigue intacta. Charlie se levanta para mover las piernas que están dormidas de estar sentada.

 

–Queremos informar, ir a colegios a dar talleres, que esto no quede acá. Ojalá me hubieran dicho esto a los 14 años –dice sonriendo.

 

Los usuarios más sádicos de las redes sociales les exigen su dolor, fotos llorando en la cama, un identikit de víctima. Ellas respondiendo, haciendo, informando, denunciando. Suben fotos sonriendo, vivas. Se sobrevivieron. Las víctimas, las adolescentes, están en ellas pero no son ellas. Las llevan, las cuidan y les ofrecen justicia, sentido.

 

–Nos vendió que era amor libre. Pero no. Ya entendimos. Igual el enfermo es enfermo, no es boludo. Como ídolo sabía que tenía poder, control. Podría hacer mucho bien con eso, pero no. Por suerte no pudo controlar más a las niñas, porque crecimos, no sé que flasheó, que no íbamos a crecer nunca –dice Felicitas mientras se peina el mechón rubio.

–El man tuvo la oportunidad de hacer las cosas bien. Ver a todas esas menores embobadas, como enamoradas, y decirles “gracias chicas, nos vemos el próximo show, vayan a sus casas”. Pero no –el relato le sale fuerte y decidido. Sin vergüenza.

 

–¿Te puedo dar un abrazo? Juré que si me cruzaba con alguna de ustedes la iba a abrazar. Loca, yo soy de esa época y sabía que pasaba todo eso –le larga una desconocida a Felicitas.

 

Están paradas frente a frente en uno de los pasillos que combina la línea H del subte con la B. La gente les pasa por al lado corriendo, llegando tarde a sus trabajos, a sus casas. Felicitas se saca los auriculares, siente la empatía genuina de la chica. Se deja abrazar. Le muestra el brazo. Tiene la piel erizada.

 

–Darse cuenta de que no estás sola, de lo que generás, ahí vas sacándote el miedo. Aprendés que el riesgo sirve, que es noble y que es un pasito más en un movimiento groso que se está generando –Felicitas piensa para adentro. Se pone los auriculares. Sigue caminando.

 

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