Historias sin punto final
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#19 · Dogo argentino

Por Juan Dacastella
Ilustración Mariana Betancur Cuartas

Esta historia me la contó un amigo mientras tomábamos una cerveza en el bar de la estación Nuñez, hace ya varios años. El bar era en verdad una barra que daba de espaldas al andén, con un cerramiento plástico que se anexaba al toldo los días de lluvia y donde solíamos ir a ver los partidos de fútbol codificado cuando jugaba Racing. Mi amigo era muy hablador, y debo confesar que la historia parecía un poco inverosímil al principio, pero la cantidad de detalles y el pésimo papel que mi amigo cumple en la misma, terminaron por convencerme. Posteriores investigaciones, entre las que se incluyeron entrevistas al mismísimo dueño de ese bar, quien me aportó el nombre de uno de los protagonistas, y a la hija de mi amigo (heroína involuntaria) agregaron al relato las piezas necesarias para darle una forma más completa. Finalmente, sendas averiguaciones que hice con el tiempo tanto en la Asociación Mutual de Veteranos de Malvinas como en la Federación Argentina de Catch terminaron por validar la historia y completar las piezas faltantes.

 

Rubén tenía 19 años y estaba haciendo la colimba cuando uno de sus superiores le informó una noche, junto a sus compañeros, que el ejército había recuperado las Malvinas. A Rubén le decían “chiquito” porque medía casi dos metros y era ancho como una heladera. En el cuartel, sin embargo, lo apodaron “el Monstruo”, porque cuando se enojaba era bravísimo y había fajado a un par de compañeros, cansado de que lo acosaran continuamente por su torpeza y timidez. Era rosarino, y en verdad no estaba muy seguro de dónde quedaban las Malvinas. Esa noche del 2 de abril todos se sintieron especiales y festejaron, hubo palabras encendidas y firmes apretones de manos. Recién cuando los despertaron al día siguiente, un poco antes del amanecer, les informaron que iban a viajar a Comodoro Rivadavia.

 

Como todos sus compañeros, Rubén tardó en caer. Al principio el orgullo le llenó el alma y le escribió una carta a su familia, esa mañana en el micro que lo llevaba hasta la base aérea, contándoles con excitación lo que estaba sucediendo y pidiéndoles que recen por él. La carta nunca fue enviada y Rubén mismo la recibió a su regreso, comprobando avergonzado cuán inocente había sido esa mañana. Con el tiempo se odiaría en cada uno de esos recuerdos. Algunos compañeros estaban peor: iban cantando canciones contra los ingleses y amenazaban con ir a invadir Chile una vez que terminaran el trabajo en las islas. Solo unos pocos, en cambio, iban callados y temblorosos, castañeando los dientes, y esos fueron los que con el tiempo Rubén valoró como los más inteligentes. Le hubiera gustado estar en ese grupo.

 

A la isla llegaron dos días después a bordo de un Hércules que volaba lento por el mal clima y temblequeba. Para la mayoría era el primer viaje en avión y varios vomitaron en el piso dejando un olor insoportable. Al llegar, lo primero que Rubén hizo fue mirar la nieve con entusiasmo, como si estuviera cumpliendo un sueño de su infancia. En cuanto tuvo la oportunidad enterró sus dos manazas en la nieve un rato, sorprendido de lo mucho que le dolían y lo dura y filosa que era. También se dio cuenta que no estaba tan abrigado como le había parecido y se ajustó el gorro de lana que usaba por debajo del casco. Ese día todos estuvieron de buen humor, un buen humor nervioso y de risa inmotivada, dedicado a tapar con ruido y anécdotas el temor generalizado que sobrevolaba las islas.

 

Luego siguió una espera interminable de días y días con hambre y frío, que pronto fueron reemplazando todos los aires de valentía y grandilocuencia de los argentinos por un silencio creciente en relación a los ingleses, un silencio piadoso para con los propios argentinos que preferían olvidar las promesas heroicas que habían lanzado. Todos tenían miedo y se escondían del enemigo, a quien aún no habían visto. Pero también sentían vergüenza por esos hombres estúpidos que habían sido apenas semanas atrás, y se cuidaban tácitamente entre ellos para tampoco tener que enfrentarlos.

 

Según pude averiguar, el regimiento de Rubén entró en combate recién en junio, en un punto conocido como Monte Dos Hermanas, siendo testigo de una de las primeras intervenciones de los gurkhas en la guerra. El terror que infundieron en Rubén y sus compañeros sería una herida imborrable. Ellos llevaban más de un mes de frío y privaciones, de falta de sueño, de castigos estúpidos y malvados por parte de sus propios superiores. Pero los gurkhas venían cantando, despreocupados, escuchando música en unos walkman sony que eran una maravilla, fumando cigarrillos oscuros sin miedo al fuego de los fusiles ni la artillería. Era como un ejército de zombis, de monstruos reales que salían de agujeros en la nieve plateada y resultaban inmunes a los disparos. Cada tanto aullaban y muchos blandían unos puñales curvos con los que ultimaban a los heridos. En algún momento del amanecer, alguien dio la orden de abandonar todo y correr, pero Rubén no se movió. Estaba inmovilizado y le daba lo mismo. Nadie puede sentir tanto miedo y seguir vivo, pensó.

 

Hasta donde sé Rubén nunca dijo mucho sobre la guerra, y hay versiones encontradas sobre su desempeño. Lo cierto es que fue hecho prisionero con varios de sus compañeros y regresó a la Argentina una vez finalizado el conflicto, varias semanas después. En el viaje de regreso los oficiales argentinos les dejaron bien en claro que tenían prohibido hablar, que cualquier cosa que dijeran iba a ser motivo de castigo y deshonra. Para darle sustento a esta promesa, los hicieron viajar en micros con las ventanas cubiertas con papel de diario, para que nadie los viera. A Rubén no le molestó, porque se sentía avergonzado y tampoco quería que nadie lo viese. De hecho, al llegar a su casa comprobó que no toleraba la mirada piadosa de sus familiares, la curiosidad morbosa de los vecinos, o la algarabía forzada de los grupos de ex combatientes, donde se esmeraban por recordar lo que todos querían olvidar. Así que comenzó a salir cada vez menos de su casa, a dejarse ver lo menos posible, a cumplir involuntariamente con lo que sus oficiales le habían pedido. Un día se dio cuenta que él tampoco quería verse a la ojos, y quitó los espejos que había en la casa, quedándose solamente con uno pequeño y rectangular, del tamaño de un peine, que usaba para afeitarse.

 

Veinte años después, Julián está en la plaza de la estación con su hija de siete. Su hija se llama Paula y está atravesando una época difícil, una de esas fases introvertidas que a veces tienen los niños. Le cuesta socializar, todo le da vergüenza y no quiere hablar con nadie. También está llena de temores, algunos absurdos y fantasiosos, pero otros más consistentes como el miedo a los perros. Esto hacía casi imposible salir a la calle a dar un paseo, o simplemente sentarse en la plaza un rato a leer un libro o usar los juegos. Y si lo hacían, Julián se esmeraba en controlar la escena para evitarle nuevos malos momentos que la hicieran retroceder.

 

Tampoco era una buena época para Julián. Tenía varios problemas económicos que no podía solucionar y que ponían en peligro la estabilidad de su negocio y el trabajo de varias familias que dependía de él, aunque no se lo había comentado a nadie ni había pedido ayuda. Sentía que tenía que solucionarlo solo y se guardaba el secreto, como si el hecho de no mencionarlo en voz alta lo protegiera de la realidad.  Esa tarde en la plaza estaba especialmente preocupado, y mientras su hija leía una revistita que habían comprado en la estación, Julián se distrajo yendo a buscar un diario que alguien había abandonado sobre un banco lejano y se puso a hojearlo.

 

Fue solo un instante, un par de minutos según él, pero cuando se dio vuelta para volver, Paula estaba rodeada por media docena de perros de distinto tamaño, arrodillaba sobre el banco y a punto de entrar en pánico.

 

Pensó que iba a tener una crisis y corrió lo más rápido que pudo pero antes de llegar pasó algo que lo dejó clavado en el suelo a unos metros de distancia. Otro perro, un perro grande y blanco se acercó y se puso delante de Paula, haciéndole frente al resto. Los demás se quedaron quietos, dudando, y el perro blanco ladró dos o tres veces hasta que se dispersaron y se fueron cada uno por su lado. Luego se sentó delante de su hija, de un modo protector, como haciendo guardia. Julián comenzó  a recortar los últimos metros para acercarse cuando Paula se bajó del banco, y estirando la mano con los dedos hacia abajo, como una damisela del antiguo oeste que extiende su mano para que se la besen, se dejó lamer los dedos por el perro blanco, mientras una tenue sonrisa se le asomaba entre los labios.

 

El perro se quedó unos segundos más con ella hasta que alguien lo llamó desde el otro lado de la plaza: ¡Lobo! El perro giró y volvió raudo hasta donde estaba su dueño. Y entonces lo vieron. Era un hombre gigantesco. Medía más de dos metros y tenía la espalda ancha y los brazos gruesos. Llevaba una gorra con visera, anteojos oscuros y por encima, la capucha de un buzo que le tapaba el resto de la cara, haciendo imposible distinguirlo. Cuando Julián se sentó en el banco donde estaba Paula, ella dijo: se llama Lobo ¿lo viste?, es lindo.

 

Empezaron a ir a esa plaza todos los sábados por la tarde. Y todas las veces Paula se sentaba en el mismo banco y leía su libro, esperando. A eso de las siete de la tarde, aparecían Lobo y su dueño, siempre encapuchado. Paula los miraba de lejos, y mientras el hombre fumaba bajo un árbol, alejado del resto de los grupos de gente, el perro se quedaba firme a su lado como un soldadito. Pero cuando veía a Paula se alejaba por unos minutos de su dueño e iba a saludarla. Ella estiraba su mano para que el perro la besase y Lobo cumplía su parte del ritual con cariño antes de regresar con su amo.

 

Una tarde, mientras Julián compraba unos helados se dio cuenta que Paula se había levantado y no estaba sentada en el banco donde la había dejado. La buscó con la mirada por el lugar donde están los juegos, luego siguió a varios chicos que correteaban por ahí, hasta que por fin la distinguió bajo unos árboles, a los lejos. Estaba parada delante de Lobo y su misterioso dueño. Un segundo de inquietud cruzó por la mente de Julián y se puso de pie. No podía escuchar lo que estaban hablando, pero no había dudas de eso: estaban hablando. Se puso a caminar al mismo tiempo que Paula saludaba al perro, frotándole la espalda con cariño. Al final le hizo una palmadita sobre la cabeza y emprendió el regreso.

 

Se encontraron a mitad de camino. Ella venía sonriendo y tenía en la mano unos papelitos con el borde troquelado. Eran dos entradas para un espectáculo de lucha libre.

 

Julián accedió a llevar a Paula a ver lucha libre si ella le prometía no contárselo a la madre, al menos en el corto plazo. En el fondo a él mismo le parecía una mala idea, pero como su hija estaba tan entusiasmada no tuvo mucha opción. Además ese año se había puesto de moda otra vez uno de esos programas de lucha libre en televisión, y en general estaba dirigido al público infantil, así que Julián usó ese argumento para tranquilizarse. Se equivocaba.

 

El show era dentro del polideportivo de Nuñez, en un ring que habían levantado en medio de la cancha de básquet, un poco elevado sobre el parquet. Julián se dio cuenta pronto que las peleas de la tele eran mucho más entretenidas para los chicos porque estaban hechas por profesionales, bien ensayadas y con entrenamiento, mientras que aquí la cosa era más amateur, y solía pasar que los tipos se fajaran de más o alguno terminara por calentarse en serio. Paula estaba un poco horrorizada pero soportó con estoicismo las peleas, esperando por su amigo gigante.

 

Hubo dos peleas antes, ninguna llegó al tercer round porque siempre se resolvía de algún modo brutal, con alguno de los peleadores aplastando al otro en el suelo mediante una llave dolorosa, hasta que el tipo golpeaba el suelo con la mano, dando a entender que se rendía.

 

Y después llegó Lobo.

 

Venía caminando desde el buffet del club, delante de su amo, que parecía haber crecido hasta alcanzar los tres metros de altura. El tipo llevaba una máscara de cuero negra que dejaba ver sus ojos encendidos en llamas, el torso iba desnudo, lleno de tatuajes. Usaba unos pantalones de tipo militar, camuflados, con borceguíes en los pies. Delante, abriendo camino entre la multitud de niños que lo abucheaban, venía Lobo, también enmascarado y rugiendo, con un collar de púas que lo hacía lucir todavía más terrible.

 

Julián se dio cuenta que el tipo era uno de los villanos, porque los niños lo silbaban y todos lo insultaban. La máquina de humo largó una bocanada gris que llenó el pequeño gimnasio e hizo toser a la mitad de los presentes. El locutor, usando un micrófono que acoplaba por todos lados, lo presentó como si se tratara de una figura terrorífica. ¡El más odiado, el más terrible, el más impiadoso… con ustedes: el Monstruo Enmascarado y su terrible Lobo! Julián torció el cuello para mirarlo y lo divisó, entre el humo y la gente que lo asediaba, y los niños que zapateaban en el parquet de la cancha haciendo un sonido ensordecedor, avanzando como un dios nórdico, terrible y furioso. Miró a Paula: era la única que lo aplaudía.

 

Del otro lado ingresó un personaje heroico y amado. Era musculoso y tenía el pelo rubio hasta la cintura, como los pibes de Jugate Conmigo. Se llamaba El Paladín. Entraba chocando las palmas con todos los niños, y repartiendo besos a los que se le acercaban. Tenía una música pegadiza que repetía  su nombre y los niños enloquecían por él. Antes de llegar al borde del ring se detuvo, tomó carrera, y de un salto picó en la escalerita del costado, pasando por encima de las cuerdas y cayendo como un superhéroe, con una rodilla y un puño sobre las tablas, haciendo crujir el ring entero mientras el gimnasio estallaba en aplausos.
Lobo, por su parte, había ido a pararse firme y tranquilo en un rincón del escenario, con la máscara puesta y gruñendo a los niños que se acercaban para chumbarlo.

 

La pelea fue brutal y Paula la sufrió apretando la mano de su padre cada vez que el gigante caía. El árbitro fue completamente favorable al rubio, que finalmente ganó, después de haber asestado al Enmascarado un castigo indecible. Cuando terminó, todos los niños se amucharon en un rincón del ring para saludar al Paladín, mientras el Enmascarado juntaba sus pertenencias en su esquina, sentado en un banquito, recuperando el aliento. Julián miró a Paula: lloraba. Trató de consolarla pero ella se soltó de repente y caminó en dirección contraria a todos, hasta la esquina del gigante. Lobo la reconoció antes que su amo y le lamió las lágrimas. El gigante, transpirado y con un hilito de sangre que le corría desde debajo de la máscara, se dio vuelta y se puso de rodillas, sobre el escenario, con la frente apoyada en las cuerdas, hacia el lado donde estaba Paula, paradita ella sola en puntas de pie, con la mano estirada tratando de acariciarlo. Y entonces el tipo se metió la mano en un bolsillo de su pantalón militar y sacó una pieza metálica que puso sobre la mano de Paula. Julián, desde lejos, creyó que era una bala plateada, o también una lapicera pequeña.
Unas semanas después, Julián regresaba a su casa de noche, después de ir a buscar a Paula por la casa de su madre, cuando una sombra que salió desde el zaguán de una casa vecina lo tomó del cuello, y antes de que pudiera darse cuenta estaba inmovilizado y tenía un cuchillo apuntándole a la garganta. ¿Te acordás de mí, Julián?, le dijo una voz detrás de su oreja. Julián se acordaba.

 

Los llevaron dentro de su casa y los encerraron en el cuarto del lavarropas. Julián estaba aterrado, y no opuso la más mínima resistencia. Paula lo miraba con miedo, sentada en un rincón arriba del canasto de la ropa. ¿Quiénes son, papá? ¿Por qué te conocen? Julián no podía explicarlo, al menos no en ese momento, a su hija de siete años, aunque con el tiempo, más de grande, Paula se enteraría y comprendería cabalmente el asunto en que se había metido su padre. Pero en ese momento no entendía y Julián estaba bloqueado, aterrado, paralizado por la situación, sin saber qué hacer. Los tipos volvieron dos o tres veces al lavadero preguntando por un dinero que Julián les debía, y cada una de esas veces lo golpearon ferozmente. Julián hubiera querido aguantar ese castigo con dignidad pero lo cierto es que se hizo un bollo en el suelo y suplicaba que por favor no le pegasen más, que no tenía el dinero, que aún no lo había juntado, que le den más tiempo. ¿Más tiempo? le dijo el que parecía el líder de la banda, tenés quince minutos, huevón. Si no te empiezo a romper de a uno los huesos de la mano.

 

El lavadero estaba en un desnivel de la casa, un poco por debajo de la línea de calle, y era iluminado por una ventana que desde adentro se veía muy alta, pero que afuera, hacia el patio trasero de la casa, estaba casi al ras del suelo. Paula estaba sentada en un canasto de ropa sucia justo debajo de la ventana, pero no llegaba a alcanzarla, aunque podía mirar las estrellas en el cielo. Julián lloraba en un rincón, con la espalda apoyada en la pared, la cara ensangrentada y sucia, llorando de miedo pero también de vergüenza. Los minutos pasaban, la tensión aumentaba. ¿Papá, qué vas a hacer? Pero Julián no hizo nada. Estaba paralizado.

 

Un rato después volvieron los tipos. Habían agarrado de la cocina un cuchillo más grande todavía y sin decir ni una palabra, tomaron a Julián de un brazo y le pusieron la mano arriba del lavarropas. Última oportunidad, maestro, le dijo con tono falsamente amistoso el verdugo. Levantó el cuchillo y Paula se tapó los ojos. Pero entonces uno de los tipos señaló la ventana del lavadero y dijo: miren lo que es ese perrazo.

 

Todos levantaron la vista justo cuando la ventana salía despedida para adentro y estallaban los vidrios en el piso. Detrás cayó un perro blanco y enorme, con la cara encapuchada y un collar de púas en el cuello, que fue directo a pararse delante de Paula, gruñendo de modo terrorífico y largando espuma por la boca. Los tipos dudaron un segundo pero entonces vieron al gigante que se descolgaba por la ventana y les hacía frente. Tenía el torso desnudo y aceitado, lleno de tatuajes con motivos bélicos, y llevaba una máscara de cuero negra que se ataba por detrás. El del cuchillo trató de atacar pero el Enmascarado lo lanzó contra la pared de un manotazo, como si espantara un mosquito. Los otros tres se acercaron, más por compromiso que por convicción, pero sufrieron la misma suerte. Paula se había parado sobre el canasto y sonreía de un modo que Julián nunca le había visto. Finalmente los tipos corrieron y el gigante le hizo una seña a Lobo, quien salió despedido tras ellos. Acto seguido le ofreció una mano a Paula y con delicadeza la bajó del canasto.
No dijo una sola palabra y se fue. Cuando Julián logró componerse, el tipo ya no estaba y Lobo había desaparecido también. Delante suyo estaba Paula, con una sonrisa pícara, estirando el brazo para ayudarlo a levantarse. Julián trató de sonreír también pero le dolieron todos los huesos de la cara, y entonces vio el silbato canino que su hija llevaba colgando de una cadenita en el cuello.

 

Brillaba con la forma de una bala plateada.

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