Historias sin punto final
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#13 · El fin del mundo

Por Cecilia Fanti
Ph. Noelia Casas

 

No habla. Nada dice nunca. En una clase de francés le dijeron que ella era más bien el tipo de persona que escucha todo, observa. Une observatrice. Tenía trece años y tampoco hablaba. Era flaca y canchera, un tanto ojerosa. Callada siempre. No habla porque en su casa no hablan. Gritan, eso sí, gritan y gritan y gritan hasta que las palabras se convierten en sonidos y los sonidos en ruidos y los ruidos la agobian. Ella se avergüenza. Cuando tiene siete años, su madre la descubre escuchando un casete de Xuxa en el reproductor Philco que había sido un regalo de navidad para ella y su hermano. Ella tiene las dos manos en forma de sopapa contra sus oídos, juega a que está en un estudio de grabación. Juega a que es Xuxa con sus auriculares gigantes grabando un lento llevo en mi sueño/ de ver caer el sol/ y no hallar durmiendo en las veredas/ niños sin amor, su madre la ve, baja el volumen y le dice que es una tontería escuchar música y taparse los oídos al mismo tiempo. Se lo dice brusca, en tono de reproche. Ella llora pero no explica que era un juego, que las manos no eran manos, que ella es Xuxa en un estudio de grabación de San Pablo. Aprende a callar, a hablar de lo pequeño, lo que no emociona ni molesta, lo olvidable. A no dar excusas. Lo ve en sus tías y en su madre cuando están juntas, lo ve en los ronquidos de su padre frente al televisor. Su hermano tampoco habla, prácticamente no está en la casa. No lo recuerda durante su infancia, no lo ve. Sí recuerda al hámster de su hermano, un animal que de tan viejo se podía sentir su columna vertebral al acariciarlo. Agarra al hámster de su jaula y se lo muestra al amigo de su padre cuyo hijo la mira desde la distancia, mostrándole su dentadura perturbadora, similar a la del animal. Agarra el hámster y se los muestra. El nene dientudo se ríe a unos metros pero no tiene mascota, no tiene las manos para agarrar una mascota. El papá del nene dientudo, un amigo de su propio padre, le dice que debería tirar al animal por el inodoro. Ella le responde que él, entonces, debería tirarse por el inodoro. Su padre le da dos cachetadas y le apaga la valentía de niña precoz, el hámster se le cae de las manos, empieza a sentir el picor en sus cachetes. Picor y vergüenza del golpe en público, que es de la única manera en que ocurren los golpes de su padre. No lo mira ni grita ni llora. Tampoco se sorprende. Se promete no perdonarlo nunca. Siente vergüenza y el nene dientudo se acerca a ella, agarra al hámster del piso y se lo alcanza. Lo recuerda como si hubiera sido una palmada en la espalda. Ella lo envidia porque a él no lo golpearon. Deja el hámster en su jaula y se va, quisiera gritarle al nene dientudo que es por su culpa, por la de su padre, el sádico que disfruta esos golpes cuando es causa o espectador de ellos, el que siempre pide dinero prestado y nunca lo devuelve, el de cuya amistad su padre se arrepentirá veinte años más tarde. El que es un sinvergüenza. Pero no lo hace, aunque esta vez la vergüenza se contamina con miedo. Aprende a pasar desapercibida. No sobresalir, ni con amigas, ni en sus calificaciones, ni en sus comentarios. Para no hablar con nadie, en los recreos finge hablar en el teléfono público de la escuela, que está en el pasillo que lleva a la dirección. Marca números inexistentes y habla poco, solo hace gestos y sonidos con la garganta. Apenas participa de la conversación. Enmudece. Aprende tanto a callar que cada vez que abre la boca, el comentario que sale es errado. Recuerda una vez que abrió la puerta de la sala de maestros, estaba en quinto grado, y le preguntó a una de las docentes si los bizcochitos que estaba comiendo estaban ricos. El resto de las maestras la miró con cara de desprecio, una le dijo que era una desubicada, otra que qué mal gusto y la que estaba parada movió la cabeza con desaprobación y dijo esta chica. Ella apenas balbuceó y cerró la puerta. Vergüenza y humillación, había fracasado en el intento de ser simpática, como sus compañeras de grado, las que iban de la mano de la maestra y hacían comentarios ubicados, no desubicados como ella. Ella no es simpática ni encantadora. Se lo recuerda. Calla. Vuelve al aula mirando fijo la junta de las baldosas, no pisa ninguna aunque no las mire. Se olvidó la tiza que había ido a buscar pero de todas maneras no vuelve a la sala que ahora mira con rencor y de reojo. En el aula, entonces, miente por primera vez, no hay más tizas en sala de profesores y hay que ir a buscar a la cooperadora. Su maestra la mira como si fuera estúpida, lenta, lela, nena andá a buscarla entonces, qué esperás; y dice esta chica, como las demás maestras. Comprende que mentir es fácil y empieza a hacerlo casi con compulsión y entusiasmo. Es un caso clínico. Ya no tiene razones para que sentir vergüenza, nada de lo que dice es suyo, cosas que agarra del aire, de la tele, los libros, los deseos, algún sueño. Miente en todo y miente bien. Entrena, ejercita y pocas veces fracasa. Recuerda una, la más violenta quizás, aunque también habrá otras. Está sentada en grupo en una clase de ciencias naturales y les dice a sus compañeros que tiene un problema en el corazón, que no saben qué es, que es extrañísimo, que quizás tiene que tomar medicación de por vida, o someterse a operaciones carísimas y peligrosas en el extranjero. Lo dice con la risa atragantada, lo dice fingiendo dolor en los ojos, lo dice mirando el manual de ciencias. Cree haberse salido con la suya, cree haber encontrado la medida de la lástima. Más tarde, la madre de uno de sus compañeros llama por teléfono a su casa, ve a su madre decir que no, hacer unas risitas fingidas y estúpidas, la ve mirarla fijo y cortar el teléfono. Su madre se acerca y la golpea tanto que su nariz queda sangrando. Ella llora pero no dice nada, su madre nunca le pregunta por qué dijo que estaba enferma. Su madre la golpea fuerte, para que aprenda, sin decirle nada. En su casa no se habla nunca. Los golpes suenan precisos y secos contra su nariz. Su madre le dice que la próxima vez antes de mentir lo va a pensar dos veces. Ella sabe que no. No habla. Se promete no perdonar nunca a su madre. Escribe en un diario íntimo que esconde contra el fondo mohoso de un placard. Odia. Aprieta la birome contra la hoja perfumada. Recuerda al perrito de la tapa. Tacha las enfermedades de su lista de mentiras. Sus compañeros no hablan de su mentira al día siguiente, no hablan entre ellos ni con ella. No hablan de su nariz hinchada. El del día anterior era un grupo circunstancial de estudio. El compañero cuya madre descubrió la mentira es el más humano, le convida dos o tres galletitas cuando termina el recreo. Ella siente humillación, no agarra ninguna ni le agradece. Sigue mirando para adelante, al pizarrón vacío. Se sienta sola y lejos de los demás. Pone su mochila en la otra silla para asegurarse de que nadie interrumpa su vergüenza. Recuerda la vergüenza al ver a su madre a la salida del colegio, una presencia innecesaria estando su casa a la vuelta de la esquina, la madre que todo lo controla, salvo su vergüenza, la casa a la que no invita nunca a ningún amiguito porque papá se puede enojar en cualquier momento y esos momentos son incontenibles, impredecibles y oscuros. Nunca se puede estar lejos del epicentro, aparece en cualquier lado, en grito, en golpe. Él es todo frustración y ella es toda vergüenza. Le avergüenza su casa a medio romperse, igual que sus padres. Juega a que no entiende, engaña, hace de cuenta que no sabe que la luz que su hermano está proyectando contra la pared sale de una linterna chiquita en su mano izquierda. Corre atrás de esa luz como un gato. Prefiere que la piensen tonta, ajena, estúpida. Se masturba en silencio desde que tiene recuerdo. La encuentran mirando tetas en una revista pornográfica, se muere de la vergüenza. Se ríen de ella, su padre y su hermano. Los dueños de la revista. En su casa no hay privacidad. Siempre hay vergüenza. Y gritos. Y después silencio. Recuerda la conciencia de esa vergüenza cuando una compañera de grado, su amiga, la única con la que era honesta, vulnerable y verdaderamente cariñosa le cuenta un secreto: su familia cree que la de ella es rara, muy muy rara, pero a pesar de eso buena gente. Siente la punción de la vergüenza, cree que enrojece, acepta esa derrota, agradece esa honestidad. Dice que sí, aunque sepa que es cierto no cree, hasta ese momento, que se vea desde afuera. Desde afuera se ve todo. Sigue mintiendo, aprende a ocultar cada vez mejor lo que avergüenza y duele. Registra todo a su alrededor, no olvida, no perdona, lamenta. Su vergüenza se afirma y crece por dentro como un bebé o un cáncer. La abarca, la completa, la rige.

 

Recuerda más mentiras simples y pequeñas y continuas. Contextuales: una menstruación fingida cuando todas sus compañeritas tenían tetas, algunos pelos en el pubis y ella todavía jugaba a la maestra con su cuerpo de niña, la profesión de sus padres, tabaquismo desde los diez años, una familia rica que le iba a dejar una gran herencia, viajes al extranjero, relaciones sexuales. Recuerda su violencia contenida y algunos caprichos. Recuerda su violencia desatada. Recuerda diciembre de 2001 en su casa, recuerda de nuevo la humillación de haber acompañado a una amiga y su padre al shopping para comprar regalos de navidad, recuerda el anhelo de una familia más parecida a la de su amiga, recuerda llorar porque en su casa su padre prohibió gastar dinero. Es el fin del mundo. Ella no creció y mira solo para adentro. No lo entiende. Se adelanta a la vergüenza que va a sentir cuando le pregunten qué le regalaron para navidad. Su hermano se apiada y la rescata, le da un manojo de ahorros. Los suficientes para regalos para él y para ella. Los compran. Ella sonríe. Es feliz y superficial en un diciembre de sol y saqueos. Vuelve a su casa y su padre lo sabe. Sabe que gastaron dinero, no importa cuál ni de quién. La golpea con los puños en la cara y con las piernas en la espalda.

 

Llora de vergüenza. Sus padres celebran la noche buena de todas maneras con la familia alrededor de la mesa y el árbol de navidad encendido y ella llora. Una señora que no conoce pero que está sentada al lado de ella le dice que debería dejar de llorar en la cena. Ella no la mira. Se recuerda su promesa de no perdonar nunca a su padre. Habla cada vez menos, llora con sus amigas más cercanas sin contarles las verdad. Cada tanto miente un poco más para darse fuerzas, los relatos son sórdidos e inventados. Sigue. La vergüenza la silencia. Recuerda volverse sumisa, la progresión de una aceptación silenciosa y cobarde, ya no miente y tampoco emite. Come poco y no se deja llevar. Prueba algunas drogas, baila con sus amigas siempre a un costado y con movimientos torpes. En el colegio la introducen a Sor Juana, a sus tretas para salvarse de sí misma y de los demás: conventos, pseudónimos, cartas, clausura, desafíos, poemas. Piensa que un hábito puede llevarse toda la vergüenza, taparla para siempre. Anhela el silencio, se fuerza a creer en Dios, a recitar oraciones, llevar estampitas y participar de las liturgias. Escribe. Por momentos no piensa y con el blanco en la cabeza descubre el pánico. Tiene su primera crisis nerviosa. No hay chicos en su vida. Le avergüenza su cuerpo desnudo. El del otro, en cambio, lo desea. Demora el sexo aunque relate historias épicas en un pueblo desconocido con un amante falso cuando le preguntan. Se aleja cada vez más. Crece. Recuerda que responde a todo que sí, se incomoda y avergüenza con los conflictos. No quiere ir al choque. Un día el choque viene a ella. La chocan y se destruye. Al despertar, descubre que la vergüenza habita en su cuerpo chocado. Sabe que ahora está atado a la enfermedad mental, al desorden. Recuerda algunas cosas, no todas. Dice poco y lo escribe para salvarse.

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