Historias sin punto final
redaccion@revista27.com.ar
 

#5 · El precio de la carne

Por Walter Lezcano
Ph. Facu Bella

Papá odiaba a mi abuelo materno. Fue un odio que se construyó, lento y seguro, durante el tiempo que papá estuvo detrás de mamá y al final ella, un poco cansada y más que nada para sacárselo de encima según me enteré después por una tía, aceptó y le dijo que sí para salir. Papá me contó cuando yo era chica que no lo podía creer: ese fue uno de los mejores días de su vida porque mamá era la única chica que realmente había amado, incluso desde antes de darle siquiera un beso en la mejilla. Era uno de esos amores de conurbano: crecer juntos en el barrio y repetir la misma historia de los padres. Parecía un callejón sin salida. Pero eso no importa ahora.

 

Las cosas a papá le salieron como esperaba: terminaron saliendo, poniéndose de novios, casándose, armando una familia con cinco hijos, comprando un terreno con una casilla chiquita de madera que de a poco iba sumando un ambiente de material y, bueno, todo lo demás: la rutina de vivir amontonados. Papá nunca quiso otra cosa más que compartir su existencia con esa mujer  y pudo lograrlo. Nosotros fuimos el bonus track del asunto. Todo eso sin importarle si a mamá le pasaba lo mismo con él. El viejo era pura entrega. Lo envidio por eso. Yo para cada movimiento que hago calculo cuánto voy a ganar: sea poner guita en algo o empezar una relación con alguien.

 

No sé si estoy idealizando pero en mi memoria fueron unos años maravillosos y felices donde no teníamos nada más que a nosotros mismos. La cosa humana lo era todo. Como si esas carencias que pasábamos para poder mejorar la casa –otra de las obsesiones de papá– no nos importaran porque podíamos hacer chistes, reírnos y contar con el otro para cualquier cosa. En mis primeros años la familia tenía el tamaño de un mundo y efectivamente lo era para mí. Después, las cosas cambiaron mucho pero no es eso lo que quiero contar.

 

El abuelo, amparado con impunidad en su status de suegro pero también de patrón, se la puso difícil a papá desde el mismo comienzo de la relación con mamá. Imponía sus normas arbitrarias y caprichosas de cuándo, cuánto y cómo tenían que verse. También lo maltrataba cuando lo veía. Mis tíos me contaron entre risas, como si fuera algo gracioso: se burlaba de él, lo humillaba y le mostraba un desprecio casi insoportable. Mamá, que siempre tuvo por el abuelo un respeto muy parecido al temor físico inminente y la obediencia infantil que nunca se la pudo sacar de encima, jamás dijo nada de lo que sucedía y presenciaba con un silencio total. Se decidió a ser simplemente una espectadora de todo lo que padecía papá.

 

Creo que él nunca se olvidó de esos momentos, ¿quién podría hacerlo?, pero los guardó en algún lugar medio inaccesible de su cabeza y ahí quedaron hasta su triste final. Nunca le escuché reprocharle nada a mamá. ¿Por qué? Es que no hay mucho que entender al respecto: fue un hombre que soportó estas cosas por el amor profundo que sentía. Algo que siempre le admiré y que todavía yo no pude sentirlo por nadie, y no sé alguna vez lo vaya a sentir.

 

Mamá no tengo la menor idea de qué era lo que sentía por papá. A veces, en mis días malos que cada vez se repiten más, pienso, porque nunca pudimos comunicarnos demasiado, que ella se dejó conquistar por papá solamente para poder salir de su casa y vivir en otro lado. Después la situación se le fue de las manos y ya no se pudo escapar: cinco hijos, un terreno, la casilla y todo eso.

 

A medida que fui creciendo, y a mis hermanos les pasó lo mismo, pude darme cuenta enseguida que papá y el abuelo no podían ser más distintos, y eso, en algún sentido, separó un poco a la familia en dos bandos: los que iban a la casa de los abuelos y los que no.

 

Papá, sin mentir lo digo, fue la persona más educada, respetuosa y amable que conocí en mi vida. Todavía me pasa de recordar o soñar con su voz siempre dulce diciéndome una y mil veces que me cuide, preguntándome cómo estoy. Son las mañanas que me despierto con lágrimas en los ojos. Y si uno de esos días hay algún tipo que se despierta al lado mío y me pregunta qué me pasa yo le invento algo.

 

El abuelo, que nunca pudo dejar atrás la vida áspera y zarpada que había llevado en el campo de Corrientes en el que creció, era maleducado, bocasucia y desagradable con todos a su alrededor: con sus hijos (que le pasaban una guita para ayudarlo porque era jubilado con la mínima), con su mujer (que lo atendía con cierta reverencia y sin cuestionamientos como si fuera alguien superior) y con sus vecinos (que nunca le prestaron la mínima atención y ni siquiera lo saludaban cuando se lo cruzaban).

 

Me alejé de él porque me sentía más cerca de papá y de su forma de ser. Pero era difícil alejarse mucho o mantener una distancia sana porque vivía al lado nuestro. Entonces en algún momento, tarde o temprano, nos llegaban noticias de lo que hacía y cómo se portaba: ya sea porque mamá, que no dejó de ir un solo día de su vida, o por los gritos que escuchábamos.

 

Pero esa vez empezó de una manera distinta: los gritos vinieron de otro lado. Un vecino, Marcos, vino a contarle a mi hermano mayor, Oscar, que había un camión “dado vuelta” a unas cuadras de casa y que “todo el barrio estaba ahí”. Nosotros vivíamos a dos cuadras de la ruta y todo el tiempo pasaban camiones enormes que llevaban mercaderías o cosas grandes y pasaban a toda velocidad. A veces nuestra diversión era ir a mirarlos, ir y venir, pero papá no nos dejaba acercarnos demasiado porque le parecía muy peligroso y le daba miedo que nos pasara algo.

 

–¿Cómo que está dado vuelta? –preguntó Oscar.
–Así como te digo. Encima es un camión de vacas.

 

La cara de Oscar irradió felicidad. No sé qué habrá imaginado pero lo puso muy contento. Se paró como para salir de casa. Papá le vio la intención al vuelo.

 

–Vos no vas a ningún lado.
–¿Por qué?
–Ya sabés por qué, Oscar, te lo dije mil veces.

 

Marcos lo miró a mi hermano como diciendo yo me voy igual y salió corriendo de casa.

 

Un rato después vino mamá y nos contó que era cierto: un camión de vacas había volcado en la ruta cerca de casa y que las vacas estaban dispersas pero ya habían juntado a la mayoría.

 

–¿A la mayoría? –preguntó Oscar que no había podido sacarse de la cabeza lo que le había dicho Marcos.
–Sí, todavía quedaba una vaca que no podían encontrar.
–No puede ir muy lejos –dijo papá–, es una vaca.
–¿A qué velocidad puede ir a una vaca? –preguntó Oscar, pero en realidad parecía que pensaba en voz alta.

 

Nadie le respondió. Era una buena pregunta. Papá interrumpió el silencio:

 

–Ya la van a encontrar.

 

Ni bien terminó de decir eso escuchamos varios hombres gritando. Entre ellos el inconfundible vozarrón del abuelo. Salimos al patio a ver qué pasaba y ahí los vimos: el abuelo, con su facón en la cintura, iba adelante de todo y movía las manos y gritaba dirigiendo a mis tíos, que con unas sogas tenían amarrada a la vaca y prácticamente arrastraban hacia su casa.

 

–Son unos hijos de remil putas –dijo papá; fue la primera y última vez que lo escuché decir una mala palabra.

 

Lograron meter a la vaca al fondo de la casa del abuelo. Mis tíos eran hombres fuertes y en el barrio les tenían miedo. Casi toda la cuadra estuvo mirando la entrada de la vaca.

 

–¿Qué van a hacer ahora? –preguntó Oscar con una curiosidad desbordante.
–No importa. Vos te quedás acá –le dijo papá.

 

Mamá, con una sonrisa en la cara, abrió el portón de la calle.

 

–¿A dónde vas? –preguntó papá desilusionado.

 

Mamá no contestó nada, ni siquiera lo miró, y salió tranquila. La odié con toda mi alma porque no le dijo nada a papá. Hizo unos pasos moviendo el culo y se metió a la casa del abuelo.

 

Papá nos metió a la casa y él, con cara medio triste, se encerró en su pieza. Antes de eso nos dijo a todos que nadie saliera por ningún motivo. Oscar, cuando no escuchó ningún ruido, se fue para el patio. Desde ahí se veía perfecto al fondo de la casa del abuelo porque nos separaba un muro pequeño.

 

Lo que nos contó más tarde cuando vino fue que mientras los tíos sostenían a la vaca, el abuelo le abrió la garganta con su facón y la vaca se derrumbó en el piso.

 

–La sangre le empezó a salir a chorros –dijo susurrando para que no escuche papá. Igual estaba eufórico como si hubiese visto la mejor película de todas.

 

Mis hermanos escuchaban maravillados. También nos contó que para juntar la sangre usaban unas ollas que las llenaban a tope. ¿Qué hacían con esa sangre?, me pregunté.

 

–Después como que la dieron la vuelta a la vaca entre todos y el abuelo le empezó a sacar la piel…
–¿El cuero decís? –le pregunté.
–Sí, sí, el cuero quiero decir.
–¿Y mamá qué hacía?
–Mamá miraba re contenta como imaginándose el asado que se iba a comer. La cosa es que enseguida la empezó a cortar toda a la vaca…

 

No quise escucharlo más. Me daba asco y me daba pena la pobre vaca. Estoy segura que fue esa noche que me volví vegetariana y ya nunca más pude entrar a una carnicería. Yo sé que es exagerado pero es así.

 

Fui a la pieza de papá. Golpeé la puerta un par de veces. Me dijo que pase. Estaba acostado mirando la televisión. Un programa de música. La encantaba la música, sobre todo el chamamé. Me acosté al lado suyo.

 

–Oscar salió, ¿no? –me preguntó después de un rato.
–Sí, le dije sin dudarlo.
–¿Ya volvió?
–Sí.

 

Me acerqué un poco y lo abracé. Puse mi cabeza en su pecho. Le escuchaba el corazón. Marqué el ritmo con la boca.

No comments

LEAVE A COMMENT