Historias sin punto final
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#24 · Juez confesor

Por Ignacio Porto
Ilustración Andrés Fuschetto

–¡Silencio todos!, el Juez Confesor ha ingresado a la sala –dijo el Relator del pueblo mientras la figura alta y silenciosa tomaba lugar en el estrado.

–Antes de empezar este juicio, elevo una plegaria hacia el Altísimo, para que me conceda prudencia en juzgar este caso– dijo el Juez Confesor en el gran salón–. Traigan a la declarante.

 

Los guardias de justicia escoltaron a la mujer al estrado.

 

–Dígame, jovencita, su nombre, origen y oficio.

–A… Ada, Su Señoría. Vengo del palacio real, y allí trabajo.

–Relator… tome debida nota –el juez hablaba con una voz aflautada que no conocía objeciones–, señorita… Ada –dijo esto como si tuviera que hacer un esfuerzo para recordar el nombre recién mencionado–. ¿Es cierto que usted trabajó al servicio de la reina Eva?

–Sí… sí, Su Señoría –Ada temblaba; al estar tan lejos de su trabajo y hogar se sentía indefensa.

–¿Y qué era específicamente lo que hacía? –preguntó el Juez Confesor.

–Labores comunes de la cocina y limpieza, Vuestra Merced.

–Aha –la voz del Confesor se detuvo como para asestar un golpe–, ¿solo eso?

–También asistía a la reina en su refrigerio de la tarde –contestó Ada, y supo que la puerta ahora no se podía cerrar.

–Y ¿es cierto que sirvió durante casi un año los tentempiés de la reina? –la mirada del Juez Confesor era penetrante, corría todos los velos de ocultamiento que Ada intentaba disimular.

 

La recámara era considerada pequeña en comparación a las otras habitaciones de palacio. En verdad era gigantesca si se la medía con el salón común donde duermen todas las criadas juntas. Abarrotada de cosas bonitas, era un gabinete de lo maravilloso, donde coexistían en armonía un unicornio de cristal, un retrato de la reina junto a su rey (uno de los pocos que había colgados en el palacio), una colección de bellos relicarios; todas las paredes estaban decoradas con bellísimas e invaluables cosas.

 

Ada servía el té con aprensión, hacía meses que practicaba en la cocina, pero había sido llamada para  servir a su reina, y toda la tranquilidad que tuvo en los ensayos, se esfumó.

 

Ema y Sanda eran las encargadas de las confituras, ellas debían presentar en la bandeja las delicias preparadas de la manera deseada, una forma que debían intuir ya que Su Alteza no especificaba cómo debían ser hechas las cosas, solo sabía si eran de su gusto o no.

 

Todas las tardes la reina tomaba sola en su recámara el té. Nadie debía molestarla durante ese proceso. La reina Eva, que se entregaba al reino y a la corona por entero, con la única excepción de la merienda.  Amada por todos, al pueblo le parecía una excentricidad risueña que su reina tuviera ese capricho, otro más de tantos, como no haber desposado otro marido cuando falleció el rey.

 

La cuchara y la taza tenían una disposición precisa en el plato. El azúcar debía estar en un lugar determinado. La reina nunca decía cómo quería las cosas, y jamás criticaba o castigaba a quienes la servían. Simplemente ponía las cosas en el nuevo lugar en silencio.

 

Todas las criadas, en algún punto u otro, eran llamadas a servirla en el té. Y todas lo hacían por varios días, pero aquellas que más veces erraban en el servicio, dejaban de hacerlo.

 

Ada serviría el té.

 

Al principio la loza de la tetera hacía música al chocar con la taza; luego de unos días de acostumbrarse de estar frente a Su Alteza, el golpeteo cesó.

 

Las correcciones hacia Ada fueron disminuyendo hasta que cesaron.

 

Hoy quiero que Ada sirva las confiturasdijo la reina, siempre de buen talante.

 

Ema y Sanda, perplejas, se miraron y cedieron su lugar, cada una tomó otro rol desde esa tarde.

 

En los meses posteriores Ada tuvo que disponer del pliego y el lugar de las servilletas y los utensilios, así como la miel. Parecía como si la reina la hiciera correr de manera silenciosa y lenta, a través de una pista de obstáculos que solo existía en una pequeña mesa, en una habitación a determinada hora del día.

 

–Sí, Su Señoría, fui convocada, y lo hice durante un tiempo.

 

–Te diré porque estás aquí –la voz aflautada impartía miedo–, has sido citada para que, a través de tus palabras, podamos develar la verdad respecto de un crimen sucedido en el palacio. Ahora dime, en todas esas tardes que serviste a la reina, ¿hubo algo que te llamara la atención?

 

Hoy quiero que solo Ada me sirva dijo la reina, y nadie la cuestionó.

 

Ada, lejos de sentirse nerviosa, se desenvolvió con soltura, disponiendo de forma aparentemente caótica los objetos en la mesa, sirviendo primero una cosa y luego otra, sin consultar nunca a Su Majestad.

 

La reina ni una sola vez la corrigió, la miraba con ojos risueños, como cuando un adulto mira a un niño hacer una gracia ensayada.

 

Habiendo finalizado, la reina miró a los ojos de Ada y dijo:

           

Lo hiciste muy bien, Ada, te felicito.

Gracias, Su Alteza.

Hay una honestidad en los sirvientes, que respeto. Ustedes me sirven porque soy su reina, y porque les pago.

 

Los nobles, en cambio, me sirven por otros motivos, por poder, por anhelar mi gracia, por estar en mejor posición que sus enemigos. Velan sus intenciones en actos floridos pero planeados, mezquinos.

 

En cambio esto, no es más que lo que es. Donde yo simulo encontrar aquí un descanso de ambición ajena.

 

–N… no señor Juez, nada en particular.

–Cuento con que el Relator esté tomando nota de todo –dijo el Juez.

–Debidamente, Vuestra Merced –dijo mientras escribía lo que se decía en un gran libro.

–Continuemos entonces, Ada ¿y en qué consistía exactamente lo que hacías en el té de la tarde?

 

Hacía unos meses que Ada era la única que atendía a la reina, y durante todo ese tiempo, su majestad Eva no le había dicho más que unas pocas palabras.

 

Había un silencio acordado entre las dos, Ada servía pronta todo aquello que la reina no deseaba, y esta se limitaba a agradecer con una sonrisa.

 

Miraba sus manos moverse en la mesa, ir de la taza a un pedazo de fruta; Ada, que no tenía corazón de poeta, se atrevió a comparar el movimiento de las manos al de los peces nadando en un estanque.

           

La reina tenía una gracia especial, que provenía de ella misma y no de su título. Pronto la sirvienta, se encontró esperando las tardes para poder ver a su reina moverse con esa naturalidad.

 

¿Nunca te preguntaste por qué soy tan puntillosa con la merienda?la pregunta descolocó a Ada.

No… no, Su Majestad no sabía qué decir, toda la seguridad que había construido en el tiempo desapareció.

Hay algo en la manera de servir la merienda que deseo, algo que no puedo explicar ni transmitir. Es en la intuición del otro donde ocurre algo íntimo. ¿Cómo saben qué es lo que quiero si nunca lo he dicho?, ese conocerme sin conocerme es lo que busco.

 

Muy suavemente, le tomó las manos. Y como una mariposa se acerca a una flor, la besó.

 

Intuyeron mutuamente a la otra; exploraron aquello que ya habían soñado, como conocer por primera vez una casa olvidada.

 

La luna fue dos en el cielo, y ellas ardieron. Y la luna se fundió, y nunca más fue sol.

 

Y en esa intimidad presentida se conocieron.

 

Su Majestad se convirtió en Eva, su amor, su propio cuerpo, su mundo entero. Y entre susurros se prometieron cosas, y se contaron deseos.

 

Desde ese día Ada y Eva se convirtieron en mucho más que una reina y una sirvienta. Y Ada continuó atendiéndola en el té, y la reina continuó agradeciéndole con sonrisas mudas.

 

–Le reitero la pregunta –el Juez parecía un gato relamiéndose al ver llegar la comida–: ¿y en qué consistía exactamente lo que hacía en el té de la tarde?

–Yo le servía el tentempié en silencio, esperaba alguna orden, y cuando la reina sentía que había terminado, me llevaba todo de vuelta a la cocina.

 

Si por alguna razón se cruzaban en algún otro lugar, o en otro momento, Eva jamás daba cuenta de su afecto.

 

Por las tardes, la verdad era otra. Allí, en esa habitación llena de cosas maravillosas, de caballos mágicos de cristal, de collares que guardan rostros, de pinturas que mostraban algo que no era ni sería nunca, justamente allí las dos se convertían en un solo cuerpo, un solo amor.

 

Ada la amó desde el primer momento, Eva… la quiso, es cierto, la quiso más que a muchas otras cosas en su vida, y por única vez, se entregó al principio con recelo.

           

Los rumores hablaban lo que pasaba en esa habitación, pero nadie confrontaba con Ada directamente, por temor a represalias.

 

Risas lejanas al mencionar al difunto. Conversaciones truncas al llegar la sirvienta a un lugar. La camaradería de los iguales no se aplicó más con ella.

 

Ada era ahora distinta, una cercana al poder, alguien que podía regalar los secretos de todos a la  autoridad.

 

Su amor se coinvirtió en su aislamiento.

 

Pero podía sobreponerse a todo, porque había una promesa cumplida cada día, solo para ella; solo para las dos.

 

Una mañana de invierno su madre la fue a buscar, le dijo que por los crímenes de su hermano perderían la casa. Que solo un milagro de dinero podría evitar la expropiación.

 

Ada entraba a un mundo perfecto, habitado por ellas dos, que existía, igual que en los cuentos de niños, por un momento nada más. No quería arruinar con cosas de fuera del cuarto eso, no quería tener que pedirle y romper con la ilusión de igualdad que había.

 

Solo después del ritual de la mesa sucedía el amor, mientras Ada miraba la extensa colección de relicarios que había en el escaparate.

 

Tan floridos, tan bonitos, tan valiosos.

           

Del tamaño del carozo de una ciruela, eran tantos, que le hubiera llevado un buen tiempo contarlos.

 

Y afuera el frío, y su madre, y los crímenes de otro.

           

Mientras Eva se deleitaba, Ada se acercó al escaparate, justo detrás de su reina.

 

Uno solo; un grano de arena, nadie se daría cuenta.

 

Son lindos ¿no?dijo la reina, elige el que quieras, así tendrás un recuerdo de mí durante el día.

 

Era la primera vez que le expresaba abiertamente su amor; Ada quedó helada. No solo por lo que había escuchado, sino por la naturalidad con que se lo había dicho.

 

Entonces era cierto, la quería, no era simplemente algo dicho en el ardor del sexo, Eva, su reina, su amor; la quería.

           

No… yo también te amo.

           

Y se volvieron a amar.

 

Antes de irse, la reina se levantó y eligió uno, parecía un caracol.

 

Todos tienen mi retrato dentro, pero este es el que más quiero, y ahora te lo doy a ti. Para que no me olvides, para cuando me extrañesse lo dio y sonrió.

Entonces lo vería todo el tiempo dijo Ada, que parecía tener alma de poeta después de todo, y la besó.

 

Ada no sabía que alguien podía ser tan feliz, tanto que era como si el resto de las cosas hubieran enmudecido.

 

Puso el relicario en el cesto de sus cosas, bajo su cama en la habitación de las señoritas.

 

Y durmió con sueños de besos y finales felices.

 

Al día siguiente, su madre la volvió a visitar, le dijo que en dos soles vendría el recaudador de castigos a cobrar en oro el delito de su hijo, y que de no hacerlo, cobraría con la cabaña de la familia.

 

Durante el día guardaba el relicario consigo, y por las noches lo acariciaba.

 

Pero tendría que tomar una decisión. El próximo domingo, antes de la Santa Celebración, pagaría la deuda que había causado su hermano.

 

Había momentos, cuando extrañaba mucho a Eva, en que sentía un dolor físico e impreciso.

 

Pero… ¿dejaría a su madre en la calle? El corazón enjoyado podría ser el cordero para el sacrificio de la paz de su familia.

 

La luz naranja del crepúsculo iluminaba la habitación.

 

Sentadas frente a frente, Eva la miraba con ojos perdidos, como si viera otra cosa, más grande y lejana.

 

Se lo diría allí… tenía que explicarle la cruel realidad de la familia; que la única manera de salvar su hogar era con el regalo que le había dado.

 

Ella lo entendería, sí. O acaso le diera dinero.

 

Tomó coraje y aire.

 

La mirada limpia, llena de algo más grande que las dos, ajena a los males del mundo, la encontró.

 

Y no pudo.

 

Y no quiso llevar lo sombrío de su otra vida a ese templo de amor; a ese sueño perfecto.

 

Luego de trabajar en la cena del palacio, Ada regresó a la sala común para descansar; las miradas de desdén de quienes fueran sus confidentes tenían el impacto de la brisa en una montaña, entre la perfección de su amor y el caos que era su familia; combinaban una armadura alegre y triste que reducía a la mínima expresión todo lo demás.

 

La despertaron unos soldados de la guardia real, exigiéndole explicaciones del relicario. La acusaban de haberlo robado.

 

La encarcelaron unas horas y la llevaron frente al Juez Confesor; sería un juicio sumario, le dijeron.

 

Allá arriba, en el estrado, el Juez Confesor parecía una de esas aves que devoraban a los ahorcados.

           

El Relator del Pueblo le explicó con una precisión fanática cuáles eran los posibles castigos por el crimen.

 

Llamaron a algunas de sus compañeras; habló su superiora directa. Nada de esto vio Ada, solo oía cuando llamaban a sus compañeras de trabajo a viva voz.

 

–Han surgido… nuevas contingencias. Según ha sido confesado ante mí; usted pudo haber robado la joya de Su Alteza Real abusándose de su confianza –decía el Juez con una cadencia que era como una enfermedad de muerte, lenta y pegajosa–. Debe ser castigada en proporción a su ofensa…

 

En ese momento el Juez Confesor hizo una pausa para tomar aire, una bocanada que pareció la antesala de una exhalación de placer más que una continuación de un diálogo.

 

–… pero han llegado a mis oídos ciertos rumores, que hablan de un pago a cambio de realizar actos antinaturales… hecho que cambiaría mucho su situación. En vez de tener que perder todas sus posesiones y ser mutilada como Santo Castigo por atentar contra los bienes de Su Majestad, usted pasaría a ser una mujer que se vio tentada y sometida por una autoridad superior a cometer actos que hieren el santo orden natural.

 

Ada calló, entendió la salida que le estaban ofreciendo.

 

La situación tenía las mismas dos respuestas que hacía unos días, pero en una enfrentaba la mutilación.

 

Y el temor decidió por ella.

 

Dijo lo que aquellos oídos querían devorar

 

–Un gobernante debe establecer el nivel moral de todo su pueblo. La reina nos avergonzó ante los ojos del Altísimo –el Juez hablaba como quien cuenta una victoria consumada– y debe pagar con el dolor de su cuerpo y su espíritu, el haber rebajado a su pueblo ante la mirada de Dios. Solo a través de una purga pública, podremos reivindicarnos ante SUS OJOS.

 

Ver el cuerpo de Eva desnudo en público el dio una sensación de injusticia; allí la desnudez era un símbolo de infamia. Esa gente sentía por el cuerpo ajeno una repulsión que castigaba con la mofa y la vergüenza.

 

Se escuchaban cómo los siete latigazos golpeaban contra el cuerpo de Eva. Ella volvería a ser reina, pero ahora La Institución se haría cargo del gobierno y le encontraría un consorte acorde a las normas y buenas costumbres.

 

¡Chak!, otro latigazo, y Eva tragó el dolor. ¡Chak!, y ahogó el grito; para el cuarto, el aullido era atronador.

 

De fondo se escuchaba rezar a unos monjes suplicando por un perdón que nunca quisieron dar.

 

Ada sintió en su pecho una especie de vacío, una suerte de hambre silenciosa que nada tenía que ver con el alimento, una necesidad imperiosa de negar lo que había hecho. Miró sus manos y le dieron asco.

 

¡Chak!, un grito que le arrebató a Ada todo tipo de entereza, supo que ya no sería nunca más la misma. Había perdido algo muy valioso de sí misma en ese juicio.

 

El crimen de Eva había sido ser el cordero del sacrificio de otro.

 

El suyo fue no estar a la altura del amor recibido.

 

 

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