Historias sin punto final
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#12 · La bañadera vacía

Por Leila Sucari
Ph. Cinthia Baseler

 

Marcela tenía siempre el guardapolvo impecable. Era gorda, blanca y prolija. Nunca salía al patio, odiaba ensuciarse los dedos con tinta y era la única que tenía permitido escribir con lápiz negro. Durante los recreos, se quedaba ordenando su cartuchera de dos pisos. Le gustaba tener los crayones en degradé y afilaba los lápices con un resentimiento voraz que la maestra confundía con dedicación y entusiasmo.

 

Nuestro odio era mutuo. A ella le daban asco mis rodillas sucias, mis huesos pronunciados y el desorden de mis rulos. Me decía varonera, en voz baja y apretando los dientes para que nadie la escuchara. Yo detestaba su silencio y envidiaba su capacidad de tener todo lindo y arreglado. Sin embargo, intentaba acercarme. Dos cosas de su vida me interesaban más que nada en el mundo: el perro lobo que, decían, vivía escondido en su casa y Vicente, su hermano mayor.

 

Desde el verano, yo tenía un objetivo claro y era que me invitara a merendar a su casa. Puse empeño en lograrlo: le regalé los alfajores que Rosario nos entregaba todos los mediodías, junté los restos de lápices que quedaban en el suelo y la elegí para el grupo de ciencias naturales. Pero nada servía. No logré su atención hasta el día que descubrió que yo tenía la única figurita que le faltaba de su álbum preferido. Era mi oportunidad: prometí dársela a cambio de pasar un rato juntas. Accedió sin pasión ni resistencia.  Con la frialdad de quien realiza una transacción comercial, acordamos que al día siguiente me iría con ella. Nos dimos la mano y nos despedimos sin mirarnos.

 

Esa noche casi no dormí. Me dolía la panza de los nervios. Me desperté temprano y le pedí a mi abuela que me planchara el guardapolvo de tablas, el que usaba para los actos. Me quedé durante todo el día adentro del aula con Marcela. Las horas fueron eternas. Imaginaba el momento de saludar a Vicente y se me retorcían las entrañas. Ella se devoró de un tirón los sugus masticables que tenía en la mochila y que debían durarle toda la semana. Compartíamos una ansiedad muda que crecía a medida que se acercaba la hora de la campana.

 

A la salida, nos esperaba su madre, una mujer triste que vivía con problemas de acidez. Caminamos despacio y de la mano las tres cuadras que separaban el colegio de su casa. Cuando llegamos, me dijo que podía dejar las cosas en la mesita de luz de su habitación. “Por allá”, dijo y se fue directo a fumar a la cocina. Marcela iba atrás, con la cabeza gacha y todo el peso de su cuerpo apuntando hacia el suelo. Como un animal herido que busca un refugio donde morir tranquilo, mi falsa amiga seguía los pasos de su madre y se tragaba el humo del cigarrillo mientras untaba una montaña de pan con manteca y azúcar.

 

En el cuarto había olor a pis de gato y ropa sucia sobre la cama. En la mesa de luz, un cenicero repleto de colillas y revistas de moda descoloridas por el tiempo. Dejé mi mochila en un rincón y esperé en el living. Me senté sobre el sillón de cuerina beige, que a la noche se volvía la cama de Marcela, y observé las fotos que colgaban de las paredes: Vicente en un sube y baja, Marcela en su primera comunión, Vicente sonriendo con su dentadura perfecta, Marcela durmiendo abrazada a un oso de peluche. Las imágenes estaban cubiertas por una capa fina de polvo que les daba un brillo especial, casi mágico. Sobre la repisa de la tele, había una muñeca, un par de botines embarrados y sábanas viejas bordadas a mano.

 

Intentaba aplastarme el flequillo, cuando apareció él. Me dijo hola y se acostó en el suelo, desparramado y hermoso. Se puso a jugar al Family game, saltaba círculos de fuego. Yo lo miraba y respirar me parecía una falta de respeto. Pasamos un largo rato así: él saltando, yo conteniendo la existencia. Marcela seguía masticando, su madre fumaba y del perro lobo no había rastros.

 

En un momento, Vicente me miró. Clavó los ojos a la altura del dobladillo de mi guardapolvo y quedó petrificado en un gesto de asco e incomprensión. Mi corazón empezó a galopar. Yo, que no sabía qué hacer, apreté las rodillas y seguí el ángulo de su mirada. Entonces me di cuenta: un hilo de sangre corría entre mis piernas. El guardapolvo se había manchado de un rojo oscuro. Vicente era testigo de mi interior.

 

Un calor nauseabundo me invadió el cuerpo. Me hundí en el sillón tratando de ocultarme. Todo a mí alrededor se ensanchaba. Quería desaparecer, transformar mi carne en líquido, mis huesos en polvo y ser absorbida por la alfombra. Vicente se río. Una carcajada seca y puntiaguda se clavó en el centro de mi estómago. Después dio un salto en el aire y se fue a la cocina. Estiré las piernas como una jirafa que acaba de nacer, enrosqué mi cuello y me alejé gateando hasta el baño. Quise huir por la ventana pero no entraba; me estaba volviendo gruesa y torpe como Marcela. Me saqué la bombacha y me metí adentro de la bañadera vacía. Lloré envuelta en una toalla con olor a humedad. Del otro lado de la puerta, la madre repetía mi nombre y hablaba un idioma imposible de entender, mientras yo escuchaba los ladridos agudos del perro que tenían atado en el lavadero del fondo.

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