Historias sin punto final
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#7 · La casa

Por Lucrecia Álvarez
Ilustración Florencia Garbini

 

Según el punto de vista, podía parecer una garra o una boca abierta. Moderna, blanca, con voladizos, ángulos rectos y grandes superficies vidriadas, la casa era considerada la obra maestra de un reputado arquitecto de Buenos Aires. Tenía la mejor vista que se puede pedir; miraba al mar y a la laguna, y lo que para mí era una garra –o una boca– se decía que representaba una letra “C”, por Camilo, el hijo. Esa condición excepcional del diseño tomó una dimensión mítica cuando su autor murió en un accidente en la ruta poco después de terminar la construcción. La señora Victoria se quedó sola con el bebé y pronto se dio cuenta de que las vacaciones iban a tener que esperar, por lo menos hasta que esa familia mutilada encontrara una nueva rutina que le permitiera planificar un descanso en la playa. Por eso tuvo que salir a buscar caseros en el pueblo, al principio solamente para vivir, para habitarla, después vería cómo seguir. Gente buena quería, de confianza, y así dio con la tranquilizadora imagen de mi mamá y su panza redonda a punto de tenerme a mí.

 

Yo nací y me crié en una vivienda más sencilla, como escondida en la parte baja del terreno, sin otro paisaje que esa obra maestra. Todas las siestas examinándola por fuera mientras mi mamá estaba ahí adentro. Ella hacía la limpieza y cuidaba a Camilo. Papá la ayudaba en la cocina, se encargaba del mantenimiento del jardín y de la pileta y se daba maña para arreglar alguna cosa cuando hacía falta. La mayoría de las veces la dueña llegaba a mitad de diciembre con su hijo y se quedaban hasta fines de enero. Era como un mes y medio en que me sentía huérfano, pasaba el día con mi tía Rita y las fiestas con mis abuelos mientras mis papás hacían el servicio en la garra.

 

Acercarme a la casa estaba prohibido estuviera o no la señora Victoria.

 

–No importa que ella te vea –me decía mi mamá–, Jesús sabe todo lo que hacés.

 

En esos eneros larguísimos y solos, a veces la tía me acompañaba a la laguna y ahí nos encontrábamos con mi madre, que llevaba al hijo de Victoria. Me fascinaba Camilo, estaba lleno de pecas. Nos sentábamos como indios. Él, con una sonrisa de labios estirados apuntando el mentón al cielo; yo, contándole una por una sus extraordinarias manchas. Guardo una foto de esas tardes en la laguna, nunca supe por qué nos llevaban por separado, era como una cita secreta con mi mamá y con mi amigo. En esos meses me imaginaba que ella era una princesa que había sido capturada por la garra y vivía sometida a los caprichos de esa casa maligna y radiante.

 

A la noche la extrañaba más que en todo el día, pero no me dejaban esperarla levantado. Papá calentaba algo y comíamos viendo la tele, a veces me sacaba tema; me preguntaba cómo iba el colegio y esas cosas, pero todo era incómodo entre nosotros cuando ella no estaba.

 

La casa no se alquilaba; la usaban al principio del verano y a veces, en febrero o en marzo, venía la socia de la señora con su familia. Eran como 12, no les gustaba que mi mamá estuviera ahí; así que ella hacía todo rapidito cuando bajaban a la playa y volvía con nosotros. Victoria y su hijo a veces iban para Pascua o algún fin de semana por abril. Después, se cortaba hasta septiembre más o menos. Estábamos todo el invierno solos, pero igual no me dejaban acercarme.

 

A medida que fui creciendo empecé a disfrutar la llegada de los dueños, las tardes solo y la amistad de Camilo, que me pasaba a buscar para ir a la laguna en bicicleta. Un día, mientras volvíamos por el camino de tierra, le pregunté cómo era su casa y le costó creer que nunca había entrado. Estaba tan sorprendido que para no hacerlo sentir mal le dije que usábamos la pileta (eso era casi cierto; mi papá le había pedido permiso a la señora Victoria, pero nos metimos una sola vez). Cuando dejamos las bicis, me agarró del brazo y salió corriendo para la garra. Teníamos 14 o 15, fue la primera vez que entré.

 

Antes de cruzar la puerta de la cocina le hice jurar por dios que no iba a contarle a nadie y se besó el índice haciendo la cruz. Entrar, para mí, significaba transgredir la regla de piedra de mi madre y desafiarla tomado por alguien que entonces se me hacía superior quizás solo porque reinaba en ese santuario que llevaba su inicial en un sistema de vigas invertidas y hormigón armado.

 

La cocina me pareció gigante, sofisticada, limpia, incluso insonorizada; tuve la sensación de penetrar un nuevo mundo. Era gris, blanca y gris, con pisos lustrosos, una larga mesada de mármol brillante y alacenas de vidrio. Había dos heladeras, dos hornos, una cocina con seis hornallas y el orden aumentaba esa sensación de estar en un sueño fuera de escala. Parado en ese lugar me sentí otra persona, como huérfano, pero de un modo nuevo y deseable, ajeno a toda humildad en mi pasado.

 

La habitación de Camilo me encantó, me acuerdo que una de las paredes tenía un empapelado con rayas azules, parecía una librería de Buenos Aires. Y todo impregnado con ese perfume elegante, mezcla de ropa limpia y útiles nuevos. Pensaba si él podría olerme a mí con esa nitidez. Me preguntaba si la contracara de ese mundo nuevo que estaba conociendo era el aroma de mi vida de pobre que, inmerso en ella, yo era incapaz de percibir.

 

Subimos corriendo por la escalera de cemento, no aguantaba la ansiedad por ver qué cosa había en el primer piso, en la garra, y al principio me desilusioné un poco porque era un living-comedor. No entendí y Camilo me explicó que ese sector tenía las mejores vistas, por eso su papá había proyectado ahí los ambientes sociales, dijo “proyectar”, “ambientes sociales” y nombró a Clorindo Testa y a Le Corbusier. Le conté que yo quería ser arquitecto, él también. Me mostró un montón de libros, había uno con las obras de su papá, la tapa era una foto nocturna de la garra.

 

Le pregunté si comían ahí arriba.

 

–¿Mi mamá tiene que llevar y traer todo de la cocina? –a Camilo se le juntaron todas las pecas en una sola mancha roja que le cubrió la cara. A mí también me dio vergüenza.

 

Después fuimos a ver el cuarto de tele. Era como otro living pero con sillones más cómodos y un proyector. Puso una película y antes de que empezara me dijo que si yo me fuera a hacer la carrera a Buenos Aires, podría quedarme en su departamento de allá.

 

Mamá me rajó la cara de una cachetada cuando se enteró de que la señora Victoria nos había encontrado dormidos en los sillones. Estaba desencajada, se tuvo que meter papá ese día. Al final me dijo:

 

–A ese chico no lo ves más y si volvés a pisar la casa grande, te meto pupilo en la Sagrada Familia y como que hay Dios, que no salís hasta los 18.

 

Fue su miedo; el temor de Dios, de los patrones. Con ese reto nació en mí un sentimiento hacia ella que no puedo ni nombrar.

 

El verano siguiente, cuando vinieron, Camilo me pasó a buscar en bici para ir a la laguna y me dejaron ir como siempre. Llegamos transpirando por el calor húmedo de diciembre, nos metimos al agua enseguida. No había nadie. Me contó que habían estado en Punta del Este la semana anterior, en el departamento de unos primos.

 

–Estuve con un chico –me dijo y yo me quedé callado delante de esos ojos azules que más que confesarse, me interpelaban.

 

–¿No estabas saliendo con una chica?

–¿Con Sofi? cortamos el año pasado, no me gustaba tanto.

–Pero se acostaron.

–Ya parecés tu vieja. Sí que nos acostamos, pero me gustan más los pibes creo. ¿A vos no?

–A mí… no sé. No tuve sexo todavía.

–Pero cuando te hacés una, ¿en qué pensás?

–No sé, Cami.

–Los pibes del colegio antes hacían concursos a ver quién acababa más lejos, no sé en qué pensaban ellos para inspirarse, pero a mí me alcanzaba con verlos. ¿Te imaginás si se enteraran ahora que soy puto? –soltó una carcajada, dio un par de brazadas a lo hondo y volvió. Se tapó la nariz y se peinó para atrás–, para mí que sos de los míos.

 

Ser de los suyos, yo no era de los suyos.

 

No me enamoré de él ahí, fue mucho antes, pero ese día se me metió en el cuerpo el vértigo de la posibilidad. Él tardó 48 horas en quebrar esa tensión. Dos tardes después, de nuevo en la laguna, empezó a hablar de su papá; que era un bebé cuando tuvo el accidente y no se acordaba de nada. Durante mucho tiempo había odiado la casa, la sentía como la materialización de una ausencia. Me impresionó ese concepto; que fuera capaz de definir una sensación de un modo tan concreto, y le pregunté si en vez de Arquitectura, no había pensado en estudiar Letras. Me respondió que sí mirándome fijo:

 

–Muchas cosas pienso.

 

Eran un mar esos ojos, me sentí chiquito de nuevo, ahora en vez de contarle las pecas, hubiera puesto una escuadra para marcarle el ángulo de la nariz, recta como una rampa, por la que se deslizaba una lágrima.

 

–¿Sabés que pienso también? Pienso si voy a ser arquitecto por mi viejo, voy a ser puto por mi vieja, por haberme criado con ella, ¿no? –se quedó un rato mirando la laguna y hubo un silencio de agua–, ¿en qué estás pensando vos?

 

–En que tu viejo era un arquitecto increíble, yo pasé toda la vida mirando tu casa y estoy convencido de que no quiso hacer una “C”, sino una forma que puede apresarte o darte luz, como una palabra, una boca abierta.

 

Ahí me besó, un beso mojado, hondo, definitivo. Sentí la necesidad de pegarme a él con todo el cuerpo, no iba a poder parar de besarlo nunca más.

 

De nuevo lo resolvió rápido: a la mañana siguiente se volvió solo a Buenos Aires.

 

Pasó el verano y empezaron las clases, el último año de colegio. Esos meses los viví como una película, no me acuerdo de haber estado demasiado involucrado en nada, toda mi energía estaba puesta en lo que vendría: soñaba despierto con irme a Buenos Aires a estudiar y soñaba con Camilo, con verlo, estar con él, volver a besarlo. Llegaron en diciembre, pero no vino a buscarme el primer día como siempre y tuve una sensación de muerte, estaba desesperado, día y noche mirando por la ventana de mi habitación. Que viniera, lo único que me importaba era que viniera para mirarlo de cerca, dejarlo hablar, sentirle el olor de la ropa.

 

No vino. Tampoco fui yo, nunca me animé a golpear la puerta de esa casa. En los seis días que estuvo, salió con el auto un par de veces. Fui a la laguna a ver si lo encontraba, pero no estaba ahí, no sé adónde iba.

 

Después de que se fueron, mis padres me contaron que iban a poner la casa en venta. Camilo se iba a estudiar al exterior y la señora Victoria prefería comprar algo más chico en Punta del Este. Ellos no iban a continuar trabajando para los nuevos dueños, probablemente la socia de Victoria, que no se llevaba bien con mi mamá.

 

No volví a ver a Camilo. Intenté averiguar si fue arquitecto o qué. No pude saber.

 

Estudié en Buenos Aires y ni un solo día dejé de buscarlo en la facultad, en los eventos con otras universidades, en las charlas, en las muestras. Todavía espero leer su nombre en alguna publicación de acá o del exterior. Pero desapareció con la garra, como si finalmente se lo hubiera tragado.

 

A veces me entrevistan y cuento la historia del uruguayo que vivía a la sombra a una casa imponente. A los periodistas les encanta, ven en mi biografía una fábula de superación.

 

Una o dos veces al año visito mis padres, viven en un chalecito de tejas en el pueblo, es pintoresco a su modo, papá tiene el jardín siempre floreciendo. Cuando voy, salimos juntos a caminar por la orilla del mar, antes no íbamos nunca: los dueños en la playa, el servicio en la laguna, nadie lo decía pero tenía que ser así para evitar un momento raro. En esos paseos descubrí una perspectiva nueva de la garra. Desde el mar la forma se ve más moderada, se parece más a una casa como tantas de la zona. Desde ahí, por primera vez, pude imaginar a mi madre adentro, no como una princesa cautiva, sino yendo y viniendo en delantal. Subiendo esas escaleras tan modernas sin baranda para llevarle la comida a Victoria y su hijo; tendiéndole la cama a la socia de Victoria, doblándole la ropa. Sirviéndole el café con leche a Camilo en la cocina.

 

Una tarde le pregunté a mi viejo qué forma veía él. Se sonrió.

 

–Es una casa –me dijo–. Dicen que hace una “C” por el nene, pero no sé cómo es lo de la “C”, tampoco me he fijado mucho la verdad.

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