Historias sin punto final
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#25 · La madrastra

Por Gustavo Grazioli
Ph. Sofía Iezzi

 

Lo veía buscar una caja roja cada vez que hablábamos de sus años de adolescencia. Siempre mostraba las mismas fotos. “Esta es de la luna de miel ¡Qué joven estaba!”, aprovechaba para aclarar si se trataba de alguien nuevo que estaba viendo las fotos. “Mirá esta otra. La vez de las aerosillas en Bariloche”, recordaba con una voz atravesada por la nostalgia. Los que veían las fotos por primera vez se admiraban con las historias que le agregaba papá a cada imagen. De vez en cuando, si estaba de buen humor, solía bromear con alguna foto en la que lucían dos o tres chicas, las cuales ninguna era mamá. Se ponía histriónico y entre aplausos recordaba lo que había hecho con cada una. “Una de ellas me contaba que tenía que laburar más de doce horas para poder darle de comer al hijo. Se ponía mal y la tenía que consolar”, decía, acompañando la historia con alguna de sus picardías para hacerla fastidiar a mamá.

 

Cada reunión con sus amigos era la misma historia: ir a buscar la caja roja, el brindis y venerar a papá por “los trofeos de guerra”, decían los amigos. Las fotos las tenía marcadas y algunas hasta plastificadas para que no se les arruinen los bordes. La caja roja, ese tesoro invaluable, era lo único que lo arrastraba más allá de la televisión. Lo otro había sido ir a la cancha a ver a River, hasta que en un partido, saliendo de la cancha, quedó en el medio de una pelea. “Para ver piñas me quedo en casa y pongo boxeo”, me decía cada vez que trataba de convencerlo para que vayamos a un partido.

 

El último asado que estuve en su casa charlamos sobre River, mostró las fotos de siempre, hubo brindis y unos chistes como cierre. Cuando se fueron todos y mamá se fue a dormir la siesta, le pregunté sobre una foto que estaba en el fondo de la caja y nunca había mostrado. Era una chica rubia que posaba en la orilla de un mar que de fondo parecía asomar las letras de un casino. El pie de la foto estaba medio borroneado y no se distinguía bien qué lugar era. Papá me miró, parecía indignado. Terminó el vino de fondo blanco y casi sollozando confesó que esa mujer había sido su novia. Le pregunté por qué se ponía mal y le hice un chiste al respecto como dando entender que era un ganador. Pero esta vez no se rió. Se sirvió más vino, parecía vergonzoso, apretó los dientes y largó todo: “Esa chica salió cinco años conmigo pero después se enamoró del abuelo y tuvieron dos hijos…”, papá se entrecortó por el llanto y me pidió disculpas.

 

–Esta foto la tendría que haber tirado hace mucho tiempo –lamentó.

 

Se secó los ojos, terminó el vino y se fue con la caja roja hasta el living. La foto de la mujer, esta vez en un sobre color madera, fue a parar de nuevo al fondo de la caja.

 

–Me voy a acostar con tu madre –dijo como si nada hubiese pasado.

Ni bien cerró la puerta del cuarto con llave fui a buscar la caja. Abrí el sobre de la foto y atrás decía:

“Mi madrastra, la mujer que amé, en Mar del Plata”.

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