Historias sin punto final
redaccion@revista27.com.ar
 

#23 · La plata de la abuela

Por Néstor Centra
Ph. Carola Borquez

Los veranos eran especiales para Bochi, no porque se fuese de vacaciones a una playa o a la montaña, sino porque eran muchos los días que podía pasar en lo de su abuela materna. Aunque en esos días, fueron un par de meses, porque su abuela paterna estaba enferma. Una calle más ancha, con árboles, algo que no ocurría al frente de su casa, un pasaje de veredas angostas. Se llevaba mucho mejor con los chicos de allí que con la mayoría de los de su propio barrio, donde había un par que le hacían lo que hoy se llama bullying, pero en aquella época eran jodas normales cuando tomaban a uno de punto. Aquel hogar de sus abuelos tenía un pasillo largo que desembocaba en un gran patio, con una galería que cubría parte de él. Contaba con habitaciones, una al lado de la otra, donde vivían dos familias más; un baño sin inodoro ni bidet; y un tanque australiano para bañarse. Tenía varios primos lejanos, o que llamaba primos por la cercanía de la familia. Por una cuestión de edad, con el que más jugaba era con Rubén, al que una vez le reveló que los Reyes eran los padres y no se perdona haberlo hecho hasta estos días. En la calle se jugaba de árbol a árbol, y cuando eran muchos se utilizaba no solo la vereda, sino cruzados. Se usaba la pared para lograr un pase, había que esquivar el cordón, se raspaban las rodillas, los golpes eran más duros y siempre volaba alguna piña. La pelota podía ser de goma, la querida Pulpo, o una llamada Plastibol que recién había salido, era la novedad, pero no se lograba dominar bien y se iba con el viento.

 

Los árboles brindaban un fruto llamado “venenitos”, por ser redondos y verdes. Servían para jugar a una guerra con ruleros a los que se adosaban los globitos para agua en la época de carnaval. Se ajustaban al rulero, se estiraba el globo y el “venenito” salía con una fuerza inusual, al grito de “cuidado con los ojos”, de parte de los más grandes.

 

En una iglesia cercana se jugaban los campeonatos de verano, en el patio del Colegio. Nombres raros para equipos de los pibes, y no tan pibes, del barrio. Se llamaban Mondongo, Bondiola… Alguna que otra vez se complicaba y había que salir corriendo, como en aquella oportunidad en el que el policía que custodiaba sacó el arma y todos se asustaron en el medio de los golpes de puño.

 

Las milanesas de la abuela eran el placer de los Dioses. Ese mediodía, mientras las hacía, Bochi se acercó a decirle que estaba con hipo, mucho hipo. Sin inmutarse, mientras freía, lo miró y le preguntó a su nieto “¿vos me robaste plata de la mesita de luz?”. Bochi, quien jamás había tocado una sola moneda, ni siquiera una figurita que no fuera suya, empezó a angustiarse, la miró y le dijo “no, abuela, ¿cómo voy a sacarte plata?”, y ella le repitió “sí, porque yo dejé plata y ahora no está”. Bochi continuó angustiándose, sintió mucha vergüenza, mucha, y se le llenaron los ojos de lágrimas, hasta soltar el llanto. La abuela lo miró con mucha ternura y le dijo: “¿Se te fue el hipo?” Sí, le dijo él. “Bueno, era mentira que me sacaste plata. Con el susto se te fue, ¿viste?”. Jamás se olvidó que un susto cura el hipo.

No comments

LEAVE A COMMENT