Historias sin punto final
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#20 · Los colores del amor y el 200

Por Azul Zorraquín

En el 2000 me convertí en una adolescente. Había crecido entre polleras escocesas, piernas depiladas, y camisas traslúcidas que evidenciaban corpiños teen. Fue una decisión terminante y conservadora que yo creciera entre mujeres, separada de “los otros”, los hombres, el género intratable. A los nueve vi un calzoncillo por primera vez. Estaba pinchando una aceituna en la mesa ratona de la casa que teníamos en Villa Adelina, cuando papá se sentó al lado mío con guitarra en mano y vistiendo unos Calvin Klein ajustados. Me levanté respetuosamente y me encerré en el cuarto a pensar. Unos años después, mamá me invitó a su taller de pintura. Rodeado de atriles y señoras de babuchas, descubrí a un modelo luciendo su miembro, reposado en una banqueta. Sentí náuseas; mi prima ya me había explicado lo que era hacer el amor. Estábamos acostadas en una cucheta y agradecí no estar mirándola a los ojos. Casi como una cuenta regresiva infernal, pronto llegaron las fiestas y con ellas el temido momento de socializar con la raza desconocida e intimidante.

 

A comienzos de siglo yo usaba aparatos fijos y el pelo en la cara. Era algo parecido a la profecía viviente de los emos. Me vestía con jeans de mamá que no existían en mi talle y los dejaba caer para lucir culotes de animal print con el objetivo de disipar las miradas a mis piernas raquíticas. Por suerte la ropa recortaba el pudor de un cuerpo que me aterraba.

 

En esos años el amor no estaba atravesado por pantallas digitales ni últimas conexiones. La gente no se hacía tanto rollo y todo era más vital. Vital en vez de viral. A los trece me enamoré de un chico colorado. Ese mismo día, horas después, mientras tomaba una taza de nesquick caliente a la madrugada, decidí arrancar los posters de Leonardo Di Caprio que empapelaban las paredes de mi cuarto. Finalmente el amor se había vuelto algo agradable, tangible y real.

 

Esa noche ardiente de diciembre, había ido a una fiesta en una calle que no figuraba en el mapa. Me llevó papá y le pedí que me dejara a una cuadra. Es un quemo, le expliqué. Son 50, nena. Al patova le pagué en patacones. Sonaba una canción de Las Kétchup en un quincho venido a menos que daba al río. Me prendí un cigarrillo de inmediato porque esa era la única manera en que podtaba en la pista;a t galaxiasa y yo agradecremise ydad.por otro color. olo captar detalles de la piel, la ropa, los gestos. ía lidiar con los eventos sociales. El Colo se acercó a pedirme fuego. Tenía una remera de StarWars y unas zapatillas rojas con suficiente aire para sacarme una cabeza y media. Yo te conozco, piba. Me quedé mirándolo sin saber qué hacer. Preferí no sonreír porque cuando me ponía nerviosa, los alambres se me enganchaban en el labio. No nos conocíamos; si hay algo que aprendí de mi mamá es que los pibes no saben chamuyar. Yo no, dije, soy Azul. La vergüenza afloraba de mis poros como un hedor insoportable. Escuché que le gritaban y se fue. Fui al baño y abrí una lata de Red Bull que tenía escondida en la cartera. Me senté en el inodoro, recorriendo con los ojos las paredes que ardían con frases de sexo y amor en liquid paper. Me fondeé la lata y salí. El Colo estaba en la pista; tenía una cerveza Red Rocket en la mano y sonaba “Amor Clasificado”. Me sacó a bailar. Yo, aunque me daba frases de aliento internas, podía sentir la transpiración incómoda de mi empeine rozando la sandalia de goma. Traté de bailar a su ritmo pero recuerdo que solo lograba sacudir el short de seda entre mis piernas frágiles. Por suerte me sugirió sentarnos. Me ofreció birra, el elíxir que me relajó. Me comentó que quería tener hijos colorados y que el gen colorado se salta una generación. Se ve que su abuelo también se llamaba así. La voz de Rodrigo, la birra y el cigarrillo me calmaron la ansiedad. Él le dio un trago largo y yo aproveché para recorrerlo con la mirada. Me gustaba jugar a ser como el escáner del aeropuerto, solo que no buscaba semillas ni animales muertos; solo captar detalles de la piel, la ropa, los gestos. Te inyectaría un poco de bótox en los labios, pero basta de tanta superficialidad. Vi que en su hombro asomaba un tatuaje imponente con el escudo de River. No podía ser de otro club. Me resultó fascinante que el Colo fuera obsesivo con su color, y yo siendo Azul, ¿debería hacer lo mismo? Azul, azulada. Marítima, pájaro, delfín o cielo. ¿Tinieblas? No sé como identificarme.

 

Tienen que irse, se terminó la fiesta. El patova interrumpió mi vuelo en el arcoíris. La noche se pasa rápido cuando te enamoras. Fui al baño y a la salida me nubló el humo y la intermitencia de las luces. En esa época un par de tragos de cerveza me mareaban. Busqué algún punto rojo de referencia en la pista pero no tuve éxito, así que usé mi Nokia destartalado para llamar a un remis y volver a casa antes de las dos. Me decidí a empapelar la ciudad buscándolo, pensé en aprenderme todos los personajes de la saga Star Wars: jedis, droides y siths. Aunque los nombres fueran complicados estaba dispuesta a estudiarme la historia de Luke Skywalker y la princesa Leia, Hans Solo y DarthVader y, sobre todo, del personaje predilecto del Colo, el predecible guardia real del emperador (que viste de rojo). Pero la ciudad es muy grande y el amor no había sido suficiente. Me acordé de mi abuela. Ella decía que el amor no correspondido se convierte en polillas empachadas de seda y manchadas de jean. Hice un bollito con las caras de Leo y puse un tema de Simple Plan que era como un oxímoron, porque me ponía triste y feliz a la misma vez. A partir de la mañana siguiente le escribí muchas cartas al Colo en mi agenda Pascualina. Cartas que jamás leería, dado que no sabía ni su nombre. Durante años fantaseé con un amor de colores que se funden como en un cuadro del fauvismo, pero nunca más lo vi.

 

Siete años después, me crucé con el Colo en Facebook. Amigos que quizás conozcas. Qué irónico, la idea del Colo en mi cabeza era tan real, que no había lugar para la duda. La mano me temblaba; la fantasía y la obsesión estaban ahora colmadas de sentido, condensadas en un perfil digital. Ahora estoy a un clic, me dije. Entonces apreté clic para agregarlo, pero ahí entendí que somos como muñecos que se van desarmando. El mensaje viaja más rápido que la realidad. Lo digital no tiene nada de real. Mi emoción de siete inviernos se disolvió y el amor que sentía se esfumó ridículamente como una estrella fugaz en la galaxia. Un tiempo después, me puse de novia con el Negro. A veces hay que pintar al amor con otro color.

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