Historias sin punto final
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#9 · Me mata la timidez

Por María Paz Moltedo
Ilustración Pato

Cuando de chiquita me confundí de persona y me agarré a la pierna de otra señora que no era mi mamá. Cuando me gastaban en el colegio por lo blanca que era o cuando se me caía la pelota en handball. Las primeras veces que intenté decir algo coherente o interesante a un chico que me gustaba. Las primeras veces que pasaba por al lado de alguno, y él ya sabía que me gustaba, o algo ya había pasado, me encendía como un farol, o ponía caras de, “todo sigue igual”, que eran peores que las que hace Sebastián Estevanez cuando intenta simular una expresión en las novelas. Cuando me desilusionaron, y mi cara fue muy evidente para quienes me rodeaban. Cuando alguien que yo quiero mucho era observado o juzgado, y yo era parte de esa escena y me sentía incapaz de hacer algo para detenerlo. Las primeras veces que leí algo mío en voz bien alta para un grupo de personas. Las primeras veces que me sentí ridícula y observada. Cuando me arrepentí de lo que hice la noche anterior. Cuando me expuse frente a un público. Cuando toqué el saxo, trabada sin poder controlar lo que mis dedos hacían ni la melodía que de esa garganta gigante dorada salía. Cuando actué de loca, de hija abandonada, de novia en crisis. Cuando bailé en el Teatro Lola Membrives como si fuera una figura del star system, con las luces apuntándome (por suerte con unas cuantas más).

 

Situaciones límite en las que todas mis vísceras parecían decirme ¿¡qué estás haciendo!? ¡Estás haciendo cualquier cosa y todos te están mirando, ridícula! Y después terminaba sintiéndome triunfal, heroica. ¡Qué linda la sensación de vencer a la vergüenza! Cuando presento mis ideas ante la mirada crítica y juzgona de peces gordos, sentados esperando que les cuente algo que los lleve al estrellato numérico. Ahora, mientras escribo esto, con el chico del cable merodeando por el living, no sé por qué me incomoda un poco esa presencia desconocida en mi casa mientras yo sigo con mi vida. Cuando salieron de mi boca palabras que no quería pronunciar, cuando tuve que subir a algún escenario para recibir algo, o simplemente en algunas ocasiones de festejos de más chica en las que el hecho de ser el centro por un rato me asustó un poco.

 

Bueno, algunas cosas, la gran mayoría las cuento en forma de clave, medio en código morse, o genéricamente, porque me da vergüenza exponerme demasiado en general. Y esas son solo un par de las que me acuerdo, pequeñeces, situaciones no muy terribles, pero que en ese instante para mí han sido un iceberg gigante sobre mi cabeza; pequeños momentos en los que descubrí lo que era la vergüenza. Llegó de repente, sin que nadie la convoque, atrevida, intrépida, y se me metió por las venas, infiltrándose con efervescencia, como un Alikal, de esos que hacen ese “sssnif” que me encanta ver en el vaso, para después tomarlo y sentir que algo en mi cuerpo cambió mágicamente. Puede que la vergüenza en muchas ocasiones haya hecho virar mi cara a un color rosado, o que haya generado un vapor húmedo y frío alrededor mío, o turbulencias en mi panza, como si estuviera justo en la bajada vertical de una montaña rusa, o un cosquilleo en la boca que hizo que mis palabras se traben o salgan solas a una velocidad animal, sin que yo les haya dado permiso para tal aventón. Y el pavor más grande: ¿se me habrá notado la vergüenza?

 

¿Qué pasaría si cada vez que sentimos esa incontrolable y maléfica vergüenza, lo expresáramos, y dijéramos, me pongo colorada, me trabo, o digo cualquier cosa porque me muero de vergüenza de solo saber que ustedes pueden emitir algún juicio sobre mí que yo no pueda controlar. Porque es un poco eso la vergüenza, ¿no? El miedo a ese incontrolable pensamiento que el otro pueda tener sobre lo que hacemos, decimos o mostramos. Me da vergüenza solo pensar en los momentos en que la sentí. Vergüenza de la vergüenza. Estoy segura de que me perdí cosas por sentirla; y si hubiera podido gritar fuerte, “tengo vergüenza, bánquensela”, se hubiera evaporado al instante. Creo que ahora cada vez me encuentro menos con ella, pero por dentro muchas veces opera silenciosamente, como una víbora que se arrastra hábil y sinuosa.

 

¿Podrá alguien realmente morir de vergüenza? “Quisiera pero no puedo, me mata la timidez”, decía Emanuel Ortega en uno de sus hits que tan poco le duraron. ¡Me muero de vergüenza! Todos alguna vez dijimos. Y ni Emanuel ni nosotros ni nadie murió de vergüenza. Me alivia saber que si ella no es capaz de matar, entonces tal vez todos seamos capaces de matarla de a poco. Así que, que en paz descanse nuestra vergüenza, y que todos nos volvamos guerreros ante la pesada, pantanosa y densa mirada del otro, esa a la que nunca vamos a acceder en la realidad, porque es producto de nuestra imaginación.

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