Historias sin punto final
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#14 · Nairobi

Por Ignacio Montoya Carlotto
Ilustración Beto Ledes

 

 

“La vergüenza tiene mala memoria”.
Gabriel García Márquez

 

Nairobi 198

 

Las manos sobre el lavabo trazaban su andar de caracol siniestro y fluían en una viscosa sustancia, cerraban una estela roja sanguínea en un sendero centrífugo implacable. Daniel se encontró con un solo pensamiento, entre muchos otros posibles en ese momento:

 

–¡Julius tenía razón, debí escucharlo!

 

Era muy tarde.

 

Julius era su amigo desde que tenía recuerdos de algo, fue su compañero de viaje trepados a la caja de un camión desvencijado desde Nakuru, a probar suerte en la capital, algo común por esos días, días en los que las corrientes migratorias eran una forma de vida, para los que buscan sobrevivir en la parte más informal de la economía Keniata. Pasaron tres décadas de ese viaje largo y polvoriento en el que dos jóvenes esperaban conquistar la capital, cosa aún más corriente a esa edad, a este presente lleno de miserias. Julius y Daniel se distanciaron hace poco más de un año, al mismo tiempo que Daniel comenzara a perder el rumbo apostando en los naipes por dinero, el poco tesoro que llegaba a con los magros trabajos ocasionales que lograban conseguir. Hace ocho años que Daniel vive con Nataly a quien conoció cuando trabajaba de fontanero en una casa encumbrada en la parte rica de la capital; ella, la doméstica de esa opulenta familia. Se entendieron desde el momento primero, en eso imposible de diferenciar entre el amor o el imperio de la urgencia de dos que se necesitan para combatir el aciago diario de una jungla cementada. Al poco tiempo se fueron a vivir juntos, el buen sexo y el tácito pacto de no hablar de un pasado olvidable, así como la ausencia de proyectar un futuro imprevisible, hicieron pasar de a uno todos los días entendiendo que cada uno conseguía, al final de cada jornada contar un remanso de calor y cariño, en ese pequeño PH que los dos sin decirlo nunca, procuraron llamar hogar. No tuvieron hijos, esa negación radicó en  un acto de conciencia. Los celos de Daniel llegaron súbitamente, sin sospecha ni aviso, amanecieron en los días de la pareja como un sol quemante que desaguó sin piedad los frutos conseguidos más por la constancia que la propia virtud. De los celos, meras hipótesis de él, siempre unilaterales e inconsistentes, a la violencia, el movimiento fue aún más rápido, así en cuestión de días, las discusiones antes esporádicas se volvieron usuales y el primer golpe rápidamente arrepentido, extirpó un límite que no regresó.

 

El crimen fue replicado por los periódicos y algunos canales de televisión, la brutalidad del mismo ganó espacio en las letras de molde. Daniel no atinó siquiera a esgrimir defensa alguna ni escapar luego de su crimen. El caso atrajo, como comenzaba a suceder por esos días, todo de sí, entre esa multitud de morbosos, guardianes de la ley y la moral, opinadores y demás, se acercó también un joven abogado que en pos de intentar demostrarle a su propio padre su porte, abandonó ahí buena parte de su ética, atendiendo a sus habilidades innegables este joven leguleyo obtuvo la posibilidad de dejar a Daniel con una libertad en sus manos, tan inmerecida como fluida para él. Apenas unos meses en prisión le dieron la puerta abierta a un mundo que le era tan desconocido como si no lo hubiera visto ni transitado nunca.

 

Daniel partió dejando atrás todos y cada uno de los detalles de su vida esa misma semana en la que le concedían la libertad, mientras el joven abogado se abrevaba el triunfo sobre todas las teorías posibles. Cerró una puerta con todo dentro.

 

Se estableció en el sur de Italia, nunca llegó a aprender el idioma de manera fluida. En una ocasión, meses después, quiso enviar unos pertrechos a una ciudad cercana. A los días la encomienda volvió a su departamento, el empleado del correo trató sin mucho esmero y con menos éxito explicarle que no se comprendía quién era el destinatario, su mala grafía dejaba expuesta su falta de educación. Esa fue, luego de tanto por lo que tener razones, la única vez que sintió algo que identificó como vergüenza.

 

Argentina 2008

 

La frialdad de Buenos Aires no se compara con nada, esa poesía que tan bien arrastraba por el papel Borges, aplicaba con su humedad y su somnoliento mal olor de a ratos en cada cuadra, Luis caminaba porque lo prefería, no le gustaba el Taxi, las tantas y muchas cuadras diarias le producían dolor, que semana a semana se punzaba como una aguja en sus articulaciones desmejoradas por la artrosis. Un hombre con tantos recuerdos que a cierta edad solo pueda ver los más lejanos, revela cierto código de autodefensa, claro y necesario además. Luis además sabía de guardarlos, cuidar los recuerdos como si fueran secretos y encerrarlos en el más lejano rincón de la cabeza, hacerlos desaparecer como si no estuvieran. Y los secretos de Luis no solo eran para él, tenía un particular concepto de la verticalidad y la manera de obedecer, por el tiempo que se lo pidieran, jamás nada saldría de su boca que no fueran ahora los inocuos recuerdos de su San Justo natal, donde las historias de su madre y las peleas con sus hermanos de niños, serían la meta circular de todos sus relatos. Los pocos amigos de esta última etapa de su vida apenas sabían algo de él, más que ese bucle de siempre que implicaba escuchar por mil la misma parte de la historia. Entre esos recuerdos lejos en el cultivo de su mente, no estaban los pugnados al olvido obligado.

 

Aun viviendo la adolescente parte de su vida con tan solo 12 años, recaló en la capital, llegó a la casa de un tío suyo que le había prometido un trabajo seguro y próspero en una fábrica de heladeras, promesa que cumplió y durante un tiempo lo prometido fue el destino de ese niño aun no entrado ni de broma en un adulto formado. Durante un tiempo todo estuvo bien. El trajinar diario de un niño que gana el dinero de un adulto quizás no lo dejó formarse, lejos de casa, de sus padres y bajo el avunculado de ese hermano de su madre, muchas normas fueron laxas y sin ejemplos claros, bien podría haber terminado peor, pero Luis, de naturaleza ordenada, solo quería contar con las rupias necesarias para no padecer lo que sus padres en Santa Fe. El hambre fue algo que juró batallar en su vida, si no podía en la vida de los demás no importaría, pero en la propia no. Así fue que viró a ese destino, de placeres simples y gustos módicos. Le resultaba fácil hacerse de lo necesario. Cuando la fábrica cerró, Luis ya contaba con algunos ahorros, los que ni siquiera tocó porque por medio de recomendaciones rápidamente llegó a otro empleo. Allí, en un taller mecánico, conoció a un oficial de policía que tenía el mismo apremio por escapar de la pobreza, no por real sino por el temor que lo aquejaba, un temor endémico que había acosado a toda una generación de padres que hicieron crecer hijos cuyo norte cotidiano resultaba de volver a casa con unos pesos en el bolsillo. Este oficial de policía, quizás por esas necesidades no habladas que hermanan a los de la misma clase, le tomó pronto gran afecto y así le consiguió rápidamente un pase a la fuerza. Se conocía que este oficial gastó más de un favor en el ingreso de Luis a su nuevo –y que sería definitivo trabajo– puesto que Luis apenas sabía contar. En su vida no había ni tiempo ni deseo de salir del analfabetismo. Aun así sus modales anchos, propios de quien sabe copiar a quien debe para quedar bien, lo transformaban no en un rústico hombrecito sino en ese ladero callado que sabe cuándo reírse del mal chiste del jefe y cuándo hacer la vista al costado para no ruborizarlo. Todo estuvo muy bien durante un tiempo, la paga era relativamente buena y todos le tenían gran aprecio, por su manera de estar silente o por que se sabía tornar necesario para las cosas en las que se debía confiar. Se sabe que en algunos momentos quien olvida, o hace como, y además lo torna creíble, puede ser poco menos que impresionable, si a esto le sumamos que sabe refractar las órdenes sin chistar y responde a un llamado en la pensión a cualquier hora para cualquier requerimiento, es para muchos el hombre ideal. Fue así transformándose en la mano derecha tácita y sigilosa del comisario, hombre ambicioso tanto de dinero como de ser sujeto a las miradas del poder. Luis, en 1974, clavó una estaca en su memoria sabiendo que todo eso que sucedía cuando lo requerían de improvisto en la pensión debería ser olvidado o recluido más lejos en su cabeza de lo lejos que quedaban los demás. Le quedó poca vida tanto por vivir como para recordar. Al volver a la democracia, el comisario le dijo que se guardara un poco, y fiel a su modo de obedecer lo hizo sin chistar, trabajó un poco en changas para nunca tener que tocar sus ahorros. Y todo como si nada por tres décadas. Ahora, a sus amigos del bar solo les contaba de su madre, y sus hermanos de niño en Santa Fe, aunque casi nada le resonaba, ni su caras siquiera.

 

Hace cosa de un mes una mujer comenzó a trabajar en el bar al que Luis acude luego de caminar largo casi todas las tardes. Conversaron mucho y hasta la acompañó a su casa, so pena del desvío a la propia que eso le implicaba. La última vez ella coquetamente le dejó un sobre en la mano y se esfumó cerrando la puerta de la cancel tras de sí. Luis mira esa carta desde hace dos noches, sabe que esos símbolos significan algo, imagina que puede ser de muchas maneras, cada vez que cierra el sobre y decide quedarse en su habitación en lugar de ir al bar. Experimenta algo que no conocía ni recuerda siquiera de todos los anaqueles que tiene cerrados en su memoria, el calor en la cara que no es de fiebre, es de vergüenza.

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