Historias sin punto final
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#21 · Nunca seré Enrique Symns

Por Nicolás Garibaldi
Ilustración Leandro Silva

 

Boby tenía la relojería en la esquina de mi casa, no recuerdo que el local tuviera nombre, era simplemente la relojería de Boby. En frente estaba la remisería de Juan Carlos, esa sí tenía nombre, se llamaba “Remises Pídalo”,  y de alguna manera tenía una conexión con la marca de sodas “Bebe”, si la droga hubiera sido legal y el transa se hubiera podido poner un puestito le habría puesto “aspiratela toda”.

 

La cosa es que Boby no solo vendía relojes, en algún momento de la década fue diversificando su oferta y agregó productos chinos a pila. El Tetris 999 juegos en 1 relucía en la vidriera, me impactaba ver que a partir de un montón de cuadraditos podía correr carreras de autos. Tenía diez pesos pero valía doce, y Boby decidió fiarme esos dos pesos con la promesa de que volvería a pagárselo. Trato de recordar a Boby, mediría un metro ochenta, usaba anteojos, pelo negro y duro, rapado con un número alto de la maquinita, bastante flaco, se vestía como un jugador profesional de paddle: shorcitos, chomba de colores difuminados, zapatillas aparatosas y medias de toalla altas. No tenía forma de conseguir los dos pesos que Boby me había fiado para devolverlos. Creo que los diez pesos me los había robado de la mesita de luz de mi vieja, era todo raro, había faltado plata y yo había aparecido con un tetris nuevo, nadie me había acusado de nada, pero tampoco podía pedir dos pesos, el equilibrio era frágil.

 

A medida que el tiempo pasó Boby se fue poniendo impaciente. La escuela quedaba a siete cuadras de casa, y Boby sabía que siempre volvía a la misma hora por la misma calle, entonces a la una y veinte salía a la puerta de la relojería y me susurraba casi sin abrir la boca: “ladrón, delincuente, malviviente, rufián, chorro, sinvergüenza”. Parece exagerado pero Boby usaba todas esas palabras, no tenía preferencia por ninguna, a la distancia sospecho que para agredirme usaba un diccionario de sinónimos.

 

La violencia de Boby iba en escalada, un día me dijo que me iba a matar, y hasta me esperó con una raqueta de paddle con la que me amenazaba como los chicos malos con los bates de baseball en las películas.  Cuando llegaba tarde se volvía más agresivo porque me quedaba tomando coca y comiendo chicitos sueltos con amigos. Los insultos de Boby me hacían sentir triste, pero también me sentía tranquilo de que eso me estuviera pasando a mí y no a mi amigo el Lepra. El Lepra era demasiado vergonzoso y no habría aguantado un momento así, cuando algo le daba vergüenza se ponía rojo, pero no completamente, sino de a pedacitos, parecía que se le iba a caer la piel, de ahí el apodo. Un día me enteré que el Boby apareció muerto, en principio había sido un suicidio pero con la cantidad de enemigos que tenía se podía esperar cualquier cosa.

 

¿Al Boby le había robado?, me habían dicho que vergüenza era robar, pero no sentía vergüenza, me daba un toque de placer. Un poco más grande adquirí una técnica refinada de hurto de cd’s vírgenes marca Tophouse, los guardaba en el bolsillo de un buzo canguro y para disimular compraba una cerveza que se llamaba “El loco de San Tropez”, salía treinta centavos, me iba al estacionamiento del subsuelo del súper y me la tomaba al natural. Los tophouse venían en caja finita y eran más disimulados que otras marcas, la mala era que no todas las compacteras leían la marca de don Alfredo Coto. Lo ideal era robar no más de tres. Después me iba a la casa de Diego y le pedía que me grabara discos de rock and roll del hermano. Una vez que el cd salía tibio escribía con indeleble el nombre del disco, abría el word pad y en letra comic sans color bordó transcribía la lista de temas y la imprimía para la tapita, la impresora chorro a tinta le andaba maso, y dejaba algunas líneas blancas. Uno de los discos que tenía el hermano era Dirty Work de los Stones, Jagger y Richards peleados y Ron Wood agarrando la batuta. Los cd’s originales salían una fortuna, a no ser que uno fuera fanático de la zimbabwe, una técnica que me rendía era cambiar el código de barras de un cd caro por el de uno barato, funcionaba con bandas que no tuvieran alta rotación en la radio.

 

Tras la muerte de Boby me sentía seguro, y creía que de cualquier microdelito que cometiera saldría impune, pero me equivocaba, el exceso me traicionó en un súper de Villa Gesell, puse una o dos bananas, una o dos peras, un puñado de uvas, lo pesé, le pusieron un precio, abrí las bolsas y le agregué cinco o seis bananas, cinco o seis peras, cuatro puñados de uvas. La chica de la caja pasaba las bolsas por el código de barras, pasó las bananas, pasó las peras y se detuvo en las uvas. Era demasiado barato para esa cantidad de uvas, se llevó la bolsa, la pesó en el sector verdulería y volvió con el precio real, “entonces las dejo” le dije, “vamos a pesar las bananas y las peras”, “no, si me van a tratar como un delincuente me voy”, la dueña me emboscó en la puerta y me dijo de todo, me fijé cómo estaba vestida pero no parecía una jugadora profesional de paddle.

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