Historias sin punto final
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#17 · Salir afuera

Por Gabriel Berotti
Ilustración Verónica Cerna

 

Mi celda de prisionero es mi fortaleza.

 

Esperó que los últimos ruidos de la casa cesaran. Se aseguró así de que todos estuvieran dormidos y de que la casa hubiera dejado de latir. Las casas del gueto eran tan antiguas como la montaña o el río, y parecían tener vida propia, independiente de los huéspedes que llevaban centurias viviendo en las mismas habitaciones. Nadie dudaba de que eran las casas las que los alojaban y les permitían vivir entre sus paredes manifestando una arcaica gentileza urbana. Entonces abrió el cuaderno y persistió una noche más en la escritura de la novela en la que intentaba conjurar el infinito: todo consistía en crear constantes interrupciones que le impidieran al protagonista encontrar una respuesta definitiva al horror frío y cotidiano que lo estaba ahogando. Se esforzaba en contra de su naturaleza melancólica por no deleitarse demasiado en los aspectos oscuros. La opacidad en la trama era importante, pero no debía anular la ilusión de una posible salvación. Sabía de antemano que su héroe estaba condenado; pero el héroe, aunque sospechara su desgracia, todavía se aferraba a una certeza: cuando los asesinos vinieran a por él, los enfrentaría con toda la dignidad que posee un hombre. No daba datos demasiado precisos de su biografía, apenas un nombre y un apellido que era una simple letra. Cuando la terminara le buscaría un nombre apropiado y un apellido completo; ahora, para no pensar demasiado, se conformaba con el mínimo de austeridad que también se exigía en su vida cotidiana. Sabía que la clave del sentido de la novela estaba en la frase final. Una frase clara y poderosa hacia la cual dirigir toda la historia. O la imposibilidad de contarla. También necesitaba un título suficientemente definitivo como para ganarse la eternidad. No aspiraba a menos. Escribía a mano. Su letra era pequeña pero prolija. “Insoportablemente prolija”, le escribió su novia en una de las decenas de cartas que se escribían mensualmente. “Querido mío, no hay nada menos excitante que tu letra. Contigo la excitación está como retardada, siempre viene después de leerte o de que te hayas ido. Recién entonces, cuando no estás, me dan ganas de comerte a besos y de tocarte y solo me queda besar la superficie fría de un espejo y tocarme”. “Mi mano es tu mano”, le respondía él una semana después de que ella le hubiera mencionado los besos en un espejo, sabiendo que seguía siendo tarde, que a pesar de que su letra prolija era un muro que lo protegía del caos, el caos ya los estaba devorando y el caos se llamaba tiempo. Cuando ella ardía y le escribía palabras de fuego, él pasaba las noches en vela, escribiendo una novela que no acabaría nunca, que no podría acabar nunca. Cuando él ardía, leyendo las palabras de ella, y la imaginaba tocándose, le respondía temblando, y le enviaba una carta sellada con las últimas gotas de saliva de su lengua de náufrago a la deriva. Una carta que llegaría a las manos de su amada cuando ella estuviera tan fría como la superficie de un espejo.

 

Comenzó a llover. Siempre que llovía interrumpía lo que estuviera haciendo y se acicalaba intentando mantener el silencio de la casa y se iba al prostíbulo de Madame Dora, sin paraguas, mojándose lleno de júbilo como un niño que corre por la intemperie descubriendo la magia de la lluvia. Llegaba empapado y era recibido por una disgustada

Madame, que se lo entregaba enseguida a Cascabelito, la niña indígena que lo llevaba de la mano hasta una habitación tapizada con terciopelo rojo. Lo desnudaba lentamente, tarareando una extraña melodía, y lo secaba con una toalla amarilla. Y él, escuálido como una lagartija, le quitaba la toalla y le decía: “Con el pelo, Cascabelito, con el pelo”. Y ella sonreía y se soltaba la espesa melena enrulada y le rozaba las piernas, el pecho y los brazos, y una vez seco, lo acostaba a su lado y le hablaba de su tierra, de los infinitos espacios abiertos en que una palabra podía ser arrastrada miles de kilómetros por el viento.

 

“No hablo de esto con nadie”, le decía, desnuda junto a su cuerpo desnudo, mientras él le acariciaba los pezones con la yema humedecida de los dedos con una delicadeza que ella agradecía tomándole la mano y compartiendo la humedad de su entrepierna. Y sin dejar de escuchar sus historias y de disfrutar del sexo que se abría a su mano, él miraba sus cuerpos desnudos en el espejo del techo. Su cuerpo escuálido y transparente de lagartija subterránea y el de ella, fértil y flexible, del color del té con leche que tomaba todas las mañanas mientras oía los reproches de su padre. “¿Cuántos años tendrás, Cascabelito?”, pensaba. “¿13,14? ¿Estar con una niña será un delito algún día? ¿Una imagen tan bella como la de tu joven cuerpo protegiendo al mío, enseñándome las palabras que en tu tierra nombran al gozo y a la alegría, podrá ser considerada algo tan sucio que merezca un castigo?”. Le ponía el dedo húmedo en los labios, interrumpiéndola, y le suplicaba, con las maneras de un huérfano: “Bésame, Cascabelito. Bésame”. Y Cascabelito lo besaba como le habían enseñado las putas más experimentadas, porque sabía, por escucharlas cuando se lavaban los sexos unas a otras, que no hay para un caballero nada más preciado que el beso de una niña puta. “Ni nada más caro”, le decía la Madame. “Que no se le olvide nunca, mijita”. “Nunca”, pensaba Cascabelito y cerraba los ojos para no verse en el espejo besando a una lagartija. Él se daba cuenta. “¿Te asustan los espejos?”. Y ella respondía con un misterio: “Sí. Ningún espejo es inocente”. Esa respuesta lo excitaba más que las caricias, ya que la poesía no era habitual en un sitio como ese. “¿De dónde vienes, Cascabelito?”. Y Cascabelito se giraba y mostraba sus pechitos disponibles para sus manos y su boca, y le acariciaba el pelo, y le respondía con el mismo tono con que una madre contaría un cuento de hadas: “De un lugar muy muy lejano”. Le gustaba estar con ese hombre misterioso que la trataba con elegancia, que nunca la forzaba a nada, y que la escuchaba como no lo hacía ningún hombre del gueto. Los hombres que frecuentaban la casa de Madame Dora inevitablemente se sentían culpables. No de estar allí ni de frecuentar el cuerpo de una niña. Era una culpa antigua; se odiaban a sí mismos, y cuando se veían en el espejo, todas las renuncias y las cobardías de una vida entera se proyectaban ante sus ojos como si fueran parte de un film, y se la agarraban con ella, y le pegaban o la violaban con asco y terror. Pero este hombre delicado le hablaba con respeto y la consolaba cuando estaba dolida por las cicatrices de la saliva y del semen y le pagaba tiempo extra para que descansara una o dos horas sin hacer nada, durmiendo abrazada a un cuerpo desnudo que se agitaba con cada latido de su corazón. Cascabelito no podía amar a nadie, esa posibilidad le había sido extirpada, sin embargo, sentía hacia él un cariño semejante al que algunas personas sienten por su perro o por su caballo. “El espejo es un engaño”, le advirtió al oído con una tenue voz que no parecía la suya. “Está pensado para que te concentres en todo lo que se refleja en su superficie, pero es un ardid, una distracción barata. El misterio del espejo empieza del otro lado. En los ojos que te miran”. “¿Qué quieres decir? ¿Que es un simple truco prostibulario para que los clientes más puercos se masturben mientras nos espían?”. Se oyó un timbre agudo, persistente. Golpes en la puerta. Cascabelito se levantó y se vistió. “Todavía te queda media hora”, le dijo él. Ella le acarició la cara. “No. Ya no queda nada”. Le sonrió. “Yo no soy de acá. Yo vengo del otro lado”. Se fue arrastrando los pies. Antes de cerrar la puerta, le dijo: “Cuidado con lo que hacés cuando estás solo”. Cerró la puerta. Al hombre le pareció escuchar su voz hablándole desde un sitio muy lejano: “No hay nada más peligroso que estar solo”. Se tendió de espaldas. Oía la lluvia. Un temporal inundaba la gran ciudad. En esa habitación estaba cómodo. Y estaba solo. Lejos de su casa y de su familia. La única presencia que podía soportar a su lado se había ido, cuando estaba por analizar la rareza de toda la situación le comenzó a picar la nariz. Se metió el dedo, hurgó y sacó un moco verde, esponjoso. Lo miró deleitándose, cuando nadie lo miraba, desde niño, había disfrutado metiéndose el dedo en la nariz, pero este moco era particularmente grande y no sabía qué hacer con él. No se atrevió a metérselo en la boca porque todavía disfrutaba del sabor de la boca de Cascabelito y hubiera sido un insulto irreparable hacia ella, recordó que en el bolsillo del pantalón tenía un pañuelo recién planchado por una de las chicas que hacían la limpieza en su casa, chicas humildes a las que a veces manoseaba aprovechándose de su posición como hijo del Señor; pero su ropa estaba del otro lado de la habitación, sobre una silla de hierro que parecía estar más allá del océano. Lo dejó en la sábana, le recordaba una mosca gorda reventada por un cachetazo afortunado, la metió bajo el colchón y se rió de sí mismo. De la acción que venía repitiendo toda la vida: una vida de mocos secándose en sábanas o en sillones o debajo de mesas y sillas. Se sentía impune, liberado de toda culpa por la ausencia de testigos, como un ladrón que después de un atraco exitoso se quita la máscara en un lugar seguro y comienza a contar el botín silbando una vieja canción. Embravecido por la impunidad que le otorgaba la soledad de una habitación de prostíbulo comenzó a tocarse. Sintió la extraña atracción del espejo y se masturbó con los ojos abiertos, disfrutando de una imagen poderosa que lo hacia llegar rápidamente al éxtasis, el culo jugoso y abierto de la niña que tantas veces había deseado penetrar.

 

Está amaneciendo cuando sale a la calle. Ya no llueve. Es sábado y no trabaja. Sus padres y sus hermanas tampoco, por lo que la casa estará llena de gente y de ruidos y se verá obligado a compartir la mesa familiar y a soportar las preguntas humillantes de su padre. A soportar la ironía que lo hiere tanto porque en lo profundo de su corazón sabe que es verdadera y que podría ser él mismo el que frente a un espejo se acusara de las mismas cosas. Camina arrastrando los pies, como lo hizo Cascabelito cuando salió de la habitación. La buscó por todos los pasillos. La buscó en el altillo donde se reunían los clientes más antiguos a fumar y a concertar matrimonios y negocios y donde las más selectas pupilas de Madame Dora subían a sentarse en sus rodillas y a ser manoseadas por hombres que ni siquiera pensaban en lavarse las manos antes de tocarlas. Eso siempre le había gustado. Entregarse sucio a un cuerpo ajeno. En su novela inacabable, cuando los personajes fornicaban lo hacían en suelos sucios de cerveza derramada y de serrín y de escupidas, y los amantes se revolcaban sobre toda esa inmundicia lamiéndose las caras, o se acostaban intentando enterrar la cabeza en el pecho del otro sobre asquerosos edredones en habitaciones cerradas y tan caldeadas que los cuerpos sudados olían a queso rancio. Una vez había cometido la imprudencia de leerle uno de esos capítulos a su madre, que lo miró como si fuera un criminal. Cada palabra que escribía lo hacía sentir culpable y cada frase terminada era una confirmación de su culpa. Tal vez por eso es que había decidido no terminar la novela haciéndola infinita con un claro final inalcanzable. Oyó la campanilla del tranvía. Le gustaron los rieles brillando sobre el empedrado, iluminados por un sol tan débil que su luz apenas podía atravesar las gruesas nubes que cubrían desde hacía años la gran ciudad. Decidió subir y vagar mirando el mundo desde la ventanilla. Alejándose de su casa y de su familia cómodamente sentado mientras dejaba a su mente correr libremente por un espacio sin molestos testigos ni miradas inquisitivas. “¿Por qué no dejas de perder el tiempo escribiendo esas cosas tan raras y te transformás en un hombre de provecho como tu padre?”, le preguntó su madre aquel aciago día en que le mostró sus escritos. “¿Por qué no te buscás una chica sana y limpia y de buena familia que te convierta en un hombre útil a la sociedad, digno del sacrificio de tus antepasados?”, le preguntaba cada mañana su padre, arruinándole el desayuno. “¿Por qué no te vas a vivir solo como hacen los hombres de tu edad y dejás libre tu habitación de una vez por todas?”, le preguntaban sus hermanas, apretadas unas contra otras en la perniciosa promiscuidad de su única habitación. El tranvía avanzaba por zonas desconocidas de la ciudad a una velocidad inaudita. No sabía que podía ir tan rápido. Ningún pasajero miraba por las ventanillas. Todos se miraban los pies o tenían la vista fija en la nuca del de adelante. No había cobrador. Se mareó un poco por la brusquedad con la que el conductor tomaba las curvas y porque no había ninguna ventanilla abierta. Intentó abrir una, pero no pudo. Parecía soldada. Supuso que una vez más el exceso de imaginación le estaría jugando una mala pasada pero no encontró ningún mecanismo para destrabarla. Decidió bajar y caminar. Se paró frente a la puerta trasera. Tiró del cable. Nada pasó. El cable estaba rígido y no cedía. El tranvía aumentó la velocidad. Tambaleándose se dirigió hacia el conductor. Le pidió que se detuviera, le dijo que se sentía mal y que necesitaba bajar. El conductor soltó el mando y se quitó las gafas negras que cubrían sus ojos. “Yo no controlo nada, jefe”, le dijo. “¿O no ve que soy ciego?”. Desesperado intentó forzar la puerta. La puerta no cedió. La golpeó con los puños cerrados. La pateó con furia. Pero no cedió. El conductor comenzó a reírse. Poco a poco, uno a uno, los demás pasajeros se rieron de él hasta que una gran carcajada lo aturdió. La risa de los pasajeros burlándose de su impotencia resonó en su cabeza. Una risa que no le era desconocida. Una risa antigua que lo perseguía desde niño. La misma que sonaba a sus espaldas cuando se empeñaba en ser como los demás y en los partidos de fútbol en los que lo incluían por pena le pegaba mal a la pelota y se caía. La misma de la vecina a la que intentó impresionar haciendo cabriolas con la bicicleta pero de la que solo obtuvo una sonora carcajada cuando se clavó en un agujero de la calle y salió disparado contra las piernas de su padre, que pasó por encima suyo como si no lo conociera. Las viejas risas de los compañeros del colegio cuando se desnudaban para bañarse en el río y tenía que soportar las miradas burlonas por su cuerpo de lagartija translúcida. Su sangre parecía espesarse, por su nariz entraba cal en vez de aire. Toda su vida igual, escapando de las burlas y de los juicios de los demás, buscando el lugar más apartado para poder estar solo y respirar. “Vuelva a su sitio”, le pidió el conductor. Parecía comprensivo, consciente de su profundo dolor. “Vuelva a su sitio pronto o me hará mear encima de la risa”. El crescendo de las risas de los otros se le hizo tan insoportable que gritó intentando tapar con su alarido el coro inclemente que le mordía la espalda. “Vuelva a su sitio”, repitió el conductor. Estaba tirado junto a la puerta, rodeado por los pasajeros de las primeras filas que formaban un círculo perfecto alrededor suyo. Las caras y los hombros pegados, mirándolo con una intensidad de alucinados. “Necesito intimidad”, exclamó, levantándose y abriéndose paso hasta su asiento. “Necesito estar solo”. “Eso es imposible”, le dijo la mujer que se sentó a su lado. “Nunca más estaremos solos”. La miró. Era bella y muy joven. “Jamás”, le dijo antes de besarlo. La lengua cálida y jugosa de la mujer invadiendo su boca lo ahogaba, quiso alejarla apoyándole las manos en el pecho, empujándola a su asiento. Lo único que logró fue excitarla. La mujer lo besaba vorazmente con los ojos cerrados. Cuando los abrió se alejó de un salto y se limpió los labios con la palma de la mano. “¡Puaj! ¡Qué asco! ¡No era a usted a quien quería besar!”. Los pasajeros giraron las cabezas hacia ellos como autómatas y los miraron. “¡Qué asco! ¡Qué asco!”. La mujer escupía y se limpiaba la lengua con un pañuelo. Uno de los pasajeros lanzó una risita, luego otro, y otro más, hasta que de nuevo una abrumadora carcajada los rodeó. La mujer corrió hacia la puerta e intentó abrirla. No pudo. La golpeó con los puños cerrados y la pateó con furia. En vano. Los pasajeros de las primeras filas la rodearon haciendo un círculo de cabezas y cuerpos pegados unos a otros. Sólo se veía un pie descalzo de la mujer surgiendo del círculo, dando la horrible impresión de que se lo habían amputado.

 

El tranvía se detuvo frente unas naves industriales abandonadas junto al río. Se abrieron las puertas y subieron dos hombres robustos vestidos con unos impermeables demasiado ajustados. “Buen día, señores guardias”, saludó el conductor. Uno de los guardias lo miró. “¿Cómo sabés que somos nosotros?”, le preguntó. “Porque nadie más que un guardia me haría una pregunta tan tonta”, respondió el conductor. La respuesta pareció satisfacer al guardia que luego de un momento de incertidumbre conminó a los pasajeros a bajar. El hombre no se movió. Uno de los guardias se ocupaba de los pasajeros y los distribuía en dos filas según un método inescrutable. El otro guardia le pidió al hombre que bajara. Lo hizo de una manera muy educada. Al no obtener respuesta, agregó, cambiando el tono: “O me veré obligado a hacerlo bajar”. El hombre le respondió con una agresividad que lo sorprendió más que al guardia. “Hágame bajar si se atreve”, le dijo. El guardia cruzó una mirada con su compañero, parecía desorientado. El de afuera se encogió de hombros. “¿Está seguro?”, le preguntó de nuevo. “Seguro”, le respondió el hombre. “Entonces no me deja otra opción”, se lamentó el guardia y lo agarró de una oreja como si fuera un niño díscolo. Lo levantó a la fuerza, lo arrastró por el pasillo, lo hizo bajar a trompicones y lo colocó en una de las filas. “En esa no”, advirtió su compañero. Sin soltarlo lo pasó a la otra. Consultó con la mirada a su compañero, que le hizo un gesto afirmativo con la cabeza, recién entonces lo soltó. Cuando se oían las primeras risas el guardia que había ordenado las filas gritó: “¡Ahora no, desgraciados!”. El otro le pegó un cachetazo en la nuca a la mujer que cerraba una de las dos filas. Era una mujer madura, que no había dejado de temblar todo el tiempo. Cayó de rodillas y empezó a llorar. El guardia no se lo esperaba por lo que su primera reacción fue agacharse a consolarla. El otro tosió un par de veces llamándole la atención de una manera que creía discreta pero que no hizo más que levantar las suspicacias de los pasajeros. La agarró del brazo y la levantó. “Sea fuerte señora, no afloje ahora”. La mujer recuperó la compostura y trató de mantenerse erguida. “Muy bien”, la felicitó el guardia. “Ve que si se quiere se puede”. Caminaron manteniendo las dos filas detrás de cada guardia hasta la puerta abierta de un gran edificio de piedra, parecía una construcción muy antigua y tan alta que los pisos superiores se perdían en la niebla. Había dos ventanas tapiadas, el resto tenía las persianas cerradas. Cuando quisieron entrar se dieron cuenta de que las dos filas no pasaban juntas por la puerta. Los guardias se miraron confundidos. Uno tomó la iniciativa y sacó una moneda y la lanzó al aire. La moneda cayó entre las dos filas. “Salió cara”, dijo uno de los guardias. Se miraron, ninguno de los dos había elegido antes de lanzarla por lo que el resultado era inválido. El otro guardia agarró la moneda y dijo: “Elijo cara”. “Vale”, dijo el que la había lanzado antes. “¿Es necesario que diga cruz o se sobreentiende?”. Uno de los pasajeros opinó: “Para hacer la elección oficial creo que sería necesario”. Los guardias se miraron. “Entonces cruz”, dijo el otro. El guardia que tenía la moneda la lanzó al aire, la moneda cayó sobre el asfalto mojado, rodó medio metro y cayó en una alcantarilla. Volvieron a mirarse sin saber qué hacer. Se quedaron así por un rato. Hacía frío. Comenzó a llover. El viejo que encabezaba la fila de la derecha, harto de la pantomima, del frío y de la lluvia que caía con fuerza, tomó la iniciativa y entró. Su fila lo siguió sin pensarlo dos veces, luego entraron sin alterar el orden los de la otra fila. “¿Lo ves?”, preguntó un guardia al otro. “Es como yo siempre digo. Si las dejaran, las propias reses encontrarían el camino al matadero”. “A veces me pregunto si somos realmente necesarios”, dijo el guardia más robusto. Cuando el otro iba a responder lo interrumpió un timbre muy agudo, persistente, semejante al que el hombre había escuchado en el prostíbulo y que había obligado a Cascabelito a alejarse de su lado. Los guardias entraron y cerraron la puerta. Adentro estaba oscuro. Al fondo de un pasillo se veían unas luces. Los pasajeros fueron hacia ellas manteniendo el orden. Los guardias los esperaban sosteniendo sendos candelabros. “Por acá”, les dijeron y los hicieron pasar a una pequeña habitación circular en la que había una gran pantalla que ocupaba toda una pared y cinco filas de asientos. Les indicaron que se sentaran. Cuando no había nadie de pie perdieron el último resuello que les quedaba apagando las velas. Una voz de mujer, sensual y bien modulada, les habló desde los parlantes colgados en las paredes.

 

“Los que han llegado hasta aquí deben abandonar toda esperanza. Ni siquiera esperen un juicio, porque el juicio ya se ha celebrado y hoy revelaremos las Actas. Cada uno de sus actos en la soledad sin testigos los ha condenado. No hay inocentes. Las víctimas son todas culpables. Nosotros lo sabemos. Nosotros vimos todo desde el otro lado del espejo”. Hizo una pausa. Todos se miraron buscando una respuesta en la mirada ajena. Una explicación o una razón siquiera en la mirada ajena. Pero todos miraban como ciegos. Un chico muy joven se levantó y gritó: “¡Ya está bien de esta puta mierda!”. Corrió hacia la puerta de salida. Antes de llegar a la puerta los guardias lo atraparon y se lo llevaron por una puerta lateral. Se alcanzó a oír: “¡No reconozco la autoridad de este tribunal!”. Se oyeron golpes y aullidos de dolor. “No hay ningún tribunal”, dijo la voz. Uno de los pasajeros comenzó a reírse. “¡Ahora no, desgraciado!”, gritó la voz. Y agregó, recuperando el tono sensual. “Serás el primero, entonces”. Se apagaron las luces, todo fue oscuridad y silencio por un rato hasta que la luz de un proyector iluminó la gran pantalla. En la pantalla se vieron imágenes editadas que componían un corto de apenas dos minutos en el que se recopilaban los momentos más íntimos de la vida de la primera víctima. Una selección morbosa de lo que hacía cuando creía que nadie lo miraba. Cuando se creía completamente libre del juicio ajeno. Pasados los dos minutos, y luego de que la voz le informara que el corto estaba llegando en ese preciso momento a las manos de todos sus contactos más íntimos, y que para siempre sería difundido en las redes globales, la víctima ya había desistido de irse, ya no quería salir del viejo cine ni manifestaba ninguna rebeldía. Una insoportable sensación de vergüenza después de haberse visto en las situaciones más patéticas y degradantes lo impulsaba a un solo deseo, a una insoportable necesidad: quería ser asesinado. Lo pedía a los gritos, desesperado. “Mátenme”, imploraba de rodillas. “¡Mátenme, por favor!”. “Ahora pueden reírse”, dijo la voz, y la inclemente carcajada impulsó a la primera víctima a refugiarse de las miradas de sus compañeros debajo de su asiento hasta que los guardias lo arrastraron afuera. “Gracias”, gritaba llorando desesperado. “Gracias”. Un disparo acalló las risas. El mismo ritual se repitió una y otra vez. Nadie permanecía inmune a lo que mostraban esos dos minutos. Todos habían vivido con una culpa secreta, íntima, ocultando cosas terribles en la oscuridad de su conciencia, pero la conciencia se había transformado en un lugar público. La intimidad y el secreto habían sido derogados. El tiempo que los protegía había desaparecido y estaban expuestos a un insoportable presente sin ocultamientos ni excusas. Solo les quedaba soportar el castigo o morir. El hombre había esperado su turno manteniendo una aparente calma. Sabía que estaba condenado. No le importaba lo que hubiera afirmado la voz. No le importaban la voz ni la posibilidad de ser desenmascarado. En cierto modo se sentía liberado, el riesgo ocultamente se había transformado con los años en cansancio y en un aburrimiento final que le impedía terminar una frase de su novela o una caricia o un deseo. De pronto la voz de esa mujer anónima le preguntó a él, el último que quedaba: “¿Cree que podría sobrevivir a su propia vergüenza?”. Se miró los pies. “¿Cómo cree que reaccionaría si se difundieran esos dos minutos de su vida? Imagine dispositivos que los siguieran reproduciendo sin pausa después de su muerte. Imagine que de usted solo quedaran esos dos minutos para toda la eternidad. ¿Querría seguir viviendo sin secretos, completamente desnuda la oscuridad de su alma a los ojos de todos los que esperaban algo de usted?”. La oscuridad y el silencio eran tan espesos en su materialidad contundente que los guardias contuvieron la respiración para no arruinar un momento tan patético. Se oyó un grito y un disparo. “Alguien acaba de elegir”, dijo la voz. Uno de los guardias resopló y comenzó a respirar a borbotones. El otro estaba rojo, a punto de estallar con el pecho hinchado de aire contenido. “Se le informa que el procedimiento a seguir es simple. Una vez que asuma que las imágenes han sido difundidas se le otorgarán un revolver y una puerta abierta, y deberá elegir. Alguien se acercará y le dirá al oído: “Plomo o mierda”. Como dicen en el gueto. Como dicen en el gueto. Como dicen en el gueto”. El hombre estaba cansado. Había escuchado a pesar suyo el mismo absurdo discurso para cada condenado. Con el mismo tono y las mismas palabras. Y ahora la repetición en un ciclo infinito de una frase sin sentido. “Como dicen en el gueto. Como dicen en el gueto”. De pronto la voz calló abruptamente, como si alguien hubiera apretado el stop de una grabación. “¿Quiénes son ustedes?”, gritó el hombre. Se encendió el proyector y un haz de luz atravesó las tinieblas para representar sus dos minutos de imágenes en la pantalla. Los guardias habían aprovechado el discurso y la proyección para salir a fumar un cigarrillo. Oyeron los gritos del hombre. Oyeron su desesperación al descubrir que estaba siendo observado y grabado cada vez que se refugiaba solo frente a un espejo o una pantalla. Uno de los guardias levantó las cejas, el otro se encogió de hombros. Los gritos eran insoportables, deberían estar acostumbrados, pero uno nunca se acostumbra a la humillación ajena. Para distraerse hacían anillos concéntricos con el humo; un verdadero arte que después de tantos años y tantos castigos dominaban como expertos. El hombre estaba de rodillas, llorando, mientras contemplaba las imágenes finales de una habitación roja en la que se le veía pegándole a una niña antes de penetrarla por atrás a la fuerza, porque había pagado y creía que por fin se lo merecía, y entendió, al ver la cara de la niña, que Cascabelito ya había elegido mucho antes de conocerlo y que había tenido miedo de morir y que había aceptado un cruel castigo en el prostíbulo más miserable del gueto. Cuando acabó la proyección se refugió en el silencio y en la oscuridad, y desde su escondrijo debajo del asiento, en un suelo tan sucio como los de su novela, preguntó: “¿Esto es Dios?”. No hubo respuesta, solo el espeso silencio roto por uno de los guardias que acercándose muy solemnemente le entregó un revolver mientras el otro abría la puerta de salida. “¿Plomo o mierda?”, le preguntó la voz con la misma sensualidad que reconocía en el tono con que Cascabelito le ofrecía una mamada.

 

Algo raro había pasado en lo de Madame Dora. Una especie de alucinación de la que volvió en sí mientras penetraba salvajemente a la niña. Cascabelito, aullando de dolor, un poco sorprendida porque nunca lo hubiera esperado del hombre delicado que parecía escucharla y comprenderla, recibía cada insulto, cada escupida y cada cachetada como si lo mereciera, como si tuviera que redimirse de un antiguo pecado. Madame Dora le llamó la atención por su comportamiento y le advirtió que no volvería a tolerarlo. Esperó en el zaguán a que la casa dejara de latir, cuando el silencio fue perfecto subió la escalera eludiendo los crujidos de la madera, entró a su habitación y abrió la ventana. Todo estaba en calma. Una frase cruzó su mente como un rayo cayendo sobre el páramo oscuro, iluminando por un instante fugaz a las alimañas que se esconden en la noche. Abrió el cuaderno y escribió la frase final de una novela infinita: “Y era como si la vergüenza hubiese de sobrevivirle”. Respiraba relajado, todos los momentos de su vida convergían en esas misteriosas palabras. Sabía que ahora que lo conocía nunca podría llegar al final, que habría infinitas interrupciones y terribles desvíos, pero que tarde o temprano se haría digno de sus propias palabras. Se durmió feliz, en absoluta paz con el mundo. Lo que no sabía era que al otro día, al despertar de un sueño intranquilo, se habría transformado en un insecto monstruoso, pero ese era el inicio de otra historia.

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