Historias sin punto final
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#4 · Sin Vergüenza

Por Diego Flores
Ilustración Sofía Martina

Gonzalito entró al bar trastabillando en la entrada, su aspecto como siempre era bufonesco. La camisa, herencia del tío Horacio, colorida larga y desabrochada en los puños, el pantalón con un dobladillo más largo que el otro, unas zapatillas estilo running enormes y desatadas provocaban un extraño composé con un cuerpo diminuto y flaco.

 

Gonzalito, que había dejado de ser Gonzalez apenas asomó al barrio, era una suerte de garabato caminante, una creación irónica de un dibujante cósmico y perverso. Vivía con su tía, en una casa arcaica que el tío Horacio había construido a fuerza de tesón, trabajo y peronismo hace ya un tiempo difícil de encontrar en el almanaque. La presencia de Ibañez en el bar era anunciada por el citroen 2CV rotoso que estaba en la puerta. El trasto conocido popularmente como “patito feo” presentaba una conjunción de colores que hacía difícil definir cuál era el principal. Ibáñez, Carlitos Ibáñez, lo compró en una de esas transacciones donde no abundan los papeles y las cédulas, y donde el todo se cierra con un apretón de manos traicionero. Lleno de magullones el bólido arrancaba con la famosa juntada de cables. Ahí en el fondo estaba Ibáñez, jugando con un pucho apagado, el pocillo de café vació y la mirada perdida hacia el ventanal, vislumbrando un horizonte promisorio lleno de dinero y mujeres, las dos cosas más importantes para él. Antes de que Gonzalito se acercara, la mirada de Ibáñez lo interceptó en el trayecto.

–¡Gonzalitooo, Gonzalitoo querido! Vení, ¡sentante mi viejo! ¿Qué tomás?
–No sé…un licuadito
–¡Rubén! ¡Che Rubén, traele un cortado a mi amigo Gonzalito y otro para mí!
– No, pero yo…
–Sentate Gonzalito, qué pinta hermano. Siempre tan exótico vos, no sé de dónde sacás esa vestimenta.
–Del tío Horacio, Carlitos, si no tengo un peso.
– Qué fenómeno que era el tío Horacio, qué buen tipo, laburador viste, pero al pedo, Gonzalito, al pedo, se quemó la vida laburando y pa qué carajo laburas toda la vida. ¿Qué te digo yo siempre Gonzalito?
–Que laburan los giles.
–¿Y es así o no?
–Y, no sé, hay que hacer el mango, ¿viste? Además perdóname pero mi tío Horacio no era ningún gil– dijo Gonzalito con una dignidad que se parecía a la vergüenza.
–¡Pero no Gonzalito! No me mal interpretes mi viejo, yo te digo que tu tío Horacio era un fenómeno, buen tipo, lindas camisas, una casita acá en el hermoso Oeste, no era un gil así como quien dice gil gil… pero laburaba mucho, al pedo hermano. Todo el día metido en esa caja de cartón, le robaron el alma pobrecito Horacio.

 

El mozo del lugar, apodado el Mago Rubén, quien era medianamente ancho, con una joroba llamativa y macabra, portaba un bigotón blancuzco y frondoso,  se les acercó con dos cortados y un par de sobres de azúcar. Se sospechaba que Rubén era mozo del bar antes de que este abriera, era un ser formado en la vieja escuela de los mozos, poca amabilidad y parla, una fidelidad extrema con los habitúes del lugar, con una comprensión inaudita del mensaje de señas y una memoria borgeana para los asuntos de pocillos y minutas. El apodo lo había ganado dada su capacidad sigilosa para moverse por el restaurante y servir. El Mago se movía entre las mesas como una pantera a punto de cazar un antílope. Como todo buen mozo “old school” Rubén tenía un lado oscuro, una actividad inconfesable, un ardid de chapuzas y secretos que no develaría. Una frase lo marcó en sus inicios: oí, le dijo un colega en vísperas de retiro, los mozos no se confiesan. Que hablen los clientes, vos opiná de futbol y del clima ¿ta?, y eso hizo Rubén, para siempre.

 

–Entonces lo que yo te quiero explicar –dijo Ibáñez– es que acá en este pedazo de tierra que algún ñato llamo Argentina, para que te vaya bien tenés que ser caradura, chantajear, vender espejitos de colores, está en nuestra sangre, en nuestro ADN. Los correctos, los que se comen el tocuen de la ley de la moral, de las reglas, de todo eso, salen perdiendo, Gonzalito querido. Son unos olfas, unos amargaos, unos tristes. Cuchame, si este país está lleno de bogas y psicólogos, chamuyeros de primera pero con papeles, digamos, y la gente compra, ¿entonces qué? Es simple: o estás del lado del que va y compra contento o estás del mío, pim pum pam, vas venís compras, llevás traes, dejás. Mire doña, esta oferta y usté caballero… Sí, sí, mire lo que tengo. ¿Sabés que hay que evitar en este país papá?, el laburo hijin, el la-bu-ro. Los giles laburan, los que se levantan todos los días a la misma hora, que tienen una vida de mierda y compran las heladeras en cuotas y se ponen contentos y se sacan fotos. Y las suben y las comunidades de mediocres van y aplauden. Viva, viva y ahí andan los eunucos felices con sus deudas. ¿Querés que te cuente un chiste? ¿Querés o no? Cucha Rubén, vos también. Ahí va… el trabajo es dignidad. ¡Ja! ¡Qué hijos de puta! Cómo la vendieron, un genio el tipo. ¿O no Maguito?– cerró Ibañez su monólogo cargado de verborragia.

Rubén asintió con la cabeza prescindiendo de la oralidad.

–Hasta el maguito te lo dice, y eso que el labura como un condenado –dijo Ibáñez–, pero él es pillo, Gonzalito. Vos en cambio siempre andás en la comarca de la duda. Cada tanto te agarran ataques de culpa y te levantás temprano, te peinás con la raya al costado, te calzás el uniforme de los tristes y salís a golpear puertas mendigando laburo. Y después volvés conmigo, cuando yo te ofrecí mil negocios para hacer pero a vos te da cosita, te de vergüencita me decís. ¿O no?
–Y sí, pasa que a mi tía… no le alcanza con la jubilación y yo quiero despegar.
–¿Sos un avión? ¿Qué querés, Gonzalito? Andá y anotate en el ejercito de los giles, andá, dale y sé feliz viviendo la misma vida mediocre de todos los días, repleta de planillas y relojes. Pero hacete cargo mi viejo, porque no hay trole que te deje bien a vos, después venís mendigando unos pesos. ¡Lo del trole lo decía tu tío Horacio! ¿Sabés que de ahí viene la palabra trolo, no?
–¿Eh?
–Pero claro, Gonzalito. ¡Rubén! ¡Rubén! –gritó Ibáñez al mozo, que estaba pasando un trapo húmedo por enésima vez en la barra–. ¿Vos sabés porque a los trolos les dicen así?
–Ni idea –dijo Rubén fingiendo ignorancia.
–Porque al trole bus se subía por atrás, ¿entendés? Como a los trolos te les subís por atrás, ¿va? Aprendan hijos míos. Ya sabés algo más Gonza. Ahora, a lo que iba. Yo no tengo una vida de aristócrata, eso está más que claro, pero sí soy más libre que muchos perejiles, ¿por qué? Porque dispongo de mi tiempo y de mi vida, viste que hay gente que se desespera en las vacaciones, que sale corriendo, que paga pasajes, que quiere vivir todo rápido en esos días, porque el resto viven esclavos de no saben qué. Bueno, yo no. Yo agarro el auto, el citroen ese, que está destartalado pero me lleva y me trae, Gonzalito, y con eso basta, que está jodido conseguir guita, que ya no es como antes, vos ya lo sabés, ¿o no Gonzalito? ¿Por qué no es como antes?

 

–Por la informática y las computadoras.
–¡Exacto! Por la informática y las computadoras. Muy bien Gonzalito, las computadoras arruinaron nuestro laburo, el de los antisistema, de los que vivíamos al margen. Antes ibas y pegabas un préstamo de diez lucas con un documento trucho. Sabés a los prestamistas que cagué, a esos de dinero fácil, de dinero ya y no sé cuántas empresas de garcas que le roban guita a los desesperados y a los jubilados, a los pobres viejitos. Yo, lo último que le pude despojar a este sistema del orto, fue una luca ochocientos que le choreé a los de  tarjeta naranja. Flor de somier me compré, Gonzalito. Si hablarán las rubias que me he llevado a ese catre, pero ahora no, todo está registrado, te tirás un pedo y a los diez segundos lo encontrás en gugle. Y lo peor es que a esta altura las máquinas no se equivocan si ahora querés estafar, robarle al imperio del dinero, tenés que hacer carrera en programación informática o no sé qué cosa y ahí los filipinos nos cagan a palos. ¿Vos sabés de computación, Gonzalito?
–Y no, un par de veces la usé, hice algún trámite para mi tía para la AFIP, pero no sé mucho tampoco.
–Claro, peeero… –dijo Ibáñez con ojos picarescos, llevando a Gonzalito al rincón de argumentos que había preparado.
–Peeero… –repitió Gonzalito, entusiasmado ya por la gestualidad de Ibáñez como si supiera de lo que este iba a hablarle inventando una simetría que no era tal.

 

González era uno de esos tipos fáciles de manipular, de los que jamás se enfrentaban a una contingencia sino que eran arrastrados por los vientos de problemas de la vida diaria como si el destino fuera un curso inalterable.

 

–Pero Gonzalito, ete aquí que hay que aggiornarse, aprender lo mínimo y andar atento. ¿Sabés que es lo que sigue fallando? ¿Sabés dónde se filtran las grietas?, ¿dónde los tentáculos del control del sistema no llegaron? A la gente hermanito. La gente sigue confiando, sigue creyendo, sigue cediendo. La gente no puede procesar información como las máquinas. La gente tiene lados flacos, zonas sensibles donde baja la guardia y ahí entramos nosotros. ¿Entendés?
–Y no sé… más o menos.
–¡Y no sabés y no sabés! Quiero saber si me vas a seguir en esta porque el negocio es bueno, hay que hacer un laburito de hormiga pero a la larga vamos a sacar unos buenos mangos. ¿Es agradable el laburo? No, pero es la que queda, Gonzalito. ¿Hace cuánto que no hacemos unos mangos? Venimos pichuleando 500 pesos por semana. Los últimos laburos que hicimos pagamos la comida, ¿y qué más? Nada, ni para un copetín acá en el bar, si no fuera porque el Rubén nos fía. ¿Hasta cuándo vamos a seguir así? ¿Estás o no?
–Y bueno, la verdad es…
–Ese es mi Gonzalito viejo y peludo nomás. Te voy a contar rápido cómo arrancó todo esto. Pedile a Rubén dos cafecitos más y que los anote.

 

Ibáñez se acomodó en el asiento y se reclinó hacia adelante creando sin más que un movimiento corporal un nano clima íntimo, una suerte de cabina del silencio entre él y Gonzalito, que escuchaba atentamente, con ansiedad y algo de temor.

 

Cucha, no va que estoy saliendo con la rubia esa potente que me levanté por ahí por el cheboli de Moreno, hermosa. Normita. Linda ella, es buena, ¿viste esas minas buenas? Así con esa cosa de inocencia del conurbano. Así que me invita a la casa que quiere llevarme a comer, que me regaló un par de camisas. Claro, yo algo de pinta tengo todavía y medio que me quiere llevar de las amigas presentable… yo la quiero pero… bueno, cuestión que la Normita cuida animalitos, está en un grupo de Facebook de esos que cuidan animales y entre quienes integran esos grupos cuidan gatos, los lavan, los secan, les dan la papita, el agüita, les dan las vacunas y les hacen operaciones. ¡Atendeme a eso que les hacen operaciones, eh! ¿Qué pasa con las operaciones?

 

–¿Qué pasa? –dijo Gonzalito haciendo montoncito.
–¡Cuestan guita! ¿Cuánto? Tres, cinco, nueve lucas así de una. Se financian entre ellas, autogestión, van, piden prestamos al municipio, son tenaces las minas esas, yo las respeto. Entonces, ¿qué hice? Me metí en el Facebook al grupito y puse “qué lindo gatito” y “hay que seguir trabajando”, y ese verso como para hacer chapa, las amigas de la Normita me conocen, yo un par de veces llevé un par de mininos a operar. Medio que me dieron luz verde desde ahí, ¿entendés? Entonces no va que me fijo en el Facebook y hay un montón de grupos del Oeste, de Moreno, Ituzaingo, La Matanza, Hurlingham, Merlo, Morón, todo el Oeste. Y hay varios grupos, yo después te paso los nombres. No va que la otra vez voy solo a “huellitas”, el lugar donde está la Norma, y me dicen que si no les puedo hacer un favor y llevar un gatito a operar y después a General Rodriguez que ahí hay una persona que lo va a agarrar para tenerlo en tránsito creo que le dicen. Entonces le digo que sí, que lo puedo llevar pero en un par de días, que no hay drama, entonces las mina me dice buenísimo y me da el minino: una cosa negra y horrible y pobre y me da luca y media para que lo vaya a hacer operar y le digo ¿qué paso?, pobrecito mishifú y blablá y la mina me dice que tiene una patita que hay que entablillarla y que esto y que lo otro. ¿Y entonces, Gonzalito? Y entonces me fui a dar unas vueltas y agarré un gatito de la calle, viste que hay lugares donde está lleno: estaciones de tren, inmediaciones de las villas, hospitales… agarré a uno, negro y más o menos parecido al que me dieron pero más o menos. Y yo pensé: si tiene tres millones de gatitos estas locas de mierda ni deben saber cuál es cuál. Entonces agarré el otro sanito y se lo llevé a un amigo que es enfermero ahí en el Posadas y necesita unos mangos. Es del palo, digamos. Él sabe, entonces le pone al sanito una tabla y una venda en la patita, ¿viste? Se la pone ahí y me dice listo, dale que sale perfecto. Le tiré 50 pesos y le dije que por ahí necesitaba más favores como este y me dice dale que va y se guardó el sarmiento en el bolsillo de la camisa sin vacilar. Entonces agarré el auto y me fui a casa, medio que mi vieja me dice qué es ese gatito qué pasa pero después no hinchó más las bolas. Entonces pensé y maquiné dos días en casa el finde, viste, no salí, me guardé, el domingo tomé unas copas. No vas a creer que no tuve culpa, Gonzalito, pero hay que sobrevivir. Entonces pensaba: qué pasa si se da cuenta, qué pasa si salta la ficha y dije no pasa nada, ¿qué carajo va a pasar? Si hay gente que hace cosas tremendas y anda sin dramas. Y me dije para mis adentros “tengo que dejar de pensar”. Los que piensan pierden, hay que hacer así, porque así se hace el mundo y la guita, haciendo no pensando, qué va a pasar si hacemos A o hacemos B, entonces encaré para la dirección que me dieron, el minino saltaba por todo el auto lo más bien, no parecía que lo hubieran operado porque claro no estaba operado. ¿Me seguís? Así que le di unas gotitas que compré para sedarlo y así daba la pose de recién operado. Y más o menos se calmó el bichito que quedó tumbado.

 

Ibáñez se acomodó aun mas, corrió los pocillos del centro de la mesa y los posicionó en cada punta despejando el área como si lo que saliera de su boca fuera tan importante que hiciera volar por los aires todo lo que se encontraba en su camino.

 

–Toco timbre, ¿viste?, y digo “hola, Marisa, soy Carlos, vengo de huellitas. Sí me dice la mina y sale, me saluda y yo le muestro el gato y ella lo mira extraño. Y yo medio que me cagué un poco. Y ella dice “no sé por qué me lo imaginaba de otro color, pero no sé, si ni siquiera vi una foto”, y se rió medio nerviosa. Es hermoso le digo yo, ni lento ni perezoso, para cambiar el tema de la identidad del felino, es buenito. Yo me encariño enseguida, le puse de nombre “pelusita” pero si querés le podés cambiar el nombre le mandé. La operación salió joya, pero tiene un carácter un poco inquieto y lo vas a tener que sedar para que no se resienta de la patita, pero me dijo el veterinario que como es joven en una semana lo podés desentablillar y listo. ¿Viste que fue una operación menor? Sedalo, a mí no me gusta hacer eso, pero no se queda quieto, Marisa. Bueno, me dijo ella. Y la empecé a chamuyar con qué lindo barrio y qué bonita tu casita y a qué te dedicas y pim pum pam, esperé a que pasen un par de días hasta que me cayó un mensaje de la mina de  Huellitas agradeciendo por lo que hice y que tenían una situación similar, si podía llevar a un perrito que estaba abichado por Moreno, ahí me porté bien, además era un perro, los perros son un quilombo para cambiar, los gatos… los gatos de los pobres son todos iguales, feos, raquíticos, medio ariscos, los perros son distintos, son otra cosa, ¿entendés, Gonzalito? Después yo me ofrecí a llevar un gatito que había que operarlo de orejas, feo el minino ese. Mamita, qué cosa más horrenda, aparte yo no sé si los gatos se pasan la data o qué, pero este me rasguñó todo como si supiera el hijo de puta. La cuestión es que me pasan tres lucas y me tiran unos pesos para la nafta. Agarro a otro minino parecido, pero este me costó más encontrarlo. Porque no todo es tan fácil, Gonzalito. Se lo llevo a mi amigo enfermero y pum, le hace un laburo bárbaro en las orejitas, le mandó una cinta que encontró ahí y chau. Lo devolví. Las pibas del lugar chochas con el gato, claro, si escuchaba fenómeno, diez puntos. Se caía una pluma y escuchaba el bichito. La cuestión es que la última que hice fue una operación grande, me dijeron que era de suma urgencia y que me iba a acompañar una tal Betiana. Yo empecé a meter excusas con el horario para poder ir solo, le dije, vos fijate qué vivo que estuve, porque insistí que lo lleve otro porque a mi entender esa operación no se podía demorar pero que no podía por los horarios, que si ellas querían yo podía tal día pero a la nochecita y que tenía un veterinario de campo amigo, les mandé que podía solucionar lo de la operación, que era un tipo muy bueno que estaba de paso en Buenos Aires porque iba y venía a Azul y a otros lugares de por ahí. Resulta que me dijeron dale que sí, Carlitos, y me pasaron ocho lucas. Ahí le tuve que pasar una luca al enfermero. El reemplazo para este lo tenía en casa, porque fui acumulando, ¿entendés? Fui encontrando mishis por ahí, iba a buscar a capital que en algunas plazas van y te los regalan sin muchas preguntas y los fui poniendo en la casa de mi vieja en el fondito. Y el enfermero, te decía, le hizo terrible laburo. Le paso una presto barba en la panza para que pierda pelo, le puso un poco de anestesia y lo coció encima de la panza sin abrirla, como que lo hizo para que le quede la marquita, después le metió unas vendas, como que lo momificó y listo, pasó.
–¡Ah! Y yo a todo esto, ¿qué tendría que hacer? –preguntó Gonzalito, que ya estaba merodeando la modorra.
–Dos cosas: la primera es que yo no puedo tener a todos esos gatos de reserva ahí, son como quince o veinte y el fondo es chiquito. Es fácil mantenerlos, les doy arroz y cada tanto baldeo y listo, pero mi vieja es rompe huevos y además descubrí que es medio alérgica a los gatos, le salieron unas ronchas en la piel –mintió Ibáñez–, vos tenés en la casa de tu tía un lindo galponcito, los metemos ahí. ¿Entendés?
–Y no sé –dudó Gonzalito–, pasa que mi tía…
–Tu tía las pelotas, González –le espetó Ibáñez cambiando el tono y los modos–, poné los huevos y lleva guita a tu casa, hermano. Te voy a dar tres lucas para arrancar, ¿ta?
–Sí, sí –dijo González tragando saliva –, ¿y la otra cosa?
–Vení, seguime –dijo Ibáñez.

 

Caminaron hasta el Citroen, Ibáñez no estaba nervioso pero sí inseguro. Se puso un pucho en la boca sin prenderlo, lo hizo jugar por sus labios, relojeó la zona y le ordenó a Gonzalito que se ubique en un lugar determinado para taparlo. El cielo estaba enteramente gris y una brisa escueta sacudía la copa de los árboles de manera tenue. En la calle no había un alma, salvo por un niño pequeño que atravesó corriendo la calle de manera fugaz. Ibáñez miró a Gonzalito con aire serio. Abrió el baúl del auto y de allí se desprendió un olor extraño y nauseabundo. Levantó un cartón, debajo había una caja con mantas y desde allí extrajo un gato famélico al que tomó por el cuero. Temblaba y su respiración era casi imperceptible, mientras la cara de Ibáñez se contraía en una mueca que oscilaba entre el asco y la misericordia.

 

–Yo soy un hijo de puta –dijo Ibáñez–, pero no los puedo matar, estos son los que me dan para operar y ya no sirven. El Rubén mató un par pero es un loco hijo de puta, los cuelga, los tortura y me cobra carísimo. Este es el primero, es Pelusita.

 

Lo envolvió en una manta y se lo tiró a Gonzalito.

 

–Tomá, matalo y tiralo en algún conteiner de basura. Mañana nos vemos.

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