Historias sin punto final
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#16 · Terremoto adentro

Por Joaquín Laurens
Ilustración Juan Battilana

Hace media hora que lo apagué, pero todavía me punzan en la sien los zumbidos del celular. El efecto es bien físico: puntadas profundas en la cabeza que me sacan el equilibrio, un remolino en el estómago, pozo negro de angustia que empuja el diafragma hasta hacer brotar involuntariamente las lágrimas, que a esta altura ya tienen cada vez menos sentido, que son pequeñas gotas en el mar de frustración en que me encuentro. De bronca. De tristeza. De no sé bien qué, pero sé dónde: en el cuerpo, todo entero, ruborizado en pudor, aureado en un calor enfermizo que mi mente sólo augura superarlo con una única solución drástica. Que me trague la tierra.

 

La culpa la tengo yo. La culpa la tiene él. La culpa no la tiene nadie. ¿La culpa de qué? La culpa de garchar: todo el puto mundo garcha. Nos filmamos para nosotros, un juego, somos grandes, sabemos que puede pasar. Pero nunca pensás que te va a pasar hasta que te pasa. Eso, valga la redundancia, pasó toda la vida, desde muchísimo antes de que existieran estos celulares del orto. Igual al que se le filtró fue a él, pedazo de pelotudo. Total, el pibe queda como un campeón, nosotras como dos trolas. Está bien, el flaco tampoco tiene la culpa de que la sociedad sea una cloaca hipócrita y machista, pero: ¡qué pelotudo por dios! ¡Cómo se te escapó! Ya está, ni quiero hablar con él ya. ¿De qué sirve? Ya excede, ya es sol y nosotros somos manos. Lo que me diga, la explicación que puede tener, no me va a servir. Lo hecho, hecho está, como yo, que estoy hecha mierda.

 

Y no es por arrepentimiento, o por culpa. Yo no hice nada malo. Es el hecho de querer encerrarme en una cueva como topo, un par de años, hasta que se olviden del asunto. No quiero volver a mirar a los ojos a ninguna persona que conozco. No tengo fuerzas para enfrentar esas miradas. Voy a saber que ellos saben. Mi panza no encuentra más formas de retorcerse, tengo que dejar de pensar, me estoy haciendo más daño sola. Pero pienso en mi viejo, solo lo pienso, y estallo de nuevo en una crisis nerviosa que esta vez me obliga a tirarme en el piso. Grito, lloro, me quedo sin aire, me arqueo, pataleo. Al rato logro calmarme. Busco entre mis cosas, y maldigo haberme hecho la doc new wave con mis amigas. Solo eso explica que no tenga Alplax en mi casa. Con una pastillita podría sumergirme en la bobera que necesito. Poner en stand by la mente. Esta es una situación extrema. Y ahora que lo pienso, vivir en la bobera también. Pero no puedo ocuparme ahora. Ni me alcanzo para dejar de llorar.

 

Me baño un rato largo. Me ayuda a calmarme. El agua cae sobre mi cuerpo. Me acuerdo que ese día también nos bañamos, los tres juntos, fue hermoso. Me excito y me empiezo a tocar pero enseguida caigo en cuenta de que esa calentura desenfrenada que a veces me agarra, fue la que me hizo actuar sin reparar del todo en las consecuencias. Y estar ahora en esta situación. Lloro de nuevo. Al menos mañana no tengo que ir al hospital: ni mañana ni nunca. Me agarra un escalofrío por la espalda tan solo con imaginar la escena. Les veo la cara a todos, al cuidador del estacionamiento, al guardia de seguridad en la puerta, a Bety -la del carro que me trae el café a la mañana-, al técnico radiólogo que no para de encararme, a mi jefe y sus chistes boludos, a mis residentes a cargo. Quiero esquivarlos a todos, hasta que se olviden. Voy a tardar un tiempo en buscarme otro trabajo, en otro lugar, pero es lo que menos me importa.

 

Quiero escapar. Fantaseo con el suicidio, pero no más que lo que lo hice toda mi vida, tan sólo para descubrir que “no soy de esas”. Pero qué bien me vendría en este momento. Tal vez hasta los haga reflexionar un poco a todos, tal vez les labure la culpa y empiecen a tratar de modificar ciertos aspectos, tal vez juzguen menos, tal vez se vuelvan un poco menos hipócritas. O tal vez compartan mi carta de suicidio por whatsapp acompañando el video. Como para alimentar el morbo. Me da rabia. Me da impotencia. Es un río imposible de parar, es la cloaca maestra.

 

De a ratos, me levanto de la cama y voy hasta la heladera. Agarro la botella de agua y tomo del pico. Desmesuradamente. El agua escapa por la comisura de los labios. Tomo agua de más. Para estoquearme y poder seguir llorando un buen rato en la cama. Y porque no me importa. Porque no me importo.

 

Ya no sé cuánto tiempo pasó desde que me anoticié de esta desgracia. Horas. Insuficientes horas. Mi cuerpo catatónico ya no responde demasiado. Aun así, me llego hasta el baño para chequear los embates de mi agonía. Me veo en el espejo. Pero no logro mirarme a los ojos. Se me funden las imágenes, como si el espejo fuera la pantalla y mi cara no estuviera derruida, sino mirando fijamente a la cámara, degustando samaritanamente una pija, como hija de buen vecino. Estallo. Estalla el vidrio. Me derrumbo en lágrimas, una vez más, y siento la sangre correr por mi puño. Pero no me importa. No me importo.

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