Historias sin punto final
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#19 · Campo de batalla

Por Sabrina Sosa
Ph. Cosme Andaluz

 

Pubis a ombligo. Llevo la respiración al pecho, costillas y suelto. Ahí te levantás, dale, despacio que yo te tengo, te ayudo acá, te sostengo los pies. No puedo, dice Julia. Sí, sí que podés, despacio, vení, le contesta Cecilia, mientras la ve venir. Los brazos al costado de la cabeza, el top deportivo que le ajusta las tetas. Le distingue la espalda en el espejo que tienen atrás, el surco de la columna, la línea recta que dibujan las calzas en el horizonte, otra vez la piel descubierta que deja el top.

 

Cuando sube la tiene entre las piernas, a la altura de las rodillas. Le mira la cabeza desde arriba, le siente el olor al champú o a la crema para peinar. Julia tiene el pelo lacio y corto, a la altura de los hombros que le quedan desnudos y pronunciados sin nada que les caiga encima. En cambio Cecilia tiene rulos hasta la cintura, los huesos grandes y firmes de los hombros nunca llamaron la atención de nadie con ese largo y ese volumen. Julia no la puede tocar, pero si suelta el aire se lo pega en las piernas. El calor de la respiración la hace transpirar, pero disimula. Hace un sonido exagerado con la boca como si fuera parte del ejercicio y continúa.

 

Al terminar la clase, no se aguanta. Se apantalla con una carpeta en donde guarda las fichas personales, y traga agua, culpable e incómoda, como si alguien la hubiera visto tirar una colilla de cigarrillo encendida en medio de un bosque seco, y supiera del incendio que está a punto de provocar. Resiste con vergüenza las miradas y las risas de las alumnas que le pasan por al lado, la saludan y se van.

Julia, por su parte, se frota suave los brazos con las manos. No decide si ponerse el abrigo ahora o cuando salga. Tarda en guardar sus cosas en la mochila, primero las acomoda y luego, las vuelve a sacar. Se sienta en un banco que está al lado de la escalera que da a la calle. Se levanta, amaga con irse. Vuelve convencida y se acerca a donde está Cecilia que sigue con el agua y las carpetas. La soltura que le falta para los ejercicios aparece cuando habla. Nos quedamos solas, le dice. La última palabra suena en los oídos de Cecilia como un estruendo a pesar de que la voz de Julia es suave y pausada. Solas, se repite a sí misma al tiempo que se descubre en el espejo, casi desnuda, la cara encendida, los labios pálidos. En el pecho comienzan a dibujarse unas aureolas rojas que de a poco se multiplican. Desde el cuello hasta los brazos, la picazón es inminente. Mantiene la calma y no se toca. Solo se lleva una mano al pelo y se arregla un poco. Cierra los ojos y respira, no podemos. Sí podemos, dice Julia. Y queremos, agrega con una voz que no parece suya.

 

Pero el miedo es tanto que las manchas bajan hasta las piernas. Las ve precipitarse cada vez con mayor decisión y apenas alcanza a rascarse en un lado, las aureolas brotan furiosas en otro. Sigue frente al espejo y cuando el ardor para, se mira. Se busca, desconocida, atravesando un portal de vidrio, reflejada en su mejor versión. Tiene una erupción desenfrenada en todo el cuerpo y hasta los rulos comienzan a picarle sobre la piel seca y sudorosa.

 

Sí queremos y podemos, estamos solas, repite Julia. No acaba de terminar de pronunciar la frase que se para detrás de Cecilia, y esta vez pareciera que es ella que la sabe. Sí, sí que podés, despacio, vení, le dice mientras le rodea la cintura. Yo te sostengo acá, y le atraviesa una mano por el vientre y con la otra le gira apenas la cara, solo para dejarse oler. La mano en el vientre hace lo suyo y baja hasta sumergirse por completo en el pubis, acariciándolo, buscando con los dedos la humedad y el límite preciso hasta donde poder avanzar.

 

Al día siguiente, Cecilia amanece y la dermatitis persiste. En la cama donde se enfrentaron los bandos, ahora hay escombros y muertos. Una leve sonrisa se le dibuja en la cara. Diego respira, aún duerme. En dos horas viajan al Sur para arreglar las cosas, así lo decidió él y ella lo aceptó sin objetar palabra. Desde que están juntos, cada vez que algo anda mal, hay que viajar. A esta altura es evidente que las cosas se solucionan así y nadie lo discute. Cecilia lo mira de reojo, con la parte que ve, se imagina el resto. La boca entreabierta rodeada por una barba de días, la mano derecha sobre el pecho, la pierna izquierda en un ángulo de 45 grados, destapado. Si al menos no roncara, se dice a sí misma, e imagina el fastidio de los días que vendrán sin poder pegar un ojo, pero celebrando el triunfo de haberlo arreglado todo.

 

Antes de que se despierte, sale de la cama y corre al baño. Se mira al espejo, se reconoce una por una las manchas convertidas en erupciones. Nunca antes le gustó tanto el rojo fuego ni sintió placer al rascarse como ahora. Se ve hermosa esta mañana. Las acaricia con gusto y besa las que puede, las que están a su alcance. Abre la ducha y deja correr el agua caliente. Espera un rato hasta que el vapor cubre por completo el baño. Primero, prueba con un pie y luego con otro. Se estremece pero no abandona el lugar, se mantiene con la espalda derecha, pubis a ombligo. Permanece hasta que la piel enrojecida empieza a abrirle paso a la carne. Ahora sí, no podremos ir. Esto sí que no tiene arreglo, piensa, mientras se ayuda con las uñas a levantar los pedazos que aún resisten.

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