Historias sin punto final
redaccion@revista27.com.ar

#21 · Casa en ruinas

Por Ariana Santa

“No me pidáis presencia. Las almas huyen para dar canciones: alma es distancia y horizonte: ausencia” (fragmento de poema de Antonio Machado, escrito sobre una pared en Monserrat)

 

Me habían conseguido trabajo en un hostel. En uno de los primeros que tuvo Buenos Aires. Tenía 21. Volvía de unas vacaciones mochileras en el sur con una despedida a cuestas de mi novio de entonces y apenas pude atranqué en el sucucho del barrio sur. Así le decía mi viejo “sucucho”. Había entrado una sola vez, pero así lo llamaban en casa.

 

Mi semana de trabajo empezaba los domingos. Salía de casa 7.30, compraba Página/12 y entraba. Lo primero, limpiar el cenicero. Se fumaba mucho antes. Después, muy sigilosamente, buscaba a Agustín. Él cubría el turno noche y podía estar durmiendo en cualquier cama, con cualquier chica. La inglesa, la australiana, la tana, las más de las veces, la sueca. Una vez que lo veía, me quedaba tranquila. Internamente, lo cuidaba. Agustín fue mi amigo más entrañable de esos años. A las 9, Ana bajaba las escaleras palaciegas del caserón. Ana era de Misiones y bajaba con el mate a cuestas y su sonrisa pegada. Me charlaba de cualquier cosa y enseguida escuchábamos el shhhh. Entonces nos íbamos a la cocina, que estaba a unos cuarenta metros del escritorio que hacía de recepción. Si sonaba el teléfono o el timbre, deslizaba mis topper sobre el suelo encerado por Ana los días viernes, y las más de las veces, me caía, me chocaba contra la mesita de las guías turísticas, pero llegaba a los ring de las sorpresas.

 

La cocina era oscura y siempre nos ofrecía curiosidades. Mirábamos todo lo que habían cocinado los gringos la noche anterior: lavaban los platos pero no las ollas, así que pispiábamos. Papa, fideos, cebollas, morrones, regularmente carne linda. Nuestro país tan generoso. Ana me mateaba pero mi tarea de esa hora era preparar los desayunos. Esto incluía abrir la bolsota de cereales, echarlos sobre unos potecitos personales que ya estaban sobre la vieja mesa de roble envigada (con cuidado de que no cayeran por entre los agujeros de las vigas), separar dos frutas junto a cada uno de estos potecitos y poner agua a hervir, para que cada uno se preparara la infusión deseada. Esto casi nunca funcionaba ya que en su mayoría los gringos querían probar el mate. Así que Ana seguía cebando y era la estrella del momento desayuno. Yo oficiaba de traductora: “Ariana, explicale que la yerba crece como maleza en mi tierra, que es cerca de Iguazú… Ari a ver qué me dice este chico, no le entiendo, ahh me estaba piropeando, decile qué cuántos años tiene, preguntale si baila tango, escuchame, decile a la gurisa que le coso la mochila, va a perder todo con el bolsillo abierto así, decile que le cobro unas monedas…” Para esto, las corridas eran permanentes, el diario había quedado abierto sobre el escritorio y la gringada preguntaba: “¿quién es este Kirchner que ganó las elecciones?”.

 

Las habitaciones del sucucho internacional tenían nombres en lunfardo: “arrabal”, “bulín”, “cambalache”, “despiole”, “empinado” (la más difícil de limpiar), “firulete” (la doble con cama de esposos, decía Ana). Al año de trabajar ahí, los dueños abrieron dos más arriba, pero ya no recuerdo sus nombres. También para ese entonces, la que nos oficiaba de pequeña oficina se volvía habitación y nuestro trabajo se precarizaba, para ese entonces yo y unos cuantos más ya no nos encontrábamos ahí. Antes que se convirtieran en habitaciones, en las piezas de arriba teníamos una sala de juegos, tan grande que podíamos bailar, jugar al ping pong, mirar tele y colocar colchones, todo al mismo tiempo. Tendría unos 40 x 20, los techos altísimos y en las paredes colgaban afiches de retratos, de películas y alguna pintura de Fader, resistiendo.

 

Bajando las escaleras principescas te volvías a encontrar con el escritorio de recepción y casi siempre con mi rostro o el de Damián, mi compañero de tareas. Damián era rubio, alto, capaz, considerado, caballeroso, responsable, responsable como no lo éramos Agustín ni yo. Y adoraba ese hostel-casa.

 

Detrás de nuestros rostros compañeros, estaba la compu que era un armatoste y casi siempre funcionaba mal. Hoy es de no creer que hubiera solo una y que nos manejáramos sin internet para las reservas. Teníamos unas hojas oficio que pegaba Dami con scotch, casi siempre eran tres que plegábamos y tenían marcados los días y abajo una lista de los cuchitriles en lunfardo donde iban los nombres de los pasajeros. Los escribíamos en lápiz porque los gurises se mudaban de cuarto hasta que se iban, porque al fin y al cabo eran siempre los mismos, teníamos viajeros a los que les costaba irse, eso nos caracterizaba. La goma de borrar nunca aparecía, así que el listado estaba lleno de tachaduras y la mancha verde del mate que se caía por encima de las hojas nos hacía sentir en casa. Ahora sé que con Dami y Agus hacíamos magia con esa papeleta, no era otra cosa que magia cambiar los nombres de lugar pero mantenerlos.

 

El escritorio, el listado, la compu pareciera que hoy los veo frente a mí. El pasillo hacia la cocina no lo veo tan claro, era oscuro en sí y al dueño del hostal se le había ocurrido en un momento que escribiésemos frases, saludos, meils sobre la pared, así que a esa pared graficada del pasillo le cuesta incluso hoy presentarse en mi memoria. Cuántas personas se habrán comunicado por ese medio, cuántos llamados, cuántos gritos, cuanta despedida, las huidas y las costumbres. Porque hasta viajar se vuelve una costumbre cuando tenés 22, un poco de libertad, unos mangos y sobre todo ganas en los brazos-alas.

 

En “despiole” durmió el negro Coster unos cuantos meses. Todavía veo su camisa, doblada sobre una silla que se había apropiado de la cocina. Su toalla, blanca y limpia. Y su enorme sonrisa que animaba mis días sin fe con una cumbia nigeriana, consecuencias de la hibridez general.

 

En “empinado” dormía un inglesito bueno, que me prestó su cepillo de dientes y que me cuidó después de una noche eterna de rechazos.

 

En “arrabal” que daba a la ochava de Alsina y Tacuarí, Monserrat, y que también era difícil de limpiar porque las arañas eran muy laboriosas, dejaron una valija olvidada que nunca vinieron a buscar y que me proveyó de ropa copada dos veranos.

 

En “bulín” se quedó a vivir un polaco que me hablaba de Bukowski y que fue el que después del rechazo me acompañó a conocer otros mundos posibles.

 

En “cambalache” se quedó a vivir Lorena, una gallega de Madrid que también se enamoró de Damián, después del inglesito, de mi ropa, de mis gestos pero que nunca se quiso hacer mi amiga.

 

En nuestra oficina dormía Sebastián, un nómade de Villada, Santa Fe, que en crisis del campo había llegado a Buenos Aires y trabajaba durante el día en la librería del Colegio Nacional y por las noches en el  hostel, cuando Agustín desensillaba en su conurbano. Sebastián hoy vive en Berlín y ni se imagina todo lo que lo extraño.

 

Subiendo las escaleras de este castillo porteño, ya conté que llegabas a la sala de juegos, pero hacía frío arriba y yo siempre tenía que atender el teléfono, así que rara vez subía esa lomada. Pero Ana, sí, día y noche al menos dos veces, porque Ana rancheaba en unos cuartitos que se había armado atrás. Nos invitó a todos para la comunión de su nena más chica, y ahí el teléfono quedó abandonado, lo lamento incluso ahora por el que se quedaba afuera de esa payada internacional.

 

Hoy, al recordar aquella casona del barrio sur, lo que más extraño, aparte de las variadas historias que escuché, los días plenos de compartir, amar, jugar e intercambiar tesoros patrios, son las sorpresas de llegadas. Al abrir el timbre desde arriba y sin preguntar, nunca sabías quién sería el próximo o la próxima en subir la larga escalera de entrada, que no la había nombrado porque por esa misma escalera subieron unos ladrones que casi matan a Damián, de un tiro que le dieron y que le atravesó el pecho al lado del corazón. Damián había amado ese hostel y no se merecía esa retirada con final tan triste. Hoy escribo esto para homenajarlo, para abrazarlo a la distancia, a aquel que me consiguió aquel trabajo-vida en esa casa.

 

Esa casa que no rompió del todo su corazón porque ya había roto unos cuantos antes.

 

Post Tags
Share Post
No comments

LEAVE A COMMENT

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.