Historias sin punto final
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#23 · El año que vivimos en Apartheid

Por Solange Rodriguez Soifer
Foto Camila Victoria Polo

Mi abuela Fanny creía que cada vez que sonaba el teléfono o tocaban a la puerta, estaba en peligro.  Sospechaba que era algún vecino intentando robarle o que alguien vigilaba sus movimientos para hacerle el cuento del tío. Cuando iba a visitarla, sabía que si un timbre nos sorprendía, el protocolo de seguridad se activaba. Entre las medidas a tomar, estaba convertirme en estatua, moviendo apenas los pulmones para no morir, y hablar en susurros hasta que la amenaza pasara.

 

Lo curioso es que este comportamiento tuvo un final profético; en vez del cuento del tío, acabó resultando el cuento de los hermanos. Cuando murió mi bisabuelo, la embaucaron para quedarse con su parte de la casa.

 

Hereditario o no, a mí también el bichito de la paranoia me picaba, pero solo cuando estaba cerca de algún instrumento de la ley. Desde la alarma del supermercado “que no suene cuando salga”, un control policial “que no me vean cara de sospechosa”, o el patova del estadio “que no sea una entrada trucha” . No era porque tuviera algo que ocultar, sino que se trataba de una angustia inexplicable, que deformaba todo hecho para hacerlo encajar en las teorías más delirantes. Como por ejemplo, solicitar un cambio de domicilio y pensar que porque el policía se demoraba más de la cuenta, solo podía ser porque aparecían en mi expediente antecedentes falsos. O alterarme en un aeropuerto si un perro policía me miraba, imaginando que en su lenguaje de ladridos me acusaría de narcotraficante, aún cuando la única droga en mi equipaje fuera una aspirina.

 

Y precisamente ocurrió durante un viaje de vuelta a casa donde tuve que tutearme con la ley.

 

Corría el año 2009 cuando una idea polémica se propagó como un virus. El paciente: todo el planeta. La causa: pollos y gallinas.

 

La noticia parecía salida de la película 12 monos y recorrió el mundo bajo la carátula de “Gripe aviar”. Los primeros casos se registraron en el hemisferio norte, justo donde estaba viviendo.

Debía viajar a Buenos Aires desde la provincia de Alberta, y fue en ese aeropuerto donde comenzó el calvario. La amenaza esta vez no eran los perros, sino una pistola térmica. Además de los controles normales, los pasajeros éramos escaneados por un detector de temperatura, una especie de scanner de supermercado.

 

Cuando fue mi turno, empecé a sentirme sofocada. Mientras el agente me registraba de arriba a abajo, sentía que en cualquier momento el sensor iba a lanzar una batiseñal de ¡peligro, individuo pestilente!

 

Pero la alarma al final no sonó y el oficial me hizo el gesto de avanzar. Tomé entonces mi valija y me adelanté a un grupo de japoneses que intentaban ser escaneados todos juntos, mientras un agente perdía la paciencia explicándoles que debían pasar de a uno.

 

Estando arriba del avión, pude respirar tranquila pensando que lo peor ya había pasado. Lo confirmé cuando vi minutos después el rebaño de orientales aparecer por la puerta y pasar hacia el fondo de la aeronave. Compartíamos el insólito logro de no tener fiebre.

 

Del control nos avisaron que iban a rociar un desinfectante y ahí mi calma se esfumó como si nunca hubiera existido.

 

La azafata apareció rociando el spray con una sonrisa de oreja a oreja, igual que si estuviera en una publicidad de aromatizante de ambientes.

 

Sabía que el mínimo contacto con esa sustancia infernal, desataría el caos en mi nariz, por lo que tenía que adoptar una medida de salvataje: respirar por la boca.

No estaba exagerando la situación, sino que aún me dolía el trauma del día anterior, cuando fui víctima del apartheid de la gripe. Estaba abstraída leyendo en el micro, y sin querer cometí el imperdonable error de atragantarme con mi propia saliva. El pasajero sentado al lado mío, sin siquiera mirarme, abrió la ventana y viajó todo el resto del trayecto con la cabeza afuera, como si fuera un perro paseando en auto. El problema era que estábamos en pleno invierno canadiense, pero el temor era tal que aquel hombre prefería morir con el cerebro congelado antes que por contagio.

 

Me tuve que cambiar de lugar y autoexcluirme a los asientos del fondo, donde nadie tuviera que sufrir mi pecaminosa presencia.

 

Y para evitar un nuevo incidente, sobre todo porque en los aviones no hay ventanillas abiertas ni escapatoria posible, es que estaba en ese momento como pez fuera del agua, exprimiendo cada bocanada de aire por la boca. Aunque el remedio resultó peor que la enfermedad; una picazón me empezó a subir por la garganta.

 

Carraspeé un poco tratando de contener la tos, pero era cada vez más difícil. Hice que miraba por la ventana para disimular, mientras con la vista periférica chequeaba que la señora sentada a mi lado no se diera cuenta de mi condición.

 

Por suerte en la cartera tenía caramelos de miel, comprados no por gusto –de hecho los odiaba–, sino como medida preventiva. En esa época, los antialérgicos y los caramelos eran tan imprescindibles como la insulina o la vacuna antirrábica.

 

De tanto aguantarme sentí que me estaban por explotar los ojos, mientras revolvía mi bolso con la desesperación de quien acaba de ser envenenado y no encuentra el antídoto. Para ese entonces mi color era bordó y la carraspera se volvía cada vez más frecuente; temía que en cualquier momento una explosión violenta surgiera desde lo profundo de mis entrañas.

 

Cuando ya me estaba tornando azul, mi mano fue a dar con el paquete. Lo abrí de un manotazo, el envoltorio voló por los aires y empecé a chupar el caramelo como si fuera un bebé que le acaban de devolver el chupete.

 

Respiré hondo. Pero me di cuenta que lo estaba haciendo por mi frágil nariz y el pánico otra vez se apoderó de mí, porque las partículas tóxicas aún podían estar flotando en el aire. Conté los minutos esperando lo peor. Nada. Cuando me sentí segura, sonreí orgullosa; el interior de mis fosas nasales estaba bajo control.

 

Tanto estrés me dejó exhausta y me quedé dormida. No sé cuánto tiempo pasó cuando me despertaron voces; eran los pasajeros que hablaban unos con otros en un tono elevado, pisándose; parecía una gran cena navideña.

 

Iba a preguntar qué estaba pasando, cuando vi el grupo de auxiliares de vuelo pasar corriendo por el pasillo hacia la parte trasera del avión, con la mirada fija en el frente y sosteniendo un maletín negro. El recuerdo fresco del 2001 me hizo temer lo peor.

 

A los pocos minutos, comenzaron a aparecer pasajeros del fondo, apurándose por ocupar los asientos vacíos como en un improvisado juego de las sillas.

No hicieron ningún anuncio por el altavoz, y cuando le pedí explicaciones a una agitada azafata, se limitó a responder:

 

–No se preocupen, es solo una medida preventiva.

 

Llegamos a Chile, una escala que se suponía corta, pero nos avisaron que el avión iba a sufrir una demora, porque se habían visto forzados a bajar unos pasajeros.

 

Mientras esperaba desconcertada en el aeropuerto, un señor de cachetes colorados y pelo tan blanco como papá noel, me empezó a hablar:

 

–Yo estaba al fondo, espero que no sea nada.

–¿Por qué? ¿Qué pasó?

 

Puso la mano de costado al lado de la boca y dijo:

 

–Uno de los ponja, estornudó.

 

Iba a responderle, cuando el hombre miró por sobre mi cabeza y quedó perplejo, como si hubiera visto un zombie. Y más o menos así fue, porque cuando giré para ver de qué se trataba aquello tan terrorífico, me encontré con el contingente de japoneses que avanzaba medio muerto, arrastrando los pies, mientras eran escoltados por agentes que no podían esconder su nerviosismo. Los indicios del delito no fueron perros enajenados ni manos atadas con esposas. Fueron los barbijos.

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