Historias sin punto final
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#14 · En tránsito

Por Juan Duacastella
Ph. Yasmín Anush Farhat

 

Recuerdo cuando hablé por teléfono a mi padre y le pedí que pusiera un fin a toda la rueda de locura que se había apoderado de mi familia. Lo hice desde un teléfono público en Junín de los Andes. Le pedí por favor, le dije que no podía más, que ya no aguantaba. Mi padre se congeló como un walt disney con lentes y yo casi que pude sentir el hielo que llegaba por el altavoz, parado dentro de una cabina, en la esquina del automóvil club.

 

Cuando regresé a casa después de aquel viaje fatídico, las cosas seguían igual. Como si nada, permanecieron así varios años más. No tuve otro remedio que irme, y desde entonces permanezco en un tránsito continuo imposible de detener que incluye lugares, trabajos, grupos de amigos y amores. Mi padre, por su parte, inició un lento trayecto hacia la inmovilidad, y con el tiempo sus movimientos se hicieron tan ínfimos que apenas si se percibían a la velocidad normal de las cosas. En general pasaba los días encerrado en su escritorio, agobiado por un peso que atribuía al trabajo de funcionario público, las demandas del afuera.

 

Amaba demasiado a su mujer o tal vez le temía, o sentía pena por ella, las formas habituales con que se justifican las estatuas de hielo.

 

Empiezo esta historia con otro recuerdo impreciso: regreso una noche  a casa y entro la bici por el pasillo del costado. Vengo sin pensar, la rodilla me sangra y mi campera está rota, un hilo rojo baja desde atrás de mi oreja y tiñe mi remera. Dos tipos forcejearon conmigo cruzando la vía y me robaron el reloj. La puerta está cerrada con llave así que me cuelgo del timbre. Nada. Pasan dos horas, tres, me pierdo, el tiempo es algo inasible ahora que me no puedo mirar la hora. En algún momento me doy cuenta que tampoco está mi perro, lo llamo con un silbido, grito su nombre pero no viene. Finalmente llegan mis padres. Gustavo está con ellos, viene sonriendo y la línea blanca de su dentadura brilla tan fuerte en la oscuridad que termino tapándome los ojos con una mano. No me dejaron la llave pero no se disculpan. Gustavo aprobó biología, me cuenta mi madre, como si fuera la noticia que estuve esperando esas últimas horas. Después entran a la casa y siguen hablando de lo mismo, mi madre sugiere comprar helado. Yo me quedo afuera. Para cuando se dan cuenta, llevo unos veinte cuadras de distancia, con un caminito de gotas de sangre por detrás.

 

Me cuesta encontrar aquí el momento donde todo cambió y se tornó serio. ¿Cómo fue? Trato de concentrarme pero no me sale. Estoy manejando en la ruta, mi padre viaja a mi lado, está animado y conversa, los dos nos esforzamos genuinamente por llenar los espacios vacíos que nos protegen de la sombra. Pasaron años y jamás volvimos a tener una conversación respecto a Gustavo. Hablamos mientras de racing, del peronismo, del kilometraje ideal para cambiar el auto, de la nada. Es lo que pudimos conseguir y estoy satisfecho, nos queremos pero el tema está presente y los dos lo sabemos, y mientras el auto avanza hacia la oscuridad el recuerdo nos acompaña, somos dos ninjas expertos en el arte de ignorar.

 

Recordarlo congelado es una forma suave del perdón. Tal vez sienta que el miedo de algún modo lo exculpa. Era un hombre que ponía el deber por encima de todo, y cuando el deber le reclamó romper el corazón de su esposa, no pudo hacerlo. En cambio eligió romper el mío, el de sus hijos. Tal vez confiaba en que yo sí lo perdonaría alguna vez.

 

Fuimos a terapia de familia en más de una ocasión. Íbamos a un consultorio que tenía un vidrio espejado desde donde nos observaban otros psicólogos y estudiantes. Filmaban las sesiones para desmenuzarlas, para percibir cada gesto al detalle. No era muy distinto a los interrogatorios de una serie policial. Ellos eran los detectives y nosotros los sospechosos.

 

Adentro, con mis hermanos, vomitábamos a cuentagotas. Habíamos aprendido con el tiempo a sentir el ritmo de esas sesiones, que se repetían también en casa, casi como escenas guionadas. Éramos la mejor compañía teatral. Salpicábamos momentos de drama con comentarios mordaces, llorábamos a destajo si hacía falta, nos alíabamos y traicionábamos en giros inesperados para desconcertar a los estudiosos del otro lado del espejo. Después subíamos al auto, mi madre enjugaba lágrimas que también eran de orgullo, mi padre hacía chistes para levantar el ánimo y nos compraba hamburguesas en el automac. Volvíamos a casa como si nada, en una rueda que se repetía mensualmente con los movimientos de la luna.

Gustavo fue el último de una larga lista de pibes que pasaron por mi casa. Judicializados, abandonados, en conflicto con la ley. Pasaban un tiempo con nosotros hasta que un día regresaban a sus hogares, como si nada. A veces eran adoptados por otras familias, que venían primero a conocerlos con torpeza en mi habitación, bajo la mirada de algún funcionario. Muchos otros se escapaban y nunca más volvíamos a saber de ellos. A esos los envidiaba.

 

Repaso mentalmente sus nombres, los recuerdo a casi todos. Uno de los primero fue Norberto, que quemaba mis juguetes en un pozo que había hecho en el fondo del jardín, y los convertía en una masa pegajosa del color de la piel. Así con he-man, con mazinger, con los playmobil. Todos iban a parar al agujero de fuego de Norberto. Mi madre me pedía que lo perdonase en contemplación a los problemas que seguramente había vivido, y yo lo intentaba. Me pedían que lo entienda, pero nunca reponían mis cosas. La recompensa era casi bíblica, el gusto de hacer el bien.

 

A Norberto lo adoptó una familia de Ciudad Jardín. Sus nuevos padres tenían mucho dinero y le pusieron una habitación repleta hasta arriba de juguetes nuevos, como sueña cualquier huérfano en las películas.

 

Mi madre lloraba con cada pibe que se iba de la casa. Lloraba desgarradoramente y andaba por la casa con los ojos llorosos por varios días. Se resistía a la idea, como si finalmente sintiera que se los hubieran quitado. A veces hablaba de ellos como si estuvieran de viaje y en cualquier momento pudieran volver. Colgaba fotos de ellos en las paredes, fotos de ellos con nuestra familia, celebrando sus cumpleaños, tomando la comunión. Las fotos quedaban para siempre en la casa y me cruzaba con sus ojos todos los días, una forma tácita de su presencia. Mi madre vivía un poco en el recuerdo de los niños ausentes.

 

Yo sentía culpa por alegrarme, por no poder sentir como mis padres. Estaban orgullosos de ser un “hogar de tránsito”. La gente los felicitaba por su apertura, por su caridad.  Pero yo sabía que no lo hacían por el aplauso. Lo hacían para apagar el fuego interior, lo hacían para calmar aunque sea por un momento las heridas del pasado, para dormir en paz. En cambio yo odiaba a todos los chicos que traían a vivir a mi habitación, a compartir mi ropa, a robar mis cosas, a romper mis revistas. Los odiaba porque a mí me tocaba la parte más pesada, mientras mis padres sonreían desde la puerta, rezaban un ángel de la guarda y apagaban la luz.

 

Con Gustavo la cosa anduvo mal desde el principio y terminó de derribar el delicado equilibrio con el que mi familia surfeaba los diferentes tránsitos. Su capacidad destructiva sólo tuvo equivalencias en la sed de mi madre por salvarlo. La obra de teatro mutó y los papeles comenzaron a mezclarse. Mi padre oficiaba de componedor, mi madre perdió la vista para todo aquello que no fuera su empecinamiento por salvar a Gustavo quién sabe de qué. A veces dudo si Gustavo quería salvarse de algo, o simplemente no pudo resistir la presión por cumplir él también con un papel en nuestra obra. Era quizá el papel más difícil de todos y lo llevó adelante con bastante talento hasta que el vórtice se hizo demasiado profundo y se lo devoró.

 

No eran los robos hormiga, estaba acostumbrado a eso desde chico. Tampoco la obligación de compartir todo, las salidas, los deportes, los cumpleaños, las vacaciones. Había algo más, algo oscuro que ingresó con Gustavo a mi casa, un agujero que se destapó en el corazón de mi madre y se llevó con él a todos los que estábamos alrededor.

 

 

Mientras tanto en la ruta amanece lentamente. Lo veo en el horizonte detrás del auto, mi padre duerme apoyado contra la ventana. Estuvo tratando sin éxito de mantenerse despierto para hacerme compañía. El amanecer es la peor hora para manejar, siempre decía eso. Te gana el sueño, la luz te engaña. Yo agregaría: el amanecer es la hora en que los fantasmas salen a la ruta. Por arriba nuestro pasa un cartel que indica el comienzo del camino del desierto y yo me alegro: siempre me llevé bien con la soledad.

 

Emprendimos este viaje por pedido de mi padre. Me llamó un día de la nada y me pidió si lo acompañaba. Argumentó que eran muchas horas para que maneje uno solo. Yo sentí que había detrás una invitación, perfectamente hubiera podido ir en avión. Pero ahora que vamos en la ruta y lo veo dormir estoy contento. El desierto nos abraza con su paisaje austero, el sol viaja por detrás nuestro y hace caer su luz en diagonal sobre el suelo gris que de golpe se torna plateado como la nieve.  Una sombra cruza a lo lejos la ruta, debe ser un zorro o tal vez una liebre. A esta hora es imposible saber. Era muy rápido para ser una mulita, pero me hubiera gustado ver una. El auto comienza de pronto a corcovear, como un caballito rojo encaprichado. Miro a padre que tiene los ojos abiertos como preguntando algo, mientras me detengo en la banquina.

 

Vuelvo al episodio del robo del reloj. Mi perro, que faltaba esa noche, no apareció tampoco al día siguiente cuando regresé a casa. No solía ausentarse por tanto tiempo y yo comencé a buscarlo cada vez con mayor preocupación. Un día falté a la escuela sin avisar a nadie y recorrí todo el barrio llamándolo, pedaleando despacito en la bicicleta. Volví de noche, cansado, con una idea venenosa en el pecho. Gustavo estaba en la puerta, sonriendo con sus dientes blancos en la oscuridad. Te ayudo a buscarlo, me dijo. A mí se me puso la piel de gallina y respondí: qué hiciste hijo de puta.  Él se encogió de hombros y se metió en la casa que alguna vez fuera mía. El perro apareció al día siguiente, flotando en la pileta sin vida. Mi madre sostuvo inflexible que debía tratarse de un accidente, todos sabíamos que no era así, pero la verdad era tan oscura que nadie se atrevió a nombrarla.

 

Aquel verano, el del llamado desde la cabina telefónica, mis padres insistieron en que llevara a Gustavo conmigo. Teníamos dieciséis, diecisiete años. Viajaba con otros amigos que ya lo conocían, íbamos de mochileros. Subimos a un cerro con nombre mapuche y caminamos sobre el cráter de un volcán, cubierto por miles de años de ceniza. Parado en el centro del cráter fumé un cigarrillo y pensé en el fuego milenario que dormía por debajo, esperando el momento adecuado para estallar. Esa noche escribí un poema en mi cuaderno de viajes, el único objeto que siempre había puesto a cuidado de los pibes en tránsito que habían pasado por mi casa. El poema hablaba sobre un hombre que viaja hasta la antártida y cuando regresa se trae el frío con él, como una capa gélida que lo persigue y contagia a todos a su alrededor, marchita las plantas, quiebra los cristales, muerde los pies, un frío del que sólo puede protegerse con el movimiento, corriendo hacia adelante, saltando de un punto a otro, un frío que lo alcanza apenas se queda quieto.

 

También hicimos un fogón y tocamos la guitarra, otros viajeros se acercaron a compartir con nosotros una botella de vino y algunos cigarros. El cielo era tan increíble que parecía de otro planeta y me fui a dormir sintiendo que estaba fuera del mundo.

 

Desperté en medio de la noche, el frío me besó de pronto. Helaba. La carpa estaba entreabierta. Apenas salí me sorprendió el reflejo de la luna sobre la ceniza volcánica, que se había vuelto plateada como una pista de hielo. Un fuego humeaba cerca y lo seguí. Cada tanto el resplandor era interrumpido por una sombra que pasaba por delante. Era Gustavo, que alimentaba el fuego con las hojas de mi cuaderno.

 

Esa noche nos peleamos fuerte. Al día siguiente fuimos hasta la ruta e hice dedo a un camionero que nos subió en el acoplado junto con un cargamento de leña y frutos de araucaria. El chofer se llamaba Walter. En el camino se detuvo y corrió por la banquina hasta meterse entre los matorrales. Regresó al rato con una mulita, viva, que depositó en la caja junto a nosotros dos, con una sonrisa. Un bicho aterrado que nos miraba fijo.

 

Cuando llegamos a Junín de los Andes compré un pasaje para Gustavo y lo subí a un micro. Después me metí en la cabina telefónica y llamé a mi padre,  que se quedó mudo por unos segundos, tan inmóvil se quedó, que fue alcanzado por el frío que lo venía persiguiendo desde hace quién sabe cuándo.

 

Ahora lo miro mientras estudia el motor del auto en silencio. Los dos sabemos que lo que sea no tiene remedio. Somos inútiles para la mecánica. Reviso mi teléfono para comprobar lo que es obvio, no tenemos señal. Mi padre se quema la punta de los dedos cada vez que intenta tocar una pieza del motor. La ruta está vacía, el pueblo más próximo está a varios cientos de kilómetros. Decidimos esperar y hacer dedo, pero pasan las horas y como nadie transita por ese camino, nadie nos rescata.

 

Para cuando finalmente pasa alguien es casi mediodía. El calor se puso insoportable, aguantamos sentados a la sombra del auto rojo porque no hay árboles a la vista y el interior del auto es como un horno de barro. Mi padre se tapa la cabeza con un pañuelo. Un camión se detiene y nos hace señas para subir en la parte trasera, sobre la caja. Le digo a mi padre que suba él, que vaya a buscar un mecánico y regrese por mí pero se niega. Desde arriba de la caja del camioncito estira la mano y me dice que suba, que dejemos el auto ahí, que me olvide. Yo me cuelgo de su brazo para trepar y en el esfuerzo rompo accidentalmente la malla de su reloj. Caemos juntos contra una pila de cajas y nos reímos, el camionero se ríe, por la ventanita que nos separa de la parte de adelante vemos a la mujer del camionero y también se ríe. Mi padre me da un abrazo en el suelo, como cuando era un chico y jugábamos en la plaza, y nos quedamos abrazados así un rato bien largo, mientras el camión avanza por la ruta ardiente y mi padre tira las piezas de su reloj hacia el desierto.

 

 

 

 

 

 

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