Historias sin punto final
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#20 · Hasta que se seque el Malecón

Por Lizzie Grillo
Ilustración Ariel Goldberg

 

a Andy

 

 

Todos esperaban la noche para acercarse a esa costanera donde el rejunte de gente, la zapada y la buena onda se entrecruzaban en una atmósfera recorrida por el viento cálido del Caribe y el rompimiento del mar contra las rocas. Era en el Malecón donde estaba la joda.

 

La mía era la última noche en La Habana y el Malecón era, como había sido todas las noches anteriores, el lugar donde finalizaba mi recorrido. Me habían hablado del “cañonazo”, que en realidad no sucedía exactamente allí, pero se podía escuchar a las nueve de la noche a aquellos cañones de la orilla de enfrente que descargaban sus bombas, rememorando antiguas épocas coloniales.

 

–Qué hermosa mujer, ¿de dónde sos?

 

Me di media vuelta para ver quién me hablaba. Me había interrumpido justo cuando intentaba sacar una foto a la ciudad nocturna.

 

–De Argentina –dije con una sonrisa cortés.

–¡Ah, Argentina! La tierra del Che –dijo con una mueca–. Tenemos una canción… “Aquí se queda la claaara, la entrañable transpareeencia, de tu querida presenncia…” –entonaba como podía hasta que se dio cuenta de que no podía cantarme toda la canción–. Nosotros al Che lo queremos mucho.

–Sí, sí, la conozco –dije de nuevo cortésmente. Ya me estaba acostumbrando a que los cubanos me increparan de la nada, pero esa noche no tenía muchas ganas. Desde que había llegado, había hablado con más hombres que en el último año. Es un pueblo con las hormonas a flor de piel y, naturalmente, una se contagia. Pero esa noche estaban apagadas.

–Yo soy músico y estoy allá con unos amigos, tranquilos, tocando música y cantando, ¿quieres venir con nosotros? Ven, te tomas algo, tenemos ron del bueno, ¿probaste el ron cubano? ¿Qué ron venden en Argentina?

–Sí, lo probé y en Argentina se consigue mucho el Havana Club, que es el más común para nosotros.

–Pfff, ese no es ron del bueno, ese es el de los extranjeros, nosotros tomamos otro, es más barato, pero es más bueno. Ven, mis amigos están allá y nos tomamos algo, ¿cómo te llamas?

–Me dicen Majo.

 

Y poniéndose una mano en el pecho y cerrando los ojos me dice: Yo me llamo Wilfredo.

 

–Prefiero quedarme acá, gracias.

–¿Pero por qué? Si la noche está preciosa, hace calor, calor caribeño y nosotros acá en Cuba nos juntamos y tomamos algo, no pasa nada, es muy seguro, te aseguro que no te va a pasar nada, no se escuchan esas cosas que pasan afuera.

–Ya sé que no me va a pasar nada, pero prefiero quedarme acá, aparte en un rato iba a irme más para allá –dije señalando unos cien metros más adelante.

–¿A dónde?

–Bueno, por allá, me dijeron que se puede escuchar el cañonazo.

–Ah, pero yo te puedo llevar, si lo quieres escuchar bien, tenemos que ir para ese lado que dices, pero más lejos, voy contigo, te acompaño y vamos juntos.

Así, imposible de sacármelo de encima, conocí a un cubano hermoso, un morocho con rastas que hablaba como cantando y muchas veces me costaba entender. Caminaba rápido, como queriendo escapar, pero él seguía el ritmo sin problemas.

 

–Aparte yo soy religioso –y me mostró una pulserita que hubiera jurado que representaba a la bandera de Brasil, pero no, pertenece a la religión Yoruba, de la que por primera vez me enteraba que existía.

–¿Y qué pasa con eso de que sos religioso?

–Yo no miento, yo no engaño.

–Igual, no es que estoy pensando que me vas a hacer algo, es simplemente que tenía ganas de pasar una noche tranquila.

–Pero mira, estamos tranquilos, te tienes que relajar, te noto tensa, esta noche te encuentras tensa.

–No, no estoy tensa –mentira, pensaba, estaba incómoda. En Argentina no es tan común hablar con extraños en la calle y no terminaba de acostumbrarme a eso.

–Nos quedaremos acá, mira –dijo señalándome un lugar–. Hablemos un rato, mientras esperamos escuchar el cañonazo a las nueve y después podemos ir a comer, a tomar algo. Te puedo llevar a bailar, ¿ya bailaste salsa?

–No, todavía no.

–¿Cómo que no? No viviste Cuba todavía –dijo riéndose–. ¿Hace cuánto estás en la Habana?

–Tres noches.

–¡¿Y no bailaste todavía?! Yo te puedo enseñar unos pasos y vamos a un lugar, tranquilos los dos y la pasamos bien.

–La verdad que no tengo ganas de bailar y mañana me levanto temprano porque me voy para Viñales. De acá me quiero ir a dormir.

–¡Pero es temprano! Sentémonos tranquilos y hablemos un rato. Te sigo notando tensa, relajate que hay que pasarla bien, tienes que disfrutar de la vida, acá nosotros disfrutamos de la vida, tomamos algo, cantamos, bailamos, puedes venir a mi casa a tomar unos tragos y conoces una verdadera casa cubana, ¿dónde estás parando?

 

Bueh, pensé, qué velocidad, ¡no da puntada sin hilo!

 

–En un hostel.

 

Y nos sentamos. Entre tanto, se me ocurrió preguntar: ¿Cómo es tu vida, vos tenés novia?

 

–No hablo de mi vida personal –ah listo, la que me faltaba, pensé.

–¿Viniste sola?

–Sí.

–¿Y tu novio?

–No hablo de mi vida personal –¡tomá!, grité para mis adentros y él rió mirando hacia la orilla.

–Bueno, vamos a contarnos un poco más de nosotros. Sí, tengo novia.

–¿Y dónde está? ¿Por qué no está con vos esta noche, pasándola bien?

–Porque es de Francia, mi novia es francesa y ahora está en su país –dijo con aires de superioridad.

–¿Ah, pero tienen un acuerdo de tener una relación libre?

–No, ella solo está conmigo y yo solo estoy con ella.

–Pero entonces, ¿cómo es? ¿Qué haces hablando conmigo invitándome a hacer tantas cosas?, ¿no eras religioso? –dije con malicia–. ¿Y que no mentías ni engañabas?

–Sí, yo no miento ni engaño. Pero ojos que no ven, corazón que no siente. Yo a ella la amo con el corazón, me voy a casar con ella. Y ahora solo estoy hablando con una chica muy bonita –decía al aire mientras se fumaba un faso, olor que me llegaba y me gustaba.

–Okey –lo miré de soslayo, este pibe no me cierra, pensé, qué discurso enroscado–. Bueno, ella puede estar haciendo lo mismo –acoté provocándolo–, así que, de última, estarían a mano.

–No, a mí ella no me engaña, a mí ella me ama –ya se empezaba a mostrar incomodo, y por alguna razón, me empecé a divertir. Nada me divierte más que encontrar “agujeros” en discursos ajenos.

–¿Qué sabés si no está hablando con un chico muy bonito invitándole a hacer todo lo que me estás ofreciendo hacer a mí?

–Porque la conozco, ella no me miente y no está con otros, sino sabe que me pierde, que fui –y la indignación me subía la térmica.

–Pero decime, ¿vos acá no estás haciendo exactamente eso que no querés que te hagan?

–Pero ella no lo sabe, ojos que no ven, corazón que no siente –y dale con esa frase, como si eso solucionara todo–, ella está allá y yo acá. Nos vamos a casar en breve –agregó con sonrisa forzada, se notaba que no quería hablar más del tema.

–Buen, me voy para el hostel –dije ya aburrida de la conversación, levantándome y empezando a caminar por el Malecón.

–¿Por qué? ¿No la estás pasando bien? Vamos a tomar unas cervezas, yo te invito y después te vas. Compramos las cervezas, nos venimos acá y hablamos un rato más –repetía mientras él también se levantaba y se proponía caminar a mi par.

–No, mejor me voy para el hostel, no hace falta que me acompañes.

–Pero es temprano, tomamos unas cervezas. Venimos al Malecón, nos sentamos, escuchamos música, mis amigos son muy alegres.

–Bueno, está bien, pero sólo unas cervezas –dije respirando hondo, increíble lo que se puede lograr con tanta insistencia.

–¿Por qué? Después te puedo llevar a un lugar donde no van los extranjeros, que se baila buena salsa, solo van cubanos y ves cómo nos divertimos los verdaderos cubanos, te enseño unos pasos y tomamos algo allí también, si quieres.

–Por ahora vayamos por unas cervezas –dije tajante.

 

En la caminata me preguntaba por lo que había estudiado, por cómo era mi vida en Argentina, de qué trabajaba, de por qué viajaba sola y sin amigas, y la gran pregunta de por qué no tenía novio. Preguntas que no me molestaba responder.

 

Habíamos caminado más de la mitad del camino, ya no estaba tan lejos de mi hostel. Por lo menos me había servido para no caminar sola. De repente, Wilfredo me hizo cruzar la avenida del Malecón y nos metimos tres cuadras para adentro. Llegamos a un puestito, que parecía un kiosco, pero solo de bebidas y cubanos de todas partes caían a comprar lo que hubiese. Entre la gente, él logró llegar al mostrador que daba a la calle.

 

–Dos cervezas –escuché que pidió.

–Tengo solo cristal. Bucanero no queda más. Son las últimas dos.

–¿Cuánto cada una?

–Un CUC.

Y ahí, el flaco se da vuelta y me dice: –¿Tienes dos CUC?

–¿Qué?

–Que si tienes dos CUC, cada cerveza vale un CUC –sí, había escuchado esa parte, pero no era justamente eso lo que me estaba molestando.

–Sí, ¿pero no era que me ibas a invitar? –dije sorprendida.

–Ahora, espera, pero primero hay que pagar, necesito dos CUC para pagar las cervezas, apurate, que son las últimas dos que tiene –y enfatizó que me apure con un gesto con la mano.

 

Y abriendo la billetera, dije:

 

–Okey, acá están los dos CUC, pero… –me frené cuando caí en la cuenta de que todo lo que me proponía hacer iba a correr por mi cuenta. Que estaba frente a un ventajero con muy buena parla y mucha insistencia. Mi humor, que nunca había estado demasiado predispuesto esa noche, cambió al mal humor.

–¿Sabés que si me decías que te invite una cerveza hubiera sido más sincero y hasta por ahí, si tenía ganas, lo hacía sin problema? No hacía falta que me mientas –le dije mientras volvíamos nuestros pasos hacia el Malecón nuevamente, con las cervezas en la mano.

–Yo no te mentí.

–¿Cómo no me mentiste? Me habías dicho que me invitabas una cerveza y la terminé pagando yo. Eso no se hace. Y vengo teniendo experiencias similares en estos días.

–No, yo no te mentí, yo no miento, yo soy religioso.

–Bueno, esto ya cada vez me cae peor –dije visiblemente molesta.

–¿En serio hubieras invitado las cervezas si te lo pedía? –se quedó pensando. Estoy segura de que no se la esperaba.

–Sí, como te dije, si hubiera tenido ganas lo hacía. Pero ahora lo tuve que hacer forzoso y estas cosas no me caben.

–Es que soy cubano –y seguimos caminando en silencio. Me costó entender lo que quiso decirme con eso.

 

Ya otra vez en el Malecón, abrimos las latitas de cerveza. Cada uno fue tomando la suya y retomamos la charla un poco más relajados. De vez en cuando me tiraba un piropo, era claro que quería seguir la noche. Pero yo tenía claro que me quería ir al hostel. Las latitas se acabaron, no había nada más para tomar, latitas vacías, secas en el Malecón.

 

En un momento, cansada de tanta cháchara, sentencié: Chau, Wilfredo, un gusto conocerte. Me voy al hostel. Me bajé del borde de piedra que recorría todo el Malecón, le di un beso en el cachete, que aceptó con gusto y me fui cantando bajito:

 

Otra vez
Que te dejo con las manos al aire otra vez

Pa’ que te lo goces y lo bailes otra vez
Al derecho y al revés
A la una, a las dos y a las tres
Ah, ah, ah, ah, hasta que se seque el Malecón.

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