Historias sin punto final
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#2 · La balada del vagabundo

Por Gabriel Bertotti
Ph. Jotave foto

“Salgo del hotel Saint Michel y compro un gaulois y un diario; ambas cosaslas guardo en el bolsillo y reanudo un paseo comenzado hace veinte años a orillas del Río de la Plata, un paseo que como todos, no conduce a ningún lado, pero puede llevar a todas las revelaciones”.

Bernardo Kordon. “Vagabundo en Tombuctú”.

 

–En aquel remoto desierto solo habitan los ángeles. Llegar es casi imposible y te lleva toda la vida. La clave es que no haya ninguna razón para ir. Solo la salida absurda te garantiza sobrevivir a los imprevistos del camino.

–¿Y todo para qué?

–No lo sé. Yo me detuve antes. Mi viaje ha sido imperfecto pero no menos peligroso que el tuyo.

 

Era cierto. Todo había comenzado hacía demasiado tiempo.

 

–La intensidad de lo vivido acelera el tiempo.

–O lo ralentiza.

–Salir de lo cotidiano es entrar en otra dimensión de la vida.

–Sin ancla.

–Ni referencia.

–Algunos lo han llamado “el otro lado del espejo”.

–Exacto. No –lugares donde es imposible exiliarse porque solo existen como utopías.

–Sin descripciones ni nombres.

–Sin geografía.

–O acaso una geografía absurda.

–Postulada en un lenguaje secreto.

–Secreto.

–¿Cómo empezó tu viaje?

 

Cerró los ojos. El que hablaba parecía otro.

 

–A los diez años, sentado en el zaguán de mi vieja casa, jugando con un tablero vacío de ajedrez. Lo había rescatado de un viejo cajón; nunca aparecieron la fichas; parecía raro, como todo lo que me rodeaba: un niño intentando encontrar algún uso alternativo a un viejo tablero inútil. Entonces lo vi como si fuera un mapa. Cada casilla representaba una manzana del pueblo. Al final coincidía milagrosamente con la cuadrícula fundacional de aquellos viejos pueblos de la llanura, de geometría convencional: paralelas y perpendiculares. Un juego me fue revelado. Debería seguir al azar a alguna persona y marcar el itinerario en el plano–tablero. No debería pasar los límites. Pero así planteado el juego se tornó aburrido porque una vez repetidos los itinerarios en todas las direcciones siempre tenía que volver al punto de partida. Lo bueno fue que a los meses me conocía cada rincón del pueblo. Cada calle de tierra, piedra o arena. Cada casa de madera o chapa. Cada refugio de perros y ratas. Cada recoveco donde el viento te arrastraba. El día que cumplí once años decidí atravesar el límite. Llegué al extremo norte del pueblo y di un paso. Alcancé a ver otro pueblo incrustado en el de cada día. Una mujer que pasó a mi lado tenía tres ojos. Un grupo de niños jugaba una extraña variación del fútbol con dos pelotas al mismo tiempo. Noté que todos tenían tres piernas. Había carteros por todas partes. Cuando estaba por dar el segundo paso y entrar definitivamente del otro lado una mano me aferró del hombro y me trajo de nuevo al pueblo. Era mi padre. Bastó una mirada. No dijo nada. No gritó. No me pegó. Solo me miró. Le entregué el tablero. Volvimos a casa.

–Volviste a ser un niño que sueña con otros mundos sentado en el zaguán. –Sí. Y dejé de jugar al fútbol.

–¿Y tu viejo nunca te explicó nada?

–No era necesario. Yo no era tonto. Supe que habitamos en un multiverso de mundos paralelos, eso está claro. Lo importante es lo que me dijo mi viejo muchos años después, antes de morirse. Me dijo, apretándome fuerte el brazo: “Antes de pasar del otro lado tenés que aprender a vivir en este”.

Y eso hice. Me di cuenta de que el mundo que me toca, un mundo limitado, es también infinito. Siempre hay un intervalo entre dos intervalos. Siempre hay un nuevo círculo concéntrico que te lleva al centro de algún laberinto que es parte de otro laberinto que entra en un nuevo laberinto.

Eso lo tuve claro desde que mi viejo se fue. Se estaba muriendo en un hospital de mierda; me atrajo hacia sí y me dijo: “Sacame de acá”. “¿Cómo querés que te saque, papá?”, le pregunté.

–Atravesá paredes –me dijo–. Agarrame y atravesá las paredes.

El hospital era horrible. La habitación era horrible. Era jueves y mi viejo estaba fatal, casi se muere esa noche, lo operarían el sábado pero esta mañana se habían llevado todos los aparatos, lo estaban dejando morir.

Pensé: Y si de todas maneras se va a morir, ¿qué más da sacarlo de acá? ¿Qué más da que se muera acá o cumpliendo una ilusión?

Así que decidí lo improbable, la locura.

Lo levanté y le puse el sobretodo, los zapatos sin medias, el sombrero.

Lo senté en la silla de ruedas que le robé a un viejo de otra habitación y arranqué sin dudarlo hacia la salida. Nadie me dijo nada. Subimos a un taxi.

–¿Adónde? –preguntó el taxista después de unos minutos de silencio.

Miré a mi viejo.

–Dele rápido hasta el límite norte–le dijo–.Yo le aviso.

“El límite norte de nuevo”, pensé, recordando aquella visión de niño, cuando di un paso al otro lado.

 

Abandonamos la ciudad y nos internamos en los barrios de la periferia. Por una huella de tierra bordeada por eucaliptos llegamos a un barrio de casas de chapa y cartón, lo cruzamos y quedamos en la intemperie, la huella seguía tierra adentro.

–Pare acá –dijo mi viejo.

El taxista se marchó aliviado.

Nos quedamos solos, en medio de una planicie de tierra y arena rodeada de tamariscos. Le costaba respirar.

–Es tarde para mi, hijo –me dijo con un hilo de voz–. Andá vos, cruzá el límite, ya no sos un niño. Salvate.

Lo miré.

Con lo que le quedaba de fuerza me apretó la mano, como despedida.

–Nunca te olvides de tu viejo–me dijo, y se desplomó de bruces.

Sentí un ruido extraño a mi espalda. Lo abandoné inmóvil en el polvo.

Me metí entre los tamariscos. Una pequeña nave espacial estaba por despegar.

La portaza estaba entreabierta, corrí hacia ella.

Una mujer muy joven me paró con la mano en el pecho.

–¿Adónde vas?

–Me voy con ustedes. Mi viejo está invitado

–Pensábamos que no vendrían.

–Pero vinimos.

–¿Y tu viejo?

Se lo señalé.

–Está muerto.

–No importa. Traelo.

Se calentaban los motores, se levantaba el polvo, el calor era insoportable.

Cargué a mi viejo y lo subí a la nave.

Dos hombres sin cara agarraron el cuerpo y se lo llevaron.

Iba a decir algo pero la mujer me hizo señas de que hiciera silencio.  Era muy bella.

–Podés irte –me dijo–. La invitación era solo para tu viejo.

Otra vez una mano aferrándome del hombro. Impidiéndome internarme del otro lado.

–¿Puedo despedirme?

–Ya lo hiciste –me dijo. La brisa de los motores le movió apenas el flequillo, lo que me permitió ver el tercer ojo, que iluminaba su frente.

Después de esa experiencia decidí partir. Hice un bolsito y me largué a la ruta. Necesitaba algo convencional, de este lado. Necesitaba ir al Sur.

 

Era la época en que todavía había trenes. Me senté junto a la ventanilla, en clase única. No había pagado pasaje así que debía estar atento. La idea era irme al último vagón y con los otros colados hacer una vaca para el revisor. Había alternativas que solo utilizaban los más valientes, como pasar por los techos a los vagones ya controlados. La ventaja era cierta sensación de victoria e impunidad y los asientos más cómodos de primera o pullman, la desventaja era que te podías matar. Como todo, me enteraría de eso más tarde, en ese momento solo tenía pensado huir al ver la figura del revisor asomando. Clase única era una adecuada mazmorra móvil destinada a castigar a los más humildes. Los asientos estaban rotos, la cuerina sucia o agujereada, la vieja gomapluma descolorida llena de bichos acechaba entre los agujeros, el suelo no se limpiaba desde hacia generaciones, había cáscaras de huevos duros, de mandarinas, había bolsas infectas con trozos de carne que ni siquiera un neanderthal hubiera comido, el olor a sudor seco, antiguo, se mezclaba con el olor a patas. El llanto de los bebés ponía a prueba tus nervios. Además, o hacía un calor insoportable y los vidrios no se podían bajar y tenías que abrasarte, o hacía un frío insoportable y la calefacción no funcionaba y los vidrios bajados en pleno verano no se podían subir y estabas condenado a congelarte. Después de haberme congelado y abrasado sucesivamente entró el revisor. Me levanté y me fui para atrás. Alguien metió el pie y me hizo caer. Me ensucié de escupidas percudidas y un chicle se me pegó en la palma de la mano derecha. Escuché risas a mis espaldas. Casi vomito cuando pasé por los baños.

–Vení por acá –me dijo una voz.

Alcancé a ver una pierna que se perdía en el vacío. La puerta que daba a la nada estaba abierta. Me asomé y vi un cuerpo que trepaba al techo del vagón por una escalerilla de hierro.

–Dale –me gritó una muchacha hermosa entre el polvo y el hollín.

Subí como pude. El viento era muy fuerte pero pude escuchar que me decía:

–Este revisor es un hijo de puta y te baja en el desierto. Seguime.

Y se giró y comenzó a andar a gatas por el techo. Se agachaba lo más posible para ofrecer la menor resistencia al viento, que era cada vez más intenso y frío. La seguí como pude. No resistí la tentación de aferrarme a un gancho del que todavía desconozco otra utilidad que la de permitirme un momento de contemplación que aún todavía, tantos años después, me hace estremecer: era menuda, tenía el pelo moreno muy corto, unos vaqueros ajustados que le marcaban la braguita, cubría su torso con una musculosa que había sido blanca y que ahora estaba tan manchada por hollín y grasa que pedía a gritos la acción devastadora de mi lengua.

–¡Dale pasmarote, dejá de mirarme el culo y apurate que viene el túnel!

Hice lo que pude para llegar al otro vagón antes de que un agujero negro nos mandara al remoto confín del universo.

Eso me lo explicó abajo, calentitos en los viejos sillones verdes de primera.

–Los túneles en el sur te transportan a nebulosas desconocidas, en donde deberás convivir con extraterrestres con forma de calamar o cangrejo por el resto de tu existencia.

Abrí la boca sorprendido de encontrar alguien que supiera los mismos secretos que yo y ella aprovechó a besarme.

Su lengua mojada era lo que necesitaba mi boca seca.

–Te vi mirándome el culo todo el tiempo –me dijo–. Ahora que podés, ¿no te gustaría tocármelo?

Me dirigió la mano.

Cuando apreté con fuerza me dijo al oído.

–Vení –y se levantó y se sopló el flequillo con el costado de la boca y me miró con los ojos iluminados por la luz de una nebulosa que brillaba en el centro de todos los laberintos.

–¡Dale pasmarote no te quedes papando moscas!

La seguí una vez más. Entramos al pasillo de los camarotes. Golpeaba en cada puerta hasta que entramos en el único en el que no hubo ninguna respuesta.

Se tendió en la litera de abajo, abrió las piernas y me dijo.

–Dale, usá la lengua.

 

–Es misteriosa la materia.

–Es misteriosa la materia.

 

La materia en mi vida siempre ha sido femenina. Una mujer me enseñó la belleza de las profundidades. Se subía a mi cuerpo a horcajadas y se dejaba caer y yo la recibía como un habitante del desierto recibe la lluvia. Y mi cuerpo era como la Puna de Atacama después de una lluvia milagrosa.

–Te mojo, arena.

Me decía en el camarote ocupado por nuestra sensualidad. Estábamos sucios. Nos humedecíamos y empapábamos todo y cuando ella se dormía yo me daba cuenta de que todavía tenía un chicle pegado en la palma de la mano.

Era un viejo que le contaba a otro viejo el periplo que lo había llevado hasta ese inmundo lugar de espera. Un patio cerrado en el centro mismo de un viejo caserío abandonado en el último límite. Del otro lado de las paredes, el desierto. El sitio al que te conducen todos los viajes.

 

–Si no has sido razonable.

–Si nunca has madurado.

–Si no te comprometiste.

 

–Y terminás acá, en este patio infecto donde se ahorcó el Minotauro. Y después uno por uno atravesamos la puerta final y… salimos.

–A la intemperie.

–Dicen que en ese desierto habitan los ángeles.

–Nadie sabe si son los caídos o los ciegos.

–Dicen los heresiarcas de Babilonia que son aquellos que vuelan en círculos y que caen extenuados al vacío porque en el Infierno no hay árboles donde posarse.

 

 

–Me acuerdo que fui como un joven ángel inocente que no podía parar.

–¡Y que lo digas! Mirá. Acá han dejado unas grabaciones a tu nombre. Mientras te esperaba alguien se presentó y me dijo que te las pasara. Me dijo: “Cuando acabe con la historia de su viajecito al sur hágaselas escuchar”. –Pero todavía no acabé…

 

Cuando llegamos al gran lago nos escondimos entre los árboles esperando el momento apropiado para robarles una carpa a los que acampaban haciendo fogones y cantando canciones idiotas. Bueno, todo lo planificaba y ejecutaba ella y yo la seguía. Una vez cometido el latrocinio entramos en la parte más abstracta del bosque. Montaba la carpa, se quitaba la ropa, se revolvía entre la tierra y la maleza, se embadurnaba la cara con barro y me decía: “Limpiame”.

Hacía un fuego. Pero no teníamos nada que comer. Así que me preguntaba:

–¿No tenés hambre?

Y a mi me tiritaban los dientes de pura ansia.

Y me decía: “Comeme”.

Una tarde el olor a carne asada nos llevó a un claro donde dos hombres preparaban unas truchas a las brasas. Me hizo el mismo gesto con el que la extraterrestre que se llevó a mi padre me exigió silencio aquella noche de revelaciones. Se arrastró hasta la parrilla y apenas los hombres se distrajeron manoteó los pescados y escapó como si fuera una serpiente deslizándose sobre la hierba.

Los tipos no pudieron seguirnos el rastro. Cuando llegamos a nuestro refugio se quitó la musculosa y se pasó las manos engrasadas por los pechos y dejó los pescados sobre una mata de romeros salvajes.

–Elegí –me dijo ofreciéndome sus pechos duros y dorados.

 

–Es misteriosa la materia.

–Es misteriosa la materia.

 

Lo que sucedió después no se lo contó jamás a nadie. Intentó olvidarlo pero fue en vano. Así que se calló y al rato se fue a un rincón del patio, dándole la espalda al otro, y escuchó el cassette en el que voces muertas hablaban de su pasado.  Voces muertas hablando de los remotos intentos de atravesar laberintos.

 

“Eran un muchacho y seis vascas. Lo recuerdo clarito, maestro. Me entraron a la tarde, por la puerta que da a los trenes. Por ahí sopla el viento fuerte y siempre está cerrada. La otra puerta da al Sur. A los carros en que se va casi toda la gente. Venir ya no viene nadie, todos se van. Por eso me sorprendió que se abriera esa puerta. Entró primero una muchacha un poco sucia, le diré. Manchada de barro en los pantalones y la cara tiznada, como de carbón, pero era polvo, sabe. Las demás muchachas también estaban así de sucias pero me pareció menos porque ya me había acostumbrado. Conté seis hembras. Tres morochas, dos rubias y una pelirroja. Hembras fuertes; bonitas todas. Después entró el muchacho. Ninguno tendría más de veinte años. Pidieron una habitación, querían seguir juntos. Agregaron un par de camas y las juntaron todas. A mi no me importó. ¡Qué me iba a importar si hacía medio año que nadie venía a la pensión! Esa noche no pude dormir. Imaginar lo que haría el muchacho con las vascas me secaba la garganta y yo no puedo dormir cuando tengo tanta sed”.

 

“Me acuerdo como si fuera hoy. Remontábamos el Amazonas esquivando troncos y delfines. Venían a la nochecita a tomarse algo; no había mucho que elegir. Se iban al lugar más oscuro de la popa y se quedaban juntos. El muchacho era del sur, me lo confirmó la noche que le cantó una especie de tango, creo. La chica era de Tapajós, yo ya la conocía de otros viajes. Enseñaba en el jardín de infantes de la colonia evangelista. Andaba siempre con los dos hermanos. Por eso se encontraban de noche, cuando los otros dormían a pata suelta. El muchacho debería ser valiente. Si los hermanos lo pescaban cortejando a la hermanita lo hubieran dejado hecho una lástima a machetazos. Ella se presentaba como si fuera a una fiesta. Un vestido de gasa negra. Los pechos duros insinuándose debajo de la tela. Él le cantaba mientras ella se le sentaba encima. Supongo que para ganar tiempo venía sin ropa interior. ¡Cómo quiere que me olvide!”.

 

“La cosa fue bastante terrible. Para llegar al pueblito de pescadores había que atravesar un océano de dunas. De un puesto que cada tanto era tragado por la arena partían tres o cuatro buggies diarios, por lo que los sitios escaseaban, y además, antes, había que llegar al puesto desde el poblado. Era una carretera de ripio que atravesaba el desierto. Se tardaban ocho horas hasta el puesto y siempre había más del doble de gente esperando. Cuando la guagua abría las puertas todos se abalanzaban. Nadie hacía cola. Ese era un concepto foráneo; ningún lugareño sabía esperar y a eso había que acostumbrarse. Me acuerdo que el muchacho intentó entrar como pudo, luchando contra la ancestral manía de ser educado, de dejar a las damas primero, que habría heredado de su padre. Cuando estaba a punto de quedarse afuera una mulatita muy bonita lo llamó. Le había echado el ojo hacía rato y le guardaba un sitio a su lado. La vi pelear como una leona contra los otros viajeros mientras que el muchacho seguía sin espabilar. Al rato lo estaba besando. Escuché que le decía su nombre: Oliva. Escuché también que era de Manaus y que le invitaba a compartir rancho. Eso hicieron, sabe. El pueblito era idílico. Los pescadores se iban a otra parte y dejaban las cabañas vacías. Una vieja las alquilaba. Era todo precario. Suelo de tierra o arena. Ningún mobiliario; ganchos en las paredes para colgar las hamacas. La chica consiguió un ranchito frente al mar y colgó una hamaca matrimonial. Supongo que la brisa marina de la mañana los despertaría para que siguieran haciendo lo mismo que hicieron la noche anterior mientras ignoraban la luna”.

 

“Era un muchacho muy joven. Se subió al bus con la morocha. La morocha no paraba de besarlo. Los labios estaban hinchados y la lengua babosa. Creo que vi su mano perderse entre sus piernas. Cuando llegamos al puerto la morocha se quitó el collar, el reloj y los pendientes. Sabía dónde se metía. El muchacho no, pero seguro que espabiló enseguida cuando se escaparon por los pelos de las bandas de yonkis pobres y desesperados que aparecían como zombis por los zaguanes y cuevas y que te asesinaban por un par de zapatillas o un paquete de cigarros. Desde mi ventana enrejada los vi subirse a un taxi compartido. Un viejo Chevy que apareció de pronto y los salvó de la jauría de desarrapados que tan cerca estuvo de acuchillarlos”.

 

“Sí, claro que lo recuerdo. ¿Cómo olvidarlo? El muchacho y la morena vinieron del lado de Barranco, bajando a la costa. Había tormenta. La playa estaba desierta. La fina arena te machacaba duro en las piernas y en la cara. Apenas se podía respirar. La garúa eterna de Lima te calaba los huesos pero ellos parecían no darse cuenta. Se subieron a la caseta de salvamento y se refugiaron del viento entre los finos tabiques de madera. Imagino los granitos de arena entre los dientes y el sabor salado de las bocas que no se soltaron ni un segundo hasta que se hizo de noche y tuvieron que regresar al centro, porque había toque de queda”.

 

Apretó el stop.

¿Para qué seguir?

Siempre sería la misma historia. Un muchacho y las mujeres que encontraba en el camino. Siempre había sido así hasta que un día se quedó en un sitio y se hizo hombre.

Para ese día y para el resto de su vida no tiene palabras.

¿Fue feliz? ¿Se arrepintió de haberse detenido? ¿Qué fue lo que lo puso de nuevo en marcha?

 

Estaba otra vez contra la pared del patio en la que daba el sol más fuerte.

Hablando con el otro.

–El viaje no es solo irse. Quedarse es viajar hacia adentro.

–Suena a consuelo.

–¿Tuviste alguna vez una pareja?

Silencio.

–¿Lo ves? Si nunca te detenés hay cosas que no aprenderás jamás.

–Vale. Entiendo que te quedaste en un sitio por amor. Pero…¿por qué volviste a irte?

 

Una mujer que muere en su cama. Una mujer que le hizo mantener hasta el final la promesa de no llevarla a un hospital. La promesa de seguir poniéndole los viejos discos de Caetano.

–Vení, tonto. Leeme.

Y él le leía la poesía de Rilke que a ella tanto le gustaba.

Le leía:

¿Quién, si yo gritara, me escucharía entre las órdenes angelicales? Y aun si de repente algún ángel  me apretara contra su corazón, me suprimiría su existencia más fuerte. Pues la belleza no es nada sino el principio de lo terrible, lo que somos apenas capaces de soportar, lo que solo admiramos porque serenamente desdeña destrozarnos. Todo ángel es terrible.

 

Y ella cerraba los ojos y él temblaba. Mudo.

Y ella abría un ojo, y le decía: “Sigo viva, tonto”.

Y ella abría el otro ojo y se quitaba de encima la sábana y le decía:

–Vení subí, abrazame.

Y él, como había hecho hacía tantos años con otra mujer, como había hecho siempre, como hacía desde hacia décadas con ella, subía, y se abrazaba a un cuerpo de mujer que latía en su pecho más fuerte que su propio corazón.

 

–Es misterioso el amor.

–Es misterioso el amor.

 

Cuando ella murió volvió a la casa de su padres. La madre había dejado un paquete a su nombre a los nuevos inquilinos.

–Para mi hijo –les dijo–. Por si vuelve algún día.

Lo abrió. Había un tablero de ajedrez y una nota.

“Tu padre antes de desaparecer me pidió que guardara esto para vos. Me pidió que no me muriera sin dártelo”.

 

Después se sentó, viejo, pero aún no cansado, en el zaguán de la casa arcaica y siguió a otro viejo que pasó por ahí y que después de un largo camino llegó al límite del tablero y cruzó el límite norte. Ya no había gente con tres piernas ni tres ojos del otro lado; ni siquiera había carteros.

Había un desierto infinito y un caserío abandonado. En el patio encontró al viejo, se sentó a su lado y se pusieron a hablar.

 

–Esta vez no habrá una nave que te lleve como a tu viejo.

–¿Querés decir que se está por acabar el viaje?

–No quiero decir nada.

 

Cuando abrió los ojos el otro no estaba.

No lo extrañó.

Ahora que el otro no lo distraía se dio cuenta de que llevaba años sin comer ni beber.

Mucho tiempo después se convenció de que todo ese tiempo se lo había pasado hablando solo.

Buscó el grabador y el cassete donde se contaban sus aventuras, pero no encontró nada.

 

Un día se despertó en medio del desierto.

No existía el caserío.

Se le apareció un ángel.

 

–¿Te manda mi viejo?

 

El ángel lo abrazó.

Escuchó su voz, recitándole a la mujer que amaba:

Pues la belleza no es nada

sino el principio de lo terrible, lo que somos apenas capaces

de soportar, lo que solo admiramos porque serenamente

desdeña destrozarnos. Todo ángel es terrible.

 

Miró por la ventana; comenzaba a llover.

Ella lo llamó:

–Vení a la cama, tonto.

Fue.

La vida no se acaba nunca.

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