Historias sin punto final
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#11 · La distancia entre las luces

Por Valentín Jáuregui Lorda
Ilustración Ja Ant

 

Ahí atrás está sentado Lucas, mirando las luces desde la ventana. Es la primera vez que Lucas viaja en el asiento de atrás, siempre viaja acá delante conmigo, siempre elije la música que suena por todos lados y canta mientras mete los cambios, frena, dobla, acelera o busca direcciones en el mapa, pero siempre acá adelante. A veces, incluso, también duerme conmigo, cuando entiende que no puede manejar más, cuando es sábado y sabe que tomó de más o cuando el día se hace largo y los kilómetros que recorrimos son ya demasiados. Entonces se acurruca de costado, como en posición fetal, achica las rodillas contra el volante y, agachando el cuello sobre el respaldo, reclina el asiento hasta dejarse caer sobre mí en un abrazo único y cálido que solo puede darme a mí. Mientras tanto yo lo veo dormir, lo veo cerrar los ojos y soñar con cosas que nunca sabré. Lo veo recostado encima de mí sin saber que yo estoy ahí cuidándolo, trabando los postillos de la puerta que él olvidó cerrar, opacando el brillo de los paneles para que la luz no perturbe ese sueño que le envidio. Porque dormir no es algo que yo pueda hacer; ustedes podrán apagarme, quitarme la energía o el combustible, pero el sueño nunca va a llegar: ahí seguirá mi conciencia dando vueltas, inexpresiva y amorfa, como un fantasma mecánico y mudo. Él, en cambio, puede hacerlo todo; ir y venir sin depender de mí, hablar, reír, llorar, pero todas esas cosas elije hacerlas conmigo y yo lo acompaño silenciosamente acá adelante. Siempre fue así, él acá adelante conmigo, yendo a todos lados juntos, llegando a tiempo gracias a mí, sin mojarse, sin cansarse, sin pasar frío o calor. Yo sometiéndome a su voluntad, al girar constante de sus manos sobre el volante, a la presión furiosa de sus pies contra los pedales; me someto porque así lo quiero, porque bien podría detenerme para siempre, escupir aceite por un rato y obligarlo a un cambio. Pero no, yo también lo elijo a él, lo espero cada noche después de dejarlo en su casa, hasta la mañana siguiente en la que sé que volverá a mí para otra vez darme marcha y andar.

Ahora él está ahí atrás sentado, mirando por mi ventana alzada sin ver nada, sin dormir desde ayer, alerta y en vela, pensando en por qué va ahí atrás sentado. Lucas seguro ya lo sabe, no es ningún tonto: una llamada a la madrugada, la indefinición en las respuestas que pide ante la noticia, la bajada constante de calma y los mensajes de quedate tranquilo que va a estar todo bien, que no pasó nada grave. Sí, seguro ya lo sabe. Lucas entiende que no está ahí atrás sentado solo porque esa noticia puede dejarlo algo nervioso, demasiado, como para manejar. Lucas sabe que si está ahí atrás y no adelante conmigo, yendo de la mano, jugando con sus dedos sobre mi tablero al compás de la radio que me pide poner, es porque eso que ahora ve tras la ventana le muestra lo que parece irremediable y seguro. Las luces rojas y azules que bailan tontas y mareadas sobre el techo de otro como yo iluminan la cara perdida de Lucas, que no corre la vista de lo que está detrás, sin pestañear, sin achinar los ojos. Lucas ve la banquina de la ruta, la misma ruta que tantas veces recorrimos juntos, ve los blancos pedazos rotos y las marcas negras en el suelo, ve el séquito de hombres que suben y bajan, se acercan y se alejan; ve la densa estela de humo que el capó arrugado escupe; ve todas las bocas que se mueven y oye todas las palabras que se pronuncian, aunque acá dentro no se escuche nada de nada; ve y vuelve a ver las frenadas, afuera todavía está retumbando el eco de las gomas gastadas que chillan contra el pavimento caliente. Lucas ve y observa la banquina inundada, los pastos que crecen entre el agua estancada, ve las totoras y los mosquitos que zumban próximos, ve el fangoso fondo de la zanja con renacuajos y tarariras venidas del Salado, que la alimenta a pocos metros; ve los interminables autos que, como yo ahora, pasan por el kilometro doscientos veinte de la Ruta 5. Ve, palida y terriblemente, un brazo que cuelga de entre los fierros doblados y, de la muñeca, un reloj Casio plateado, con agujas y cronómetro, igualito al de su padre. Lucas ve el reflejo de otras luces en el vidrio, que le recuerdan una tarde de su infancia, cuando, sentando también acá delante, su viejo y yo, le dábamos los primeros consejos para la vida. Palabras que ahora se escuchan cada vez más sordas a medida que la tarde va copando el espacio entre las luces que quedan atrás y las otras que se encienden poco a poco en el pueblo que se acerca.

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