Historias sin punto final
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#4 · La nena de mi sangre

Por Germán Amato
Ilustración Hache

 

El ogro de Bariloche preguntó ¿sos feliz?, casi cortándome el chorro. La respiración monstruosa a pocos centímetros, mi piel de gallina no fue por el clima nocturno de montaña. No me dio miedo su cara en la oscuridad, pero se parecía al padre de la nena de mi sangre…

 

cantá, cantá con todas las fuerzas, cantá

pensé en la siesta dormida con el gato herido en su noche de juerga, en todas las horas que descansamos, quién curaba a quién en la pieza que preparó mi amiga. En su casa de frambuesas rojas, yo era el gato herido, ella me abrazaba como si no hubieran pasado diez años desde nuestra última juntada donde confesó: me separo. Pensé en todas las cosas que se abren y terminan cuando te conocés con alguien y me pregunto por qué en general pienso que la gente no se acuerda de mí y la realidad se encarga de contradecirme con la sorpresa de, por ejemplo, viajar a una ciudad patagónica creyendo que mi destino es un hostel y entonces descubro que no es verdad todo lo que pienso cuando me voy por las ramas, que hay un rancho con jardín y árbol de cerezas donde menos te lo esperás…

cantá, cantá con todas las fuerzas, cantá

pensé en el caracol polvoriento a mil seiscientos metros sobre el mar, en la subida casi sin aire, entonando adentro al verbo kamikaze para defenderme, en resbalar la tarde de lluvia, en la piedra donde encontré refugio mientras comía duraznos, nueces y uvas, en los caminantes sorprendidos de mi tranquilidad, frente al cielo oscuro, que se caía deshecho en chispas blancas del invierno que viví durante dos días este verano, en la casa de troncos y paredes anchas repleta de un hogar de rehabilitación, con chicos revoltosos y su cura de ojos claros cabalgando desde Sui generis hasta la Berisso y todas las estaciones intermedias que rompieron la cuarta cuerda de la única guitarra que importaba y que sin embargo que no importe nunca la disonancia, pero sí, la nena de nueve años que propuso jugar al desconfío después de la merienda en la mesa de madera rústica compartida, en mi intención de enseñarle otro juego y frente a mi poca memoria para las reglas, arranquemos un Chancho para que, minutos después, el pibe del hogar en la mesa de enfrente diga, ¿saben jugar al Nervioso? y que cuando explique, sea el juego olvidado y descubrir que la piba y su amiga de las cejas Miyazaki me curan de algo que hasta hoy no pude escribir, que ellas y el hermano menor apodado Budi porque parece un buda en miniatura, te tratan de igual a igual y vos en ningún momento dejás de pensar en la nena de tu sangre…

 

cantá, cantá con todas las fuerzas, cantá

 

pensé en los cuerpos que arden de soledad, adentro de una bolsa de dormir insuficiente, a la intemperie, arden como esas hojas en la fogata que el aire caliente escupe hacia arriba y flotan ennegrecidas, mientras el fuego nos enhebra en un círculo de personas extrañas tocando sus más íntimos bondis, con la misma fluidez del río azul, del agua que hierve los fideos y el humo metiéndosenos en todos los poros mientras tosemos y lagrimeamos.

 

pensé en la carta que volví canción, preguntándome si el arte cura, que por favor cure, renueve la fuerza que nada por mi sangre.

 

pensé en el antiguo bosque incendiado de camino al lago más cálido de Chubut, carbonizado hace un tiempo no tan lejano por un estúpido negocio inmobiliario que no prosperó, y lo vi, ahora desde la ventanilla, verde renacido de nuevos árboles en extensión, mientras pasábamos con el bondi hacia el festival Ave Fénix, celebrado para reconstruir el Centro Cultural también prendido fuego. Esa misma tarde donde una nena de tres años y trenzas me hizo descubrir la voz de mis venas, mientras bailaba ayudó a zambullirme, a encontrar los acordes para una canción imparable…

 

cantá, cantá con todas las fuerzas, cantá

 

podría haber sido un vecino, un loco esporádico o asiduo, algún pariente lejano del manoseo, pero no, fue su padre, el pulcro de saco y corbata, pelo prolijo que le dio la vida, se la fue rompiendo desde bebé hasta que ella pudo hablar un día y decir ¡basta!

 

cantá, cantá con todas las fuerzas, cantá

 

Mientras nadaba en un lago helado sentía alfileres en la sangre y rabia y no estaba en el paisaje sino en la nena de mis latidos, las montañas invisibles sobre el cielo azul arriba, enmudecieron, todo pasó tan cerca y ¿qué pude hacer…? ¿Escribir un cuento premonitorio el año de su nacimiento?, como si el alma se adelantara y advirtiera…

 

cantá, cantá con todas las fuerzas, cantá

 

Todo pasó tan cerca mío y ¿qué pude hacer? Al pulcro de corbata y gomina lo saludaba con un beso y un abrazo y nos sentábamos en la misma mesa los domingos, su sonrisa era un rictus que se me impregnó como un tatuaje. Esta pelota de recuerdos también formó parte de esto que llamé viaje y era mi cuerpo sumergido en el agua helada sin fondo. Me dejé ir, toqué el punto exacto del dolor y entonces, mientras subía a la superficie soltando una bocanada de burbujas en mi mente, nació un mantra mínimo que le dediqué a la nena de mi sangre: gritá, cantá con todas las fuerzas, gritá.

 

Sí, soy feliz, pero no te importa, le respondí al ogro que esperaba en la penumbra, mientras meaba los matorrales de frambuesas.

Pedime tres deseos, entonces, dijo el ogro.

¡Eh?, lo miré a los ojos. Su cara cambió: parecía un conductor de tv que se acaba de enterar en cámara que perdió el laburo. No hinchés las bolas, esto no funciona así, Ogro. Le di palmadita al hombro pegajoso y peludo y me fui a dormir. Mi viaje lo necesitaba.

 

 

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