Historias sin punto final
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#15 · La última estación

Por Carolina Reymúndez

 

Hace cuatro días que estoy a bordo del Transiberiano, el mítico tren que cruza Rusia. Hoy me despertaron la solidez del hierro, las ruedas pisando fuerte sobre las vías, un sonido metálico rotundo que parece que viene de dentro de mí: elásticos, remaches, bulones, resortes. Supe que no volvería a dormir y, aunque faltaba para el amanecer, me levanté y caminé hasta el espacio rectangular que divide los vagones. Salvo algunos empleados, todos duermen. Se escucha el silencio a pesar del hierro. Silencio muerto, como después de una noche de vodka. El espacio es pequeño, en cinco pasos llego de una puerta a la otra y por las dos veo el amanecer de niebla sobre los bosques de abedules.

 

En el coche 33, donde viajo, hay nueve camarotes, cada uno para cuatro personas. En la mayoría van dos, lo que resulta más caro pero también más cómodo para moverse, cambiarse, apoyar las valijas. Es una cabina amplia, con gabinetes donde guardar cosas de tocador, percheros y un espejo de cuerpo entero que aparece al cerrar la puerta. Los asientos se hacen cama de sábanas blancas de algodón y los separa una mesa. La mesa perfecta para apoyar un libro o la computadora y mirar por la ventanilla. Debería ir con mayúsculas: “Mirar por la ventanilla”. Es una de las principales ocupaciones de un viaje en tren. Ocurre todo el tiempo, a cualquier hora, con el propósito de hacerlo y también involuntariamente.

La idea de Siberia

 

El Transiberiano es una red ferroviaria con distintos ramales. La pensó el zar Alejandro III a fines del siglo XIX y en la construcción trabajaron –y murieron– campesinos, presos y soldados; rusos, chinos, persas y turcos; más de 90 mil hombres comandados por ingenieros para domar la naturaleza de 40 grados bajo cero en invierno. Tardaron casi 30 años en llegar al océano Pacífico. El ramal más extenso termina en Vladivostok: 9.288 kilómetros sin salir de Rusia y que atraviesa ocho husos horarios. Ese viaje hizo David Bowie en 1993. El ramal de esta crónica es el Transmongoliano, que después del lago Baikal entra en Mongolia y termina en Beijing, y el tercero es el Transmanchuriano, que va a China por Manchuria, y también termina en Beijing.

 

En Nizhni Nóvgorod, a las veinte horas del primer día, cruzamos el Volga, el río más largo de Europa, y un rato antes probé el primer borsch y saludé a Alejandro, Alina, Rita, Eugenio y otros pasajeros. Con los días sabría más de ellos que de varios conocidos. Qué cara tienen al despertar, a qué hora van al baño, si son noctámbulos, qué comen y qué dejan, la música que escuchan. Las historias que cuentan y las que uno imagina que se guardan.

Al quinto día de viaje, la imagen de Siberia se complejiza. La tierra amorfa, inmensa y yerma; el destierro al que llevaban a los prisioneros de Stalin, el castigo por antonomasia; la región que existe gracias al Transiberiano –el tren conecta 87 ciudades– es todo eso, pero al transitarla crece. Por lo pronto, hace muchísimo calor.

 

Todo el día veo trenes. Trenes cargados de carbón, gas, madera, autos, tierra, contenedores, pasajeros, historias. Rusia se transporta en tren. En el Museo del Ferrocarril de Novosibirsk entro en un vagón-cárcel utilizado por los prisioneros de Stalin y también en un vagón-hospital, donde se operaba durante la Segunda Guerra Mundial. También veo una locomotora con una pala enorme en el frente para apartar la nieve de Siberia.

 

No veo una marta cibelina –tipo una comadreja– ni un armiño, pero en la espesura de la taiga hay de los dos y sus pieles todavía se usan para abrigo.

 

En Siberia hay ciudades grandes: Novosibirsk, Krasnoyarsk, Irkutsk, yacimientos de gas, petróleo y oro, cadenas de hoteles cinco estrellas, estatuas de Lenin de muchos tamaños y perfiles, bares cool, cárceles, iglesias con iconos tan dorados que encandilan, calles de nombre Karl Marx, fanáticos de Natalia Oreiro (sus trabajos en TV son muy festejados allá), la hoz y el martillo en los edificios públicos. A medida que el tren avanza, mi imagen de Siberia estalla y se vuelve a armar. Fantasía y vida real en tensión constructiva.

 

No me quiero bajar

 

Ya hace ocho días que estoy a bordo del Transiberiano. Aprendí a dormir acunada por el metal y a saludar a desconocidos en la puerta del baño. Crucé ocho husos horarios y tuve ganas de comprarme una dacha (casa de verano) a orillas del río Obi. Le pondría un cerco de madera y un invernadero para cultivar remolachas y pepinos, como tienen todas. Y acumularía la leña en un cobertizo.
Después de los abedules vino la taiga, un bosque cerrado de pinos, alerces, álamos, el bosque más grande del mundo en el país más grande del mundo.


Aprendí que para tomar vodka de un saque hay que exhalar aire antes. Ayer paramos toda la tarde a orillas del lago Baikal, el lago más profundo del mundo, que en invierno se congela entero y se puede patinar y atravesar en auto. Aunque estaba fresco, algunos se bañaron porque dicen que el Baikal es poderoso.

Hace ocho días que viajo a bordo del Transiberiano y veo cómo la convivencia se raja. Los españoles, que sin conocerse se hicieron tan amigos y se reían fuerte y tomaban vino a escondidas, ya no se soportan.

 

Un día antes de la frontera con Mongolia el paisaje se vuelve montañoso y verde. Tres meses verde hasta la nieve. Este tren termina en Ulán Bator, la capital de Mongolia, pero es posible conectar con otro ramal y llegar a Beijing. Hace ocho días que viajo a bordo del Transiberiano y no me quiero bajar.

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