Historias sin punto final
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#1 · Los lugares son personas maravillosas

Por Leticia Bianca
Ph. Gustavo Salamié

1.

Martín Napolitano apoya la cabeza en el asiento del tren Roca y suspira. En una época los trenes me llevaban a alguna parte, piensa. El Roca lo está trasladando a la estación Constitución de la Ciudad de Buenos Aires pero él no siente que eso sea estar moviéndose. Sabe que está medicado y por eso no siente nada hace meses. Suspira otra vez y cierra los ojos.

 

En lo que parece ahora otra vida, Martín Napolitano conocía un número de países más alto que la cantidad de mujeres con las que se había acostado. Él lo contaba jactándose siempre que podía. Usaba muy seguido también sus frases de cabecera: “El amor de tu vida tiene que ser tu vida” o “Cuando te rompen el corazón sacá un ticket de avión”. Explicaba así su desapego y fobia por cualquier compromiso amoroso que le impidiera seguir atravesando océanos. Martín Napolitano era un errante, un nómade, un alma libre.

 

Era también la envidia de sus amigos oficinistas. Sus fotos de todos los continentes, a los que dedicó casi una década a conocer, circulaban por los grupos de chat y otras redes sociales como catalizador de frustraciones. Martín Napolitano lo sabía y por eso animaba a quien quisiera a seguirlo en la siguiente aventura. Porque siempre había otra más. Una vez alguno de ellos lo acompañó los tradicionales 15 días de vacaciones en una playa paradisíaca en Asia. Otro se pidió un mes de licencia para tomar Ayahuasca en el Amazonas peruano. Pero volvían, siempre volvían, porque estaban de vacaciones.

 

La diferencia entre estar de vacaciones y estar de viaje es la forma en la que se está en los lugares y no la duración de la estancia, pensaba Martín Napolitano cuando despedía a sus amigos oficinistas en los aeropuertos. De vacaciones se está obligado a disfrutar-todo-el-tiempo, con la sensación de tener que sacar el mayor provecho de cada minuto en el destino exótico, haciendo siempre las cosas que hay-que-hacer según las guías Lonely Planet. Ser turista, pensaba Martín Napolitano cuando veía a sus amigos volver a su vida de siempre, es otra forma de ser oficinista: hay horarios, objetivos, presupuestos, fechas y muchas obligaciones odiosas, en especial la de sacar fotos. Martín Napolitano sacaba cada vez menos fotos de sus viajes. Estoy acá ahora, pensaba con cada atardecer en el mar o amanecer en el desierto, no hace falta la foto. Estar acá era su forma de evolucionar desde el turismo hacia el viajerismo, pensaba, esa nueva religión que encontraron los millenials para reemplazar los hijos, la casa y el perro de la generación anterior, según escribían los teóricos. Pero Martín Napolitano nunca estaba realmente en ningún lugar. Dedicado a las crónicas de viajes que vendía a revistas internacionales, siempre estaba escribiendo sobre el destino anterior y planeando el destino siguiente. Así desarrolló la capacidad de estar en más de un lugar al mismo tiempo y no estar nunca en ninguno en simultáneo.

 

Pero ahora sí que estaba ahí. Ahora sí que estaba en el tren Roca camino a la estación Constitución. Viajaba desde la casa de su infancia en Adrogué hasta el consultorio de su psiquiatra en Barracas. Temperley, Lomas de Zamora, Banfield, Remedios de Escalada, Lanús, Gerli, Avellaneda e Yrigoyen desfilaban ante sí junto con el concierto estable de vendedores ambulantes, discapacitados que pedían limosna, adictos que vendían galletitas caseras, amas de casa, perros, palomas, policías y ladrones. Junto con los trabajadores apiñados como sardinas, todos ellos eran la rutina de la que había huido y ahora volvía a padecer, como si nunca la hubiera abandonado, como si no hubiera escapado de ella una década atrás.

Escapar era su verbo más odiado. Odiaba la connotación negativa que suponía que uno debería estar en un lugar determinado por algún motivo más válido en vez de estar en otro lugar por alguna otra razón. Se escapan los presos, se escapa el pis, se escapa un secreto. Aquello que se escapa comete la falta del no estar donde se debe, de la (des)determinación. Escapar era también su verbo preferido. ¿Qué pasa si te escapás de una bomba?, ¿qué pasa si te escapas de una casa en llamas? solían ser sus argumentos para combatir a aquellos que lo acusaban de escapista. Era en vano. Martín Napolitano sabía que no había forma de escaparse de nada, porque donde estuviera lo seguían los mismos traumas, las mismas fobias, los mismos pensamientos recurrentes. Y allí estaba, en el consultorio de su psiquiatra, otra vez, frente a ellos.

 

–¿En qué consistiría no escaparse de sus problemas? –le preguntó esa tarde el Dr. Rodríguez, en la sesión que tenía antes de las cuatro horas de nada que transcurría en el centro de día en el que habían decidido ingresarlo.

–En quedarme quieto –respondió Martín con obediente displicencia, repitiendo las palabras de sus amigos, de su madre.

–¿Ahora estaría afrontando sus problemas, entonces? –retrucó Rodríguez.

–No –suspiró Martín fastidioso–, porque estar moviéndose todo el tiempo es igual a quedarse quieto.

–¿Cómo?

–Sí, se llama inercia.

–¿Entonces cuál es el problema del que intenta escaparse y no puede ni moviéndose y ni quedándose quieto? – inquirió Rodríguez.

–El mismo de siempre –escupió Martín.

–Su padre otra vez –gatilló Rodríguez.

–Una y otra vez –dijo en un suspiro resignado Martín Napolitano y volvió a recordar esa tarde en la que con diez años vio a su padre abandonarlo a él y a su madre en el caserón inmenso en el que ahora vivía –supongo que siempre es el mismo problema, no importa el continente, el idioma o el hemisferio.

–¿Lo sigue buscando? –remató Rodríguez.

–Sí, como a Wally –bromeó Martín y se despidió.

 

2.

El trabajo consistía en corregir, editar y redactar alguna nota que faltara. Con más de una década dedicada al periodismo de viajes parecía un trámite, pero la situación de la redacción del diario zonal era peor que precaria, así que trabajaba bastante. Las cuatro horas del centro de día se combinaban con las cuatro de escritura y las cosas parecían andar bien, aunque faltaba algo.

 

Faltaba la adrenalina, la vorágine, la droga de los viajes. El estómago subiendo y bajando con los despegues y aterrizajes. La sorpresa, la incertidumbre, la épica del descubrimiento. Viajar es como vivir tu vida entera en el baño y de pronto conocer toda la casa, había escrito en sus crónicas. Mejor que tomar cocaína es tomar aviones, bromeaba entre sus amigos. Mejor que tomarte un tiempo con alguien que no te ama es tomar aviones, le había dicho a una prima con el corazón roto. Todo se cura con aviones, todo se evapora cuando te vas a otra parte.

 

Como su padre, le había dicho Rodríguez, solemne.

Como mi padre, había repetido él, aburrido.

 

Diez años de vagar por el mundo para volver a tomarse el tren Roca porque su padre no aparecía por ningún lado. Diez años de buscar en todos los hostels, albergues y campings a alguien remotamente parecido a él. Convertido casi en un ser mítico, un ser maravilloso, el padre de Martín Napolitano era el que se había escapado y no él. Pero si el que le roba a un ladrón tiene 100 años de perdón: ¿Qué les queda a los que se escapan de su vida persiguiendo a quien se escapó primero? Viajar son personas, había escrito en sus crónicas, viajar es la gente que conocés y nunca hubieras conocido si no estabas en ese lugar pero también son las personas en las que nos convertimos cuando llegamos a otra ciudad, a otro país, a otro continente. Viajar somos las personas que no existimos y ni podemos concebir que somos. Viajar son seres míticos que habitan en nuestra imaginación. Los lugares son personas maravillosas.

 

Angustia, ataques de pánico, insomnio. En Caracas le diagnosticaron trastorno neurótico, en Sao Pablo depresión y en Madrid bipolaridad. Va a ser mejor que vuelva a su casa, le dijo un vasco con cuatro apellidos cuando lo medicó. No tengo casa, le había contestado él. Cómo no va a tener casa, hombre, todo el mundo tiene una casa. Como los padres, puede que no los quiera, puede que no los conozca, pero que los tiene, los tiene, sentenció el vasco y le prescribió un ticket de avión “solo ida”. Esta vez su combinación favorita de palabras se convirtió en lo peor. Volver a casa para curarme, escribió en un mail para todos sus conocidos. Indefinidamente, remató. Ansiolíticos, antidepresivos, trabajo con horario de oficina y vivir en la casa de su infancia. A eso se había reducido su planisferio. Falta que te compres un perro y ya estás de nuevo en el sistema, bromeaban sus amigos.

 

Una de esas mañanas del Roca el vendedor de las galletitas caseras de la granjita de adictos en recuperación lo miró fijo y le dijo:

–Yo a vos te conozco.

–¿A mí? Hace 10 años que no vivo acá, te debes estar confundiendo.

–Dale, boludo, soy yo, el Pichi, nos conocimos en La Paz.

 

Martín Napolitano sonrió por primera vez en meses.

 

El Pichi era el líder de un grupo de hippies drogones que había encontrado en La Paz en el que fue su primer viaje de mochilero por Latinoamérica. Instaladísimos en un hostel le pagaban al dueño una renta mensual por dejarlos vivir en comunidad. Se dedicaban a hacer malabares en las calles y vivían de la caridad, la mejor droga del planeta y los guisos de lentejas que cocinaban a la mañana como desayuno de resaca. El Pichi era el más viejo de todos, tenía el pelo largo, el cuerpo lleno de tatuajes con símbolos precolombinos y se definía como artesano. Se quedó en La Paz casi dos años porque encontró una familia con la que además de las penas compartían los gastos de la falopa. Martín llegó al hostel una mañana y se los encontró cocinando el típico guiso resucitador, tardó en entender en qué consistía el ritual pero pronto los entrevistó como hacía siempre. Se interiorizó sobre sus hábitos, sus circuitos, sus proveedores de sustancias. Los quince días que vivió con ellos estuvo en un viaje adentro del viaje. Probó hongos misteriosos, raíces de plantas carnívoras, glándulas de ranas secadas al sol. Los dejó para seguir hacia Perú. Habían pasado más de cinco años de esa despedida pero el Pichi le hablaba como si lo hubiera visto una semana atrás. Ya en Constitución, el artesano resumió su vida en una oración: me pasé de viaje y terminé acá de nuevo. Martín sonrió otra vez. Le habían dado la definición más ajustada de su condición. El Pichi también le contó que vivía en una granja en El Pato donde hacían las galletitas que vendía. Que estaba muy cómodo y contento porque lo veneraban casi como a un Dios. Era una casa de 40 internos llena de pobres que ni se habían subido jamás a un micro ni habían fantaseado nunca en tomar un avión. Y vos sabés cómo me gusta a mí la caravana, remató el Pichi, mientras le mostraba su tatuaje en el antebrazo, que rezaba CA–RA–VA–NA escrito en vertical en letras de molde. Martín Napolitano tomaría ese tatuaje como una aparición casi religiosa, mítica, definitiva.

3.

Amanece en El Pato, partido de Berazategui, conurbano de la Provincia de Buenos Aires, República Argentina, Sudamérica.

 

Todavía con sueño Fabiola pone el agua para el mate y relojea al perro, que la molesta por comida. Martín Napolitano está de viaje otra vez pero volverá en una semana. Fabiola lo comprueba cuando ve el mensaje del celular. “Ya llegamos, beso”, dice Martín Napolitano desde Córdoba. Fabiola sabe que tiene que estar contenta de que su marido esté allá porque el aire de la sierra le hace bien, pero le fastidia tener que ocuparse del perro. Su dueño se fue una semana pero volverá. Ella sabe que el padre de su hijo volverá a su casa con su familia porque la única manera de curarse que tiene un adicto es enfrentándose una y otra vez a la sustancia sin dejarse dominar por ella.

 

Todo eso lo aprendió en la granja de rehabilitación donde lo conoció a Martín tres años atrás, cuando apareció de la mano del Pichi. Ella trabajaba allí como asistente social cuando él entró como acompañante primero, como interno después. Le sorprendió que le dijera que en realidad él también estaba curándose, que su adicción era el escapismo, la adrenalina de los viajes, la incertidumbre. Tengo adicción a lo que no conozco, a lo que no sé que existe, le contó, pero una vez que llego, una vez que estoy ahí, una vez que veo lo que existe, no me llena, no me da nada.

 

Pasaron unos meses de quietud y monotonía hasta que Martín Napolitano se dio cuenta de que el problema con su compulsión a viajar era que siempre lo había hecho solo. Además de enamorarse de Fabiola y sostener una relación por primera vez en siglos, las charlas con los internos lo hicieron sentir mucho menos solo de lo que se había sentido en Londres, Japón o Sri Lanka. Fue para esa época que leyó en el diario sobre una investigación finlandesa que había comprobado que en ese país los índices de drogadicción disminuían si se les daba a los adolescentes un subidón de adrenalina similar al que buscaban en las drogas. El arte, el deporte y las actividades grupales suplían así la necesidad de experimentar sensaciones nuevas. El clic fue inmediato. Con ayuda del Pichi, ideó un programa de viajes para los adictos con los que convivía. No solo el movimiento, sino el hecho de imaginarlo como posible sería terapia suficiente, fundamentó. La adrenalina de la experiencia, la conquista y el descubrimiento remplazaría la dopamina de las sustancias, comentaba con psiquiatras y médicos. El vacío que lleva a la autodestrucción se convertirá en curiosidad, motivación, entusiasmo, explicaba una y otra vez a las autoridades para que le dieran fondos, autorizaran traslados, firmaran permisos. Como su programa se basaba en una prestigiosa teoría finlandesa, comenzó a ganar adherentes entre los especialistas. Era fácil ver que la necesidad de conocer algo nuevo solía ser el motivo por el cual mucha gente consumía sustancias. El anhelo de sentir, moverse y viajar ahogaba en el escapismo de las drogas a quienes no podían imaginar destinos exóticos para conocer ni mucho menos pagar por conocerlos. Hagámoslos viajar de verdad a ver si necesitan pegarse un viaje, fue el slogan, el gancho, la línea de batalla. Es gente que no se sabe controlar, no pueden andar sueltos por ahí, le habían dicho los directivos de una granja, de otra, de otra más. No van sueltos, dijo Martín Napolitano, una vez, dos, tres, van conmigo, yo sé viajar.

Con el apoyo internacional de los amigos que tenía en todo el planeta logró juntar los fondos para un proyecto piloto. Empezó con viajes de un día, salidas esporádicas, locales. Siguió con la atracción turística más cercana a cada granja. Terminó por llegar a las montañas, los glaciares, el mar. Logró subir a cientos de pibes pobres por primera vez a un avión. Y a un micro. Y a un tren. Y a un barco. En menos de un año creó una organización a la que llamó Caravana, recaudó muchísimo dinero desde todos los lugares del globo que había conocido y no paró de contactar gente dispuesta a ayudarlo. Habló en varios idiomas con médicos europeos para que lo apoyaran, convenció a psicólogos, asistentes sociales, funcionarios, periodistas. Difundió su proyecto por todo el país, lo publicitó en congresos de narcotráfico, delincuencia y pobreza, lo presentó a legisladores, ministros y gobernadores. Viajeros de todo el mundo lo entrevistaban, fotografiaban e idolatraban. Era un héroe, un mesías.

 

Martín Napolitano volvió a viajar aunque lo tuviera prohibido por prescripción médica. Pero ahora lo hace con un sentido, en una dirección. Los aviones dejaron de ser su vía de escape, los pasajes solo ida ya no tienen sentido, los lugares se convirtieron finalmente en personas maravillosas. Algunos internos se le escapan, sí. Pero muchos vuelven renovados, con ganas de hacer, de conocer, de vivir. Viajar es la mejor droga que existe, repiten, sobrios, recuperados y adoctrinados por Martín Napolitano, los adictos a las fronteras, los horizontes, el más allá. Viajar es la única droga que existe, rezan entre risas, por algo cuando te drogás te pegás un viaje, dicen una y otra vez, los pichones de aventureros, los marco polos del subdesarrollo.

 

Martín Napolitano ya no se traslada en el tren Roca hacía la estación Constitución. Abandonó el psiquiatra, la medicación y el puesto de redactor. Trabaja ahora a unas cuadras de su nueva casa, en la organización que creó y es inspiración para miles de iniciativas similares que se reproducen en barrios marginales de todo el mundo. Martín Napolitano tiene una casa, una mujer, un hijo, un perro y una misión. Ya no busca a su padre en el planisferio. Ya no se siente solo. Ya llegó a algún lugar.

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