Historias sin punto final
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#17 · No destruya las señales

Por María Inés Bedía

–¿Qué compro?

 

–Si pasas por Farmacity, natura express chico para lentes de contacto y acondicionador Pantenne, sino dejá, busco en el aeropuerto.

 

Nos fuimos.

 

No sé cómo surgió México, se le debe haber ocurrido a Juan. Ruinas; historia; murales; playas paradisiacas; sol; mar; comida picante; jugo de tomate con cerveza; clamato; michelada; tacos; burritos; quesadillas; y quince días sin la enana.

 

Le dije muchas veces que la iba a extrañar, tantas que llegó a decirme: pero mamá, me llamas por teléfono. Claro gordi, y si te quiero dar un beso cómo hago. Ya sé ma, me mandas la carita esa del celular que tira un beso de corazón.

 

Lo que seguro surgió de mí fue viajar el 31 de diciembre, ahorrarme una fecha. Pasarla lejos de Buenos Aires, lo más lejos posible del 2017. Para navidad ya teníamos planes, nos esperaba la familia en Campana. La enana estaba muy ansiosa por la llegada de Papá Noel y ver si le traía la Veterinaria Juliana. Con mi hermana nos debatimos mucho si la pasábamos solas con nuestra vieja o si nos sumábamos al plan familia completa. Sabíamos que iba a ser duro de ambas formas, pero optamos por el ruido y la aglomeración de gente, que disimula las ausencias. La cena estuvo más o menos bien. La perlita fue cuando la enana comprobó que el viejo canoso de barba había leído su carta. Me buscó con los ojos desorbitados: ¡mirá mamá, me lo trajo! Unos días antes se le había caído su primer diente y en este caso el cumplidor fue el Ratón Pérez. Así que llegaron Papa Noel y el Ratón Pérez juntos, como cuando los Picapiedras conocieron a los Supersónicos.

 

Al día siguiente me desperté y preparé mate. Se levantó mi hermana. Le dije que le iba a sonar raro, pero que tenía ganas de ir al cementerio. Le pregunté si era de católicos. Se rió y me dijo que no, que no tenía nada que ver con la religión. No me animé a decirle a mi vieja, así que le avisó ella. Mi mamá nos armó un ramo de flores para llevar. Nos acompañó mi cuñado. Nos llevó un ratito encontrar el lugar. Mi hermana señaló en una dirección y se me vinieron a la cabeza todas las imágenes de aquel día. Pudimos ver que mi mamá se había encargado de poner una lápida con una leyenda: Aquí yace un luchador. No me lo esperaba, sentí una mezcla de impacto, emoción y justicia.  Me vi a mí misma asintiendo con la cabeza. Miré alrededor y noté que era la única tumba que no tenía cruz. Se lo comenté a los chicos. Vimos muy cerca una decorada con piedras de color azul y amarillo. Le dije a mi hermana que cuando me muera no quiero nada de flores, yo quiero un trapo que tenga estos colores. Mi cuñado aprovechó para pedir que a él le llevaran todas sus guitarras, pero que quería un nicho para que no se mojaran.

 

Estábamos por irnos cuando mi hermana me preguntó si daba sacar una foto. La miré con cara de: ni idea, soy yo la que te pregunté si venir acá es de católicos. Nos reímos y nos abrazamos. Clic.

 

Así fue como con una fecha menos en la mochila, nos fuimos de vacaciones. Llegamos al aeropuerto de Cancún y lo primero que hicimos fue comprar un chip para el celular, así podía hablar con la enana todos los días. Llegamos a una isla que se llama Holbox. Estuvimos tres días en los que llegó una corriente de viento norte que trajo un arsenal de algas y un mar helado. En los tres días salió el sol solo media hora en la que fuimos a la playa a librar una batalla contra el viento. El 2018 nos recibía con frío, nubes y un amor que le hacía frente a las adversidades climáticas. Nos pusimos en modo vacaciones y compramos unas calaveritas de colores para llevar de regalo. Calaveritas que luego descubrimos que salían más baratas en tooooodos los demás lugares que fuimos. México 1, turistas 0.

 

31 de diciembre, 00:00 horas. Audio 1 de la enana: hola mamiiiiii, ahora te vamos a mandar una foto de los fuegos y feliz añoooo.  Se me cayó el tercer dientito, ah no, primero, segundo, el segundo segundo, ahora te mando una foto, bueno chau.

 

Esa noche la pasamos en un bar medio careta con una música horrible porque era el único con wifi. Por supuesto que el chip que compramos no funcionó en ningún lado. Antes de salir a almorzar nos invadieron los primeros miedos, charlamos mucho, nos abrazamos y hasta hubo lágrimas, con sabor a infancia. Después de hablar con enanix fuimos a la plaza de la isla donde se había armado una fiesta local, tocaba un grupo que repetía insistentemente: el ciclóoonnn musical un dos treeees.

 

Audio 2 de la enana: hola mami, ¿cómo estás?, ¿bien?, bueno yo estaba acá con mi papá hablaaaando, estamos yendo al club, a Pontevedra y me quedo todo el día en Ponte. Bueno espero que vos también la pases lindo, te amo mucho, un beso.

 

En Tulum salió el sol así que nos mudamos a la playa, Juan, su guitarra y yo. Los primeros dos días fuimos y volvimos en bici, quedaba aproximadamente a media hora, con subidas y bajadas. Al tercer día confirmé una vez más que el espíritu deportivo no es lo que me caracteriza. Esta vez fuimos en auto. Vimos las primeras ruinas y le mandé fotos a mis amigos del taller mientras les contaba lo maravilloso del lugar, en modo cuento ilustrado. Hicimos snorkel y nos sacamos la típica foto turística. Me acordé del flyer que mandó mi ex profe de teatro: “Que termines bien el año. Y en el 2018, aflojá un poco. Permitite ser medio nabo. No pasa nada”.

 

No encontré un solo mexicano mala onda. Son tan desestructurados que te podes topar con la genial escena de estar en un restaurant, pedir comida, y ver como siete mozos a la vez van mesa por mesa preguntando si ese era el pedido. Lo mismo con la cuenta: “¿esta es su cuenta, señor?”. También se sufren a diario los efectos de la colonización: “para servirle”, “mande, mande”, “a sus órdenes”. Y, sobre todo en el interior, un machismo muy arraigado. En uno de los pueblitos mágicos de Ciudad de México, Guanajuato, nos sumamos a algo que llaman callejoneada. Van por las callecitas del pueblo cantando serenatas y recorriendo los lugares contándote sus historias. En un momento los hombres van para un lado y las mujeres para el otro. El que guía la recorrida empieza a hacer chistes del estilo: mujeres son libres, se fueron los hombres, ya no hay más hombres, libertad, ya basta de quincena. En medio de risas le pregunto a una mexicana qué es la quincena. Me cuenta que es “lo que te dan los hombres el día quince para que te sustentes”.

 

Audio 3 de la enana: hola mami, ¿cómo estás?, te extraño mucho y te quería decir que hoy yo me corté el pie del dedo, bueno te lo explica papá, fue con un vidrio que estaba en el piso, porque el vidrio estaba transparente. Papá me puso alcohol y me la banqué, muaaa, bueno, mi papá me puso una curita, algodón y me puso alcohol con algodón y me ardió, pero me la banqué.

 

Alquilamos auto en gran parte del viaje, nos gusta el modo ruta/mate/charla/Luis Miguel/Cristian Castro/risas/videos/ escuchar alguna entrevista, ya sea al chipi Barijho o a Mariana Enríquez/Maná/Fito/Falú/Juan Luís Guerra/ ya nos sabemos de memoria los textos de Casciari/Los Redondos/Calamaro, siempre.

 

Otra cosa increíble en México son los carteles que aparecen por todos lados:

 

NO SE ORINE AQUÍ.

 

WARNING, DRUGS ARE ILEGAL IN MEXICO.

 

ZONA PROTEGIDA POR VECINOS VIGILANTES, UNIDOS PROCURAMOS TU SEGURIDAD. Este va acompañado de un dibujo que es una especie de transición entre algo amorfo que para a ser un vecino y después un policía, en modo darwinismo policial.

 

NO MALTRATE LAS SEÑALES. Y unos metros más adelante: NO DESTRUYA LAS SEÑALES.

 

En unos de los viajes desde San Miguel de Allende hasta Ciudad de México, que debería haber durado cuatro horas, estuvimos nueve arriba del auto. Hubo un accidente en la ruta que nos dejó parados mucho tiempo. Fueron horas en las que bajamos del auto y charlamos con el resto de los conductores. El problema de hacer amistades fue que en un momento tuve muchas ganas de hacer pis. Adelante: autos; atrás: autos; a los costados: autos, alrededor mexicanos por todos lados. Ya fue, Juan me ayudó a taparme con una campera. Pis. Hablamos de todo, el sponsor oficial del viaje fueron los ataques de risa. Un día perdido en México, pero un amor a prueba de embotellamientos. Hay que darle bola a eso, no destruir las señales.

 

Audio 4 Marti: mami, la verdad que no pudimos llevar a Lolamento Cavalo al agua, pero me divertí jugando en la casa con Lolamento Cavalo. Bueno, Cavalo es su apellido, Cavalo es su a-pe-lli-do. Bueno mami, te quería decir que viste cómo nadé, a veces me tiraba abajo el agua porque las olas me tapaban, eran tan grandes, pero al final tragué dos veces el agua del mar. El mar es salado, tragué muuucha agua, pero vos sabés. Bueno te amo mucho, te quiero mami, chau.

 

Me desperté en la mitad de la noche llorando. Juan me abrazó. Soñé que iba a la casa de mis viejos –que no era la casa de mis viejos– porque alguien nos avisaba a mi hermana y a mí que mi papá no contestaba el teléfono. Mi hermana decía que seguro había pasado algo malo, yo le decía no, exactamente a la inversa de cómo pasó realmente. Llegábamos y tocábamos timbre, veíamos que la cerradura estaba rota y nos dábamos cuenta de que había pasado lo peor. Pero de golpe, yo corría unas cortinas que daban a la calle, desde un primer piso, muy largas, y lo veía a mi papá sentado con un rayo de sol que le daba directo en los ojos. No tenía sus anteojos puestos. Subíamos corriendo y yo le decía que nos había hecho asustar. Se reía –con esa carcajada que tanto extraño– y me decía: pero flaca, no se preocupen, si estoy perfecto, solo me tengo que hacer estudios de acá, señalando su panza. Yo asumía, por esa cosa de los sueños, que hablaba del colesterol y le decía: qué decís papá, si estás mejor que todos nosotros. Se volvía a reír. Me desperté, Juan me abrazaba. Por una milésima de segundo pensé que mi papá no había muerto.

 

Ese día fue difícil, costó que aflojara esa sensación en el pecho, luchar contra la imagen. A la tarde hicimos videollamada con la enana que por suerte Juan grabó sin que me diera cuenta.

 

–Hola Pipi, ¿qué estás comiendo?
–Pescadito con puré.
–Ahh ya estás cenando, qué bien, a ver ese portoncito de los dientes, ¿se te mueve otro?
–No.
–¿Sabés cuánto te extraño? Adiviná hasta dónde te extraño.
–Hasta Boca, después hasta las estrellas, a la luna y hasta a mí.
–Siii todo eso te extraño enanix, ¿y vos?
–Lo mismo que vos pero sigue hasta Román, después hasta tu corazón, hasta el mío, da unas vueltas en el cielo y después llega a mí
–Jaja, sos más bonita… ¿hace calor enana?
–¿En dónde estás ma?
–En la casa donde estoy durmiendo.
–A ver.
–Bueno, te la muestro, mirá qué lindos colores que tiene, esta es la cocina, ¿la ves?, acá está mi ropa, acá está el baño, ¿lo ves?, ¿te gustó?
–¿Cuál es tu pieza?
–Ésta, mirá, y este es el balcón. Che enana, ¿qué vamos a hacer cuando nos veamos?
–¿Regalos?
–Además de los regalos.
–¿Besos mil?
–¡Besos miles! ¡Y regalos miles también! Y después nos vamos nosotras de vacaciones. Bueno piojito, te dejo comer tranquila, hablamos mañana. Escuchame, ponete siempre protector, ¿te acordás de ponerte?
–Siempre me pone Virginia.
–Bueno mi amor, te amo, un beso a los abuelos.
–Chau, corto yo mami.

 

En Ciudad de México se nos ocurrió averiguar para volar en globo aerostático. Lo habíamos intentado en San Miguel de Allende, pero un señor de apellido Elizondo nos dijo que el globo no podía salir esa mañana, porque el viento no lo permitía. Su manera de medir el viento era con un globo de cumpleaños inflado como cuando el cumpleaños se está terminando. Tiraba el globo al aire a las 5am en medio de un descampado. Volvimos con la ilusión con agujeritos. Esta segunda vez nos levantamos a las 4 am y viajamos hasta Teotihuacan. En México no existe siquiera el concepto de calefacción, mucho menos una estufa. Nos congelamos mientras esperábamos la salida del globo. Teníamos los dedos de los pies helados, tuvimos que sacarnos las zapatillas para masajearlos y volver a tener alguna sensación. Un grado, tres horas de sueño y una ansiedad cual niños. Vimos cómo se inflaba el globo y subimos con varias personas más, incluido el piloto que era igual a Kiko. Parece que esta vez nos acompañaba la suerte, no había viento. Descubrí que más cerca de las nubes funciona mejor el 4G y llamé a la enana. Su cara era una mezcla de mamá qué locura y mamá por qué no me llevaste. Le prometí que la próxima volábamos juntas y le traje una cadenita con un mini globo que dice que es la de la suerte. Kiko contó que hacía 5 años era piloto de globo aerostático. Me acordé de una nota que leí alguna vez sobre los reidores de Mar de Fondo. Ellos decían que a veces, cuando viajan en avión y tienen que completar la planilla de embarque dudan ante el ítem: ocupación, ¿Reidor? Pensé que cada vez que Kiko completa ese casillero pone: Piloto de Globo aerostático. Se me vinieron a la cabeza otras profesiones del estilo, que en distintos lugares del mundo existen: Doble de riesgo; Cuenta cuentos; Inspector de cocos; Calienta camas humano, Investigador de nieve.

 

Lo más lindo de la vuelta fue el reencuentro con la enana. Pasamos tres días de sobredosis de amor. Nos pusimos al día con las anécdotas y los besos. Fuimos a la pileta de la abuela y al cine a ver Coco, la película mexicana sobre el día de los muertos. A la noche, cansadas de tanta risa nos tiramos en el sillón a ver dibujitos juntas:

 

–Mami, ¿el abuelo tenía muchos más años que la abuela?
–Sí gordi, hasta fue su profesor en la facultad. ¿Qué te quedaste pensando?
–Me da miedo.
–¿Qué cosa?
–Cuando me pase a mí eso.
–Enana no te preocupes, no tengas miedo, falta muchísimo.
–¿Cuánto?
–Pfff, no sé, mucho, que termines el jardín, la escuela, que quizá tengas hijos, nietos, yo qué sé, un montón, no tenés que pensar en eso.
–Es que no puedo pensar en otra cosa mami, ¿cómo se hace para pensar en otra cosa?

 

Le acaricié la cabeza y seguimos mirando dibus.

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