Historias sin punto final
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#27 · Polos opuestos

Por Tomás Gorrini
Ph. Guillermo Aimar

 

Guillermo Aimar no lo iba a hacer así. Definitivamente, no. Por más que exista gente que actúe de esa manera, igualmente no. Los grandes desafíos no se concretan en una mañana, en un desayuno, en pocas horas. No es cuestión de proponérselo, renunciar al trabajo por la tarde y saltar por la borda. Un desafío de esta magnitud se planifica, se diagrama, se mide; se sueña. Un viaje de dos años necesita de una logística precisa, de mucha investigación, de calcular los riesgos, pulir las minucias y repasar hasta el detalle más sutil. Requiere entrenamiento, sustento económico y mucha concentración. Sobre todo, si la idea es partir de Ushuaia y llegar a Alaska en bicicleta.

“No salí huyendo de nada. No me peleé con el sistema. Tenía mi familia, mis amigos, mi novia y un buen trabajo en Buenos Aires. Era una buena vida y me sentía muy cómodo. Tal vez, demasiado, y ese fue el problema”. El tucumano es inquieto; es un gran deportista: en 2009 corrió los 42 kilómetros del Maratón de Buenos Aires y al día siguiente pedaleó 1450 kilómetros hasta Trelew. Más allá de enfrentar sus límites y ratificar su condición de súper atleta, el periplo tenía otro significado: “Hay que aprovechar al máximo el tiempo de vida y manejarlo de la mejor manera. Cada uno tiene que tener un objetivo, una meta bien definida y un sueño. Por eso me propuse llevar este mensaje a todos los jóvenes de América, para que tengan su propio Alaska”, dice Guillermo.

Un jueves de junio de 2012 partió desde Ushuaia en una bicicleta preparada para hacerles frente a todos los imponderables. Como en un baúl de auto, tenía espacio para lo imprescindible: “Llevaba cocina, carpa, colchoneta, bolsa de dormir, filtro de agua, la ropa necesaria e incluso medias de pelo de conejo para dormir con los pies calientes”. Quienes asumen estas travesías lo saben: el primer tramo es el más difícil. La Patagonia sirvió de filtro; fue la vara para medir si Guillermo estaba preparado: “Desde lo físico, la Patagonia argentina, Chile, Bolivia y Perú fue lo más difícil. El invierno es muy duro. Recuerdo que usaba un pañuelo para cubrir mi boca y nariz. Un día lo saqué y estaba duro como un plástico. Resultó que la humedad del aliento se había congelado y me dificultaba respirar. Otro problema era armar la carpa porque el piso estaba todo congelado. La ruta del desierto de Atacama en Chile está a casi 5000 metros sobre el nivel del mar y los vientos superan los 100 km/h. Por día pedaleaba entre 9 y 10 horas y sólo hacía 40 km”.

 

Las noches de Guillermo se sucedieron en hospitales, escuelas, estaciones de servicio, graneros, casas abandonadas, cementerios, zoológicos o cuevas de montaña. Muchas veces, los habitantes de los pueblos que visitaba le ofrecían sus casas para dormir. “Conocer gente de diferentes lugares me abrió la cabeza. Las personas son muy amables y aprendí muchísimo de sus costumbres. Es increíble todo lo que se puede conocer compartiendo apenas una cena”, recuerda.

 

La idea inicial de viajar dos años hasta llegar a la ciudad alasqueña de Prudhoe Bay se multiplicó por dos: fueron 4, más de 17.000 km y 16 países. Un joven de 33 años, que como un cartero, repartió cultura a lo largo del continente junto a su único cómplice y testigo: su bicicleta. A partir de allí, su vida cambió para siempre: “El viaje me enseñó lo importante que son las metas; no sólo me ayudan a poner en orden mis finanzas, sino también mis acciones. Y al disfrutar cada día de la construcción de un objetivo que nace de un anhelo personal, me permito decir que durante más de cuatro años viví algo parecido a eso que llamamos libertad”.

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